Conocí a un monje anacoreta, santo. Vivía con la sola dulzura de la plegaria y, embebido de esta, estuvo parado tanto tiempo sobre el suelo frío de la iglesia, que sus piernas, por debajo de las rodillas, se le hincharon y pusieron parecidas a columnas. Él no las sentía, se paraba y rezaba.
Yo lo entendía; yo, acaso, lo envidiaba, pero que él también me entienda y no me condene a mí; a mí, que no accedo a sus alegrías.
Él consiguió eliminarse a sí mismo, a su odiado yo; pero es que yo también no rezo no por amor propio.
Mi yo, acaso, me es aún más pesaroso y repulsivo que su él a él.
Él encontró en qué olvidarse de sí mismo… pero es que yo también encuentro, aunque no de modo tan constante.
Él no miente… pero es que yo también no miento.
De la casa de los relatos y cuentos clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
Este sitio es un proyecto de RedBeta