El niño ángel — Arena y espuma, ilustración de la colección Clásicos
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Gritan y luchan, vacilan y se desesperan, y nunca acaban sus querellas.

Que tu vida, hijo mío, aparezca en medio de ellos como la llama de una luz intensa y pura, y maravillándoles, les haga callar.

Son crueles, codiciosos y envidiosos, y sus palabras son traidores puñales que piden sangre.

Ponte en medio de esos corazones atormentados, hijo mío, y que tu serena mirada descienda sobre ellos como la misericordiosa paz de la noche pone fin al embate del día.

Que vean tu rostro, hijo mío, para que comprendan el significado de todas las cosas; para que te amen y así se amen unos a otros.

Ven a ocupar el lugar que te espera en lo infinito, hijo mío. Al amanecer, abre y levanta tu corazón como una flor; al atardecer, inclina tu cabeza y, en silencio, termina el día y la oración.

De la casa de los relatos y cuentos clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.

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