Simónides preservado por los Dioses — La cigarra y la hormiga, ilustración de la colección Clásicos

Simónides preservado por los Dioses

Tiempo de lectura: 2 minutos

Nunca alabaremos bastante a los Dioses, a nuestra amante y a nuestro rey. Malherbe lo decía, y suscribo su opinión: me parece una excelente máxima. Las alabanzas halagan los oídos y ganan las voluntades: muchas veces conquistas a este precio los favores de una hermosa. Veamos cómo las pagan los Dioses.

El poeta Simónides se propuso hacer el panegírico de un atleta, y tropezó con mil dificultades. El asunto era árido: la familia del atleta, desconocida; su padre, un hombre vulgar; él, desprovisto de otros méritos. Comenzó el poeta hablando de su héroe, y después de decir cuanto pudo, se salió por la tangente, ocupándose de Cástor y Pólux; dijo que su ejemplo era glorioso para los luchadores; ensalzó sus combates, enumerando los lugares en que más se distinguieron ambos hermanos; en resumen: el elogio de aquellos Dioses llenaba dos tercios de la obra.

Había prometido el atleta pagar un talento por ella; pero cuando la hubo leído, no dio más que la tercera parte, diciendo, sin pelos en la lengua, que abonasen el resto Cástor y Pólux.

-Reclama a la celestial pareja -añadió-. Pero quiero obsequiarte, por mi parte: ven a cenar conmigo. La pasaremos bien. Los convidados son gente escogida; mis parientes y mis mejores amigos: serás de los nuestros.

Simónides aceptó: temió perder, a más de lo estipulado, los gajes del panegírico. Fue a la cena: comieron bien; todos estaban de buen humor. De pronto se presenta un sirviente, avisándole que a la puerta había dos hombres preguntando por él. Se levanta de la mesa, y los demás continúan sin perder bocado. Los dos hombres que lo buscan son los celestes gemelos del panegírico. Le dan las gracias, y en recompensa de sus versos, le advierten que salga cuanto antes de la casa, porque va a hundirse.

La predicción se cumplió. Flaqueó un pilar; el techo, falto de apoyo, cayó sobre la mesa del festín, quebrando platos y botellas. No fue esto lo peor: para completar la venganza, una viga rompió al atleta las dos piernas y lastimó a casi todos los comensales. Publicó la fama estas nuevas. “¡Milagro!” gritaron todos; y doblaron el precio a los versos de aquel varón tan amado de los Dioses. No hubo persona bien nacida que no le encargase el panegírico de sus antecesores, pagándolo a quién mejor.

Vuelvo a mi texto, y digo, en primer lugar, que nunca serán bastante alabados los Dioses y sus semejantes. En segundo lugar, que Melpómene muchas veces, sin desdoro, vive de su trabajo; y por último, que nuestro arte debe ser tenido en algo. Hónranse los grandes cuando nos favorecen: en otro tiempo, el Olimpo y el Parnaso eran hermanos y buenos amigos.

Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.

Si lo que has leído te ha servido, puedes invitarme a un café. Aquí en Puerto Sagunto cuesta 1,70 €.

Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Este sitio es un proyecto de RedBeta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Nada con exceso — La cigarra y la hormiga, ilustración de la colección Clásicos Entrada anterior Nada con exceso
Sor Juana — La cigarra y la hormiga, ilustración de la colección Clásicos Entrada siguiente Sor Juana

Este sitio es un proyecto de RedBeta