El dueño del estanco asoma a la puerta y permanece en la puerta. Lo miro con la incomodidad de tener mal colocada la cabeza y con la incomodidad del alma que está malentendiendo. Él morirá y yo moriré. Él dejará el letrero y yo dejaré versos. Un día también morirá el letrero, y los versos también. Tras ese día, morirá la calle donde estuvo el letrero y la lengua en que fueron escritos los versos. Morirá después el planeta girante donde aconteció todo eso.
En otros satélites de otros sistemas algo así como gente seguirá haciendo cosas como versos y viviendo bajo cosas como letreros.
De la casa de los relatos y cuentos clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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