—Sí —dijo el rubio—, fue la mejor mujer que conocí.
Me callé, que era lo que convenía. Hay opiniones que son como los regalos que no damos: no pueden darse (como las mujeres guapas).
—¿Era morena? —pregunté al fin, agotados los efectos del silencio, y porque soy sicólogo.
—No, era mi mujer —respondió el hombre tan rubio.
—Gracias —dije yo.
Y continuamos parapetados en el silencio, satisfechos ambos con la vida.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
Este sitio es un proyecto de RedBeta