Un Desdichado llamaba todos los días en su ayuda a la Muerte.
-¡Oh Muerte! -exclamaba-: ¡cuán agradable me pareces! Ven pronto y pon fin a mis infortunios.
La Muerte creyó que le haría un verdadero favor, y acudió al momento. Llamó a la puerta, entró y se le presentó.
-¿Qué veo? -exclamó el Desdichado-; llévense ese espectro. ¡Cuán espantoso es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te acerques, oh Muerte! ¡Retírate pronto!
Mecenas fue hombre de gusto; dijo en cierto pasaje de sus obras:
-Quede cojo, manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte! ¡No vengas nunca!
Todos decimos lo mismo.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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