Alcibiades y Axioco, compañeros de cuerpo juvenil, bello y fornido, concertaron sus ansias, y pusieron semillas de su amor en igual nido. Sucedió que uno de ellos, diligente, trabajó tanto a la sin par doncella, que una niña nació, niña tan bella, que los dos se jactaban igualmente
de ser el padre de ella. Cuando ya fue mujer y rozagante pudo seguir la escuela de su madre, al par los dos quisieron ser su amante, ninguno de ellos quiso ser su padre.
-¡Ah! hermano -dijo el uno- a fe os digo que es de vuestras facciones un dechado.
-¡Error! -el otro dijo- es vuestra, amigo; ¡Dejadme a mí cargar con el pecado!
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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