Simón fue a quejarse al emperador de que un miserable galileo presumía de hacer mayores prodigios que él. Pedro compareció junto con Simón para ver quién de los dos era superior en su oficio.
-Dime lo que estoy pensando -dijo Simón a Pedro.
-Que me dé el emperador un pan de cebada, y verás si sé lo que guardas en el alma.
Se le dio el pan. Inmediatamente, Simón hizo aparecer dos grandes dogos que querían devorarle. Pedro les arrojó el pan y, mientras lo comían, le dijo:
-¡Bien! ¿Sabía o no lo que pensabas? Querías hacerme devorar por tus perros.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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