Un mensajero del Gran Turco se vanagloriaba, en el palacio del emperador de Alemania, de que las fuerzas de su soberano eran mayores que las de este imperio. Un alemán le dijo:
-Nuestro Príncipe tiene vasallos tan poderosos que por sí pueden mantener un ejército.
El mensajero, que era varón sesudo, le contestó:
-Conozco las fuerzas que puede armar cada uno de los electores, y esto me recuerda una aventura, algo extraña, pero muy verídica. Estaba en lugar seguro, cuando vi pasar a través de un seto las cien cabezas de una hidra. La sangre se me helaba, y no era para menos. Pero todo quedó en susto: el monstruo no pudo sacar el cuerpo adelante. En esto, otro dragón, que no tenía más que una cabeza, pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto! Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron las colas sin tropiezo: esta es la diferencia que hay entre vuestro emperador y el nuestro.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
Este sitio es un proyecto de RedBeta