El señor Zorro iba acompañado de un Chivo, amigo suyo, gallardo y de torcidos cuernos, pero de muy cortos alcances. Obligoles la sed a bajar a un pozo, donde bebieron a sus anchas. Satisfecha la necesidad, dijo el Zorro al Chivo:
—¿Qué haremos, compadre?, la dificultad no estaba en beber, sino en salir de aquí. Levanta las patas y también los cuernos; apóyalos contra el muro; a lo largo de tu espinazo subiré yo primero, treparé después sobre la cornamenta, y de esta manera llegaré a la boca del pozo. Una vez arriba, yo te sacaré.
—¡Por mis barbas! –dijo el Chivo–, que es buena ocurrencia la tuya, y por ella te felicito. Nunca hubiera tenido yo tan feliz idea.
Salió el Zorro del pozo, dejó en él a su camarada, y le hizo un buen sermón para que se conformase.
—Si Dios te hubiese dado tan largos los alcances como la chotera, no te hubieras metido en el pozo a tontas y a locas. ¡Adiós! pues; yo estoy ya fuera; sal como puedas, porque tengo cierto negocio que no me deja detenerme.
En todas las cosas, no hay que mirar tanto la entrada como la salida.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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