Hubo en la Grecia dos siracusanas, que tenían un trasero portentoso; y, por saber la cual de las hermanas lo tenía más gentil, duro y carnoso, desnudas se mostraron a un perito que, después de palpar con dulce apremio, ofreció a la mayor su mano, en premio. Tomó su hermano el no menos bonito de la menor; alegres se casaron, y, tras más de una grata peripecia, en honor de las dos un templo alzaron, con el nombre de:
« Venus, nalga recia. »
No sé qué intención hubiera sido, mas fuera aqueste el templo de la Grecia al que más devoción habría tenido.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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