Las sirenas poseen un arma más terrible que el canto: el silencio. Es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo solo podía herirlo así, tal vez porque el rostro de Ulises, quien solo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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