El alma humana: un abismo — La ciudad grande, ilustración de la colección Clásicos
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Se cruzó conmigo, vino a mi encuentro en una calle de la Baixa, aquel hombre mal vestido que tiene la profesión de mendigo retratada en la cara, que me es simpático y al que soy simpático; y en reciprocidad, con gesto de largueza, desbordante, le di cuanto tenía… excepto, naturalmente, cuanto tenía en el bolsillo donde llevo más dinero: no soy tonto, ni novelista ruso en ejercicio, y romanticismo sí, pero poco a poco…

¡Pobre Álvaro de Campos, tan aislado en la vida, tan depresivo en las sensaciones! Pobre de él que, con lágrimas auténticas en los ojos, dio hoy, con gesto de largueza liberal y moscovita, todo cuanto llevaba en el bolsillo donde lleva poco, a aquel pobre que no es pobre, al de los ojos profesionalmente tristes.

De la casa de los relatos y cuentos clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.

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