He escrito más historias clínicas que cualquier otra cosa. Cuarenta años de urgencias dan para muchas, la mayoría firmadas a las cuatro de la madrugada, con prisa y sin un adjetivo de sobra, porque una frase mal entendida podía acabar en la dosis equivocada.
Allí se aprende que escribir es decidir qué entra y qué se queda fuera, y qué necesita saber quien lee para no equivocarse. Y de paso, para qué sirve un protocolo. Las manos resuelven lo previsible mientras la cabeza atiende a lo que este paciente tiene de raro.
La otra escritura llegó después y se quedó. Llevo más de treinta años publicando en la red, desde antes de que a aquello se le llamara blog, y con el tiempo se sumaron el ensayo crítico, la divulgación sanitaria con la evidencia delante, unos cuentos ambientados en el pueblo donde vivo, un libro de viaje en moto y una novela todavía sin terminar.
Escribo casi a diario, con una constancia que más de una vez ha rozado la obsesión. Escribir es mi manera de averiguar qué pienso de verdad; publicar, la de ponerlo delante de quien piensa otra cosa. Hay además una razón de médico. Un cerebro que cada mañana convierte ideas en frases está trabajando, y aunque la relación entre actividad intelectual sostenida y salud cognitiva descansa sobre todo en estudios de observación, y lo sé, sigo apostando.
Con tantas páginas detrás aprendí algo incómodo. La constancia no ordena nada. Una página puede estar viva frase a frase y muerta como capítulo, y una novela, acumular cien escenas sin llegar a contar una historia.
Fui a buscar ayuda en los manuales. Unos me animaban a confiar en mi voz y a escribir todos los días, cosa que llevaba décadas haciendo. Otros me ofrecían una plantilla con quince puntos de giro y el porcentaje exacto de páginas en que debía caer cada uno. Los primeros me dejaban con ganas y sin herramientas. Los segundos me daban herramientas para escribir la novela de otro.
Este libro nació de las notas que necesitaba y no encontraba.
Va de la idea que no te deja en paz a la última frase, más o menos en el orden en que aparecen los problemas, y cada capítulo deja preguntas para llevar al manuscrito con un lápiz en la mano. ¿Qué ha cambiado al final de esta escena? ¿Quién sabe qué en este momento, y desde dónde lo cuenta? Sirven para encontrar dónde falla el libro que ya estás escribiendo.
Ahí vuelve el protocolo. La técnica narrativa funciona como un mapa y no como una plantilla. Te dice dónde estás y qué terreno tienes delante, nada más.
Lo escribí pensando en quien ya escribe y se ha atascado alguna vez, en quien guarda tres comienzos de novela en un cajón o un cuaderno de viaje que se lee como una lista de gasolineras.
Lo he partido en dos tomos. Este primero es el manual: diez capítulos que explican qué se juega en cada tramo de una novela y qué hacer cuando algo se tuerce. El segundo reúne los cuadernos de ejercicios, uno por capítulo y con su mismo número, porque casi todo lo que explica un manual se olvida si no pasa por la mano.
La partición tiene una razón práctica. Juntos pasaban de ochocientas páginas, y un libro de ese grosor no se queda abierto sobre la mesa al lado del manuscrito. Además se leen a distinto paso: un capítulo cabe en una tarde y su cuaderno da para un mes. Los cuadernos son largos a propósito, para que cada cual busque los ejercicios que atacan su atasco y deje el resto para otro día.
Los dos tomos se necesitan. Todos los capítulos traen dentro unos pocos ejercicios, los justos para probar la idea antes de pasar página, y el cuaderno del mismo número la entrena hasta que sale sola, dando por leído el capítulo. Un manual sin práctica se queda en lectura. Los ejercicios sin el capítulo al lado son gimnasia sin saber qué músculo trabajas.
Al final de este tomo van dos complementos que amplían capítulos concretos: siete modelos de estructura para el tercero y una ficha de personaje en tres niveles para el quinto.
Tampoco me quedé en la novela. Los capítulos terminan asomándose a otros géneros, del ensayo a la crónica de viaje, porque el ritmo y el cierre siguen trabajando cuando el texto deja de ser ficción. Lo compruebo cada semana con los míos.
Una técnica bien aprendida no te va a dar una historia ni las razones para contarla. Solo evita que una buena se muera de algo que tenía tratamiento. Lo demás es asunto tuyo.
Puerto de Sagunto, otoño de 2026
El índice completo de la obra está en De la idea al cierre.
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