Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft prevén gastar en 2026 entre 650.000 y 750.000 millones de dólares en centros de datos y en los chips que los llenan. Incluso la cifra baja supera lo que los veintinueve países europeos de la OTAN gastaron juntos en defensa en 2025: 559.000 millones, según el SIPRI de Estocolmo.
Nadie votó esa cifra.
Se decidió en cuatro consejos de administración, y va a decidir durante la próxima década buena parte de cómo trabajaremos y de lo que se nos servirá como verdad. Quien firma esas inversiones puede tener las mejores intenciones. La pregunta es ante quién responde. Ante sus accionistas.
Este libro nace de aplicar esa pregunta a todo lo demás.
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Un manifiesto necesita algo más que malestar para justificarse. Necesita motivos que se puedan contar con fecha y fuente, y en 2026 sobran.
El primero es la retirada de la democracia. El Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo mide cada año el estado de casi ciento ochenta países con el juicio codificado de más de cuatro mil especialistas, y su informe de marzo de 2026 cerró el recuento de 2025 con 92 autocracias frente a 87 democracias. Tres de cada cuatro habitantes del planeta, unos seis mil millones de personas, viven bajo regímenes autocráticos; solo el 7 % vive en una democracia liberal. Estados Unidos ha perdido esa categoría por primera vez en más de medio siglo. Para el ciudadano medio del mundo, el nivel de democracia ha vuelto al de 1978. Son juicios de expertos codificados, con los límites que eso arrastra. El método es público y se repite cada año con los mismos criterios, así que la tendencia es sólida aunque cada cifra concreta admita discusión. El propio informe pone fecha de origen a lo que se está perdiendo: la ola democratizadora que empezó en Lisboa en abril de 1974, y que llegó a España poco después, está casi deshecha. Hay generaciones enteras que nacieron dentro de esa ola y dan por hecho que el mar siempre estuvo ahí.
Luego está el dinero, y sobre todo de quién es. En enero de 2026, Oxfam calculó que la riqueza de los milmillonarios del mundo, que ya pasan de tres mil, creció un 16 % en un solo año hasta los 18,3 billones de dólares, un 81 % más que en 2020. Según la misma estimación, los doce más ricos tienen más que la mitad más pobre de la humanidad, unos cuatro mil millones de personas. Oxfam es una organización con posición declarada y trabaja sobre listas públicas de patrimonio, de modo que sus cifras se leen como orden de magnitud. Abajo, el Banco Mundial proyectaba para 2025 unos 808 millones de personas en pobreza extrema, con el umbral actualizado a tres dólares diarios. La Organización Internacional del Trabajo calcula que 284 millones de personas que trabajan siguen por debajo de esa línea, y que en 2026 unos 2.100 millones lo harán en la economía informal, por lo general sin protección social. Desde 2004, según la misma OIT, la parte de la renta mundial que se llevan quienes trabajan ha caído 1,6 puntos, hasta el 52,3 % en 2024. Un punto y seis décimas parece poca cosa. La propia OIT lo tradujo a dinero: solo en 2024, 2,4 billones de dólares menos de lo que habrían cobrado los trabajadores si la proporción se hubiera mantenido. Ese dinero cambió de manos sin que nadie firmara el traspaso.
El mundo nunca había producido tanto. Lo que se estrecha es el círculo de quienes son dueños de lo producido y de las herramientas con que se produce.
La guerra, o su preparación, es el tercer motivo. El gasto militar mundial encadenó en 2025 su undécimo año de subida y llegó a 2,89 billones de dólares, el 2,5 % del producto mundial, la proporción más alta desde 2009. El Congreso estadounidense ha aprobado para 2026 más de un billón, y el SIPRI calcula que la cifra puede llegar a 1,5 billones en 2027. Hace unos años, decir que lo gastado en armas se deja de gastar en otra cosa sonaba a pancarta. Ahora tiene número y fecha de votación.
Queda el más material de todos, que abre el manifiesto y no repito aquí: el planeta ha empezado a pasar factura, y se la pasa primero a quien menos decidió.
Leídos por separado, parecen cuatro crisis con sus especialistas y sus cumbres. Leídos juntos, dibujan algo más incómodo. En cada caso, decisiones que alcanzan a miles de millones de personas se toman en lugares donde esas personas no tienen voz, por gente que no les debe ninguna explicación: el consejo de administración que aprueba el gasto en cómputo, la fortuna que encuentra la forma de no tributar, el presupuesto militar que crece sin debate, el gobierno que vacía un tribunal sin disolverlo. Sobre ese vacío de responsabilidad ha prosperado una familia ideológica que ya no se molesta en disimular. Quiere menos democracia y más mando, y tiene con qué pagarlo. El manifiesto nombra a sus ideólogos en el punto 2, y la segunda parte del libro la documenta junto al resto de los adversarios.
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Antes de seguir, dos cosas que este libro no es, porque confundirlas saldría caro.
No es el programa de un partido. Un partido existe para ganar elecciones y gobernar, y eso le impone una gramática legítima y estrecha: la del calendario electoral y la renuncia que hay que hacer hoy para seguir en pie mañana. Su horizonte se mide en legislaturas, y una propuesta que no cabe en cuatro años es, para un partido, una propuesta fallida. Este texto mira más lejos y no tiene que ganar nada en las urnas, lo cual le da una libertad que un partido no puede permitirse y le quita una fuerza que solo un partido tiene.
Tampoco es un sindicato. El sindicato defiende a personas concretas en condiciones concretas, un convenio o un turno que no respeta el descanso, y su fuerza está en la afiliación y en la capacidad de parar el trabajo. El manifiesto los necesita y los defiende —el punto 4 lo dice sin rodeos—, pero no puede ocupar su lugar ni hablar en su nombre.
Descartados ambos, queda un texto que trabaja en otro plano: el del marco teórico desde el que se juzga la política. Qué cuenta como problema. Qué criterio decide si una solución lo resuelve o solo lo aplaza. Quién es adversario, y qué no se negocia con nadie. Antes de cualquier programa hay una idea de lo que es razonable, y esa idea casi nunca se escribe porque se da por supuesta. Cuando el adversario consigue fijarla, quienes lo combaten acaban discutiendo en su terreno y con su vocabulario, y pierden aunque ganen una votación. El punto 15 llama a eso batalla cultural. Es el único campo en el que un texto sin votos ni afiliados puede pesar algo.
Ha ocurrido antes. En 1941, dos presos políticos confinados por el régimen de Mussolini en la isla de Ventotene, Altiero Spinelli y Ernesto Rossi, escribieron un manifiesto por una Europa libre y unida. No tenían partido detrás ni gobierno al que convencer; según el relato que dejaron quienes lo sacaron de la isla, el borrador salió escrito en papel de fumar. Hoy se cuenta entre los textos fundacionales del federalismo europeo, y el edificio principal del Parlamento Europeo en Bruselas lleva el nombre de Spinelli. Catorce años después, en 1955, Bertrand Russell y Albert Einstein firmaron, con nueve firmantes más, todos científicos, un llamamiento a los gobiernos para que renunciaran a la guerra en la era de la bomba de hidrógeno. No gobernaban nada. De aquel texto salieron las conferencias de Pugwash, cuyo trabajo contra las armas nucleares recibió el Nobel de la Paz en 1995, compartido con uno de aquellos firmantes, Joseph Rotblat. Ninguno de los dos documentos pedía un voto, y los dos cambiaron lo que una persona sensata podía defender en público.
El marco de este manifiesto tiene genealogía y no la esconde: el humanismo laico que viene de la Ilustración, la tradición socialista democrática, el feminismo, la ecología política y la Declaración Universal de 1948, escrita sobre las ruinas de otro fascismo. De esas fuentes toma cuatro ideas: la dignidad se amplía; la propiedad es una decisión política y se revisa como cualquier otra; todo poder rinde cuentas; la razón es un método que se corrige a sí mismo. El punto 14 se niega a convertir en dogma a ningún pensador del siglo pasado, y eso vale también para estas fuentes.
La izquierda del siglo diecinueve discutió quién era dueño de la fábrica; la del veintiuno tiene que discutir quién es dueño del cómputo, de los datos y de la atención. Esa tesis sostiene el libro entero. De ella salen los dieciséis principios y también el subtítulo, porque quien no es dueño del algoritmo que ordena su trabajo y su atención acaba sirviéndole.
Este marco sirve para leer un presupuesto o un anuncio de inversión y hacerle la pregunta que abría este prólogo. Sirve a militantes de partidos distintos y a quien no ha pisado una asamblea en su vida. No pide carné y admite el desacuerdo; lo necesita, de hecho, porque se revisa entero cada cinco años contra lo que haya pasado de verdad. Sobre su alcance, ninguna ilusión. Un texto no detiene una ola autoritaria ni redistribuye un euro. Puede dar palabras precisas a quien ya sospecha que algo no cuadra y no encuentra cómo decirlo, y eso es más modesto y dura más.
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El libro tiene dos partes que hacen trabajos distintos.
La primera son los dieciséis principios. Cada uno abre con un párrafo cerrado, en primera persona del plural porque declara una posición colectiva, y sigue con un desarrollo largo que lo argumenta contra la versión más honesta del argumento contrario y lo ancla en datos con año y fuente. Los dieciséis párrafos leídos seguidos son el manifiesto. Los desarrollos son su justificación, y admiten el orden de lectura que cada cual prefiera.
La segunda parte cambia de registro. Ocho capítulos documentan a los adversarios: el imperialismo, el capitalismo, el ultranacionalismo y la guerra que acaba trayendo, el sionismo religioso en su versión cristiana y en la judía, el tecnofeudalismo, la Ilustración Oscura, la extrema derecha global y el evangelismo político. Primero va la historia de cada corriente y lo que dice querer, con sus textos citados y fechados; después, y solo después, el juicio desde los valores de este libro, presentado como lo que es. Cada afirmación lleva su grado de certeza, y donde la evidencia es débil se dice.
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Los cerca de setecientos mil millones del principio se van a gastar igual. Lo que este libro busca es más lento: que la próxima vez que una cifra así aparezca en un titular, alguien, en algún sitio, haga en voz alta las preguntas que hoy casi nadie hace. Quién lo decidió, con qué datos, ante quién responde y qué pasa si se equivoca. Esas preguntas no necesitan partido ni sindicato para formularse. Necesitan a alguien que las haga, y luego a otra persona, y luego a otra, hasta que dejen de sonar radicales y se conviertan en trámite.
Dr. Ricardo Villanueva
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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