Parte III · Los antagonistas · Dossier 1
Berlín, 26 de febrero de 1885, residencia del canciller Bismarck en la Wilhelmstraße. Catorce delegaciones firman el Acta General de una conferencia que llevaba tres meses y medio repartiendo un continente: doce países europeos, España entre ellos, el Imperio otomano y Estados Unidos. Ningún Estado africano fue invitado. El documento habla el idioma del comercio y de la filantropía, con libre navegación por el Congo y el Níger, supresión de la trata y protección de las misiones. Mientras tanto, en la propia conferencia y en tratados bilaterales firmados al margen, las potencias reconocen las pretensiones de la asociación privada de Leopoldo II de Bélgica sobre la cuenca del Congo. En julio nace el Estado Libre del Congo. Más de dos millones de kilómetros cuadrados, unas setenta y seis veces Bélgica, en propiedad personal del rey. No de su país. Suya.
El 28 de julio, en la Cámara de Diputados de París, Jules Ferry defendió la expansión colonial. Ya no era jefe de Gobierno: había caído en marzo, arrastrado por la retirada de Lang Son, en Tonkín. Habló como diputado y dio sus razones en voz alta. Una era económica. Para los países con exceso de capital y de mercancías, fundar una colonia es crear un mercado. La otra es la que hoy se cita: las razas superiores tienen un derecho sobre las inferiores, porque tienen el deber de civilizarlas. Dos días después le contestó Georges Clemenceau. No existe ese derecho, dijo, y hablar aquí de civilización es añadir la hipocresía a la violencia.
La justificación del imperialismo está publicada en el diario de sesiones, al alcance de cualquiera. Y la objeción se pronunció en la misma sala, esa misma semana, en boca de un hombre que treinta y dos años después gobernaría ese mismo imperio en plena guerra.
Qué nombra la palabra
Imperialismo no es sinónimo de país grande que se porta mal. Este capítulo usa una definición acotada: la relación de dominio por la que una potencia exterior decide sobre el territorio, los recursos o la política económica de un pueblo sin su consentimiento. Puede ejercerse con soldados, con un protectorado, con bases permanentes, con la deuda o con una dependencia comercial impuesta.
El colonialismo es solo una de sus formas, la administración directa, con gobernador y bandera. La relación sobrevive a la bandera. Por eso un mapa político actual, con casi todos los territorios convertidos en Estados con escaño en Nueva York, no contesta por sí solo a la pregunta que importa, que es quién decide.
Cómo lo explicaron las metrópolis
La palabra se convirtió en concepto en diecisiete años, y no solo en la izquierda. John A. Hobson, economista liberal británico, sostuvo en Imperialism: A Study (1902) que la expansión no enriquece a la nación que la emprende, sino a una minoría de inversores que necesita colocar fuera el capital que no encuentra salida dentro. Rosa Luxemburgo argumentó en La acumulación del capital (1913) que el capitalismo tiene que absorber sin descanso territorios y economías que todavía no lo son. Lenin publicó en 1917 El imperialismo, fase superior del capitalismo: exportación de capital, fusión de banca e industria, reparto del mundo entre monopolios. En 1919 Joseph Schumpeter le dio la vuelta al argumento. Para él, el impulso de conquista era un residuo aristocrático anterior al capitalismo.
Las cuatro son interpretaciones y llevan más de un siglo en disputa; ninguna es un dato. Importan por otra cosa. Fijaron el vocabulario con el que todavía se discute el asunto, y demuestran que en 1902 nadie debatía si el fenómeno existía. Se debatía qué lo producía.
El cambio de instrumento
En abril de 1955, veintinueve países de Asia y África se sentaron en Bandung sin una sola potencia colonial en la mesa. El 14 de diciembre de 1960, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 1514, que declaró contraria a la Carta la sujeción de un pueblo a dominación extranjera. Solo ese año se independizaron diecisiete países africanos.
Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana, puso nombre en 1965 a lo que vino después. Su libro se tituló Neo-Colonialism: The Last Stage of Imperialism, y el título corrige a Lenin con una sola palabra: última fase donde aquel había escrito fase superior. Su definición sigue sirviendo. Un Estado neocolonial tiene en teoría todos los atributos externos de la soberanía, la bandera, el himno, el asiento en la ONU, y en la práctica su sistema económico y su política se dirigen desde fuera. La independencia formal cambió el instrumento de la relación y la dejó en pie. Al año siguiente, en febrero de 1966, un golpe militar derrocó a Nkrumah mientras estaba de viaje en Pekín.
Lo que no lleva bandera
La deuda no lleva bandera, y sus datos son sólidos. Según el informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo A World of Debt 2026, de octubre, la deuda pública mundial llegó a 111 billones de dólares en 2025, y los países en desarrollo pagaron 995.000 millones solo en intereses netos. Tres mil setecientos millones de personas viven en países que gastan más en intereses que en sanidad o en educación, mil doscientos millones más que en 2010. En junio, la misma agencia había publicado la comparación que explica casi todo lo demás: en la última década, los intereses que pagan estos gobiernos crecieron un 102 por ciento y sus ingresos un 39. Si noventa y cuatro de ellos pudieran endeudarse a los tipos de los países ricos, se ahorrarían unos 500.000 millones de dólares al año.
El comercio tampoco la lleva. Un equipo dirigido por Jason Hickel calculó en Global Environmental Change (2022) el valor del trabajo y de los recursos que el Norte se apropia del Sur por intercambio desigual. Su estimación central para 2015 es de 10,8 billones de dólares a precios del Norte, y de 242 billones acumulados entre 1990 y 2015. El propio artículo da para 2015 un rango que va de 3,6 a 20,3 billones según el factor que se tome como base, y a precios medios mundiales la cifra baja a 4,2 billones. Es evidencia revisada por pares, con una metodología discutida y unos márgenes enormes. Aquí vale como orden de magnitud, nunca como contabilidad.
Quién decide hoy
Estados Unidos. El recuento más citado, de David Vine para el Quincy Institute en 2021, sitúa en torno a 750 las bases estadounidenses en el extranjero, repartidas por unos 80 países. Es una estimación, porque el Pentágono no publica un inventario completo desde 2018. En 2026 se sumó lo territorial explícito. El 3 de enero, en la operación Absolute Resolve, la aviación estadounidense desmanteló las defensas antiaéreas venezolanas y un equipo con agentes federales capturó en el palacio de Miraflores al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. Esa misma tarde estaban en Nueva York, acusados de narcoterrorismo, y Donald Trump anunció que Estados Unidos dirigiría Venezuela de forma temporal. El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán, y el estrecho de Ormuz está cerrado desde entonces. Dos semanas después amenazó con aranceles a ocho aliados europeos por Groenlandia, y los retiró a los pocos días. El 7 de julio, en la cumbre de la OTAN en Ankara, repitió que la isla debía estar bajo control estadounidense y no danés.
Europa. El reparto de 1885 se firmó aquí, y sus fronteras siguen en el mapa. Entre 2022 y julio de 2025, Francia retiró sus tropas de Malí, Burkina Faso, Níger, Chad, Costa de Marfil y Senegal. Le quedan unos 1.500 soldados en Yibuti y menos de doscientos en Libreville, en una base que ya comparte con el ejército gabonés y dedica a la formación. La relación monetaria sigue en pie. Catorce países africanos usan dos francos CFA con paridad fija respecto al euro, garantizada por el Tesoro francés. La reforma de 2019 suprimió en África Occidental el depósito obligatorio de reservas en París y la presencia francesa en los órganos del banco central, pero conservó la paridad y la garantía; en África Central sigue vigente el sistema anterior. Si eso es estabilidad o tutela sigue en discusión entre economistas africanos y europeos. En febrero de 2024 la Unión Europea firmó con Ruanda un memorando sobre cadenas de valor de materias primas críticas. El 13 de febrero de 2025, el Parlamento Europeo pidió suspenderlo, por 443 votos contra 4 y 48 abstenciones, por el apoyo ruandés a la milicia M23 en el este del Congo. El 17 de marzo, el Consejo sancionó a nueve personas, mandos del M23 y oficiales del ejército ruandés, y a una refinería de oro de Kigali.
El coltán siguió cruzando la frontera. Lo documenta, informe tras informe, el Grupo de Expertos de la ONU sobre el Congo.
Rusia. Libra desde febrero de 2022 una guerra de agresión contra Ucrania y ha declarado anexionadas cuatro provincias ucranianas, además de Crimea en 2014. Es la mayor guerra de conquista en Europa desde 1945. Cuando se cierra este capítulo, en octubre de 2026, no hay acuerdo de paz; la última novedad es una tregua parcial sobre infraestructuras energéticas que Trump anunció el día 11. Su presencia militar exterior es mucho menor que la estadounidense y se concentra en el antiguo espacio soviético. Salvo en el Sahel, donde el Africa Corps, heredero del grupo Wagner, ocupa parte del hueco que dejaron los franceses.
China. Su instrumento es el crédito, la infraestructura y un eslabón de la cadena que casi nadie mira: refina en torno al ochenta por ciento del cobalto del mundo. Fuera de su territorio tiene dos instalaciones militares reconocidas, Yibuti desde 2017 y el centro logístico conjunto de la base naval de Ream, en Camboya, inaugurado en abril de 2025. Esa escasez de bases convive con Xinjiang y el Tíbet dentro de sus fronteras, y con la presión militar sobre Taiwán en su periferia.
El Congo, donde se cruzan. La República Democrática del Congo extrajo en 2024 unas 220.000 toneladas de cobalto, tres de cada cuatro del mundo, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. El 4 de diciembre de 2025, el Congo y Estados Unidos firmaron en Washington un Acuerdo de Asociación Estratégica, y ese mismo día los presidentes congoleño y ruandés firmaron los Acuerdos de Washington para la paz en el este del país. El texto bilateral concede a empresas estadounidenses un derecho de primera oferta sobre los proyectos mineros que Kinshasa designe como estratégicos y sobre los minerales que exporte hacia Estados Unidos. Los responsables congoleños defienden en público la fórmula de minerales a cambio de seguridad. El 3 de febrero de 2026 llegó el primer movimiento: un consorcio en el que participa la agencia federal estadounidense de financiación del desarrollo firmó un memorando no vinculante para comprar el 40 por ciento de Mutanda y Kamoto, dos minas que la suiza Glencore explota en el Congo. Vendedor europeo, comprador estadounidense, refino chino, milicia apoyada desde un país vecino. Sobre el terreno, siete millones de desplazados y más de cien grupos armados.
No todos pesan lo mismo
Decir que todos los imperialismos son iguales suena a lucidez y funciona igual que la frase de barra de bar sobre los políticos: ahorra mirar los datos y reparte la cuenta entre todos los comensales, que es justo lo que le conviene al que más ha pedido. A las potencias se las mide con hechos que se pueden contar.
Muertos. El proyecto Costs of War de la Universidad de Brown cifra en más de 900.000 los muertos directos en las zonas de las guerras posteriores al 11 de septiembre de 2001, más de 432.000 de ellos civiles. Añade entre 3,6 y 3,8 millones de muertes indirectas por el hundimiento de hospitales, economías e infraestructuras, treinta y ocho millones de desplazados y ocho billones de dólares de coste para el erario estadounidense. El recuento incluye muertes causadas por todos los bandos: lo que mide son las guerras que Washington inició o en las que intervino. Ninguna otra potencia suma en ese periodo nada del mismo orden. La más próxima, la guerra rusa en Ucrania, se cuenta en cientos de miles de muertos según las estimaciones independientes, en su mayoría combatientes. China no ha llevado una guerra a territorio ajeno desde que invadió Vietnam en 1979, aunque sostuvo choques fronterizos durante la década siguiente y otro, mortal, con India en el valle de Galwan en 2020.
Presencia armada. Unas 750 instalaciones estadounidenses frente a dos chinas reconocidas.
Conquista. Aquí el primer puesto es ruso, y lleva cuatro años y ocho meses en marcha.
Clima. En emisiones acumuladas de dióxido de carbono de origen fósil desde mediados del siglo diecinueve, Estados Unidos aporta en torno a una cuarta parte del total mundial, los países de la actual Unión Europea alrededor de una sexta y China entre el catorce y el quince por ciento, con más de cuatro veces la población estadounidense. Si se suma el cambio de uso del suelo las proporciones se mueven, pero Estados Unidos encabeza todas las series. En la de origen fósil, Europa no sale absuelta: sale segunda.
En diciembre de 2025 se firmó en Washington quién tendrá prioridad sobre los minerales de la cuenca que Berlín repartió en 1885, y las dos escenas no son iguales. En la segunda firma un Estado congoleño soberano, y ese Estado ya usa lo que tiene: en febrero de 2025 suspendió la exportación de cobalto, y desde octubre de ese año la raciona con cuotas, 96.600 toneladas para todo 2026, menos de la mitad de lo que extrae. Las cuotas han subido el precio. Quién lo cobra, y dónde se refina lo que sale, se sigue decidiendo lejos de los pozos.
Lo que eso cuesta en vidas tiene fecha y lugar: una cantera de Lualaba, un sábado de noviembre de 2025.
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