Ilustración Oscura
Tiempo de lectura: 20 minutos

Parte III · Los antagonistas · Dossier 6

En febrero de 2026, en una fiesta privada de San Francisco, Curtis Yarvin y Nick Land se vieron por primera vez en persona. Compartían doctrina desde hacía catorce años.

Los anfitriones la llamaron «fiesta de llegada» de Land. La crónica que publicó Vice el 12 de febrero, única fuente directa del encuentro, describe una sala llena de inversores y caras conocidas de Silicon Valley. Aquellos dos hombres habían dado nombre y doctrina a una corriente que propone sustituir la democracia por un gobierno organizado como una empresa, y lo habían hecho de blog a blog, uno en California y el otro en China. Para entonces, el hombre que hoy es vicepresidente de Estados Unidos ya había citado a Yarvin por su nombre, en 2021, al explicar cómo purgar la administración federal. Y Land había aprobado en público la purga cuando por fin llegó.

Un seudónimo y un blog

El 24 de abril de 2007 un programador de San Francisco abrió un blog llamado Unqualified Reservations, reservas sin matices, con una entrada titulada «Un manifiesto formalista». Firmaba Mencius Moldbug: el nombre latinizado del filósofo confuciano Mencio pegado a goldbug, el apodo de quien quiere volver al patrón oro. Detrás estaba Curtis Yarvin, nacido en 1973 en una familia laica y progresista, hijo de un diplomático estadounidense según su propio relato, licenciado en Brown y desertor de un doctorado de informática en Berkeley.

Su formación política la reconstruyó el historiador Joshua Tait en 2019, en un volumen de Oxford University Press sobre pensadores de la derecha radical. Pasa por la cultura libertaria de Silicon Valley en los noventa y por la escuela austriaca de economía, la de Mises y Rothbard, que prefiere deducir desde principios antes que medir. Pasa por el ensayista victoriano Thomas Carlyle y por James Burnham. Y pasa, sobre todo, por Democracy: The God That Failed (2001), donde Hans-Hermann Hoppe sostenía que un rey hereditario administra mejor que un gobierno electo porque cuida el país como una propiedad familiar. El politólogo Julian Waller, citado por Ava Kofman en The New Yorker en junio de 2025, calificó esa deuda de influencia tan directa que resultaba casi obscena.

La entrada inaugural ya contenía el programa. Yarvin llamaba formalismo a reconocer por escrito quién manda de verdad y convertir ese mando en propiedad: quien controla una calle, que sea su dueño y lo declare. Aplicado a Estados Unidos, al que trataba como una vieja empresa que no sabe qué hacer con sus activos, el razonamiento acababa en una instrucción. Había que averiguar quién era el dueño de aquella monstruosidad y dejarle decidir, sin descartar la reestructuración ni la liquidación. La democracia aparecía en ese texto como violencia simbólica, una manera de decidir quién gana una batalla contando las tropas que cada bando lleva al campo.

El 19 de junio de 2008, dentro de la serie Carta abierta a progresistas de mente abierta, llegó la etiqueta. Yarvin escribió que prefería llamarse restauracionista, pero que admitía el calificativo de reaccionario y cualquiera de sus compuestos. Sus lectores eligieron uno, neorreaccionario, y lo abreviaron NRx.

La Catedral y el parche

Yarvin llama Catedral al conjunto de universidades de élite, prensa de referencia y función pública. En su descripción, ese conjunto fabrica el consenso progresista como una iglesia establecida fabricaba la ortodoxia, pero sin sede ni jerarquía. Se coordina solo, porque sus miembros compiten por prestigio dentro del mismo sistema de creencias, y desciende del puritanismo. El investigador Andrew Woods señaló en 2019 la propiedad más útil del concepto para quien lo usa: inmuniza contra la crítica. Cualquier refutación que salga de una universidad o de un periódico queda despachada como sermón de la propia Catedral.

Frente a ella, Yarvin propone el neocameralismo, nombre tomado del cameralismo, la ciencia de la administración de la Prusia de Federico el Grande. El Estado se convierte en una sociedad anónima soberana, una gov-corp en su jerga, cuyos accionistas nombran a un director con poder total y lo destituyen si no rinde. El ciudadano pasa a ser cliente, y su única garantía es poder irse a otra gov-corp si el servicio no le convence. El mapa que resulta, un mosaico de pequeños Estados-empresa que compiten por residentes, es lo que llama Patchwork, el parche. Sus modelos declarados son Singapur, Hong Kong, Dubái y la China de Deng Xiaoping; de Dubái escribió que demostraba que un gobierno puede dar un servicio excelente sin pertenecer a sus clientes. Tait lo resumió como una utopía libertaria con la máxima libertad en todo menos en política.

El parche tiene inquilinos imaginados. En un texto sobre San Francisco, rebautizada Friscorp, Yarvin describió una ciudad donde cada residente y cada visitante llevaría una tarjeta de identificación por radiofrecuencia, estaría genotipado y tendría el iris escaneado, y donde cada coche informaría a las autoridades de su posición y de quién va dentro. The New Republic rescató el pasaje en julio de 2024.

Debajo de las instituciones hay una antropología. La corriente sostiene, con el nombre de «biodiversidad humana», que existen diferencias de inteligencia entre razas y que su rechazo académico es censura de la Catedral. Es la tradición del racismo científico con vocabulario nuevo, y la genética de poblaciones no la respalda: la Sociedad Estadounidense de Genética Humana lo dejó escrito en 2018, en una declaración contra el uso de su disciplina para defender la supremacía racial. En noviembre de 2007 Yarvin tituló una entrada «Por qué no soy nacionalista blanco» y escribió en ella que esa corriente tampoco le producía alergia. En 2016 la revista Inc. recogió escritos suyos en los que sugería que unas razas están más dotadas que otras para la servidumbre. Él rechaza que se le llame racista o defensor de la esclavitud, y alega que no equipara rasgos físicos o intelectuales con superioridad moral.

Faltaba el camino al poder. Yarvin lo expuso en 2012, en la conferencia BIL, con una charla titulada «Cómo reiniciar el Gobierno de Estados Unidos». Allí presentó un acrónimo, RAGE, Retire All Government Employees: jubilar a todos los empleados públicos y sustituirlos. Y advirtió de que, si los estadounidenses querían cambiar de gobierno, tendrían que «superar su fobia a los dictadores».

En mayo de 2021, conversando con el ensayista conservador Michael Anton, le puso calendario. Un presidente recién elegido podría declarar el estado de emergencia en su discurso de investidura, y en ese escenario Harvard y el New York Times no deberían seguir existiendo pasado abril. En enero de 2025, entrevistado por David Marchese para The New York Times Magazine, sostuvo que Franklin D. Roosevelt había exigido al Congreso poder absoluto en 1933 y lo había tomado. El entrevistador le reprochó una mezcla de simplificación grosera y selección interesada de la historia.

En 2002 Yarvin había empezado a programar Urbit, una red de servidores personales con un sistema de identidades escalonado en galaxias, estrellas y planetas, que hoy se registra en la cadena de bloques de Ethereum. En enero de 2010 él mismo describió esa estructura como «feudalismo digital». En 2013 creó con John Burnham la empresa que debía desarrollarla, y la llamó Tlön.

El nombre sale de un cuento que Borges publicó en 1940. En «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», una sociedad secreta inventa un planeta y redacta su enciclopedia en cuarenta tomos; la paga un millonario de Memphis, Ezra Buckley, con la condición de que la obra no pacte con Jesucristo. Al final del cuento los objetos de Tlön aparecen en el mundo real, las escuelas enseñan su lengua y su historia inventada desplaza a la verdadera. Borges lo escribió con Europa en guerra. Yarvin lo eligió como nombre de empresa.

La frase y el dinero

El 13 de abril de 2009 la revista digital Cato Unbound, del Instituto Cato, dedicó su número a una pregunta práctica: si los libertarios debían seguir intentando convencer a los votantes o ponerse a construir lugares donde ensayar sus ideas. Abría Patri Friedman, nieto de Milton Friedman y fundador del Seasteading Institute, que promovía ciudades flotantes en aguas internacionales. Peter Thiel, cofundador de PayPal y entonces miembro del consejo de Facebook, respondió con La educación de un libertario.

La frase más citada de ese texto ya aparece en el punto 2 de este manifiesto. La que la explica viene poco después: desde 1920, escribió Thiel, el aumento de los beneficiarios de ayudas sociales y la extensión del voto a las mujeres, dos electorados difíciles para los libertarios, habían convertido la idea de «democracia capitalista» en un oxímoron.

El resto del ensayo buscaba una salida. Thiel enumeraba los territorios donde la libertad podía escapar de la política, el ciberespacio, el espacio exterior y el mar, y concluía que educar al cuerpo político se había vuelto inútil. El destino del mundo, escribió, podía depender de una sola persona capaz de construir la maquinaria de la libertad. Fue durante años el principal financiador del Seasteading Institute, con 1,25 millones de dólares aportados hasta 2011.

A Yarvin también le llegó dinero de ese entorno. John Burnham, su socio en Tlön, había llegado a California en 2011 con dieciocho años y una de las becas de 100.000 dólares con las que la fundación de Thiel pagaba a menores de veinte años por dejar la universidad; quería explotar minas en asteroides. Lo cuenta la periodista Alexandra Wolfe en Valley of the Gods (2017). Founders Fund, el fondo de Thiel, y Andreessen Horowitz pusieron después 1,1 millones de dólares en la primera ronda de financiación de la empresa. En 2016, en un mensaje privado a Milo Yiannopoulos que BuzzFeed publicó al año siguiente, Yarvin presumía de estar asesorando a Thiel y de haber seguido la noche electoral en su casa; es una afirmación de parte. En 2023 Thiel dijo a The Atlantic que las ideas de Yarvin no funcionarían, que llevadas a la práctica conducirían a algo parecido a la China de Xi o la Rusia de Putin, y que aun así lo tenía por un historiador «interesante y poderoso».

Lo que ha cambiado en Thiel desde 2009 es el vocabulario. Entre el 15 de septiembre y el 6 de octubre de 2025 dio en el Commonwealth Club de San Francisco cuatro conferencias sobre el Anticristo, con entradas a 200 dólares y la petición expresa de no difundirlas. The Washington Post y The Guardian obtuvieron las grabaciones. La tesis se apoya en René Girard y en Carl Schmitt. En otros siglos, sostuvo, el Anticristo habría tenido aspecto de físico nuclear con ambiciones de dominio; en el nuestro se parecerá a alguien que avisa sin descanso del fin del mundo y usa ese miedo para levantar un gobierno mundial capaz de detener la ciencia. Dio dos nombres, la activista climática Greta Thunberg y el investigador de riesgos de la inteligencia artificial Eliezer Yudkowsky, y llamó a los críticos de la tecnología «legionarios del Anticristo».

En enero de 2026 llevó el ciclo a Cambridge y en marzo a Roma, donde dos instituciones católicas se desmarcaron del acto. Avvenire, el diario de la conferencia episcopal italiana, le contestó que su Anticristo es cualquiera que ponga límites al progreso ilimitado.

El nombre

Nick Land enseñaba filosofía en la Universidad de Warwick cuando, en 1995, fundó con la teórica del ciberfeminismo Sadie Plant la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética, la CCRU, un colectivo que mezclaba Deleuze, Bataille, música electrónica y ocultismo. Plant se marchó de Warwick en 1997. Mark Fisher, que pasó por el grupo y años después escribiría Realismo capitalista, acabó también tomando distancia de Land. Land dejó la universidad en 1998 y terminó instalándose en Shanghái.

Su ensayo The Dark Enlightenment empezó a publicarse por entregas en internet el 2 de marzo de 2012. La primera parte se titula «Los neorreaccionarios se dirigen a la salida» y arranca donde lo había dejado Thiel: cita la frase de Cato Unbound como prueba de que los libertarios habían dejado de creer en el voto. El texto gira alrededor de una pareja de conceptos tomada de Albert Hirschman, el economista que en 1970 distinguió dos respuestas posibles ante una organización que decae, protestar desde dentro o marcharse. La voz, la protesta, es para Land la democracia misma. Lo que propone a cambio cabe en una consigna, ninguna voz y salida libre, y cita con aprobación a Patri Friedman, para quien la libertad de marcharse merecía ser el único derecho humano universal.

Land puso el fondo filosófico. Describe su corriente como hobbesiana y ajena a cualquier entusiasmo rousseauniano por la expresión popular, y lo condensa en un contraste: donde la Ilustración progresista ve ideales políticos, escribe, «la Ilustración oscura ve apetitos». Aportó además lo que Yarvin no tenía, el aceleracionismo, la idea de que el capitalismo técnico es un proceso que debe ir cada vez más rápido aunque acabe dejando atrás a la especie que lo puso en marcha.

A la cuestión racial le dio un nombre propio, hiperracismo, con la tesis de que la selección por mérito, y a la larga la colonización del espacio, funcionará como filtro genético. Rechaza que se le llame fascista con un argumento suyo: el fascismo, dice, fue un movimiento de masas anticapitalista, y él quiere que sea el poder corporativo el que organice la sociedad.

Son dos temperamentos dentro de la misma corriente. Yarvin quiere un rey que ponga orden. Land quiere que el orden lo imponga el capital, y deprisa. El sociólogo Roger Burrows lo formuló en 2020 en The Sociological Review: la Ilustración Oscura es el marco aceleracionista de Land aplicado al neocameralismo de Moldbug.

Los santos patronos

El lunes 16 de octubre de 2023 Marc Andreessen, cofundador de Netscape y del fondo de capital riesgo Andreessen Horowitz, publicó en la web de su empresa The Techno-Optimist Manifesto: unas 5.200 palabras en primera persona del plural, que avanzan a golpe de «creemos» y se reparten en quince apartados. Uno se titula «El enemigo». Allí figuran la sostenibilidad, la responsabilidad social, la ética tecnológica, la gestión del riesgo y los equipos que moderan contenidos en las plataformas. Andreessen aclara que sus enemigos son ideas, no personas. En el apartado sobre inteligencia artificial sostiene que cualquier freno a su desarrollo costará vidas, y que las muertes que habría evitado una inteligencia artificial a la que no se dejó existir son «una forma de asesinato».

Cierra el texto una lista de cincuenta y seis «santos patronos del tecnooptimismo». La abren los seudónimos de tres cuentas anónimas de la red social X a las que se atribuye la fundación del aceleracionismo efectivo, el movimiento que se abrevia e/acc. Después vienen Adam Smith, Hayek, Milton Friedman y Nietzsche. Está John Galt, el héroe de ficción de La rebelión de Atlas. Está Filippo Tommaso Marinetti, autor del Manifiesto Futurista de 1909, al que el texto de Andreessen rinde homenaje, y corredactor en 1919 del primer programa fascista. Y está Nick Land.

Con Yarvin hay además dinero de por medio. Andreessen Horowitz invirtió en Tlön, y Andreessen lo ha llamado amigo y ha recomendado leerlo. En 2025, cuando la prensa empezó a medir la influencia de Yarvin en la nueva administración, escribió en X que se puede leer a Yarvin sin volverse monárquico.

Del blog al despacho

James David Vance conoció a Thiel en 2011, en una charla que este dio en la Facultad de Derecho de Yale, donde Vance estudiaba. Trabajó después para Mithril Capital, el fondo cofundado por Thiel, y en 2022 Thiel aportó 15 millones de dólares a Protect Ohio Values, el comité de acción política que sostuvo su candidatura al Senado por Ohio. Según los registros que recopila OpenSecrets, nadie había dado nunca tanto dinero a título individual para respaldar a un solo candidato al Senado.

Un año antes, en un pódcast conservador de 2021, Vance había explicado qué debería hacer Trump si volvía a la Casa Blanca. Despedir a todos los funcionarios de nivel medio y sustituirlos por gente propia y, si los tribunales se lo impedían, plantarse ante el país y decir: «El presidente del Supremo ha dictado su sentencia. Que la haga cumplir». En la misma conversación nombró a Yarvin como alguien que había escrito sobre estas cosas. La prensa que reconstruyó el episodio, de Vox en 2022 a The Verge en 2024, lo leyó como la propuesta RAGE de 2012 dicha con otra voz.

La frase viene de lejos. Se atribuye a Andrew Jackson en 1832, tras la sentencia Worcester contra Georgia, en la que el Tribunal Supremo declaró que las leyes de Georgia no regían en territorio cheroqui; los historiadores la consideran apócrifa. Lo que sí consta es que Georgia no acató la sentencia y que Jackson no hizo nada por imponerla. Entre 1838 y 1839 el ejército deportó a los cheroquis al oeste del Misisipi, en la marcha que ellos llaman el Sendero de las Lágrimas. Murieron miles de personas.

Yarvin ha dicho de Vance que es perfecto en casi todo, y también que los medios exageran su relación, porque apenas hablan. Un asesor del vicepresidente declaró a la CNN en mayo de 2025 que se habían visto, más o menos, una vez.

Vance no es el único puente. Michael Anton, el interlocutor de aquella conversación de 2021, dirigió la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado desde el inicio del mandato hasta el otoño de 2025, cuando dejó el cargo tras redactar la estrategia de seguridad nacional; Yarvin afirma haberle hecho recomendaciones de personal. En enero de 2025 Yarvin asistió en Washington a una gala por la investidura organizada por Passage Press, la editorial de extrema derecha que publica sus libros, y Politico lo describió como invitado de honor oficioso. El 8 de mayo de ese año The Washington Post publicó que dos asesores del Departamento de Eficiencia Gubernamental, el DOGE que encabezaba Elon Musk, consideraban a Yarvin un «faro intelectual» del departamento; uno de ellos daba por hecho que todos los que ocupaban puestos de decisión lo habían leído.

El propio Yarvin ya criticaba al DOGE en ese reportaje por su trato a la Fundación Nacional para la Ciencia y a los Institutos Nacionales de Salud: a esa clase enemiga, decía, había que ofrecerle galletas en lugar de pelea. Land contestó con menos matices. Preguntado por el Financial Times en marzo de 2025 si aprobaba el DOGE, dijo que sin ninguna duda. El 29 de noviembre de ese año Yarvin hablaba ya en São Paulo, en el festival en el que el Movimiento Brasil Libre presentó su nuevo partido, Missão.

En el cuento de Borges, la primera señal de que el planeta inventado empezaba a entrar en este fue una brújula cuya esfera llevaba las letras de uno de los alfabetos de Tlön, llegada a Buenos Aires en una caja de vajilla. Aquí las brújulas llevan fecha: una charla de 2012 que un aspirante al Senado repitió en 2021, quince millones de dólares del autor del ensayo de 2009 para la campaña de ese aspirante, una lista de santos en la que Nick Land comparte página con Adam Smith.

El recuento

En 2012, RAGE era un acrónimo en una charla. En 2025 ya tenía cifras oficiales.

Entre enero y junio de 2025, según el informe que la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de Estados Unidos, la GAO, publicó en febrero de 2026, 134.122 empleados dejaron las veintitrés grandes agencias federales. Otros casi 144.000 habían aceptado el programa de dimisión diferida que se les ofreció en las primeras semanas del mandato, con la salida aplazada al otoño. El Departamento de Educación perdió más de la quinta parte de su plantilla. Para el año completo, la Oficina de Gestión de Personal dio en diciembre una cifra de unas 317.000 salidas, de las cuales unas 24.000 fueron despidos o ceses contra la voluntad del trabajador.

Que esas cifras salgan de una doctrina es otra cuestión. La mayoría de las salidas fueron voluntarias, según la propia Oficina de Gestión de Personal, y un gobierno decidido a adelgazar la administración habría encontrado argumentos sin leer a nadie. Tait lo dijo así en el reportaje del Post de mayo de 2025: el DOGE probablemente se habría creado de todos modos, pero Yarvin había dedicado mucho tiempo a construir el marco que lo justificaba. Allí mismo, la filósofa política Danielle Allen, de Harvard, fue más lejos y lo dio por basado en su obra. Las decisiones las firmó un gobierno. Lo que aquí se juzga es la doctrina que las volvió decibles, y el daño medible allí donde la doctrina y el gobierno coinciden.

El Estado como gasto

El DOGE prometía eficiencia, y la eficiencia se mide. A principios de agosto de 2026 la GAO auditó los 110.000 millones de dólares de ahorro que el departamento había anunciado. No pudo verificar el 96 % del ahorro atribuido a subvenciones canceladas. Otros 27.400 millones correspondían a contratos que nunca llegaron a rescindirse, y en la mitad de los casos el DOGE no había seguido el método que decía aplicar. Sus responsables no contestaron a las preguntas de los auditores. El 4 de julio de 2026 el organismo se disolvió en la fecha que fijaba la orden ejecutiva que lo creó, con una web que seguía reclamando 215.000 millones.

Lo que se dejó de hacer se mide con más seguridad que lo que se ahorró. La Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID, cerró el 1 de julio de 2025 y sus funciones pasaron al Departamento de Estado. Los desembolsos de ayuda exterior estadounidense cayeron de 68.000 millones de dólares en 2024 a 32.000 millones en 2025, según los datos oficiales que recogió Eco-Business en diciembre.

Coincidiendo con el cierre, The Lancet publicó el estudio más citado sobre esa decisión. Lo firmaban quince investigadores, con el Instituto de Salud Global de Barcelona como sede principal y equipos de Brasil, Mozambique y Estados Unidos. Analizaron datos de 133 países de renta baja y media entre 2001 y 2021. Donde USAID había invertido más, la mortalidad general fue un 15 % menor y la de menores de cinco años un 32 % menor, una vez descontados los ingresos, la educación y otros factores. El programa se asoció a más de 91 millones de muertes evitadas en dos décadas, unos 30 millones de ellas infantiles. Después proyectaron qué ocurriría si los recortes se mantenían hasta 2030: unos 14 millones de muertes adicionales, en un intervalo de 8 a 19 millones, de las cuales más de 4,5 millones serían de menores de cinco años.

La parte retrospectiva es observacional, y de método sólido según Brooke Nichols, investigadora de la Universidad de Boston ajena al trabajo. Nichols advierte también de dos límites. El registro de defunciones es imperfecto en muchos de esos países, y otros donantes financian los mismos programas, lo que dificulta aislar el efecto de uno solo. La proyección es un escenario: describe lo que pasaría si nada se corrige. El Departamento de Estado respondió que el estudio partía de supuestos erróneos sobre los planes del secretario Rubio. Ninguna de esas reservas lleva el resultado a cero. La cifra más baja del intervalo son ocho millones de personas.

Ocho millones de personas que no votan en Estados Unidos, no compran en sus tiendas y no aparecen en la cuenta de resultados de nadie.

La Catedral, presupuestada

Cuatro años después de aquella conversación con Anton, a mediados de abril de 2025, el gobierno congeló más de 2.200 millones de dólares en subvenciones de investigación a Harvard y lo justificó por el antisemitismo en el campus. El 3 de septiembre la jueza federal Allison Burroughs, en Boston, declaró ilegal la congelación por dos motivos: el Gobierno había castigado a la universidad por ejercer una libertad de expresión que protege la Primera Enmienda, y se había saltado el procedimiento que exige la ley de derechos civiles. La acusación de antisemitismo, escribió, cubría un ataque de motivación ideológica contra las universidades. El Gobierno recurrió en diciembre. Dos semanas antes de aquella sentencia, el 21 de agosto, el Tribunal Supremo había permitido por cinco votos a cuatro que los Institutos Nacionales de Salud cancelaran 783 millones en subvenciones vinculadas a programas de diversidad.

Ningún documento conecta a Yarvin con esas decisiones, y este capítulo no lo insinúa. Los hechos son más simples. Las universidades, la ciencia financiada con dinero público y la prensa de referencia son lo que su doctrina define como el enemigo, y fueron las instituciones a las que el gobierno de 2025 apretó por la vía del presupuesto. Una doctrina no necesita dar órdenes para servir. Le basta con haber dibujado antes el mapa.

La salida, a precio de mercado

Hay un lugar donde el parche dejó de ser teoría. La ley hondureña de Zonas de Empleo y Desarrollo Económico, las ZEDE, aprobada en 2013, permitía crear territorios con normas, tribunales e impuestos propios. La más conocida es Próspera, que el financiero Erick Brimen puso en marcha en 2017 en la isla de Roatán. Entre sus financiadores figura Pronomos Capital, un fondo para ciudades de nueva planta fundado por Patri Friedman, el mismo del ensayo de Cato Unbound, y respaldado por Thiel, Andreessen y Balaji Srinivasan, autor de The Network State (2022), el libro que propone que comunidades organizadas en internet compren territorio y negocien su reconocimiento como Estados.

En abril de 2022 el Congreso de Honduras derogó por unanimidad la ley de las ZEDE. Próspera respondió en diciembre con una demanda ante el CIADI, el tribunal de arbitraje del Banco Mundial, al amparo del tratado de libre comercio entre Centroamérica, la República Dominicana y Estados Unidos. Pedía 10.775 millones de dólares, alrededor de un tercio del producto interior bruto hondureño de aquel año. El 20 de septiembre de 2024 la Corte Suprema de Honduras declaró inconstitucionales las zonas. Próspera siguió funcionando. Según la prensa hondureña, en octubre de 2025 rebajó la reclamación: pide que se le devuelvan sus derechos o, en su defecto, 1.630 millones. El 6 de marzo de 2026 el nuevo presidente, Nasry Asfura, devolvió a Honduras al CIADI, del que el Gobierno anterior se había retirado en 2024. Seis meses después, el 15 de septiembre, día de la independencia, Próspera nombró a un abogado «fiscal civil» encargado de hacer cumplir sus propias normas civiles, fiscales y administrativas.

Es el caso más claro en que la doctrina ha tenido que vérselas con una votación. La libertad de marcharse que Land y Friedman reclamaban como único derecho universal resultó ser la del inversor. Cuando el Congreso de uno de los países más pobres del continente usó la voz, la empresa contestó con una factura.

Las palabras que preparan

Los textos de Yarvin, Andreessen y Thiel comparten una operación, y es la que conecta las ideas con los presupuestos. Cada uno convierte al que pone límites en otra cosa. Para Yarvin, la universidad que estudia la desigualdad es una iglesia, y a una iglesia no se le discute: se la desestablece. Para Andreessen, quien pide frenar el desarrollo de la inteligencia artificial es responsable de muertes, y la palabra que elige es asesinato. Para Thiel, quien advierte de un riesgo existencial y pide regulación trabaja, lo sepa o no, para el Anticristo. El sacerdote, el homicida y el siervo del fin de los tiempos tienen algo en común: con ninguno de ellos se negocia.

Ese vocabulario hace un trabajo concreto. Saca del terreno de la discusión a la epidemióloga que mide mortalidad infantil, al juez que exige procedimiento, al diputado hondureño que vota y al auditor de la GAO que pide datos, y los coloca en el terreno de la amenaza. A partir de ahí, recortarlos deja de parecer una decisión política y empieza a parecer higiene.

La versión más honesta del argumento contrario

La versión más honesta del argumento contrario dice esto. Las democracias occidentales se han vuelto lentas: tardan una década en aprobar una línea de tren y no consiguen construir vivienda donde hace falta. Buena parte del poder real está en manos de organismos que no se someten a elección, y la confianza ciudadana en las instituciones lleva décadas cayendo. Mientras tanto, Singapur ofrece seguridad y prosperidad sin la alternancia que Europa da por necesaria. La competencia entre territorios disciplina a los gobiernos, como ya sostuvo el economista Charles Tiebout en 1956 al describir cómo la gente elige municipio según los servicios que recibe. Y la crítica de la Catedral tiene un grano verdadero: la universidad y la prensa de referencia son menos plurales ideológicamente que la sociedad a la que sirven. Hasta el argumento de Andreessen contiene algo serio, porque un fármaco retrasado por exceso de cautela también mata, aunque sus muertos no salgan en ninguna foto.

La respuesta está en los datos.

Que la democracia es lenta y a menudo está capturada lo dice también este libro, cuyo punto 6 sostiene que votar cada cuatro años es el suelo y no el techo. La diferencia está en el remedio, y la evidencia comparada no favorece el de la Ilustración Oscura. Daron Acemoglu, Suresh Naidu, Pascual Restrepo y James Robinson estudiaron 184 países entre 1960 y 2010, con 122 transiciones a la democracia, y publicaron en 2019 en el Journal of Political Economy que los países que se democratizaron tenían, veinticinco años después, alrededor de un 20 % más de producción que si hubieran seguido bajo un régimen autoritario. Los mecanismos que encontraron van en sentido contrario al que propone Yarvin: más inversión, más escolarización y más sanidad, reformas económicas y menos conflicto social. El resultado es sólido dentro de lo que permite un estudio entre países, que establece causalidad con métodos estadísticos y no con experimentos.

Los modelos que la doctrina admira tampoco funcionan como ella dice. En Singapur, cerca del 80 % de la población residente vivía en 2025 en vivienda pública construida por el Estado: su prosperidad descansa en una provisión pública que el resto del ideario quiere desmontar. En Emiratos, unos 7,8 de sus 9,2 millones de habitantes eran inmigrantes en 2013, según las estimaciones de Naciones Unidas que recogió el Migration Policy Institute, y la retención del pasaporte por el empleador estaba prohibida pero era costumbre, según el mismo informe. La libertad de marcharse, en esas condiciones, existe sobre el papel.

Albert Hirschman había advertido en 1970 de lo que pasa cuando marcharse es fácil para unos pocos: los que más podrían exigir calidad se van primero, y la organización que dejan atrás se degrada sin que nadie proteste. La salida libre funciona como derecho para quien tiene medios para ejercerla. Para el resto es una puerta pintada en la pared.

La contabilidad de Andreessen es la más fácil de devolver. Si los muertos que una tecnología habría evitado cuentan como asesinatos, también cuentan los que habría evitado un tratamiento antirretroviral o una ración de alimento terapéutico que se dejó de pagar en julio de 2025. Ese argumento solo funciona mientras se mira una columna del libro de cuentas.

El juicio

Lo que sigue es el juicio de este proyecto, apoyado en lo expuesto en este capítulo.

El punto 6 de este manifiesto parte de una idea sencilla: nadie tiene derecho legítimo a decidir sobre la vida de otro sin que ese otro pueda exigirle cuentas. La Ilustración Oscura es la negación formal de esa idea, y tiene el mérito de no esconderlo. Su gov-corp rinde cuentas a sus accionistas y a nadie más; al residente le ofrece un servicio y la posibilidad de irse. Al convertir al ciudadano en cliente le quita justo lo que distingue a uno del otro: el derecho a decidir quién manda.

El punto 13 añade un segundo principio: decir qué se sabe, con qué grado de certeza y dónde se acaba. La doctrina hace lo contrario allí donde más daño causa. Presenta como verdad suprimida una jerarquía racial que la genética de poblaciones no sostiene, y cuenta la historia con los recortes que le señaló su propio entrevistador del New York Times. Una teoría que necesita una pseudociencia para ordenar a las personas y una historia arreglada para justificar al rey tiene un problema con la razón, por mucho que se llame Ilustración.

Y el punto 12 parte de una asimetría: el daño se decide en un sitio y se paga en otro. Las cifras más graves de este capítulo no están en Washington. Están en los países que dependían de la ayuda cerrada en julio de 2025 y en una isla hondureña donde una empresa nombra fiscal propio en el día de la independencia.

Queda la pregunta que divide a sus críticos: si esto es fascismo. El filósofo Benjamin Noys la describió como una aceleración del capitalismo hasta un punto fascista, y Roger Burrows, en 2020, como un pensamiento probablemente fascista. Land lo niega con el argumento ya citado. Este libro responde por los rasgos, que están documentados: abolición de la voz, soberanía con dueño, purga de la función pública, desafío anunciado a los tribunales, jerarquía biológica entre personas. Con el fascismo histórico comparte la destrucción de la rendición de cuentas y la idea de que hay seres humanos de primera y de segunda. Se diferencia en que desprecia a las masas en lugar de movilizarlas, y esa diferencia no la hace menos peligrosa: la vuelve más compatible con un consejo de administración. El antifascismo es la condición de entrada de este manifiesto, y se aplica aquí sin rebaja.

Como dice el punto 2, este libro combate ideas, decisiones y el poder que las sostiene; nunca el cuerpo de nadie. Tampoco admite simetría. Un proyecto que quiere ampliar quién decide puede equivocarse, y sus errores no van a la misma balanza que un proyecto cuyo objetivo es dejar la decisión en manos de los dueños.

El veredicto es este. La Ilustración Oscura es un programa para quitar a la mayoría el derecho a pedir cuentas, escrito por quienes no lo necesitan y pagado por quienes se beneficiarían de su desaparición. Ha encontrado lectores en la Casa Blanca y financiadores con ciudad propia en el Caribe. El saldo, a octubre de 2026: una administración más pequeña que no ahorró lo que prometía, una ayuda cerrada cuyo coste se calcula en millones de vidas, universidades castigadas sin fondos y un país centroamericano demandado por haber votado.

Enfrente ha habido resistencias. El Congreso de Honduras votó por unanimidad y su Corte Suprema le dio la razón dos años después. Una jueza de Boston exigió procedimiento. Unos auditores pidieron los datos y, como no llegaron, lo dejaron escrito. Son piezas corrientes de la maquinaria que Yarvin quería jubilar, y siguen funcionando.


← Índice del libro

Si lo que has leído te ha servido, puedes invitarme a un café. Aquí en Puerto Sagunto cuesta 1,70 €.

Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Este sitio es un proyecto de RedBeta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tecnofeudalismo Entrada anterior Tecnofeudalismo
Nacionalismo y guerra Entrada siguiente Nacionalismo y guerra

Este sitio es un proyecto de RedBeta