Un marco vivo para el siglo
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Manifiesto humanista para el siglo XXI · punto 16 · ampliación

Este texto lleva fecha: 2026, y la lleva a propósito. Un manifiesto que se declara terminado se vuelve reliquia —la primera servidumbre que un texto se impone a sí mismo—, algo que a los quince años hay que defender en lugar de usar. Este se revisa entero cada cinco años, contrastando lo escrito con lo que de verdad haya pasado: lo que se quede corto o se quede viejo se corrige, nunca se justifica, porque corregir un texto propio es la única forma honesta de sostenerlo. El núcleo no se toca —humanismo laico, anticapitalismo, dignidad extendida, antifascismo—; todo lo demás está a prueba, siempre. No prometemos que salga bien. Es posible que dentro de treinta años alguien lea estas páginas y le parezcan la ingenuidad de una época que ya sabía lo que venía y no lo paró a tiempo. Ese riesgo también lo firmamos, sin la coartada de decir que no se podía saber. Lo que ofrecemos, más que consuelo o certeza, es trabajo: la esperanza existe solo mientras alguien la está haciendo. Quien nazca en 2090 no va a leer esto. Va a heredar lo que hagamos con ello.

«Un documento histórico que ya no tenemos derecho a modificar.» Lo firman en Londres, el 24 de junio de 1872, los dos hombres que lo escribieron veinticuatro años antes, cuando uno tenía veintinueve y el otro veintisiete.

La frase está en el prólogo a una reedición alemana del Manifiesto comunista. En ese mismo prólogo Marx y Engels reconocen que el programa de medidas del segundo capítulo ha envejecido, que hoy lo redactarían de otra manera, que la Comuna de París les ha enseñado algo que en 1848 no sabían.

Dos hombres vivos y en plena producción, renunciando por escrito a corregir lo que ellos mismos sabían que se había quedado corto.

La solución que eligieron fue el prólogo. Engels siguió escribiéndolos hasta 1893, uno tras otro, para ediciones en ruso, inglés, polaco o italiano, y el texto quedó dentro, intacto, mientras los prólogos crecían alrededor como andamios en una catedral que nadie se atreve a restaurar. Generaciones enteras discutieron después qué había querido decir cada párrafo en lugar de preguntarse si seguía siendo verdad. Un texto que nadie toca deja de leerse: se venera, que es la manera más educada de dejar de leer.

A eso llama el párrafo de este punto la primera servidumbre que un texto se impone a sí mismo. Y tiene un parentesco incómodo con el asunto de todo el libro. Un texto así funciona igual que un algoritmo que nadie audita: se aplica, se cita, se obedece, y nadie responde de lo que produce. La servidumbre del algoritmo empieza en el mismo sitio que la del dogma, en el momento en que una regla escrita por alguien deja de tener a alguien detrás que la pueda cambiar.

Este punto escribe la cláusula contraria. El texto lleva fecha, 2026. Se revisa entero cada cinco años. Cuatro compromisos quedan fuera de la revisión y todo lo demás está a prueba. Este manifiesto ya ha cambiado antes de existir como libro: la primera versión, publicada en redbeta.org, tenía doce principios y otro nombre, y la que tienes delante tiene dieciséis. Lo cuento porque es la única prueba disponible, por ahora, de que la cláusula va en serio.

Usufructo

El 6 de septiembre de 1789, siete semanas después de la toma de la Bastilla, Thomas Jefferson escribe desde París una carta a James Madison con una cuenta hecha sobre tablas de mortalidad. Si la mayoría de los adultos vivos en un momento dado habrá muerto en unos diecinueve años, ninguna generación tiene derecho a atar a la siguiente. La tierra, dice, pertenece en usufructo a los vivos. De ahí saca una conclusión que todavía hoy suena a provocación. Toda constitución y toda ley caducan de forma natural a los diecinueve años, y prolongarlas es dejar que los muertos gobiernen a los vivos.

Madison le contestó en febrero de 1790 con la objeción que cualquier persona sensata habría puesto. Un gobierno con fecha de caducidad pierde la veneración que el tiempo concede a las instituciones, y hasta el gobierno más sabio la necesita. Cada vencimiento abriría una pelea por empezar de cero.

La versión más honesta del argumento contrario va todavía más lejos. Un manifiesto en revisión permanente es una bandera peor. La reacción tiene a su favor la eternidad, o la apariencia de eternidad: tradición, nación, orden natural de las cosas, palabras que prometen no cambiar nunca. Quien sale a la calle con un texto que avisa de que dentro de cinco años puede decir otra cosa compite en desventaja. Y la inestabilidad de las reglas castiga siempre más a quien no puede esperar a que se aclaren. Concedo la primera parte sin rebaja. Algo de fuerza movilizadora se pierde, y no tengo forma de medir cuánta.

La segunda parte tiene respuesta empírica. Zachary Elkins, Tom Ginsburg y James Melton reunieron en 2009 los datos de todas las constituciones nacionales escritas desde 1789 y calcularon su esperanza de vida. La mediana es de diecinueve años. Jefferson acertó la cifra, solo que la realidad llegó a ella por golpes de Estado y guerras, casi nunca por revisión tranquila. Eso es dato sólido, una descripción sobre la serie histórica completa. Al buscar por qué unas duran más que otras, encontraron que las redactadas con más participación, las más concretas y, sobre todo, las que admiten enmienda con menos obstáculos tienden a vivir más. Aquí la evidencia baja un escalón: es asociación observacional, y los propios autores la presentan con cautela. La lectura que me permito es modesta. Lo que se deja enmendar muere menos de muerte violenta, y una ruptura violenta castiga a quien no puede esperar bastante más que cualquier enmienda.

Trece días

La Constitución española de 1978 se ha reformado cuatro veces en cuarenta y ocho años. La primera, en 1992, le añadió dos palabras al artículo 13, «y pasivo», para que los ciudadanos europeos pudieran presentarse a las municipales como pedía Maastricht.

La segunda empezó el 23 de agosto de 2011, con las elecciones generales ya fijadas para noviembre, cuando el presidente del Gobierno propuso en el Congreso reformar el artículo 135. PSOE y PP la registraron juntos el 26 de agosto. El Congreso la aprobó el 2 de septiembre por lectura única, el Senado pocos días después, y el 27 de septiembre estaba en el Boletín Oficial del Estado. Trece días de tramitación parlamentaria. Nadie reunió el diez por ciento de diputados o senadores necesario para exigir referéndum. Desde entonces la Constitución dice que el pago de los intereses y del capital de la deuda pública goza de prioridad absoluta.

La tercera tardó bastante más. La redacción original del artículo 49 hablaba de «disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos», y las organizaciones de personas con discapacidad llevaban décadas pidiendo que se cambiara la palabra. La reforma se publicó el 17 de febrero de 2024.

Cuarenta y cinco años para dejar de llamar disminuidas a millones de personas. Trece días para garantizar a los acreedores que cobrarían primero.

La cuarta, publicada el 20 de mayo de 2026, da a Formentera un senador propio y no la menciono por nada más que por exactitud.

Mi lectura, y la firmo como opinión razonada, es que revisar un texto no es en sí mismo un gesto progresista. Es un poder. Quien sostiene el lápiz decide qué ha envejecido y qué sigue vigente, a qué velocidad se corrige y en beneficio de quién. Un manifiesto que promete revisarse cada cinco años y no dice quién lo revisa ni ante quién responde de cada corrección ha resuelto la mitad fácil del problema.

Tampoco basta con poner fecha. El Acuerdo de París obliga a cada país a presentar sus compromisos climáticos cada cinco años, cada ronda más ambiciosa que la anterior. La tercera ronda vencía el 10 de febrero de 2025, y ese día la habían cumplido 13 de las 195 partes. Un año después, en febrero de 2026, el registro de Climate Watch contaba 134 países con el compromiso nuevo entregado, contando uno a uno los miembros de la Unión Europea. Un calendario de revisión es una promesa, y las promesas de revisión se aplazan con una facilidad que debería ponernos en guardia sobre la nuestra.

El núcleo y la corteza

Queda la objeción más seria, y viene de dentro. El punto 13 de este manifiesto defiende que una afirmación vale por lo que la sostiene y que cambiar de idea ante una prueba mejor no es flaqueza. Este blinda cuatro compromisos contra cualquier revisión: humanismo laico, anticapitalismo, dignidad extendida, antifascismo. Quien lea los dos seguidos tiene derecho a preguntar si esto es un dogma con buenos modales.

Tiene algo de decisión no sometida a prueba, sí, y fingir lo contrario sería deshonesto. Para medir cuánto, me sirve Imre Lakatos, que en 1970 describió cómo funcionan de verdad los programas de investigación científica. Todo programa protege un núcleo firme por decisión de método, sin haberlo demostrado, y somete a prueba el cinturón de hipótesis auxiliares que lo rodea. Lo que distingue un programa sano de uno moribundo es lo que hace con ese cinturón. El programa progresa cuando cada ajuste anticipa algo nuevo que después se confirma. Degenera cuando cada ajuste solo sirve para absorber un fracaso y salvar el núcleo sin anticipar nada.

Esa distinción es la que el párrafo de este punto convierte en regla: lo que se quede corto se corrige, nunca se justifica. Corregir es el movimiento progresivo de Lakatos. Justificar es el degenerativo, la hipótesis de rescate cosida a mano para que la realidad deje de molestar. La consecuencia incómoda es que el núcleo tampoco queda a salvo. Un dato no lo refuta, porque un compromiso no se refuta igual que una predicción. Puede morir de otra manera, por degeneración, si cada revisión se limita a explicar por qué lo que falló no contaba.

Hannah Arendt ayuda a ver por qué los cuatro compromisos son de otra naturaleza. En La condición humana, de 1958, distinguía dos facultades con las que los humanos se defienden del tiempo. Contra lo impredecible del futuro, la promesa, que levanta pequeñas islas de previsibilidad en un océano de incertidumbre. Contra lo irreversible del pasado, el perdón, que libera de lo hecho y deja empezar de nuevo. El núcleo de este manifiesto es una promesa. El antifascismo se cumple o se traiciona, y ningún dato tiene nada que decir sobre eso. La revisión quinquenal pertenece a la otra facultad, la que permite soltar lo escrito en vez de quedarse prisionero de ello. Un texto que solo tuviera promesas sería un catecismo. Uno que solo tuviera revisión, una veleta.

Hay un control que ningún texto puede ejercer sobre sí mismo. Si los cuatro compromisos estuvieran equivocados, este manifiesto no tendría mecanismo interno para descubrirlo. Ese mecanismo existe fuera, en quien discrepa. Quien abandone el antifascismo estará escribiendo otro texto. Tiene todo el derecho a hacerlo, pero que no lo firme con este nombre.

Lo que va a envejecer primero

Prefiero dejar escrita una apuesta que se pueda perder. Creo que en la primera revisión habrán envejecido antes los nombres propios que las tesis. Hay un indicio a favor antes incluso de que el libro salga. El 12 de abril de 2026, con una participación de casi el 79 por ciento, la más alta desde 1990, el partido de Péter Magyar ganó las elecciones húngaras con mayoría de dos tercios, y Viktor Orbán, uno de los nombres del punto 2, reconoció la derrota esa misma noche tras dieciséis años en el poder.

La revisión tiene que saber registrar también las buenas noticias, y registrarlas sin triunfalismo. Magyar viene del entorno de Fidesz y se sitúa en el centroderecha. La alianza de Orbán conserva 52 de los 199 escaños, y él prometió seguir sirviendo al país desde la oposición, que es una manera de avisar de que no se va. Que caiga el nombre no garantiza que caiga el modelo que describe el punto 6, la democracia que conserva las urnas mientras vacía lo que hay dentro. Si en 2030 ese modelo ha retrocedido en Hungría, habrá que escribirlo. Si ha vuelto con otro nombre, también.

Hago kéfir en casa, cada día. Los gránulos piden leche nueva cada veinticuatro horas, y si un par de días me olvido de cambiársela se agrian y empiezan a debilitarse. Nunca he encontrado una definición mejor de lo que significa que algo esté vivo: que deja de estarlo si nadie lo atiende.

La cláusula contraria

Por eso la esperanza no puede quedarse en la promesa de revisar. Tiene que tener forma. La Agenda Humanista 2050 fija el calendario, 2030, 2035, 2040, 2045 y 2050, y le añado una condición que nos obliga desde hoy. En cada revisión, el texto de 2026 se publicará al lado del nuevo, con las líneas tachadas a la vista y una frase, una sola, explicando cada tachadura: qué se afirmó, qué pasó en realidad, qué se corrige. Sin prólogos que rodeen el original para no tocarlo. Las tachaduras dentro, donde se vean.

Es un gesto pequeño, y cualquiera que firme un texto público puede copiarlo mañana. Funciona al revés que el artículo 135: despacio, y con la cuenta de cada cambio delante de quien lee.

Marx y Engels dejaron firmado que ya no tenían derecho a modificar su manifiesto. Este firma lo contrario, y lo firma antes de que haga falta: tenemos la obligación de hacerlo.

Si en 2030 este texto llega limpio, sin una sola tachadura, no será porque acertó en todo. Será porque nadie lo estaba usando.


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