Dieciséis principios para una dignidad extendida
Dr. Ricardo Villanueva
Parte I del libro · índice del libro
1Diagnóstico del siglo
Siete de los nueve límites que mantienen habitable el planeta están rebasados, y según la revisión anual del Instituto de Potsdam, publicada en septiembre de 2026, los siete marcan su peor registro. El siglo arranca con dos crisis que avanzan juntas, se alimentan entre sí y no admiten diagnóstico por separado. La primera es material y no necesita interpretación: clima, biodiversidad, agua dulce, ciclos del nitrógeno y del fósforo y, desde 2025, también la acidez del océano; la factura la paga primero quien menos decidió sobre ella. La segunda es política y cuesta más señalarla, porque no deja huella visible: un puñado de corporaciones ha convertido el cómputo, los datos y la atención en propiedad privada, y sobre esa propiedad una familia ideológica reaccionaria ha construido su instrumento de gobierno. Avanzan a la vez por una razón precisa. El desorden ecológico fabrica miedo, y el miedo es la materia prima con la que ese poder compra obediencia a cambio de la promesa de orden. Separar el colapso del planeta del ascenso autoritario pasa por prudencia analítica y es la forma más cómoda de no entender ninguno de los dos. Lo que se cuenta junto se puede combatir junto, y este manifiesto empieza contándolo así.
2Los antagonistas, nombrados
No hay nada nuevo en querer mandar sin rendir cuentas: lo nuevo es la escala de los medios y la coherencia del proyecto. Curtis Yarvin propone sustituir la democracia por un mando único, con la empresa como modelo de gobierno. Peter Thiel escribió en 2009 que ya no creía compatibles la libertad y la democracia, y después puso dinero donde había puesto la frase. Nick Land bautizó esa corriente en 2012: Ilustración Oscura. Parte de quienes hoy gobiernan en Washington se formó en ese taller de ideas. En Europa el mismo núcleo gobierna, gobernó o aspira a gobernar con siglas distintas —Meloni, Orbán, Le Pen— y un vocabulario idéntico: nación, tradición, frontera. En Moscú, Dugin le da forma de civilización y Putin, que no necesita a Dugin para hacerlo, le pone ejército. Cambian el país y hasta el acento; la lógica de poder se repite, con un enemigo interior siempre a mano para justificar la próxima excepción. Frente a esto no hay término medio. El antifascismo es la condición para entrar en este programa, no una de sus opciones. Combatimos ideas, decisiones y el poder que las sostiene. Nunca el cuerpo de nadie.
3Inteligencia artificial e internet
Un modelo de lenguaje no flota en la nube: alguien paga el cálculo que lo entrena, reúne los datos que lo alimentan y contrata la energía que lo sostiene, y esas tres llaves llevan camino de acabar en las mismas pocas manos. Esa concentración no es un efecto secundario del progreso técnico. Es su forma de gobierno, la más nueva y la menos debatida. Quien es dueño de la infraestructura decide en qué condiciones trabajamos, compramos, discutimos y nos informamos, y quien genera ese valor no es dueño de nada de lo que produce. Varoufakis llamó tecnofeudalismo a esa relación. El nombre admite objeciones; lo que señala, no: el beneficio que nacía de competir cede el sitio a la renta que se cobra por dejar entrar. Se nos repite que la técnica tiene rumbo propio y que a la sociedad solo le queda adaptarse. Es la falacia más útil para quien manda. Cada decisión que se atribuye a la máquina la tomó antes quien la posee, y disfrazarla de destino es la manera más eficaz de que nadie la cuestione. Frente al modelo propietario no basta con denunciar: proponemos cómputo que responda ante alguien, modelos que cualquiera pueda auditar, datos gestionados como bien común. Lo que decide qué pensamos no puede tener dueño.
4Trabajo y automatización
Un repartidor pierde el acceso a la aplicación un martes por la noche, y nadie firma esa decisión. La gestión algorítmica ha cambiado la forma del despido sin cambiar su efecto: un sistema asigna tareas, cronometra cada minuto y, si el ritmo no cuadra, expulsa a la persona de la plataforma sin que nadie responda por ello. Empezó en el reparto y la logística, sectores fáciles de vigilar por aplicación, y es el modelo hacia el que se desplaza cualquier trabajo que se pueda medir. Lo que la automatización ha hecho con el empleo es volverlo más vigilado, más barato y más fácil de trocear en turnos que ya no suman una jornada, mientras casi todo el aumento de productividad se queda del lado de quien posee el sistema. Llamar flexibilidad a esa precariedad esconde, con una sola palabra, quién gana y quién pierde. Exigimos que todo sistema que asigne, mida o sancione responda ante una persona con nombre y responsabilidad, porque esa responsabilidad no se delega en una máquina. España abrió el camino en 2021, al obligar a explicar los algoritmos a la representación de los trabajadores; la directiva europea de 2024 exige ya que la decisión de cerrar la cuenta de un trabajador la tome una persona. Falta que se cumpla. Exigimos también la parte que nos toca: menos jornada por el mismo salario, derecho a desconectar cuando acaba el turno, formación pagada por quien se beneficia del cambio. No pedimos protección frente a las máquinas. Pedimos que lo que ahorran se reparta entre quienes lo hicieron posible.
5Economía política: superar el capitalismo, no reformarlo
El capitalismo no funciona mal. Funciona exactamente según su propia lógica, y esa lógica es la razón por la que hay que superarlo en lugar de corregirlo. Un sistema que solo sobrevive creciendo choca de frente con un planeta de límites físicos. Un sistema que mide el valor por lo que se vende no sabe reconocer nada de lo que mantiene la vida sin cobrarse: el cuidado, el tiempo, los ecosistemas de los que depende cualquier otra actividad. Un impuesto más no basta para suavizar sus excesos. Discutimos la propiedad, además del reparto: qué puede seguir siendo privado, qué debe volver a lo público y qué debe gestionarse como comunes, desde los datos que generamos entre todos hasta el conocimiento y el agua. Defendemos una redistribución radical de la riqueza y del tiempo, una fiscalidad que alcance de verdad a las grandes fortunas y corporaciones, servicios públicos fuertes y una renta básica que los complete y jamás los sustituya. Sabemos lo que cuesta decirlo: este punto va a encontrar más resistencia organizada que ningún otro y va a avanzar más despacio. Lo sostenemos igual, porque ceder aquí es ceder en todo lo demás.
6Democracia radical
Nadie tiene derecho legítimo a decidir sobre la vida de otro sin que ese otro pueda exigirle cuentas. De esa idea sencilla sale toda democracia que merezca el nombre; la eficiencia, a veces, ni siquiera está de su lado. Votar cada cuatro años es el suelo, no el techo, y hoy ni el suelo aguanta. Donde el dinero compra la decisión antes de que llegue a las urnas, la forma democrática se conserva intacta mientras el contenido se vacía por dentro: así se desactiva un derecho sin derogarlo. Orbán bautizó ese vaciado como democracia iliberal y no se molestó en disimularlo. En abril de 2026, tras dieciséis años, los húngaros lo desalojaron con la participación más alta desde la caída del comunismo. El vaciado tiene vuelta atrás. Recuperar la forma, sin embargo, no basta. Queremos decisión compartida donde hoy solo hay delegación, presupuestos y asambleas ciudadanas cuyas conclusiones obliguen de verdad, y auditoría pública, con capacidad real de sanción, de los algoritmos que deciden quién accede a una ayuda, un empleo o un visado sin que nadie pueda pedirles explicaciones. Esa democracia no termina en la papeleta ni en el Parlamento. Entra en el centro de trabajo, donde hoy casi nunca llega. Menos delegación, más decisión compartida, en cada sitio donde alguien manda sobre la vida de otro.
7Dignidad extendida
La dignidad nunca ha sido una lista cerrada. Ha crecido siempre por ampliación, y cada ampliación pareció una extravagancia jurídica la víspera de conseguirse: sujetos que antes no contaban empezaron a contar, y el mundo, contra lo que se anunciaba, se hizo más justo. Sostenemos que el círculo vuelve a quedarse corto por dos lados. Uno es el de los sistemas de los que depende la vida —un río, un acuífero, una laguna como el Mar Menor, persona jurídica en España desde 2022—, que seguimos tratando como almacenes a la espera de comprador en lugar de como lo que son: condición de posibilidad de todo lo demás, nosotros incluidos. No decimos que merezcan protección porque tengan alma. Decimos que no la necesitan para merecerla; basta con que de ellos dependa lo que sí tiene interés en seguir existiendo. El otro lado es temporal: quien nazca en 2090 no vota hoy ni negocia hoy, y sin embargo vivirá dentro de lo que ahora se decida. Un sistema político que descuenta el futuro hasta dejarlo en cero roba con método, y llamarlo prudencia es la excusa que se lo permite.
8Un planeta vivo, no un recurso
La batería de un coche eléctrico empieza en una mina de cobalto del Congo o en un salar de litio de Atacama. Sustituir una tecnología contaminante por otra con mejor imagen no resuelve nada si el volumen de extracción y consumo se mantiene intacto: solo desplaza el daño a un territorio con menos poder para negarse. Ese desplazamiento es el mecanismo real del crecimiento verde, que promete el mismo nivel de consumo con la conciencia tranquila y deja la mina en otra parte, lejos de quien decidió abrirla. Rechazamos el extractivismo, también en la versión que se presenta como su superación. No proponemos austeridad —sabemos de sobra quién la paga siempre—, sino decrecimiento selectivo: que decrezca lo superfluo, lo pensado para durar poco y venderse otra vez, para que crezca lo necesario, lo que hoy falta y no se mide en unidades vendidas. Un país no es más rico porque su producto interior suba mientras el territorio que lo sostiene se vuelve cada año menos habitable. Confundir crecimiento con progreso es el error de fondo de todo un siglo. La economía es un subsistema de la biosfera. El orden inverso no está disponible, ni siquiera en bolsa.
9El cuerpo y la mente bajo el capitalismo
Medicina, psiquiatría y sociología archivan por separado lo que es una sola factura: el capitalismo daña el cuerpo, la mente y el vínculo entre las personas, tres heridas con un origen común. El cuerpo la paga en enfermedad cardiovascular, dolor crónico y agotamiento que ninguna revisión anual corrige, porque buena parte de la causa es laboral aunque se exprese en biología: turnos que no respetan el sueño, empleos que obligan a sumar otro. La OMS y la OIT calcularon en 2021 que las jornadas de cincuenta y cinco horas o más causaron unas 745.000 muertes por ictus y cardiopatía isquémica en un solo año. La mente la paga en ansiedad, insomnio y adicciones, diagnosticadas una por una como fallos personales cuando beben en gran medida de la misma fuente: una exigencia de disponibilidad permanente que trata el descanso como tiempo improductivo y llama emprendimiento a la precariedad. El lazo social se rompe casi en silencio, en una soledad que la OMS asoció en 2025 a cientos de miles de muertes al año. Tratar cada síntoma por separado —terapia, receta— alivia sin tocar la causa, y esa separación es una elección política antes que un límite técnico: cuesta menos financiar el tratamiento que transformar la vida material que lo provoca. Afirmamos que la salud, la vivienda y la educación son condiciones materiales de la dignidad y no admiten margen comercial. Ninguna receta sostiene una mente en calma, ni un cuerpo sano, sobre una vida material insegura.
10Feminismo y diversidad sin condiciones
En junio de 2022 el Supremo de Estados Unidos anuló el derecho federal al aborto, y en pocos meses más de una docena de estados lo había prohibido casi por completo. Sirvió de ensayo general. Cualquier proyecto reaccionario prueba primero su fuerza sobre el feminismo y los derechos LGTBI+, porque recortar derechos sobre el cuerpo y la identidad le cuesta menos, de forma inmediata, que recortar derechos económicos, y le sirve igual de bien para entrenar el resto del retroceso. Por eso están en el núcleo de este manifiesto: relegarlos a un capítulo final para quedar bien sería otra forma de cederlos. El orden en que empieza el ataque —el aborto, la educación sexual, la existencia pública de las personas trans— mide hasta dónde se puede llegar sin que el resto de la sociedad reaccione, y cada paso sin resistencia allana el siguiente. Tratarlo como asunto secundario mientras se discuten «las cosas serias» ignora que este es el campo de pruebas de todo lo demás. Afirmamos sin coletillas la igualdad efectiva, la libertad sobre el propio cuerpo y la diversidad de género y sexual como hecho humano, que nadie tiene potestad para otorgar ni para retirar. Nos llaman woke para ahorrarse el argumento; nos quedamos con la etiqueta y devolvemos el argumento que la etiqueta esquiva. Aquí no buscamos el centro: entre quien discrimina y quien es discriminado elegimos, y lo decimos en voz alta.
11Fronteras abiertas: migración y solidaridad
El pasaporte es la herencia que más condiciona una vida entera, y nadie eligió el suyo: decide si un viaje es un billete de avión o una travesía con una probabilidad razonable de no llegar. Ningún mérito ni ninguna culpa explica esa diferencia; solo el azar de haber nacido a un lado u otro de una línea que alguien trazó. Llamamos a las cosas por su nombre. No existen personas ilegales: existe una situación administrativa irregular que se trata como un delito sin serlo, para poder encerrar en centros de internamiento, deportar y disuadir con la ley de por medio. Defendemos la libertad de movimiento como derecho, no como excepción humanitaria que se concede caso por caso y se retira en cuanto conviene en campaña. Un derecho sujeto a la conveniencia de quien lo concede se convierte en limosna con forma de ley. Sabemos que hoy el viento sopla en contra, en Europa y en Estados Unidos, y que esta es la posición más incómoda de todo el manifiesto. La escribimos entera. Quien huye de una guerra, de una sequía o de un salario imposible hace exactamente lo que haríamos nosotros, y lo que hicieron nuestros abuelos camino de Alemania, de Francia o de Buenos Aires.
12Mirada planetaria, no occidental
El carbón que hoy calienta el planeta se quemó primero aquí, y la sequía la paga primero allí: esa asimetría histórica es el punto de partida. Este manifiesto se escribe desde Europa, pero no para Europa. Nombramos a Washington, Roma o Moscú porque los tenemos delante, y el mundo sigue mucho más allá de ellos. Se nos dice que defender derechos humanos universales es exportar una idea occidental, y conviene preguntar quién lo dice: casi nunca la persona a la que se los niegan, casi siempre el gobierno o el patrón que se beneficia de negárselos. Los derechos no se descubrieron en un continente. Se reclamaron en todos, contra quien tocara cada vez, y esa es la diferencia entre el universalismo como origen y el universalismo como conquista repetida. De ahí sale lo que debemos: condonación de la deuda ilegítima, reparación por el daño climático causado, instituciones internacionales donde el Sur Global tenga voto, además de voz. No hablamos en nombre de nadie. Hacemos sitio para que hable todo el mundo.
13Razón sin dogmas
Una afirmación vale por lo que la sostiene, no por lo bien que suena ni por cuánta gente la repite: la verdad no se decide por votación. Defendemos un Estado laico, que no negocia el contenido de una ley con ninguna iglesia ni financia con dinero público la fe de nadie. Cada cual cree lo que quiera, en su casa y en su templo, y con eso no manda en el hospital ni en el aula: solo así conviven todas las creencias sin que ninguna se imponga. Rechazamos el pensamiento mágico y las pseudociencias porque venden certeza donde solo hay evidencia provisional, y esa certeza falsa cuesta dinero, tiempo y a veces la vida de quien la compra. Tampoco aceptamos el movimiento contrario, el que iguala evidencia y opinión y llama libertad a esa igualación. Delante de un dato no todas las posturas pesan lo mismo, y fingir lo contrario es abandonar el criterio, por mucho que se vista de tolerancia. Asumimos la parte que nos obliga: decir qué sabemos, con qué grado de certeza y dónde se acaba. Cambiar de idea ante una prueba mejor es el método. El único que ha aprendido a corregirse a sí mismo.
14Compañeros de viaje, identidad propia
En cualquier manifestación decente caben banderas que entre ellas no se hablan, y así debe ser: compartir calle y urna no exige compartir doctrina. Nos aliamos con socialistas, eurocomunistas y todo progresismo humanista que no pida el carné antes de dar la mano, porque el terreno común —justicia social, redistribución, servicios públicos, antifascismo sin matices— es real y merece defenderse sin confundirlo con una identidad. Alianza, no matrimonio: la primera sostiene la discrepancia; el segundo, en cuanto deja de admitir fisuras, se convierte en absorción. Firmamos lo que compartimos. Y decimos ya, para que nadie las descubra tarde, las dos discrepancias que mantenemos. Una: no subordinamos este proyecto a la ortodoxia ni al vocabulario heredado de ningún partido, ni convertimos a un pensador del siglo veinte en escritura sagrada. Dos: el antiimperialismo no es un cheque en blanco. Quien blanquea a Putin o aplaude a un régimen autoritario solo porque incomoda a Washington ya ha cambiado de bando, aunque siga cantando lo mismo. Con quien lo haga compartiremos manifestaciones y hasta alguna victoria puntual. No compartiremos manifiesto, porque un texto lo firma la coherencia, y la conveniencia del momento caduca con el momento.
15La batalla cultural
Una ley que la mayoría no considera sentido común dura lo que tarda en cambiar el gobierno. La política institucional se sostiene sobre la batalla cultural, y esa batalla ahora mismo la estamos perdiendo. Dos relatos ocupan el terreno y parecen enfrentados sin serlo del todo: uno dice que el desastre ya está escrito y solo queda elegir butaca; el otro, que la técnica lo arreglará sola si nadie la molesta. Uno paraliza, el otro delega, y los dos dejan las manos libres a quien manda, que es lo único que se les pide. Contra eso no basta con tener razón, porque la razón no gana por sí sola el sentido común de nadie: hay que pelearlo donde se está formando, que casi nunca es donde ya se comparte. Ganar unas elecciones con el sentido común del adversario intacto solo aplaza la derrota. La hegemonía cultural se disputa todos los días, en cada aula y en cada pantalla, y quien abandona ese terreno se lo regala entero al contrario. Queremos que dentro de veinte años esto no suene a manifiesto. Que suene a obviedad.
16Un marco vivo para el siglo
Este texto lleva fecha: 2026, y la lleva a propósito. Un manifiesto que se declara terminado se vuelve reliquia —la primera servidumbre que un texto se impone a sí mismo—, algo que a los quince años hay que defender en lugar de usar. Este se revisa entero cada cinco años, contrastando lo escrito con lo que de verdad haya pasado: lo que se quede corto o se quede viejo se corrige, nunca se justifica, porque corregir un texto propio es la única forma honesta de sostenerlo. El núcleo no se toca —humanismo laico, anticapitalismo, dignidad extendida, antifascismo—; todo lo demás está a prueba, siempre. No prometemos que salga bien. Es posible que dentro de treinta años alguien lea estas páginas y le parezcan la ingenuidad de una época que ya sabía lo que venía y no lo paró a tiempo. Ese riesgo también lo firmamos, sin la coartada de decir que no se podía saber. Lo que ofrecemos, más que consuelo o certeza, es trabajo: la esperanza existe solo mientras alguien la está haciendo. Quien nazca en 2090 no va a leer esto. Va a heredar lo que hagamos con ello.
Manifiesto humanista para el siglo XXI · Dr. Ricardo Villanueva · redbeta.org, 2026