Hallábase una Perra de presa en estado interesante, y no sabiendo dónde cobijarse para salir de él, consiguió de una compañera que le dejase entrar en su cubil por breve tiempo.
Al cabo de algunos días, vio volver a la amiga, y con nuevos ruegos le pidió que prorrogase el plazo una quincena. Los cachorrillos apenas podían andar; y con estas y otras razones, logró lo que quería.
Pasó la prórroga, y la compañera volvió a pedirle su casa, su hogar y su lecho. Esta vez la Perra le enseñó los dientes, diciendo:
—Saldré, con todos los míos, cuando nos eches de aquí.
Eran ya crecidos los cachorros.
Si das algo a quien que no lo merece, lo llorarás siempre. No recobrarás lo que prestas a un pícaro, sin andar a palos. Si le alargas la mano, tomará el brazo.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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