El joven poeta le dijo a la princesa:
-Te amo.
-Yo también te amo, hijo mío -dijo la princesa.
-Yo no soy tu hijo. Soy un hombre y te amo.
-Soy la madre de hijos e hijas -respondió ella-, y ellos son padres y madres de hijos e hijas; y uno de los hijos de mis hijos es mayor que tú.
El joven poeta protestó:
-Pero te amo.
No mucho después la princesa murió. Mas, antes de que su último suspiro fuera recibido nuevamente por el gran suspiro de la tierra, ella dijo desde su alma:
-Mi bien amado, mi único hijo, mi joven poeta, llegará el día en que nos encontremos de nuevo y yo no tendré setenta años.
Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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