Quirófano vacío fotografiado con objetivo de ojo de pez: la lámpara quirúrgica arriba y el campo visual deformado en los bordes

3.1 Física de la visión de túnel: cuando la periferia se apaga primero

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En 1994, Thomas Lempert y sus colaboradores, en Berlín, provocaron síncopes en 56 de 59 voluntarios sanos con una secuencia de hiperventilación, bipedestación y maniobra de Valsalva, y lo grabaron todo con dos cámaras. La mayoría mantuvo los ojos abiertos mientras perdía la conciencia (Annals of Neurology, 1994).

Nadie te prepara para los ojos. No se cierran solos, como en las películas. Se quedan abiertos, mirando algo que nosotros no vemos. Alguien tiene que cerrarlos después.

Lo más probable es que no miren nada. Los fotorreceptores de la retina consumen oxígeno a un ritmo muy alto, y la retina interna trabaja con una presión de oxígeno de unos 20 milímetros de mercurio, según la revisión de Norbert Wangsa-Wirawan y Robert Linsenmeier en Archives of Ophthalmology (2003). Cuando la sangre deja de llegar, tiene muy poco margen. En las 42 síncopes completas del estudio de Lempert, alrededor del 60 % de los voluntarios contó después haber visto u oído cosas que no estaban allí.

De todo lo que cuentan quienes vuelven de una parada, el túnel es la imagen que más ha viajado. En el estudio prospectivo que Pim van Lommel dirigió en diez hospitales holandeses (The Lancet, 2001), 62 de 344 supervivientes describieron una experiencia cercana a la muerte, y casi un tercio de ellos habló de avanzar por un túnel. Que la imagen fuera un producto de la cultura occidental que la había popularizado era una sospecha razonable. Satwant Pasricha e Ian Stevenson habían recogido en la India dieciséis relatos sin túnel. Susan Blackmore volvió a preguntar allí con un anuncio en un periódico que no mencionaba túneles, y de los ocho relatos de experiencias cercanas a la muerte que recibió, tres hablaban de un túnel o de un lugar oscuro (Journal of Near-Death Studies, 1993). Son pocos casos, pero bastaron para que el título de su artículo dijera que en la India también hay túneles.

Si una misma forma aparece en un cardiópata holandés y en un relato de la India, caben dos lecturas. O el túnel es un lugar, o es una propiedad del aparato que mira. La segunda se puede poner a prueba.

La prueba más limpia salió de una centrifugadora. Entre finales de los setenta y principios de los noventa, James Whinnery, médico e investigador de la aviación militar estadounidense, estudió a sujetos sanos sometidos a aceleraciones crecientes hasta que perdían la conciencia. La aceleración empuja la sangre hacia las piernas y la presión arterial cae a la altura de la cabeza. Con Angela Whinnery analizó 500 episodios en Archives of Neurology (1990): la pérdida de conciencia seguía una cinética tan regular que podía cronometrarse, y en torno al 70 % de los episodios terminaba con sacudidas mioclónicas. Cuando la aceleración subía despacio, la vista avisaba antes que nada.

El ojo trabaja a presión. Dentro del globo ocular hay una presión de unos 14 milímetros de mercurio de media, y la sangre solo entra en la retina si empuja con más fuerza que eso. La corteza cerebral no tiene ese obstáculo, y por eso, cuando la presión cae, el ojo falla antes que el cerebro. La revisión de David Newman en el Journal of the Australian Military Medicine Association (1997) describe la secuencia clásica. Hacia los tres o cuatro G, la circulación de la retina se resiente desde las zonas más alejadas del punto por donde entra la arteria, y el piloto ve gris y estrecho. Algo más arriba se queda ciego del todo, todavía consciente. Después se apaga. Los pilotos de caza aprenden a usar ese estrechamiento como chivato: les dice que están en el límite del giro. Si la aceleración llega de golpe, no da tiempo a ningún aviso y la conciencia cae sin túnel previo.

Ese es el modelo de manual, y en 2023 le salió una grieta. Joseph Britton y su equipo del Centro de Medicina de Aviación de la Real Fuerza Aérea británica pusieron delante de once voluntarios, en la centrifugadora, una pequeña rejilla central de muy bajo contraste junto a las luces periféricas de siempre (Aerospace Medicine and Human Performance, 2023). La rejilla del centro desaparecía antes que las luces de los lados, con una diferencia de entre 0,3 y 0,5 G, y lo hacía en todos los tipos de prueba. Los autores proponen otra lectura del fenómeno. Bajo aceleración, la retina necesita cada vez más luz para detectar un estímulo, y ese umbral sube más deprisa en la periferia que en el centro. Si el mundo está iluminado de forma pareja, los bordes llegan antes al umbral, y el campo visual se cierra como un túnel. Un estímulo central débil, en cambio, se pierde primero. Ya en 1956, Lewis y Duane habían registrado en el Journal of Applied Physiology actividad eléctrica en la retina de cinco sujetos que, en la centrifugadora, decían no ver nada.

Once personas son pocas, y el estudio se diseñó para medir tolerancia a la aceleración, sin ninguna pretensión sobre las experiencias cercanas a la muerte. Está medido que la hipoperfusión del ojo estrecha el campo visual. Lo que sospechamos, con estos datos, es que el túnel nace de una retina a la que le cuesta cada vez más ver, y a la que le cuesta antes en los bordes, más que de una retina que muere de fuera hacia dentro.

Una parada cardiaca, sin embargo, no se parece del todo a una centrifugadora. La sangre deja de llegar al ojo y al cerebro a la vez, y la corteza tiene su propia geometría.

El mapa clásico de la corteza visual primaria se trazó con heridos de guerra que tenían metralla en la región occipital. En 1991, Jonathan Horton y William Hoyt compararon resonancias magnéticas con los defectos del campo visual de pacientes con lesiones occipitales y vieron que ese mapa se había quedado corto en el centro (Archives of Ophthalmology, 1991). Daniel Adams y el propio Horton lo midieron después con más precisión en el macaco, cuyo mapa visual es muy parecido al nuestro: los ocho grados centrales del campo visual, una porción pequeña de lo que se ve, ocupan casi la mitad de la corteza visual primaria (The Journal of Neuroscience, 2003). Es un mapa dibujado como un plano turístico: el casco antiguo, calle por calle, y las afueras, apretadas en el margen.

Susan Blackmore y Tom Troscianko, en Bristol, sacaron de esa desproporción un modelo del túnel (Journal of Near-Death Studies, 1989). Si la falta de oxígeno desinhibe la corteza visual y sus neuronas empiezan a disparar al azar, el ruido se concentrará donde hay más neuronas, que es en la representación del centro. El resultado, simulado en un ordenador, era un punto claro en medio de la oscuridad que crecía a medida que aumentaba el ruido. Visto desde dentro, un punto de luz que se agranda se parece a acercarse a él. El modelo hace una predicción que nadie ha comprobado: una persona ciega por una lesión del ojo, con la corteza intacta, también debería ver el túnel.

Hay un tercer mecanismo, y es más viejo. En los años veinte, Heinrich Klüver tomó mescalina y pidió a otros que la tomaran, y comprobó que las visiones geométricas se repetían en todos ellos. Con los años clasificó esas visiones en cuatro familias, que llamó constantes de forma. Una de ellas eran los túneles y los embudos. Las mismas formas aparecen en la migraña, en algunas epilepsias, ante una luz estroboscópica y al apretarse los ojos cerrados. Bard Ermentrout y Jack Cowan propusieron una explicación en Biological Cybernetics (1979), y Paul Bressloff, Cowan y sus colaboradores la ampliaron en Philosophical Transactions of the Royal Society B (2001). La retina se proyecta sobre la corteza en coordenadas casi polares. Una franja recta de actividad en la corteza corresponde, en el campo visual, a un anillo o a una espiral alrededor del punto que se mira. Cuando la corteza pierde la inhibición que la mantiene en reposo, se organiza sola en franjas, y quien la habita ve un túnel. En cortes de cerebro de ratón, las interneuronas rápidas que sostienen esa inhibición son de las que peor toleran la falta de oxígeno y glucosa (Nadezhda Povysheva y colaboradores, Neuroscience, 2019). En el cerebro humano que muere, que pase lo mismo es hipótesis.

El túnel tiene mecanismo. Tiene más de uno.

Ninguno de los tres se ha medido en un cerebro que muere. Los de Blackmore y Cowan son modelos que reproducen la forma de lo que cuentan los pacientes, y eso los coloca en el terreno de lo que especulamos con fundamento. Tampoco se excluyen entre sí: un ojo con el umbral disparado y una corteza desinhibida pueden coincidir en el mismo minuto. La luz es más difícil. James Owens, Emily Cook e Ian Stevenson revisaron las historias clínicas de 58 personas con relatos de experiencias cercanas a la muerte (The Lancet, 1990). Veintiocho habían estado de verdad a punto de morir, y las otras treinta solo lo habían creído. Los relatos de los dos grupos eran casi iguales, pero quienes habían estado más cerca contaban con más frecuencia una luz intensa. Los autores subrayaron algo más incómodo: los más graves contaban también una mente más clara, justo cuando su cerebro debía de funcionar peor, y pidieron que se investigara. Es un estudio retrospectivo y pequeño, y esa claridad es un recuerdo que nadie midió. Si se confirmara, la lectura más económica, y es la mía, sería que a más hipoxia, más desinhibición, y con ella más luz.

Queda lo que ignoramos, que en este caso es el momento. Los pilotos de Whinnery y los voluntarios de Lempert perdían la conciencia tras una caída de presión de varios segundos, y la recuperaban en poco más; la inconsciencia de los pilotos duraba unos doce segundos de media. En una parada el flujo se corta, y la corteza se queda en silencio en cuestión de segundos, como mostraban los registros del capítulo anterior. Un túnel necesita una corteza que todavía funcione, aunque funcione mal. Puede formarse en los segundos previos, si la parada llega precedida de una arritmia que ya bajaba la presión, durante una reanimación que devuelve un flujo escaso o al volver la circulación. Whinnery sostuvo en 1997 que las visiones breves de sus pilotos aparecían en la transición de vuelta a la conciencia. Nadie ha registrado lo que hace la corteza visual de un paciente mientras atraviesa el túnel que contará después. Y dos de cada tres personas con una experiencia cercana a la muerte, en la serie de van Lommel, no hablaron de túnel. Explicarlo no lo borra.

Todo túnel supone, además, a alguien que mira desde dentro. El ojo y la corteza visual explican la forma de lo que se ve. No explican dónde se coloca quien lo ve, y en algunos relatos ese alguien ya no está en la camilla.

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