Persona sentada de espaldas con auriculares y el cerebro y la médula superpuestos, ante un sistema de dos cámaras sobre trípode

3.2 Parietal y «salida del cuerpo»: mapas corporales en cortocircuito

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En 2002 bastó una corriente eléctrica aplicada en un punto concreto de la corteza para que una mujer se viera desde el techo.

Tenía 43 años y una epilepsia del lóbulo temporal derecho que no respondía a los fármacos, y los neurocirujanos de los Hospitales Universitarios de Ginebra le habían colocado electrodos bajo la duramadre para localizar el origen de sus crisis. Despierta, iba describiendo lo que sentía mientras estimulaban zona por zona. Al llegar al giro angular derecho, con corriente baja, dijo que se hundía en la cama o que caía desde una altura. Al subir la intensidad, contó que se veía tumbada, desde arriba, aunque solo le alcanzaba la vista a las piernas y a la parte baja del tronco. En otras estimulaciones de la misma zona se sintió ligera, flotando a unos dos metros sobre la cama. Olaf Blanke, Stéphanie Ortigue, Theodor Landis y Margitta Seeck lo publicaron en Nature ese mismo año. El título del artículo era una declaración: se pueden estimular percepciones ilusorias del propio cuerpo.

Para entender por qué funciona hay que preguntarse cómo sabe el cerebro dónde está uno. Lo calcula, cruzando varias fuentes. Los ojos informan de dónde queda el mundo, el oído interno de hacia dónde tira la gravedad y la piel de dónde acaba el cuerpo, y los músculos y las articulaciones de cómo están colocados los miembros. Cada fuente tiene su propio formato y su propio retraso. La sensación tranquila de estar aquí, detrás de los ojos, dentro de este cuerpo, es el resultado de ponerlas de acuerdo cientos de veces por segundo. Una triangulación, y no siempre limpia.

El sitio donde más convergen esas señales es la unión temporoparietal, la encrucijada entre los lóbulos temporal y parietal donde está el giro angular. En 2004, Blanke y su grupo describieron en Brain a seis pacientes neurológicos con experiencias extracorporales o con autoscopia, la visión del propio cuerpo como si fuera ajeno. En cinco, la lesión o la descarga anómala estaba en la unión temporoparietal. Muchos describían a la vez sensaciones vestibulares: flotar, volar, elevarse, girar. Los autores propusieron que hacían falta dos fallos simultáneos. En el primero, el tacto, la posición de los miembros y la vista dejan de componer un solo cuerpo. En el segundo, el sistema vestibular deja de encajar el espacio del propio cuerpo con el espacio que se ve. Con los dos a la vez, el punto de vista se suelta.

Al año siguiente, el mismo grupo buscó esa región en cerebros sin lesión (The Journal of Neuroscience, 2005). Pidieron a voluntarios sanos que se imaginaran en la postura y con la perspectiva típicas de una salida del cuerpo, y los potenciales evocados mostraron una activación selectiva de la unión temporoparietal entre 330 y 400 milisegundos después del estímulo. Si en ese momento le aplicaban estimulación magnética transcraneal, a los voluntarios les costaba más hacer la rotación mental de su propio cuerpo; con los objetos no pasaba. Y una paciente cuyas experiencias extracorporales nacían en esa misma zona activaba parcialmente su foco epiléptico solo con imaginarlas.

Una lesión o un electrodo en un epiléptico son casos raros. Lo que convirtió esta idea en algo que se sabe fue provocar la experiencia, y no solo imaginarla, en gente sana. En agosto de 2007, Science publicó dos experimentos con la misma lógica. Henrik Ehrsson, entonces en el University College de Londres, sentó a sus participantes con unas gafas de vídeo conectadas a dos cámaras colocadas dos metros detrás de ellos. Cada uno veía su propia espalda, en relieve, como si estuviera sentado más atrás. Con una varilla, Ehrsson tocaba el pecho real del participante, fuera de su vista, y con otra hacía el mismo gesto en el aire, justo debajo de las cámaras, donde habría estado el pecho del cuerpo ilusorio. Si los dos movimientos iban sincronizados, los 18 voluntarios del primer experimento afirmaron, en conjunto, sentirse en el lugar de las cámaras.

Después vino el martillo. Tras cuarenta a ochenta segundos de toques sincronizados, Ehrsson amagaba un golpe contra el punto donde habría estado la cara del cuerpo ilusorio, y medía la conductancia de la piel, el sudor que delata el susto. En los doce participantes de ese experimento, la respuesta era mayor cuando habían vivido la ilusión que cuando la estimulación iba desacompasada, y ellos mismos puntuaban más alta su ansiedad. Un tercer experimento descartó que fuera un simple reflejo condicionado. Su conclusión fue que la sensación de estar dentro del propio cuerpo puede quedar determinada del todo por procesos perceptivos. En el mismo número de la revista, Bigna Lenggenhager, Thomas Metzinger y Blanke consiguieron algo emparentado por el camino inverso. Los voluntarios veían su propia espalda filmada y proyectada dos metros por delante, mientras alguien se la acariciaba. Después, con los ojos tapados, los desplazaban hacia atrás y les pedían volver a su sitio, y tendían a pasarse, hacia el cuerpo que habían visto.

La ilusión de laboratorio es débil comparada con la de la paciente de Ginebra. Nadie flota ni se ve desde el techo, y todos saben en todo momento que siguen en la silla. Pero enseña lo esencial. Dónde nos sentimos es una conclusión del cerebro, y cuando le llegan datos contradictorios puede sacar la conclusión equivocada. El yo sigue a la cámara.

Cinco años después del caso de Ginebra llegó otro desde Amberes. Dirk De Ridder y sus colaboradores habían implantado un electrodo sobre la unión temporoparietal derecha de un hombre de 63 años con acúfenos que no respondían a nada (The New England Journal of Medicine, 2007). El ruido no cedió. A cambio, cada vez que encendían el estimulador, en menos de un segundo, el hombre sentía que su cuerpo estaba unos cincuenta centímetros detrás y a la izquierda, durante quince a veintiún segundos. No se veía a sí mismo desde fuera: seguía viendo el mundo desde sus ojos, y sin embargo se sentía en otro sitio. En doce tomografías por emisión de positrones, con estimulación real y simulada, durante los episodios aumentaba la actividad en la confluencia del giro angular con el supramarginal y en la parte posterior de la corteza temporal superior. La separación entre ver desde fuera y sentirse fuera muestra que la experiencia extracorporal se compone de varias piezas que pueden fallar por separado.

Silvio Ionta y el grupo de Blanke cerraron el círculo en 2011, en Neuron. El análisis de las lesiones de nueve pacientes con experiencias extracorporales volvía a señalar a la unión temporoparietal, y en voluntarios sanos, con un dispositivo que les acariciaba la espalda mientras veían un cuerpo en vídeo, la resonancia funcional mostró que la actividad de esa región seguía los cambios de dónde se sentían.

La localización del yo tiene una base neural identificable, y se puede manipular. Eso está medido. Lo que pasa en una parada es otro asunto.

Fuera del laboratorio la experiencia no es rara. En un capítulo de 2009 del tratado The Neurology of Consciousness, Blanke y Christophe Dieguez consideraban razonable que en torno al 5 % de la población general haya tenido alguna. En las experiencias cercanas a la muerte es mucho más frecuente: en la serie de van Lommel, uno de cada cuatro relatos la incluía, y en otras series que recogen Blanke y Dieguez llega a tres de cada cuatro. Los mismos autores recogen además un detalle que cambia la pregunta. Las experiencias extracorporales de origen neurológico ocurren con el paciente tumbado, y en una encuesta clásica de Celia Green que ellos citan, tres de cada cuatro personas sanas que las habían tenido estaban acostadas. Tumbado, el sistema vestibular recibe menos información útil sobre arriba y abajo, y el cerebro discute con más facilidad dónde queda cada cosa. Los autores relacionan con ese mismo sistema las sensaciones de elevación y de vuelta del revés que acompañan a muchos de estos relatos, y que también describen quienes han estado en ingravidez. Durante una reanimación, el paciente está boca arriba.

La otra pista es vascular. La unión temporoparietal queda cerca de la frontera entre los territorios de la arteria cerebral media y la posterior, una de las zonas que más sufren cuando la presión cae en todo el cerebro. Blanke y Dieguez propusieron que esa región se altera en las experiencias cercanas a la muerte dominadas por la salida del cuerpo, y advirtieron ellos mismos que es especulación: no hay registros eléctricos ni imágenes que lo confirmen en pacientes que vuelven de una parada con ese relato.

Lo que no sabemos empieza en el detalle. Las salidas del cuerpo provocadas en quirófano son breves, fragmentarias y pobres en detalle. La paciente de Ginebra veía sus piernas y poco más. Muchos relatos de parada, en cambio, describen la escena entera, con el equipo de reanimación y lo que decía cada uno. Puede que una corteza más dañada produzca una ilusión más elaborada, que la memoria rellene el resto después o que ocurran las dos cosas. Hay un problema añadido. Si la retina se apaga en los primeros segundos de la parada, la escena vista desde arriba no la pudo pintar el ojo. Mi lectura, sin hallazgo que la respalde, es que la monta el cerebro con lo que oye y con lo que sabe de cómo es una reanimación, y que la memoria la termina después.

Metzinger, el filósofo de aquel segundo experimento de 2007, defiende desde Being No One (2003) que el yo es un modelo que el cerebro construye de sí mismo y que nunca percibe como modelo. Al libro en que lo contó para el público general lo llamó, con intención, The Ego Tunnel (2009): el túnel del yo. La salida del cuerpo sería el momento en que el modelo coloca el punto de vista en el sitio equivocado y lo da por bueno. Esa idea no necesita nada que salga del cuerpo. Solo dice dónde se calcula la posición del que mira.

Hay un detalle que el laboratorio no reproduce. Los voluntarios de Ehrsson sudaban al ver venir el martillo contra un cuerpo que sabían ilusorio. En la serie de van Lommel, más de la mitad de quienes contaron una experiencia cercana a la muerte la describieron con emociones positivas. Verse desde arriba mientras otros te comprimen el pecho tendría que ser una escena de terror, y en buena parte de esos relatos no lo es.

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