¿Qué hay en el líquido que baña las neuronas mientras un cerebro se queda sin oxígeno? Nadie lo ha medido en una persona que muere. En ratas, sí, y lo que se ha encontrado es más concreto, y menos místico, que la leyenda que circula sobre el tema.
La técnica se llama microdiálisis. Se introduce en el tejido una sonda finísima con una membrana en la punta, por la que circula un líquido que recoge, cada pocos minutos, las moléculas pequeñas del espacio que rodea a las células. Con ella, Helene Benveniste, Jørgen Drejer, Arne Schousboe y Nils Diemer siguieron lo que pasaba en el hipocampo de la rata durante una isquemia cerebral transitoria (Journal of Neurochemistry, 1984). La concentración de glutamato y aspartato fuera de las células se disparó a los pocos minutos de cortar el riego.
El glutamato es el principal neurotransmisor excitador del cerebro. En condiciones normales, la neurona lo suelta en cantidades mínimas y lo recoge enseguida con unos transportadores que funcionan gracias al gradiente de sodio, el mismo que mantiene la bomba de sodio y potasio con su consumo constante de ATP. Cuando el ATP se acaba, el gradiente se derrumba y los transportadores trabajan al revés: en lugar de retirar glutamato, lo vierten. David Rossi, Takeshi Oshima y David Attwell mostraron en cortes de hipocampo que, en una isquemia grave, esa inversión explica la mayor parte del glutamato liberado (Nature, 2000). La sinapsis deja de dosificar y se vacía.
Lo que viene después se llama excitotoxicidad, un término que John Olney acuñó a partir de sus trabajos de 1969. El glutamato abre los receptores NMDA, el calcio entra a chorro en la neurona y pone en marcha enzimas que destruyen membranas, proteínas y mitocondrias. Las proteasas dependientes de calcio desmontan el esqueleto de la célula, la sintasa de óxido nítrico produce radicales, y las mitocondrias, cargadas de calcio, dejan de fabricar energía y empiezan a liberar las señales que ponen en marcha la muerte celular. Parte de ese proceso se completa horas o días después, cuando la circulación ya ha vuelto. Es la química de la ola de despolarización terminal, la que convierte una neurona callada en una neurona herida, y la razón de que los minutos cuenten. Es un mecanismo de lesión, medido desde hace cuarenta años, y no tiene nada de viaje.
El glutamato no viaja solo. En 2015, Duan Li, Jimo Borjigin y sus colaboradores asfixiaron ratas mientras tomaban muestras de su corteza por microdiálisis y registraban a la vez el cerebro y el corazón (PNAS, 2015). Vieron una liberación inmediata de más de una docena de sustancias, entre ellas las monoaminas de la alarma: noradrenalina, dopamina y serotonina. El cerebro vaciaba el botiquín de golpe. Y esa descarga no se quedaba dentro del cráneo. Las señales del cerebro se acoplaban al ritmo del corazón, que se hundía; cuando los investigadores bloquearon la salida de esas señales hacia el corazón, la fibrilación ventricular tardó más en llegar. En la rata asfixiada, el cerebro que se queda sin oxígeno acelera la muerte del corazón que le da oxígeno.
Las monoaminas se han medido en ratas. Los opioides endógenos, que figuran en casi todas las explicaciones de la calma que cuentan quienes vuelven, no se han medido en el cerebro de nadie que muere: no he encontrado ninguna medición. La idea es antigua y razonable. La betaendorfina nace del mismo precursor que la hormona hipofisaria del estrés, la corticotropina, y Roger Guillemin y su equipo mostraron que la hipófisis segrega las dos a la vez (Science, 1977). Donde hay estrés extremo hay betaendorfina, y la betaendorfina alivia el dolor. Pero es una hipótesis sin dato directo.
Otra vía para llegar a la química pasa por la experiencia. Charlotte Martial, Enzo Tagliazucchi y sus colaboradores compararon las palabras de 625 relatos de experiencias cercanas a la muerte con las de unos quince mil relatos de consumo de 165 sustancias psicoactivas recogidos por la web Erowid (Consciousness and Cognition, 2019). La sustancia cuyos relatos se parecían más a los de quienes habían estado al borde de la muerte fue la ketamina, que bloquea los receptores NMDA, los mismos que el glutamato abre en la isquemia. Detrás iba la salvia divinorum, que actúa sobre un receptor opioide, el kappa, y después una serie de psicodélicos serotoninérgicos, entre ellos la DMT. Es un estudio de semejanza entre textos escritos por personas que se describían a sí mismas, usuarios anónimos que eligieron qué contar, y no mide nada dentro de ningún cerebro.
En cuanto a la DMT, la N,N-dimetiltriptamina, es la sustancia sobre la que más se ha escrito y menos se ha medido. Es un psicodélico potente que se encuentra en muchas plantas y en la ayahuasca, y también en trazas en el cuerpo humano. Su forma más conocida como hipótesis la popularizó Rick Strassman, psiquiatra de la Universidad de Nuevo México que administró DMT intravenosa a unos sesenta voluntarios en los años noventa. En su libro DMT: la molécula del espíritu (2001) propuso que la glándula pineal la libera al nacer, al soñar y al morir. Nunca midió DMT en la pineal de nadie; la propuesta era una conjetura. Su farmacología no lo pone fácil. La DMT actúa sobre todo en el receptor de serotonina 5-HT2A, como los demás psicodélicos clásicos, y también en el receptor sigma-1 (Fontanilla y colaboradores, Science, 2009). Pero la monoaminooxidasa la destruye en minutos. Por eso la ayahuasca combina la planta que la contiene con otra que inhibe esa enzima, y por eso los efectos de la DMT intravenosa apenas duran un cuarto de hora. Tragada sola, la enzima del intestino y del hígado la destruye antes de que llegue al cerebro.
La versión más sólida de la hipótesis no necesita la pineal. En 2019, Jon Dean, Borjigin y sus colaboradores encontraron en la corteza de la rata neuronas que expresan a la vez las dos enzimas necesarias para fabricar DMT, la indolamina N-metiltransferasa y la descarboxilasa de aminoácidos aromáticos, y detectaron el transcrito de la primera en la corteza humana (Scientific Reports, 2019). Midieron por microdiálisis la DMT fuera de las células en la corteza de ratas que se comportaban con normalidad, y la encontraron en concentraciones del mismo orden que la serotonina. Las ratas a las que se había extirpado la pineal tenían niveles parecidos. Y tras una parada cardiaca provocada, la DMT aumentaba en la corteza visual. Borjigin lo dijo sin rodeos en la nota de prensa de su universidad: no saben qué hace la DMT en el cerebro.
El otro apoyo viene del Imperial College de Londres. Christopher Timmermann, Robin Carhart-Harris y sus colaboradores dieron DMT intravenosa y placebo a trece voluntarios sanos y les pasaron la escala que se usa para identificar una experiencia cercana a la muerte, las dieciséis preguntas que Bruce Greyson publicó en 1983 en el Journal of Nervous and Mental Disease (Frontiers in Psychology, 2018). Una de ellas es si volvieron escenas del pasado. Todos superaron el umbral. Comparados con trece personas que habían tenido una de verdad, emparejadas por edad y sexo, las puntuaciones fueron de intensidad parecida. Hubo diferencias: la DMT se asociaba más a entrar en otro mundo y la experiencia real más a llegar a un punto sin retorno.
Juntos, los dos trabajos suenan a demostración. Lo son de menos cosas de las que parece.
Dean y su equipo midieron la DMT solo en ratas, y el aumento tras la parada se vio en la corteza de rata, nunca en el cerebro humano que muere, donde no se ha medido. Que la concentración basal se parezca a la de la serotonina no dice si la que se alcanza al morir basta para activar los receptores que producen los efectos psicodélicos. David Nichols, farmacólogo de la Universidad de Purdue que ha dedicado su carrera a los psicodélicos, ya había escrito que las cantidades de DMT detectadas en el cerebro no alcanzan para producir efectos psicoactivos y que la pineal, que pesa menos de dos décimas de gramo y fabrica unos treinta microgramos de melatonina al día, no puede ser la fuente del viaje (Journal of Psychopharmacology, 2018). El trabajo de Dean le quitó la razón a la pineal como fuente única. A Nichols, en lo de la cantidad, no.
El estudio de Timmermann muestra que la DMT puede producir algo que la escala no distingue de una experiencia cercana a la muerte. No muestra que la experiencia cercana a la muerte la produzca la DMT. Y en el estudio de Martial, la ketamina se parecía más. Y el mismo grupo de Imperial registró después el electroencefalograma de trece voluntarios bajo DMT: perdían ritmo alfa y beta y ganaban ondas lentas, delta y theta, en el momento más intenso del viaje (Timmermann y colaboradores, Scientific Reports, 2019). No se parece al repunte de gamma rápida descrito en el cerebro que muere. Varias químicas distintas producen experiencias parecidas, lo que habla más de lo que el cerebro hace con cualquier perturbación intensa que de una molécula elegida.
Separado por su solidez, el inventario queda corto. Lo que sabemos: sin oxígeno, el cerebro vierte glutamato por transportadores invertidos y empieza a lesionarse. Lo que sospechamos, con un solo estudio en ratas asfixiadas, es que libera de golpe más de una docena de neurotransmisores y arrastra al corazón; y que la DMT es una sustancia endógena de función desconocida que aumenta tras la parada, al menos en la rata. Lo que especulamos: que los opioides endógenos o la DMT den forma a lo que se cuenta al volver. Lo que ignoramos: qué hace la DMT en un cerebro sano, si los opioides se liberan de verdad al morir y cuánto de toda esta química llega a sentirse. Lo que se ha vendido como certeza es una de esas especulaciones, la de la DMT liberada por la pineal en el momento de morir, y es la que peor ha resistido el dato.
La química del límite se ha medido en tejido de rata, y la experiencia, en palabras de personas que vivieron para escribirlas. La sonda recoge moléculas y el electrodo registra voltajes. Ninguno de los dos aparatos ha registrado nunca lo que alguien siente.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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