Reloj de pared sin números en un pasillo de hospital vacío, de noche

2.1 Cuando el cerebro acelera: los registros y la cifra de los siete minutos

Tiempo de lectura: 6 minutos

La cifra que da título a este libro no la ha medido nadie. Circula por internet desde hace más de una década, casi siempre con la misma forma: al morir nos quedan siete minutos de actividad cerebral, y el cerebro los gasta en repasar nuestros recuerdos.

En marzo de 2014 ya se la planteaba un estudiante a un grupo de investigadores en I'm a Scientist, un foro británico en el que escolares preguntan a científicos. Uno de ellos le contestó que lo registrado duraba segundos. En diciembre de 2021, una publicación de Facebook repetía la frase sin fuente y la agencia de verificación Lead Stories la dio por infundada. En 2023, una web de noticias científicas, Science Times, la atribuía ya a un paciente de una UCI canadiense. Quién la escribió primero es un hueco que no he conseguido llenar.

El paciente canadiense existe. Es uno de cuatro. Loretta Norton y sus colaboradores, de la Universidad de Western Ontario, registraron con un monitor de cuatro canales sobre la frente el electroencefalograma de cuatro enfermos de cuidados intensivos a los que se retiraba el soporte vital, y siguieron registrando hasta treinta minutos después de certificar la muerte (Canadian Journal of Neurological Sciences, 2017). Les interesaba una pregunta práctica de la donación en asistolia: cuándo se apaga la corteza respecto al corazón. En tres de los cuatro, el trazado cerebral se aplanó antes de que se detuvieran el ritmo cardiaco y la presión arterial; en uno de ellos, hasta diez minutos antes. Llamaron inactividad a una amplitud por debajo de dos microvoltios, el umbral que se usa en el diagnóstico de muerte encefálica. En el cuarto aparecieron salvas aisladas de ondas delta, las ondas lentas del sueño profundo, durante más de diez minutos después del último latido. Los autores no encontraron un artefacto que las explicara, y tampoco descartaron que lo fueran.

Leído con cuidado, el estudio desmiente por todos los lados la cifra que se le atribuye. Fueron más de diez minutos. No había recuerdos, había ondas lentas, de las que no se sabe ni si eran cerebro. Aparecieron en un solo paciente. Y en la mayoría de los enfermos ocurrió lo contrario de lo que promete la frase viral: el cerebro se fue primero.

Durante mucho tiempo nos contamos la muerte como un fundido a negro. Se para el corazón, cae el oxígeno, se apaga el cerebro, y en ese orden. Una decadencia ordenada y educada. La fisiología rara vez es educada, y los pocos registros que existen cuentan una secuencia con más escalones.

El corazón se para. El cerebro no. O no del todo, y no enseguida.

Primero llega el silencio. La conciencia se pierde en segundos y el electroencefalograma se aplana entre diez y cuarenta segundos después de que cese la circulación, según la revisión de Jeannette Hofmeijer y Michel van Putten (Netherlands Journal of Critical Care, 2021). Ese silencio deja a las neuronas vivas. Lo primero que se sacrifica cuando falta energía es la transmisión sináptica, y la célula sigue ahí, con su carga eléctrica intacta.

Esa carga es lo que la neurona tiene ahorrado. La bomba de sodio y potasio la mantiene gastando ATP sin descanso, y sin oxígeno el ATP dura minutos. Cuando se agota, la diferencia de potencial entre el interior y el exterior de la neurona se derrumba de golpe y el derrumbe se propaga por la corteza como una ola. Los neurofisiólogos la llaman despolarización propagada terminal. Es una batería que se descarga entera de una vez, y con ella empieza la lesión.

Jens Dreier y su equipo, de la Charité de Berlín, la registraron en nueve pacientes con lesiones cerebrales devastadoras a los que se retiró la ventilación tras una orden de no reanimar y de cuidados de confort (Annals of Neurology, 2018). Usaron electrodos colocados sobre la corteza o dentro de ella, porque el electroencefalograma convencional apenas ve este fenómeno. En ocho de los nueve, la actividad espontánea se apagó a la vez en todos los electrodos, lo que los autores llaman depresión no propagada. La ola vino después: empezó a propagarse con una mediana de 3,9 minutos desde la caída final de la perfusión, y entre 13 y 266 segundos después del silencio. En un paciente el orden se invirtió, y fue la propia ola la que trajo el silencio, antes incluso de que se parara la circulación. En la nota de prensa de la revista, Dreier explicó que esa despolarización es reversible hasta cierto punto si la circulación vuelve, y recordó que en la donación en asistolia la muerte se certifica entre dos y diez minutos después de que cese la circulación. Los minutos de la ola caen dentro de ese intervalo.

En una reanimación, alguien tiene que mirar el reloj. Yo lo hice a menudo. Hay algo extraño en ver cómo pasan los minutos mientras intentas devolver a alguien.

Ese reloj, visto desde la corteza, cuenta el intervalo entre el silencio y la ola. Yo leo en los minutos de Dreier algo parecido a la ventana de cuatro a seis minutos que se repite en la docencia de reanimación, una cifra orientativa, sin un estudio único detrás, que se estira con el frío y se acorta con la fiebre o con una parada que llega tras un rato de hipoxia. Es una lectura mía, no un resultado.

Wittgenstein escribió en el Tractatus que la muerte no es un acontecimiento de la vida, porque no se vive. Estos registros no le quitan la razón. Le añaden una duración: vista desde fuera, morir tarda minutos y tiene fases.

En ratas, la ola se ha visto incluso con electrodos de superficie. Clementina van Rijn y su grupo, de la Universidad Radboud de Nimega, registraron el electroencefalograma de ratas durante la decapitación, un método de sacrificio de laboratorio cuyo carácter humanitario se discutía (PLoS One, 2011). La actividad rápida caía a la mitad en cuatro segundos. A los cincuenta segundos en los animales despiertos, y a los ochenta en los anestesiados, aparecía una onda lenta de gran amplitud. Los autores la atribuyeron a la pérdida simultánea del potencial de membrana de las neuronas y la llamaron onda de la muerte. Norton la buscó en sus cuatro pacientes y no la encontró.

Lo que dio titulares fue otra cosa: un repunte.

En 2009, Lakhmir Chawla y sus colegas de la Universidad George Washington describieron siete pacientes de cuidados intensivos, sin daño neurológico antes de que se decidiera retirar el tratamiento (Journal of Palliative Medicine, 2009). Llevaban puesto un monitor de índice biespectral, el que se usa en quirófano para medir la profundidad de la anestesia, para comprobar que no sufrían. En los siete, al perderse la presión arterial, el índice cayó, subió de forma brusca y breve hasta valores que en quirófano corresponden a un paciente despierto y volvió a hundirse. Al principio el personal lo atribuyó a interferencias de otros aparatos o de los teléfonos. Chawla propuso que el pico era la pérdida del potencial de membrana, la misma descarga que acabo de describir, y especuló con que pudiera dejar algún recuerdo. Era un índice procesado por un algoritmo comercial, no un trazado, en siete casos sin grupo de comparación.

Cuatro años después llegó el experimento que nadie puede hacer en personas. Jimo Borjigin y su equipo, de la Universidad de Michigan, provocaron una parada cardiaca a nueve ratas anestesiadas y vieron en las nueve, durante los primeros treinta segundos, un aumento transitorio de actividad rápida y sincronizada entre regiones que precedía al trazado plano (PNAS, 2013).

Ese mismo año, Bruce Greyson, Edward Kelly y Ross Dunseath, de la Universidad de Virginia, objetaron en una carta a la misma revista que no hay manera de saber qué experimentaba una rata, que la descarga duraba treinta segundos y que, si todas las ratas la mostraban, cuesta entender que solo una minoría de quienes sobreviven a una parada cuente una experiencia cercana a la muerte.

En personas solo hay registros que nadie planeó. Raul Vicente, de la Universidad de Tartu, Ajmal Zemmar y sus colaboradores publicaron el de un hombre de 87 años que llegó a urgencias tras una caída, con un hematoma subdural traumático, y al que se vigilaba con electroencefalograma por las crisis epilépticas que desarrolló (Frontiers in Aging Neuroscience, 2022). Sufrió una parada cardiaca durante el registro. En los segundos alrededor del último latido encontraron actividad rápida acompasada a ritmos más lentos. Los propios autores advierten que era un cerebro lesionado y con edema, y Greyson y Peter Fenwick dudaron en un comentario en la misma revista de que aquellas oscilaciones fueran de origen neuronal. Al año siguiente, el grupo de Borjigin describió un repunte parecido en dos de cuatro pacientes en coma a los que se retiraba la ventilación (PNAS, 2023).

Que el cerebro se acelera depende de qué se mida. La potencia total de la señal, la potencia en una banda de frecuencia, la coherencia entre dos regiones y la dirección en que fluye la información son cosas distintas, y pueden ir en sentidos opuestos. A veces la potencia cae mientras la coordinación sube. Cada estudio de los citados mide una cosa con su propio aparato, en enfermos que morían de causas distintas.

Sumados, los pacientes con algún registro en el momento de morir son veinticinco, y siete de ellos solo tienen un índice comercial procesado. Lo que sabemos, porque está medido en personas y en animales, es que la corteza se silencia en segundos tras la parada y que, minutos después, se descarga en una ola que marca el principio de la lesión. Lo que sospechamos es que en algunos cerebros, no en todos, hay un repunte breve de actividad rápida antes del silencio o a su alrededor: en ratas se repite, en personas se ha visto en un puñado de casos y con instrumentos que no se pueden comparar. Lo que especulamos es que ese repunte tenga algo que ver con lo que cuentan quienes vuelven. Lo que ignoramos es si alguien siente algo durante él.

Siete minutos no los midió nadie. Treinta segundos, sí, en nueve ratas de Michigan, y lo que los llenaba tenía, según quienes lo midieron, la firma eléctrica de un cerebro despierto que percibe.

Índice del libro

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