La vida que pasa ante los ojos la han contado, sobre todo, personas que no se estaban muriendo.
En 1871, el geólogo suizo Albert Heim, que acabaría siendo profesor en Zúrich, resbaló en una pendiente nevada del Säntis y cayó unos veinte metros por un cortado. Sobrevivió, y durante años recogió los relatos de otros supervivientes de caídas en la montaña. En 1892 publicó sus notas en el anuario del Club Alpino Suizo, y ochenta años después Russell Noyes, psiquiatra de la Universidad de Iowa, y Roy Kletti las tradujeron al inglés (Omega, 1972). Heim describía en casi todos sus caídos una calma seria y lúcida, un pensamiento acelerado y, en algunos, un desfile de escenas de la propia vida. Ninguno de aquellos cerebros se había quedado sin oxígeno. Estaban cayendo, nada más.
Noyes y Kletti siguieron reuniendo testimonios. En 1977 analizaron 205 relatos de personas que habían estado en peligro de muerte y encontraron un recuerdo panorámico en 60 de ellos, el 29 % (Omega, 1977). Aparecía con más frecuencia en quienes se habían ahogado y en quienes, durante el accidente, creyeron que iban a morir. Pesaba la convicción de estar a punto de morir. Al fenómeno le basta una amenaza que el cerebro da por definitiva, sin corazón parado. Que el recuerdo panorámico existe como experiencia, y que aparece ante amenazas sin falta de oxígeno, lo sabemos desde Heim.
Lo del pensamiento acelerado se ha puesto a prueba. Chess Stetson, Matthew Fiesta y David Eagleman, del Baylor College of Medicine, dejaron caer a voluntarios de espaldas desde una torre de 31 metros de un parque de atracciones de Dallas, en caída libre y sin cuerda, hasta una red (PLoS One, 2007). Llevaban en la muñeca una pantalla que alternaba números a una velocidad algo mayor de la que el ojo consigue leer. Si el miedo acelerara de verdad la percepción, en plena caída los habrían leído. No pudieron. Al estimar después cuánto había durado su propia caída, le atribuyeron un 36 % más que a la de los demás participantes que habían visto caer. El tiempo se estira en el recuerdo mientras pasa a su ritmo de siempre. La explicación que proponen los autores es que el miedo deja una memoria más densa, con más detalle por segundo. Encaja con lo que James McGaugh lleva décadas describiendo: la amígdala, empujada por la noradrenalina de la alarma, refuerza el registro de lo que el hipocampo graba en ese momento (Annual Review of Neuroscience, 2004). Esa noradrenalina sale sobre todo del locus coeruleus, un núcleo del tronco de unas decenas de miles de neuronas que, ante una amenaza, la reparte de golpe por la corteza y el hipocampo (Aston-Jones y Cohen, Annual Review of Neuroscience, 2005).
¿Qué se recuerda? Hasta hace poco, la respuesta eran anécdotas. En 2017, Judith Katz, Noam Saadon-Grosman y Shahar Arzy, de la Universidad Hebrea y el hospital Hadassah de Jerusalén, entrevistaron a fondo a siete personas que habían tenido una revisión de su vida completa y, con lo que contaron, construyeron un cuestionario que respondieron 264 participantes (Consciousness and Cognition, 2017). Los recuerdos no seguían un orden cronológico. Llegaban sueltos, a veces superpuestos como un collage, sin sensación de que pasara el tiempo, y cargados de emoción. Muchos entrevistados veían las escenas de su propia vida desde el punto de vista de otra persona. Y en la población general, sin amenaza alguna, algunos elementos de la experiencia aparecían en grado menor.
El cerebro tiene circuitos para eso. Cuando recordamos un episodio de nuestra vida se activa una red bien descrita: el hipocampo y la corteza temporal medial, la corteza prefrontal medial, el precúneo y la corteza cingulada posterior, buena parte de la red neuronal por defecto. Eva Svoboda, Margaret McKinnon y Brian Levine la delimitaron con un metaanálisis de estudios de neuroimagen (Neuropsychologia, 2006). Es la maquinaria con la que nos contamos quiénes somos, y se enciende sola en cuanto la atención se aparta del mundo.
Esa red sabe ir deprisa. En 2002, Albert Lee y Matthew Wilson, del MIT, registraron las células de lugar, neuronas que disparan cuando el animal ocupa un punto concreto del espacio, en el hipocampo de ratas que recorrían un circuito y vieron que, durante el sueño lento posterior, las mismas neuronas volvían a disparar en el mismo orden, unas veinte veces más rápido (Neuron, 2002). Esas reproducciones caben en descargas de una décima de segundo, las ondas agudas con rizado del hipocampo, que György Buzsáki ha estudiado durante décadas y revisó en 2015 (Hippocampus, 2015). Un año antes, Kenway Louie y el propio Wilson habían visto que durante el sueño REM la reproducción ocurría a velocidad real (Neuron, 2001). El hipocampo puede, por tanto, pasar una secuencia vivida a cámara rápida. Si a eso se suma el acoplamiento de ritmos rápidos y lentos que aparece en algunos cerebros moribundos, la tentación es obvia, y es lo que especulamos: el archivo que se descomprime de golpe.
Primero, el archivo. Wilder Penfield, el neurocirujano de Montreal, estimuló durante décadas la corteza de pacientes despiertos antes de operarles la epilepsia. En una revisión final (Brain, 1963) recogió que, de unos quinientos veinte pacientes a los que se estimuló el lóbulo temporal, unos cuarenta describieron respuestas experienciales: una canción, una voz, una escena vista otra vez. Penfield las interpretó como la reproducción de un registro continuo de la experiencia, obtenida además en lóbulos temporales que ya estaban enfermos. Elizabeth y Geoffrey Loftus revisaron esos casos y concluyeron que se parecían más a sueños o reconstrucciones que a grabaciones, porque mezclaban lugares, contenían detalles imposibles y no se podían comprobar (American Psychologist, 1980). La memoria no guarda películas. Guarda piezas, y cada vez que recordamos, el cerebro monta con ellas una escena nueva.
Parte del mecanismo de ese montaje se conoce. En la región CA3 del hipocampo, las neuronas están conectadas entre sí de tal modo que un fragmento de un recuerdo basta para reactivar el resto, lo que se llama completar el patrón. Kazu Nakazawa, Susumu Tonegawa y sus colaboradores lo comprobaron en ratones a los que habían quitado los receptores NMDA de esa región: aprendían un laberinto de agua, pero cuando se les retiraba parte de las pistas visuales ya no encontraban la plataforma (Science, 2002). Recordar es completar, y completar es rellenar con lo que encaja. La misma red que completa bien un recuerdo puede completarlo mal.
La neurología conoce desde el siglo XIX una versión enferma de lo mismo. John Hughlings Jackson llamó en la década de 1880 estado de ensueño a las crisis del lóbulo temporal que traen escenas, sensación de lo ya vivido y recuerdos de una viveza extraña. Jean Bancaud y su equipo, con electrodos implantados en pacientes con epilepsia, provocaron déjà vu y recuerdos vívidos estimulando la amígdala y el hipocampo con más frecuencia que la corteza temporal lateral (Brain, 1994). Los dos pacientes de Xu en los que la gamma se disparó al morir habían tenido crisis. Con dos casos, eso da para anotarlo y poco más.
Lo que Katz encontró sobre el punto de vista apunta en la misma dirección. Georgia Nigro y Ulric Neisser describieron en 1983 que recordamos unas escenas desde dentro, como las vivimos, y otras desde fuera, viéndonos a nosotros mismos, y que la perspectiva de observador abunda en los recuerdos más reconstruidos (Cognitive Psychology, 1983). Ver la propia vida desde los ojos de otro es lo propio de un cerebro que monta la escena.
Luego está el tiempo. La revisión de vida que se atribuye al cerebro que muere tendría que caber en una ventana muy estrecha, porque la corteza se silencia en segundos. Antes, el repunte de actividad rápida que se ha registrado en el cerebro moribundo dura segundos en las ratas y aparece en una minoría de pacientes, dos de cuatro en el estudio de Michigan. El hipocampo complica las cosas: las neuronas de su región CA1 están entre las más vulnerables a la isquemia. Esa vulnerabilidad, sin embargo, se manifiesta como muerte celular horas o días después, como mostró Takaaki Kirino en jerbos (Brain Research, 1982). Lo más probable, aunque nadie lo ha medido en un moribundo, es que en los primeros segundos el hipocampo se apague a la vez que el resto de la corteza, en el mismo silencio. Es lo que sospechamos, no lo que sabemos.
Katz y Arzy propusieron que las regiones de la memoria autobiográfica se mantienen relativamente a salvo cuando cae el riego, y que por eso la revisión puede producirse. Es una hipótesis, choca con lo que se sabe de la región CA1 y no la han medido en nadie que muera.
Lo que sí se sabe con bastante seguridad es cuándo se forma el relato. Quien sobrevive a una parada cardiaca cuenta lo que su cerebro reconstruye después, a menudo tras días de sedación y control de temperatura, a veces con delirio, y con un hipocampo que acaba de sufrir la agresión que más lo castiga. En el estudio AWARE, de Sam Parnia y sus colaboradores, que siguió 2.060 paradas en hospitales de tres países y pudo entrevistar a 140 supervivientes, algo más de la mitad de los supervivientes entrevistados no recordaba nada del episodio (Resuscitation, 2014). Entre los que recuerdan algo, la revisión de vida es solo uno de los contenidos posibles.
Ese recuerdo reconstruido es un recuerdo como todos: piezas reales montadas en una escena que no ha existido tal cual. Lo que no se puede hacer con él es fecharlo. Puede proceder de los segundos anteriores al silencio, de la vuelta de la circulación, del despertar en la UCI o de la elaboración de semanas. Lo que ignoramos es si la revisión ocurre de verdad en los últimos segundos, y en caso de ocurrir, quién podría contarlo, porque el único testigo posible es un cerebro que, para hacerlo, tiene que volver y reconstruir.
Queda la pregunta que dejó Heim. Si la vida desfila ante un alpinista que cae con el cerebro bien oxigenado, lo que sospechamos es que el disparador sea lo que el cerebro hace cuando cree que va a morir: soltar de golpe su química de alarma. En el que muere de verdad, esa química no se detiene en la alarma.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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