Retrato de Hermann Hesse, en blanco y negro
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1877 – 1962) — Alemania y Suiza · alemán

Obra de referencia: El lobo estepario (Der Steppenwolf, 1927)

Premio Nobel 1946

Un hombre de casi cincuenta años se sienta en el rellano de una escalera ajena, junta las manos y respira el olor a cera del parqué junto a una araucaria de hojas recién lavadas.

En abril de 1925, Hermann Hesse le escribió a su amigo Hugo Ball que había encontrado una salida. El día que cumpliera cincuenta años tendría derecho a quitarse la vida, si aún lo deseaba. Desde entonces, le contaba, todo pesaba menos: en el peor de los casos, duraría dos años.

El lobo estepario salió de la editorial S. Fischer en 1927, pocas semanas antes de ese cumpleaños. Su protagonista, Harry Haller, tiene casi cincuenta años, las iniciales de su autor y el mismo plazo: el tratado que lee a mitad del libro cuenta que, hacia los cuarenta y siete, se concedió permiso para morir el día que cumpliera cincuenta, una ocurrencia «no exenta de humor». En 1941, Hesse escribió en el epílogo de una edición suiza que era el más malentendido de sus libros, sobre todo por los lectores entusiastas, y que no era el libro de un desesperado, sino el de un creyente. Las traducciones citadas son propias.

¿Creyente en qué? Hesse nació en Calw, en Württemberg, el 2 de julio de 1877, hijo de un misionero báltico, Johannes Hesse, y nieto por parte de madre de Hermann Gundert, misionero e indólogo. Le esperaba un camino trazado, examen estatal en 1891 y plaza gratuita en el seminario evangélico del monasterio de Maulbronn, donde se formaban los futuros pastores.

El 7 de marzo de 1892, poco después de comer, salió del seminario sin dinero y sin abrigo. Tenía catorce años. Notaron su falta en la clase de la tarde, y sus compañeros pasaron el resto del día batiendo los bosques. El profesor Paulus telegrafió a Calw: «Hermann falta desde las dos». Los padres respondieron que no sabían nada. La madre, Marie, anotó en su diario que aquella noche la torturó primero la idea de que su hijo hubiera caído en algún pecado vergonzoso, y que se sintió agradecida cuando lo imaginó en la mano misericordiosa de Dios, quizá ya muerto. Veintitrés horas después, un gendarme lo encontró a diez kilómetros al norte. Al día siguiente escribió a casa que había cruzado tierras de Württemberg, de Baden y de Hesse, y que había pasado la noche, de las ocho a las cuatro y media, a campo abierto y a siete grados bajo cero. Terminaba: «Por favor, queredme como antes». Le cayeron ocho horas de calabozo a pan y agua.

Los profesores temían, según el mismo diario, «una confusión mental parcial». En primavera lo llevaron a Bad Boll, un centro religioso de curación; en junio hubo un intento de suicidio, y pasó el verano en el sanatorio para enfermedades nerviosas de Stetten. Según contó él mismo en 1925, a los trece años había decidido ser «poeta o nada». En Bajo las ruedas (Unterm Rad, 1906) llevó a la novela un seminario que tritura a un muchacho dotado.

La crisis volvió en 1916, con la muerte del padre, la enfermedad mental de su mujer, Maria Bernoulli, la del hijo pequeño y los ataques de la prensa alemana a sus artículos pacifistas. Hesse se derrumbó y empezó una psicoterapia con Josef Bernhard Lang, discípulo de Jung. En esos años aprendió por su cuenta a pintar acuarelas, y ya no lo dejó: paisajes del Tesino casi siempre sin nadie. En 1924 se casó con la cantante Ruth Wenger, con la que apenas convivió. Su biógrafo Joseph Mileck cuenta que a comienzos de 1926, en los inviernos que pasaba en Zúrich, aquel hombre tímido se hizo asiduo de bares y salones de baile.

Harry Haller alquila por unos meses una buhardilla en una ciudad suiza. Una noche en que no quiere volver a casa conoce en un local de baile a Hermine, que le enseña el foxtrot y le presenta a Maria y al saxofonista Pablo. Un baile de máscaras acaba, de madrugada, en el teatro mágico.

Lo que importa es quién lo cuenta. Las primeras páginas las firma el sobrino de la casera, un oficinista abstemio que no fuma, que vio a Harry llegar a la hora de comer, olfatear el pasillo y decir que allí olía bien, y que desconfió cuando pidió que no lo inscribieran en la policía. Conocemos a Harry por alguien a quien le cae mal y le gusta a la vez. Después vienen las anotaciones del propio Harry, con un subtítulo que el libro repetirá en letras luminosas sobre una pared: «Solo para locos».

Dentro de esas anotaciones hay un tercer texto. Un vendedor ambulante le da a Harry un folleto de feria impreso en mal papel, y leemos con él el Tratado del lobo estepario. En la primera edición iba cosido con paginación propia y, según el crítico Hans Mayer, con portadilla y hoja final de color amarillo claro, como un cuadernillo de quiosco. Empieza como los cuentos, «Érase una vez uno llamado Harry», y desmonta el título del libro que lo contiene. Harry, dice el tratado, está hecho de cientos de seres, de miles, y la pareja del hombre y el lobo es una fórmula demasiado simple para él.

El vocabulario del libro cuenta otra historia. Harry se sienta en la escalera frente a la araucaria del primer piso, junta las manos y mira «con devoción» ese «pequeño templo del orden». En un concierto ha visto «a Dios trabajando», y persigue una huella dorada que se le pierde en el barro. El tratado habla de milagro y de gracia, y el sobrino escribe en su prólogo que Harry no se ha matado porque le queda «un resto de fe». Mi lectura es que la novela conserva la liturgia de la casa de Calw y cambia el altar: donde estaba Dios pone a Mozart y a Goethe, y una risa que Harry todavía no sabe reír.

El teatro mágico ocupa las últimas páginas: un pasillo en forma de herradura con puertas y letreros, y detrás de cada puerta una vida posible; tras una de ellas, una caza de automóviles a tiros. Allí Mozart le pide a Harry una sola cosa, que aprenda a reír. Theodore Ziolkowski leyó en 1958 la arquitectura del libro como una sonata en prosa. Thomas Mann (nº 71), en el prólogo a una edición estadounidense de Demian (1948), escribió que El lobo estepario no se quedaba atrás en audacia experimental frente al Ulises de Joyce (nº 2) y Los monederos falsos de Gide.

Demian (1919) había salido con el seudónimo de Emil Sinclair, y Siddhartha (1922) había llevado la búsqueda a la India del Buda. Después vendría El juego de los abalorios (1943), que tuvo que publicarse en Zúrich porque Alemania le negó el permiso de impresión; entre 1939 y 1945, El lobo estepario tampoco pudo reimprimirse allí. Hesse, enfermo, no viajó a Estocolmo a recoger el Nobel de 1946.

Murió en Montagnola el 9 de agosto de 1962. En 1963, Timothy Leary y Ralph Metzner presentaron sus novelas en la Psychedelic Review como guía para el viaje con LSD, y en 1967 un grupo de rock se bautizó Steppenwolf. El libro se volvió de culto entre los lectores muy jóvenes en los que el epílogo de 1941 veía el origen del malentendido. Quien lo abra hoy encontrará unas veinte páginas del sobrino antes de oír a Harry, un tratado de una treintena que se lee como pieza aparte y un cambio de marcha cuando entra Hermine, que en la traducción de Manuel Manzanares se llama Armanda, para que suene a Armando, el amigo de juventud de Harry. Siddhartha es una entrada más breve.

Hans Mayer volvió al libro en 1964 sin absolverlo: el pathos había perdido fuerza, las escenas eróticas le parecían «un poco de colegial» y la crítica de la cultura, extrañamente mansa. Pero advertía contra leer las últimas páginas como la solución, porque el tratado y el teatro mágico se contradicen, y en el libro, escribió, todo queda abierto. Esa lectura choca con el epílogo de 1941, y el texto le da la razón a Mayer: un autor que explica catorce años después qué quiso decir es un lector más, el cuarto narrador del libro, y el único que intentó cerrarlo.

El 2 de julio de 1927 se cumplió el plazo de la carta. Hugo Ball había publicado para la fecha la primera biografía de su amigo; murió de cáncer ese mismo septiembre. Hesse vivió treinta y cinco años más. Harry Haller no llega a ese cumpleaños: la novela lo deja antes, con el plazo pendiente y la pregunta abierta.

«Algún día aprendería a reír. Pablo me esperaba. Mozart me esperaba.»

— El lobo estepario (1927), últimas líneas; traducción propia.


Para seguir leyendo

  • El lobo estepario, Hermann Hesse (1927); trad. de Manuel Manzanares (Alianza) — las tres voces y el folleto intercalado; en esta traducción, Hermine se llama Armanda.
  • Siddhartha, Hermann Hesse (1922); trad. de Juan José del Solar (Debolsillo) — la búsqueda contada en línea recta, con un solo narrador; la entrada más corta a su obra.
  • El juego de los abalorios, Hermann Hesse (1943); trad. de Mariano S. Luque (Alianza) — su última novela, la crónica de un juego que reúne todos los saberes, contada por un narrador de la provincia de Castalia hacia el año 2400.

Grupo 11 — Fe, belleza y lo sagrado. Conexiones: Thomas Mann (nº 71, Grupo 9, Ciudad, familia y fresco social) y James Joyce (nº 2, Grupo 1, Memoria, tiempo y conciencia), citados en el cuerpo a propósito del prólogo de Mann a Demian (1948).

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