(1903–1987) — Bélgica, Francia y Estados Unidos · francés
Obra de referencia: Memorias de Adriano (Mémoires d’Hadrien, 1951)
Un emperador romano se tiende desnudo ante su médico y empieza a contarle su vida a un muchacho de diecisiete años. La voz es la de él. La mano que la escribe tardó un cuarto de siglo en atreverse.
«Mon cher Marc». Así empezaban unas hojas mecanografiadas y amarillentas que Marguerite Yourcenar sacó de un baúl llegado de Suiza, mientras echaba al fuego cartas de hacía diez años. Tardó unos minutos en recordar quién era Marc.
Lo contó ella en los Cuadernos de notas que añadió después a la novela, y es la única testigo. Diciembre de 1948. El baúl se había quedado en Suiza durante la guerra. Marc era Marco Aurelio, y las hojas eran un fragmento del manuscrito perdido de un libro sobre el emperador Adriano, empezado a los veinte años y abandonado varias veces. Desde ese momento, escribió, había que rehacerlo a cualquier precio. Esa misma noche abrió los dos libros que habían vuelto con él: Dion Casio y la Historia Augusta, las fuentes antiguas sobre Adriano.
La fecha no es la de su agenda. Según Rosario Rovira (2008), que sigue a la biógrafa Josyane Savigneau, el cuaderno de 1949 sitúa la llegada del baúl el 24 de enero, día del cumpleaños de Adriano. Después Yourcenar la movió a mediados de enero y, en la cronología de la Pléiade y en los propios Cuadernos, a finales de 1948. Un retoque pequeño, que deja abierta la pregunta de su obra mayor: cuánto de una vida puede contar quien la vivió sin irla arreglando mientras la cuenta.
Había nacido en Bruselas el 8 de junio de 1903, hija de un francés, Michel de Crayencour, y de una belga, Fernande de Cartier de Marchienne, que murió días después del parto. La crió su padre, sin escuela, con latín y griego en casa y viajes por media Europa. Según la biografía de Michèle Sarde, el padre intentó que aprendiera inglés con una traducción de Marco Aurelio, el mismo muchacho al que medio siglo después escribiría Adriano. Con él compuso el seudónimo, un anagrama imperfecto de Crayencour.
Adriano entró en su vida en 1924, cuando visitó con su padre la villa del emperador en Tívoli. El editor Fasquelle le rechazó un primer diálogo, «Antinoos», y ella lo destruyó. En 1937 conoció en París a Grace Frick, una profesora estadounidense, y en 1939, con Europa en guerra, se fue con ella a Estados Unidos. Se llevó del proyecto unas notas, un mapa del Imperio a la muerte de Trajano y una postal de un Antínoo de Florencia. Siguió una década en la que escribió poco y tradujo espirituales negros. En los Cuadernos escribió que hay libros que no deben intentarse antes de los cuarenta. Cuando volvió el baúl tenía cuarenta y cinco; pidió una excedencia en la universidad y en 1951 Plon publicó la novela.
Es una carta. Adriano, que tiene sesenta años y se muere de lo que el texto llama una hidropesía del corazón, escribe a Marco Aurelio, de diecisiete, que algún día heredará el Imperio. Le cuenta su vida desde la infancia en Itálica hasta los últimos meses en su villa de Tíbur: el ejército, la sucesión de Trajano, los viajes por las provincias, el muro de Britania, Antínoo, la guerra de Judea.
Empieza en la consulta. Adriano ha ido en ayunas a ver a su médico, Hermógenes, y en el primer párrafo ya está tendido sin túnica, tosiendo y conteniendo el aliento cuando se lo mandan. Desde la guardia se reconoce el cuadro antes de que la novela lo nombre: piernas hinchadas que ya no aguantan las ceremonias, ahogo, noches apoyado en una pila de almohadones. Es una insuficiencia cardiaca contada por el enfermo, y con ella el hombre más poderoso del mundo empieza su autobiografía desnudo.
En los Cuadernos explicó que eligió la primera persona para prescindir de cualquier intermediario, incluida ella misma. Como escribe a un romano, Adriano nunca le explica Roma a nadie. Da su mundo por sabido y se detiene en lo que le importa: lo que comía, cómo dormía, por qué a veces prefería las fieras a los hombres. A las pocas páginas ya pensamos con sus categorías.
El libro enseña su mecanismo hacia el final de la primera parte. Adriano cuenta que el año anterior preparó un informe oficial de sus actos, firmado por su secretario Flegonte, en el que mintió lo mínimo que le permitieron el interés público y el decoro. La autobiografía real de Adriano se ha perdido, y la Historia Augusta cuenta que la hizo publicar con el nombre de sus libertos. Yourcenar escribe en ese hueco, y la pregunta del baúl vuelve cambiada: ya no es si una mujer puede hablar con la voz de un emperador, sino qué versión de su vida habría querido dejar él.
Antínoo, el muchacho de Bitinia, se ahogó en el Nilo en octubre del año 130. Adriano lo convirtió en dios y le dio una ciudad. De su vida se sabe muy poco, y Yourcenar lo imaginó tímido e incómodo en la corte. Adriano cuenta ese amor y ese duelo sin pedir perdón a nadie, y el traductor Jaume Creus recordó en 1983 que en España, antes del éxito masivo, la novela ya tenía lectores entre el público homosexual.
La forma de carta venía de lejos. Su primera novela, Alexis o el tratado del inútil combate (1929), es la de un joven músico que le explica a su mujer por qué la deja; ella la llamó «retrato de una voz». Opus nigrum (1968) llevó el método al siglo XVI con Zenón, médico y alquimista, y ganó el Femina por unanimidad. En El laberinto del mundo (1974-1988), la trilogía que iba a contar su vida, reconstruyó la de su madre, la de su padre y la de sus antepasados; John Taylor ha señalado que en el último tomo, inacabado, apenas habla de sí misma.
De Flaubert tomó la idea, subrayada hacia 1927, de que entre Cicerón y Marco Aurelio, idos los dioses y sin Cristo todavía, el hombre estuvo solo. En español la novela tiene otro autor. Julio Cortázar (nº 48) la tradujo para Sudamericana en 1955, y el traductor Miguel Sáenz dijo en 1983 que esa versión ocupa en nuestra lengua el lugar del original. En España tardó en prender: Edhasa la publicó en abril de 1982 y a finales de 1983 llevaba nueve ediciones y más de 100.000 ejemplares, según Cristina Solé Castells (2014), después de que Felipe González hablara del libro en televisión.
No todos los historiadores la quisieron. La objeción de fondo llegó en 1984, en una conferencia de Ronald Syme, el autor de La revolución romana, en Oxford. La novela histórica le parecía legítima e inofensiva; lo de Yourcenar lo llamaba historia simulada, capaz de llegar a la suplantación, y la ponía junto a Juliano el Apóstata (1964), de Gore Vidal. Cuarenta años después, Keith Bradley le ha respondido con un libro entero (2024): la recreación de Yourcenar, sostiene, se parece mucho a la especulación que los historiadores hacen sin decirlo.
La otra objeción tiene que ver con la voz. La primera mujer elegida en la Académie française, el 6 de marzo de 1980, escribió sus dos grandes novelas con protagonistas varones, y lo justificó en los Cuadernos: no podía poner en el centro a la emperatriz Plotina porque la vida de las mujeres era demasiado limitada o demasiado secreta. Linda Klieger Stillman (1985) leyó bajo esa indiferencia un discurso femenino reprimido. En su recepción, el 22 de enero de 1981, Yourcenar recordó a los académicos a Madame de Staël, George Sand y Colette, a las que nunca habían admitido.
Quien llega sin saber nada de Roma se encuentra primero con la parte menos narrativa. La primera de las seis, Animula vagula blandula, es meditación: el cuerpo enfermo, la comida, el amor, el sueño. La vida empieza a contarse en orden en la segunda, Varius multiplex multiformis, con el abuelo Marulino y sus astros en Itálica. Los Cuadernos de notas, una veintena de páginas, cuentan cómo se escribió, baúl incluido, y se leen aparte. Alexis, con la misma forma de carta, ocupa unas ciento setenta.
Yourcenar murió el 17 de diciembre de 1987 en la isla de Mount Desert, en Maine, donde vivió desde 1950 con Grace Frick, muerta ocho años antes. Legó sus papeles a la biblioteca Houghton de Harvard. En la parte consultable hay una lista de fechas de muerte de sus parientes en la que figuran también la de Adriano y la de Zenón, según documentó Rovira. Otra parte la dejó cerrada hasta cincuenta años después de su muerte. Se abre en 2037.
«Pero los escritores mienten, aun los más sinceros.»
Memorias de Adriano (1951), trad. de Julio Cortázar
Para seguir leyendo
- Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar (1951); trad. de Julio Cortázar (Edhasa) — la novela entera en la versión con la que se lee en español desde 1955.
- Opus nigrum, Marguerite Yourcenar (1968); trad. de Emma Calatayud (Alfaguara) — el otro gran retrato histórico, esta vez de un personaje inventado en la Europa del siglo XVI.
- El laberinto del mundo, Marguerite Yourcenar (1974-1988); trad. de Emma Calatayud (Alfaguara, 2012) — la trilogía familiar donde intenta contar su propio origen y se detiene en el de los demás.
Grupo 12 — Historia y poder. Conexión: Julio Cortázar (nº 48, Grupo 6 — Laberintos, juego y artificio), traductor de la novela al español. Sin entrada en 101 Voces.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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