Nacionalismo y guerra
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Parte III · Los antagonistas · Dossier 3

Llanura de Kosovo, 28 de junio de 1989. Entre medio millón y dos millones de personas, según quién hiciera la cuenta, esperan en la explanada de Gazimestan a que aterrice un helicóptero. Slobodan Milošević baja de él, sube a la tribuna y le dice a la multitud que el pueblo serbio vuelve a estar metido en batallas. Que todavía no son batallas armadas. Que eso tampoco se puede descartar.

Muchos han llegado en los cientos de autobuses y trenes especiales que fletó la Liga de los Comunistas de Serbia, el partido que él dirige. Durante los meses anteriores, los huesos del príncipe Lazar, muerto en esa misma llanura seiscientos años antes frente al ejército otomano, han recorrido en procesión las tierras con población serbia. Ahora, entre la gente, se agitan retratos de Milošević junto a los del príncipe.

La fecha estaba escogida. El 28 de junio es Vidovdan, el día de San Vito: aniversario de la batalla de 1389 y día en que, en 1914, Gavrilo Princip, del grupo nacionalista Joven Bosnia, mató en Sarajevo al heredero del trono austrohúngaro. Dos años después del discurso, en junio de 1991, empezó la guerra en Eslovenia y en Croacia. En julio de 1995 las tropas serbobosnias asesinaron en Srebrenica a más de ocho mil hombres y niños musulmanes, crimen que el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia y la Corte Internacional de Justicia calificaron de genocidio. Milošević sostuvo en La Haya que su discurso se había interpretado mal. Murió en su celda en marzo de 2006, antes de oír sentencia.

Lo cuento por la secuencia más que por el personaje. Primero una fecha sagrada, después una frase que todavía no compromete a nada, al final los muertos. Este capítulo trabaja con una hipótesis que esa secuencia ilustra y que el último siglo y medio ha puesto a prueba muchas veces: el ultranacionalismo lleva la guerra dentro como horizonte de su propio programa, y cuando dispone de un Estado, de un ejército y de una frontera en disputa, tiende a cruzarla. Es una tendencia con excepciones. Hay gobiernos ultranacionalistas que han pasado años en el poder sin invadir a nadie. Lo que no he encontrado es uno que no haya fabricado un enemigo. La guerra exterior es la forma que toma ese enemigo cuando nadie lo para antes de la frontera.

Una palabra para tres cosas

Con la palabra «nacionalismo» se nombran a la vez un afecto, una doctrina política y un programa de poder. Confundirlos beneficia a quien defiende el tercero, que se escuda siempre en el primero.

El afecto es humano y no necesita defensa. La lengua en la que uno aprendió a contar, una costa, una canción, la manera de partir el pan en una casa concreta. George Orwell trazó la frontera en mayo de 1945, con Europa todavía en escombros, en su ensayo Notes on Nationalism. Llamaba patriotismo al apego a un lugar y a una forma de vida que uno considera la mejor sin querer imponérsela a nadie, defensivo por naturaleza, y reservaba la palabra nacionalismo para otra cosa, «inseparable del deseo de poder».

Para la doctrina sirve la definición que Ernest Gellner dio en 1983, en Naciones y nacionalismo: el principio político según el cual la unidad nacional y la unidad política deben coincidir. Dicho así parece inocuo, y sus consecuencias no lo son. Si el Estado tiene que coincidir con la nación, cada minoría dentro de la frontera y cada compatriota fuera de ella pasan a ser un problema pendiente de solución. El sociólogo suizo Andreas Wimmer reunió con Brian Min las 484 guerras libradas en el mundo entre 1816 y 2001 y encontró que la probabilidad de guerra alcanza su máximo en el paso del imperio al Estado nación: primero en la lucha por fundarlo, después en la pelea por quién manda dentro. Lo publicaron en la American Sociological Review en 2006, y Wimmer lo amplió en Waves of War en 2013. Como asociación estadística sobre dos siglos, es un dato sólido. Como explicación causal está abierta, y el propio Wimmer pone el motor menos en la idea de nación que en la lucha por controlar el Estado nuevo y por dejar fuera de él a los grupos rivales.

El programa de poder es el ultranacionalismo. El historiador británico Roger Griffin propuso en 1991, en The Nature of Fascism, que el núcleo del fascismo es un ultranacionalismo populista palingenésico, es decir, de renacimiento: la promesa de que la nación volverá a nacer después de una etapa de decadencia. La definición ha hecho escuela en los estudios comparados y no está cerrada. Robert Paxton, en Anatomía del fascismo (2004), le reprocha definir el fascismo por lo que decía de sí mismo y no por lo que hizo. Para este capítulo basta con la imagen que Griffin pone en el centro: la nación como un organismo enfermo que tiene que purgarse para volver a nacer. Una purga necesita a alguien a quien purgar.

La distinción que importa a este libro llegó de las mismas ruinas que el ensayo de Orwell, tres años más tarde. El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó en París la Declaración Universal de Derechos Humanos. Su preámbulo atribuye a «actos de barbarie» el desprecio de esos derechos; su artículo 2 los reconoce a toda persona sin distinción, entre otras, de «origen nacional». El sujeto de esa frase es cada ser humano. El sujeto del programa ultranacionalista es la nación, y la persona vale según su pertenencia: como miembro útil o como sobrante. Donde la nación es el fin y la persona el medio, matar y morir por ella se convierte en deber. Esta es la distinción con la que trabaja el capítulo, y es una posición del proyecto, no un dato.

Tiene una complicación que no conviene esconder. El lenguaje nacional también sirvió para liberarse: la India de 1947 y la Argelia de 1962 se independizaron en nombre de una nación, y el ucraniano que defiende Járkov habla de patria. La frontera de Orwell resuelve buena parte del problema. Defender el lugar propio frente a quien lo quiere no equivale a querer el ajeno. Poner en el mismo plano a quien resiste una invasión y a la doctrina que la ordena sería la falsa equidistancia, y este libro la rechaza desde su primera página.

El primer muerto de 1914

París, viernes 31 de julio de 1914, por la noche. Jean Jaurès, diputado y dirigente de los socialistas franceses, cena en el Café du Croissant, en la calle Montmartre. Dos días antes, en Bruselas, ha hablado contra la guerra en el mismo mitin que el socialdemócrata alemán Hugo Haase. Raoul Villain, un estudiante nacionalista de veintiocho años, aparta la cortina de la ventana abierta y le dispara dos veces. Jaurès muere allí mismo.

Al día siguiente Francia decreta la movilización general. Alemania le declara la guerra el 3 de agosto. El 4, los diputados socialistas franceses votan los créditos de guerra, y ese mismo día, en el Reichstag, los socialdemócratas alemanes hacen lo mismo. El internacionalismo obrero que debía impedir que los trabajadores de un país dispararan contra los del otro sobrevivió cuatro días a su mejor orador. En aquella guerra murieron unos diez millones de soldados.

Villain pasó la guerra en prisión preventiva. Lo juzgaron en marzo de 1919, con el país todavía celebrando la victoria, y el día 29 el jurado lo absolvió por once votos contra uno. A la viuda de Jaurès, que se había personado como acusación, la condenaron a pagar las costas del proceso. El caso enseña algo que reaparece en cada página de este capítulo: la guerra ultranacionalista empieza dentro, contra quien se opone a ella, y el primer enemigo abatido es el compatriota que no quiere disparar.

Diecisiete años después, en septiembre de 1936, Villain murió en Ibiza. Lo mataron milicianos del bando republicano que lo tenían por espía fascista, en los días en que la aviación italiana bombardeaba la isla. España llevaba dos meses en una guerra abierta por militares sublevados que se llamaron a sí mismos nacionales y llamaron anti-España a sus adversarios.

Del agravio al plan

El ultranacionalismo se entiende sin teorías de la conspiración, porque escribe lo que quiere. Hitler dedicó en 1926 un capítulo entero del segundo volumen de Mein Kampf al espacio vital que Alemania debía conquistar en el Este. El 5 de noviembre de 1937 reunió en la Cancillería al ministro de la Guerra, a los jefes de los tres ejércitos y al ministro de Exteriores, y les explicó, según el memorándum que levantó su ayudante, el coronel Friedrich Hossbach, que el problema alemán solo tenía solución por la fuerza. Fijó como plazo los años entre 1943 y 1945. Casi veintidós meses después, el 1 de septiembre de 1939, la Wehrmacht entraba en Polonia. Entre el libro y la invasión hubo un texto y un plan con fecha. Europa prefirió no tomarse en serio ni lo uno ni lo otro.

La materia prima de esos planes es un agravio. En la Alemania de entreguerras lo puso el Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919: Vidovdan otra vez, cinco años exactos después de Sarajevo. Milošević encontró el suyo dentro de Yugoslavia. El 30 de enero de 1989, ante el Comité Central de la Liga de los Comunistas, advirtió que Serbia no aceptaría una Yugoslavia en la que quedara «dividida en tres partes y de rodillas». El expresidente esloveno Milan Kučan confirmó esas palabras como testigo ante el tribunal de La Haya en mayo de 2003. El 25 de junio de 1990, Milošević dijo ante el Parlamento serbio que las fronteras de la república seguían siendo una cuestión política abierta. Vladímir Putin no tuvo que buscar el suyo: el 25 de abril de 2005, en su discurso anual ante la Asamblea Federal, llamó al final de la Unión Soviética la mayor catástrofe geopolítica del siglo.

Moscú, julio de 2021: el ensayo previo

El 12 de julio de 2021 la web oficial del Kremlin publicó en ruso, ucraniano e inglés un artículo firmado por Putin, Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos. La tesis cabe en una línea del propio texto: rusos, ucranianos y bielorrusos son un solo pueblo, herederos de la antigua Rus. El resto la desarrolla. La soberanía real de Ucrania, escribe, solo es posible en asociación con Rusia, y la formación de un Estado ucraniano étnicamente puro y agresivo con Rusia equivaldría, en sus consecuencias, al uso de armas de destrucción masiva contra los rusos.

Siete meses después, el 21 de febrero de 2022, Putin habló casi una hora por televisión. Dedicó la mayor parte del discurso a sostener que la Ucrania moderna fue creada entera por la Rusia bolchevique, que podía llamarse con justicia la Ucrania de Lenin y que nunca había tenido tradiciones estables de un Estado propio. Al final anunció el reconocimiento de las dos repúblicas separatistas del Donbás. Tres días después, el 24 de febrero, empezó la invasión. En marzo de 2014 la revista Foreign Affairs tituló Putin’s Brain, el cerebro de Putin, un artículo sobre Aleksandr Dugin, teórico del eurasianismo, y el apodo se quedó. Especialistas como Marlene Laruelle llevan años sosteniendo que exagera su peso en el Kremlin. Para este capítulo basta con lo que firmó el presidente.

La gramática es la de Gazimestan, con una variante que recorre toda esta historia. Al vecino que va a invadir, el ultranacionalista le niega la condición de nación distinta, lo llama hermano extraviado y presenta la conquista como reunificación. El Programa de Datos sobre Conflictos de la Universidad de Uppsala contó al menos 94.700 muertos en combate en esa guerra solo durante 2025, el 62 % de todos los del mundo. Mientras cierro este capítulo, el 21 de octubre de 2026, la invasión va por su quinto año. El 11 de octubre Donald Trump anunció en su red social un alto el fuego inmediato sobre las instalaciones energéticas; Zelenski respondió que se enteraba por el anuncio, y el Kremlin no lo confirmó. Hoy el enviado estadounidense Steve Witkoff se reúne con Putin en San Petersburgo, y la condición rusa para cualquier alto el fuego sigue siendo la misma, según The Moscow Times: que Ucrania le entregue la región de Donetsk entera.

Dos templos de piedra

Hay escalas en las que el mecanismo se ve mejor. La frontera terrestre entre Tailandia y Camboya mide más de ochocientos kilómetros, y en algunos tramos la cruzan templos jemeres de casi mil años. En 1962 la Corte Internacional de Justicia dio a Camboya la soberanía sobre el templo de Preah Vihear, y en 2013 le reconoció también el promontorio que lo rodea. Entre 2008 y 2011 ya hubo choques armados, con decenas de muertos.

En junio de 2025 se filtró una llamada en la que la primera ministra tailandesa, Paetongtarn Shinawatra, intentaba rebajar la tensión con Hun Sen, el hombre que gobernó Camboya durante casi cuatro décadas. Lo llamaba tío y presentaba como adversario a un general de su propio ejército. La filtración sacó a miles de manifestantes nacionalistas a las calles de Bangkok y le costó su principal socio de coalición. El 1 de julio el Tribunal Constitucional la suspendió de sus funciones. Tres semanas después, el 24 de julio, los dos ejércitos chocaron junto al templo de Ta Muen Thom. En cinco días murieron más de cuarenta personas y unas trescientas mil tuvieron que dejar su casa. El alto el fuego del 28 de julio se rompió a primeros de diciembre, esta vez con drones y aviación de combate, y hasta el 27 de diciembre no llegó otro, con al menos 47 muertos más según los recuentos oficiales y más de un millón de desplazados según la agencia AFP. La secuencia de Jaurès, en pequeño: quien intenta enfriar el conflicto cae primero, y la guerra viene después.

Lo que declaran

Leídos juntos, los textos de esta historia declaran casi siempre lo mismo, cada uno con su acento. Un territorio o un pueblo que hay que recuperar o reunir, del espacio vital de 1926 a las «tierras de la Rusia histórica» de 2021. Un agravio que justifica la recuperación. Un enemigo interior que estorba, del diputado socialista de 1914 a la anti-España de 1936. Y, por encima de todo, la promesa de que la nación renacerá cuando lo anterior esté resuelto. Está impreso, y con firma.

El presente le ofrece a esa doctrina condiciones que no tenía desde hacía décadas. El mismo programa de Uppsala registró en 2025 sesenta y cinco conflictos armados con algún Estado implicado, la cifra más alta desde que empezó a contarlos en 1946. Ocho de ellos enfrentaban a dos Estados: eran dos en 2023 y cuatro en 2024. La violencia organizada mató ese año a unas 244.600 personas, el segundo peor balance desde el genocidio de Ruanda de 1994. El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz calculó en abril de 2026 que el gasto militar mundial de 2025 llegó a 2.887.000 millones de dólares, undécimo año seguido de subida, con Europa a la cabeza del aumento: un 14 % más en un solo año. Ninguna de esas cifras prueba por sí sola la hipótesis de este capítulo. La guerra tiene más padres que el ultranacionalismo. Lo que las cifras dibujan es el terreno sobre el que esta doctrina vuelve a encontrar lo que necesita para pasar del texto a los hechos: Estados, ejércitos y fronteras que alguien da por abiertas.

Milošević dijo en Gazimestan que las batallas armadas todavía no podían descartarse. Leída treinta y siete años después, la frase tiene la exactitud de un calendario. Lo que vino luego lo pagaron otros, y alguien lo cobró.

El dividendo

Once euros con cincuenta céntimos. Es el dividendo por acción que el consejo de Rheinmetall propuso a su junta de accionistas del 12 de mayo de 2026, frente a los 8,10 del año anterior. El fabricante de armas de Düsseldorf facturó en 2025 9.935 millones de euros, un 28,8 % más que el año anterior, cerró el ejercicio con una cartera de pedidos récord de 63.800 millones y anunció para 2026 un crecimiento de ventas de entre el 40 y el 45 %. La compañía lo publicó en marzo, y la prensa económica lo recogió como se recoge un buen trimestre.

En el primer semestre de 2026, el de esa junta de accionistas, la Misión de Vigilancia de los Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ucrania contó 1.396 civiles muertos en el país. Cuarenta eran niños.

Pongo las dos cifras juntas sin insinuar que una cause la otra. A Ucrania la invadió el ejército de Putin. Las pongo juntas porque una doctrina se juzga también por lo que deja detrás: los muertos, por un lado, y por otro la cuenta de resultados de quien vende lo necesario para producirlos o para impedirlos.

Lo que cuesta, contado por quien lo cuenta

Las cifras de una guerra en curso son siempre suelos. La misión de Naciones Unidas había confirmado, a mediados de julio de 2026, 16.431 civiles muertos y 48.613 heridos en Ucrania desde el 24 de febrero de 2022. Solo cuenta los casos que verifica uno por uno, y advierte de que la cifra real es mayor.

Los muertos militares son más difíciles de contar, porque ninguno de los dos gobiernos los publica. El medio independiente ruso Mediazona, con el servicio ruso de la BBC, había identificado por su nombre, esquela a esquela, a 258.989 soldados rusos muertos hasta finales de septiembre de 2026. Los propios autores avisan de que el total verdadero es bastante más alto. Para las bajas ucranianas no hay un recuento público equivalente que merezca confianza.

Ese recuento enseña algo sobre la doctrina que lo produjo. En mayo de 2025, el análisis de la BBC y Mediazona encontró que en la república siberiana de Tuvá habían muerto 120 hombres por cada diez mil, 91 en Buriatia y 89 en la república de Altái. En Moscú, tres. La guerra que se libra en nombre de la unidad del pueblo ruso la pagan, en una proporción de treinta o cuarenta a uno, tuvanos, buriatos y altaicos: pueblos de Siberia que no son étnicamente rusos y que viven en algunas de las regiones más pobres del país. El programa que exalta a la nación gasta primero los cuerpos de quienes menos cuentan dentro de ella.

Luego están los que siguen vivos y ya no están en casa. En febrero de 2026, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados contaba 5,9 millones de ucranianos refugiados en otros países y 3,7 millones desplazados dentro del suyo, con 10,8 millones de personas necesitadas de ayuda humanitaria ese año.

La comparación con la guerra que siguió a Gazimestan sirve para ver la escala del daño en un país pequeño. El Centro de Investigación y Documentación de Sarajevo publicó en enero de 2013 el Libro bosnio de los muertos, con unos 96.000 nombres comprobados y otros 5.000 casos que no pudo confirmar del todo. Bosnia-Herzegovina tenía algo menos de cuatro millones y medio de habitantes en el censo de 1991. Algo más de dos de cada cien murieron en la guerra.

Y está el daño de puertas adentro. El 4 de marzo de 2022, nueve días después de la invasión, Rusia aprobó una ley que castiga con hasta quince años de cárcel la difusión de «información falsa» sobre su ejército. Desde entonces, llamar guerra a la guerra puede costar en Rusia tantos años de cárcel como un homicidio. El compatriota que no quiere disparar tiene hoy expediente judicial.

La factura que no aparece en el parte

Hay un daño que no se cuenta en muertos y que pagan países que no están en guerra con nadie. El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz calculó que el gasto militar mundial de 2025 equivalió al 2,5 % del producto mundial. Ese mismo año, según los datos preliminares que la OCDE publicó en abril de 2026, la ayuda oficial al desarrollo cayó un 23,1 % en términos reales, hasta 174.300 millones de dólares: la mayor caída anual desde que existe el registro. Para 2026 la OCDE prevé otro descenso, de casi un 6 %. El mundo gasta hoy en armas más de dieciséis veces lo que dedica a ayudar a los países pobres.

La OCDE atribuye la caída a los recortes de los grandes donantes y no la vincula de forma expresa al rearme. En al menos un caso, el vínculo lo declaró el propio gobierno. El 25 de febrero de 2025, el primer ministro británico Keir Starmer anunció que el Reino Unido bajaría su ayuda al desarrollo del 0,5 % al 0,3 % de su renta nacional para financiar un gasto militar del 2,5 % en 2027. Lo anunció un gobierno laborista.

En la cumbre de la OTAN de La Haya, en junio de 2025, los aliados se comprometieron a llegar en 2035 a un gasto del 5 % del producto interior: un 3,5 % en defensa estricta y un 1,5 % en infraestructuras y seguridad asociadas. España fue la única excepción. Pedro Sánchez anunció el 22 de junio que el país gastaría un 2,1 %, «ni más, ni menos», con el argumento de que sus propios militares calculan suficiente esa cifra para cumplir los compromisos con la Alianza. Según el cálculo que publicó entonces elDiario.es, pasar del 2 % al 5 % en una década le habría costado a España unos 350.000 millones de euros. La Unión Europea, por su parte, puso en vigor el 29 de mayo de 2025 un instrumento de préstamos para defensa de hasta 150.000 millones.

Los que cobran aparecen en el último informe del instituto de Estocolmo sobre las cien mayores empresas de armamento, publicado en diciembre de 2025. Sus ingresos por armas sumaron en 2024 un récord de 679.000 millones de dólares, un 5,9 % más que el año anterior. Las 26 europeas crecieron un 13 %. Las dos grandes rusas, Rostec y la corporación estatal de astilleros, un 23 %, pese a las sanciones. Las fábricas de uno y otro lado del frente tuvieron un buen año.

El mecanismo, tal como lo leo, es este, y lo propongo como hipótesis razonable, no como hecho demostrado. A la industria del armamento le basta con el miedo, y el ultranacionalismo lo produce a ambos lados de la frontera: la doctrina del agresor obliga al vecino a armarse, y el agresor exhibe ese rearme como la amenaza que confirmaba su doctrina. Mientras tanto, el dinero que se mueve hacia el arsenal sale de algún sitio, y en los presupuestos sale de la ayuda exterior y de los servicios públicos. Ahí, en la provincia recortada y en el agravio que deja, es donde el ultranacionalismo recluta a sus votantes. El círculo no lo diseñó nadie. Funciona igual.

La versión más honesta del argumento contrario

La objeción más seria a lo anterior la hace quien combate al ultranacionalismo con las armas.

Dice así. En diciembre de 1994, Ucrania entregó el arsenal nuclear que había heredado de la Unión Soviética a cambio de que Rusia, Estados Unidos y el Reino Unido se comprometieran, en el Memorando de Budapest, a respetar sus fronteras. Veinte años después, uno de los firmantes se anexionó Crimea. Sin los tanques, la artillería y la munición que llegaron después de febrero de 2022, la tesis del artículo de Putin se habría cumplido en semanas, y Europa no puede confiar su defensa a una Casa Blanca cuyo inquilino pedía en octubre de 2026 que Ucrania cambiara de presidente. Quien quiere evitar ser la próxima Ucrania tiene que armarse ahora. Lo demás es buena conciencia pagada con sangre ajena.

Este libro acepta lo esencial de ese argumento. Quien es atacado tiene derecho a defenderse, y pedir a Ucrania que se desarme sería complicidad con el agresor disfrazada de pacifismo. La distinción de Orwell aguanta aquí sin retoques.

Lo que no acepta es el salto de ahí a todo lo demás. Defender una frontera y hacer depender una economía de la industria de guerra son decisiones distintas, aunque se tomen con el mismo vocabulario. Una cifra redonda del 5 %, fijada para dentro de diez años bajo la presión de un presidente estadounidense, sale antes del análisis de la amenaza que pretende responder, y cuando la cifra va primero lo que se discute es un presupuesto. Y las armas detienen tanques, pero no doctrinas. La carrera naval anglo-alemana que empezó en 1906 con el primer acorazado de la clase Dreadnought se presentó en Londres y en Berlín como disuasión. Terminó en 1914. Christopher Clark sostiene en Sonámbulos (2012) que para entonces esa carrera estaba ya decidida y pesó poco en el estallido. El precedente es discutible, y aun así obliga a desconfiar de quien promete paz por acumulación.

La segunda objeción va contra la distinción entre afecto, doctrina y programa con la que empezó este capítulo. Autores como Yael Tamir, en Liberal Nationalism (1993), o David Miller, en On Nationality (1995), sostienen que la nación es el marco donde se aprendió la solidaridad: nadie paga impuestos para la sanidad de un desconocido sin un nosotros que lo incluya, y los Estados del bienestar europeos se construyeron dentro de fronteras nacionales. Quien niega la nación, añaden, le da la razón a Putin, que también niega una, la ucraniana.

Hay mucho de cierto en eso, y el manifiesto no propone abolir las naciones por decreto. La línea está en otro sitio, y Ucrania sirve para trazarla. Es una nación que se defiende con todo su lenguaje patriótico, y en las legislativas de 2019 su partido de extrema derecha más conocido, Svoboda, sacó el 2,15 % de los votos, por debajo del umbral para entrar en el Parlamento. Ese mismo año eligió presidente, con el 73 %, a un rusohablante de familia judía. La propaganda rusa la presenta como un Estado nazi. La prueba de cualquier nacionalismo está en si necesita un enemigo para existir.

Veredicto

El juicio que sigue es del proyecto, y lo firmo como tal.

El ultranacionalismo choca de frente con tres cosas que este manifiesto no negocia. Con la dignidad universal, porque la reparte según la pertenencia. Con la dignidad extendida, porque convierte a los que vendrán en herederos de un agravio que no vivieron. Y con el antifascismo que el libro pone como condición de entrada, porque, si Griffin tiene razón, el ultranacionalismo es el núcleo mismo del fascismo, y combatir al segundo sin nombrar al primero es combatir el síntoma. Una doctrina que pone a la nación como fin y a la persona como medio lleva la guerra en su propio programa. Cuando la hace, no traiciona sus principios: los ejecuta.

Una empresa que vende munición a un país invadido y el ejército que lo invade no comparten culpa, y meterlos en el mismo saco dejaría al agresor sin nombre. Pero las industrias y los gobiernos que convierten ese miedo en presupuesto permanente son, como mínimo, sus acreedores: viven de que dure.

La justicia llega tarde y llega poco. La Corte Penal Internacional dictó el 17 de marzo de 2023 una orden de detención contra Putin por la deportación ilegal de niños ucranianos, y Putin sigue viajando y negociando. Nada de eso consuela. Queda registrado, y el registro sirve para que la próxima vez nadie pueda decir que no se sabía.

Al ultranacionalismo, el humanismo de este libro le niega la premisa. La nación no es sujeto de nada. Lo son las personas que viven en ella, y las que viven en la de al lado.

En marzo de 1919, la viuda de Jaurès pagó las costas del juicio que absolvió a su asesino. Han cambiado las cifras y las monedas. El destinatario de la factura, por ahora, sigue siendo el mismo.


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