Retrato de Marcel Proust en blanco y negro, con traje oscuro y cuello almidonado
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1871 – 1922) — Francia · francés

Obra de referencia: En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu, 1913-1927)

Un hombre que no consigue dormir recuerda una infancia en provincias y un mundo de salones. Siete volúmenes después descubre que todo aquello era un libro que todavía no ha escrito.

En febrero de 1913, Alfred Humblot, de la editorial Ollendorff, rechazó el manuscrito en una carta a Louis de Robert, amigo de Proust. No entendía que un caballero necesitara treinta páginas para contar cómo da vueltas en la cama antes de dormirse. El dato era exacto. Lo que Humblot no se preguntó es para qué servían.

Era el tercer portazo. Antes habían dicho que no Fasquelle y la Nouvelle Revue Française, donde André Gide leyó lo justo para tropezar con una taza de camomila. Proust pagó la edición de su bolsillo: contrato con Grasset en marzo de 1913 y 1.750 ejemplares a la venta el 14 de noviembre. En enero de 1914 Gide le escribió que aquel rechazo sería el error más grave de la revista: había visto en él al cronista de sociedad de Le Figaro.

El prejuicio tenía de dónde agarrarse. Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en Auteuil, hijo de Adrien Proust, catedrático de medicina, y de Jeanne Weil, de familia judía acomodada. Pasados los cuarenta, solo había publicado Los placeres y los días (1896) y dos traducciones de John Ruskin. Gide ignoraba que aquel hombre de salón llevaba años encerrado.

El asma le empezó a los nueve años, al volver de un paseo por el Bois de Boulogne, y no lo dejó. Su padre murió en 1903 y su madre en septiembre de 1905. A finales de 1906 se instaló en el 102 del boulevard Haussmann, en una habitación forrada de corcho contra el ruido, donde dormía de día y escribía de noche en la cama, entre fumigaciones. Allí y después en el 44 de la rue Hamelin, donde murió de neumonía el 18 de noviembre de 1922, escribió casi toda la novela.

Su día empezaba por la tarde. Céleste Albaret, mujer de un taxista del que Proust era el cliente más fiel, entró a su servicio en 1914. En los recuerdos que dictó a Georges Belmont, publicados en 1973 como Monsieur Proust, quedó el desayuno: hacia las cuatro, dos timbrazos, dos tazones de café con leche y dos cruasanes, servidos a oscuras y en silencio.

El 8 de noviembre de 1913, seis días antes de que el libro saliera a la venta, Proust recibió sin levantarse de la cama a Élie-Joseph Bois, periodista de Le Temps. Hablaron hora y media, según su biógrafo William C. Carter, y Bois cerró el artículo con el autor enfermo en un cuarto de postigos cerrados donde no entraba el sol. El 21 de diciembre, André Arnyvelde contó en Le Miroir algo que aún no había salido en letra impresa: el dormitorio estaba forrado de corcho.

Allí dio Proust la clave que todos iban a repetir. Su obra estaba dominada por la distinción entre la memoria voluntaria y la involuntaria, la que vuelve sin que nadie la llame, y el ejemplo era la magdalena mojada en té que devuelve Combray entero. Los cuadernos cuentan otra historia. Entre 1907 y 1909, según la Biblioteca Nacional de Francia, la escena pasa por un trozo de pan duro, una rebanada de pan tostado y un biscote antes de llegar a la magdalena. El dulce más citado de la literatura francesa fue durante un tiempo una tostada.

En busca del tiempo perdido salió en siete volúmenes entre 1913 y 1927; los tres últimos, póstumos, los preparó su hermano Robert con Jacques Rivière. Un narrador recuerda su infancia en Combray, los celos de Charles Swann por Odette, su entrada en el mundo de los Guermantes y su amor posesivo por Albertine. En el último volumen tropieza con dos adoquines desiguales en un patio y entiende que su vida es la materia de un libro que aún no ha empezado. La novela termina cuando va a escribirla.

Ese narrador apenas tiene nombre. En La prisionera se le llama Marcel un par de veces, y siempre con una condición: si le damos el mismo nombre que al autor. Paul Souday, en Le Temps, leyó el libro en 1913 como una autobiografía, y no fue el último. El yo de la novela se desdobla en el que vivió y el que escribe, que sabe lo que el otro ignora y se lo calla hasta el final.

El procedimiento que sostiene «Combray» lo bautizó Gérard Genette en Figures III (1972): relato iterativo, contar de una vez lo que ocurrió muchas. Todo va en el imperfecto de la costumbre, y la primera frase lo anuncia: Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Ahí estaba la respuesta a Humblot. Las treinta páginas no cuentan una noche, cuentan todas: las del niño que espera y las del adulto que se despierta a oscuras sin saber en qué cuarto está. Traducirla obliga a decidir qué se repite. Pedro Salinas eligió en 1920 una forma verbal que dura, «Mucho tiempo he estado acostándome temprano». Mauro Armiño, unos ochenta años después, puso la costumbre delante y el tiempo detrás: «Me he acostado temprano, hace mucho».

Hoy la magdalena es el nombre que cualquiera da al recuerdo que vuelve con un olor, y la escena se presta mal a ese uso. Emily Troscianko sostuvo en Memory Studies (2013) que el narrador no recuerda sin querer: bebe un segundo sorbo y un tercero, aparta los ruidos de la habitación de al lado, busca. Lo que consigue es una mezcla de memoria involuntaria y búsqueda deliberada. Los recuerdos que llegan solos están al final, en los adoquines del patio y en el ruido de una cuchara contra un plato. Me parece que la fama de la magdalena tapa justo eso, que la novela premia los recuerdos que nadie busca.

El arranque es lo más arduo del libro: varias páginas de duermevela sin trama ni lugar fijo. Luego «Combray» se asienta en algo que cualquiera sigue, un niño que no puede dormirse sin el beso de su madre y una noche en que la visita de Swann se lo quita. La segunda parte del primer volumen, «Un amor de Swann», es una novela corta en tercera persona sobre los celos de Swann por Odette; se sostiene sola y a menudo se publica aparte.

Detrás de la novela hay dos libros abandonados. Jean Santeuil, escrito entre 1896 y 1900 en tercera persona y publicado en 1952, cuenta casi lo mismo desde fuera y no encuentra su forma. Contra Sainte-Beuve, cuadernos de 1908 y 1909 publicados en 1954, empezó como un ensayo contra el crítico que explicaba los libros por la vida de sus autores; allí sostiene Proust que un libro es obra de otro yo, distinto del que enseñamos en sociedad.

Los antecedentes los dio él mismo: en El tiempo recobrado reconoce los regresos del pasado por los sentidos en Chateaubriand, Nerval y Baudelaire. De su primo Henri Bergson se apartó ante Bois: la distinción entre las dos memorias, decía, no estaba en el filósofo. Entre los que vinieron después, Virginia Woolf (nº 3) empezó a leerlo en 1922 y en mayo le escribió a Roger Fry que ojalá pudiera escribir así. Samuel Beckett (nº 13) le dedicó en el verano de 1930 un ensayo, Proust (1931), que años después despachó como jerga filosófica de relumbrón.

Cuando A la sombra de las muchachas en flor ganó el Goncourt el 10 de diciembre de 1919, por seis votos contra cuatro frente a Les Croix de bois de Roland Dorgelès, parte de la prensa le echó en cara sus cuarenta y ocho años y su vida mundana, y no faltó quien le recordara que era judío por parte de madre. La objeción que sigue abierta la dejó Gide en su diario en mayo de 1921. Proust le contó que había llevado a las muchachas en flor todo lo que sus recuerdos homosexuales tenían de gracioso y de tierno, y que para Sodoma y Gomorra le quedó solo lo grotesco y lo abyecto. Gide se lo reprochó. Si una novela con tantas páginas sobre la homosexualidad de su tiempo se escribió también desde el disimulo, la crítica no lo ha decidido.

Para qué servían aquellas treinta páginas lo dice el último volumen, y solo a medias. Devuelven al lector al mismo sitio: el narrador está a punto de empezar a escribir, y lo que va a escribir se parece mucho a lo que acabamos de leer. Si es el mismo libro, la novela no lo dice.

«Los libros bellos están escritos en una especie de lengua extranjera».

Marcel Proust, Contre Sainte-Beuve (escrito hacia 1908-1909; publicado en 1954). Traducción propia.


Para seguir leyendo

  • A la busca del tiempo perdido, Marcel Proust (1913-1927); trad. de Mauro Armiño (Valdemar; edición revisada en El Paseo, desde 2022) — los siete volúmenes en la primera versión española hecha por una sola mano; «Un amor de Swann», dentro del primero, se lee también suelto.
  • Contra Sainte-Beuve. Recuerdo de una mañana, Marcel Proust (escrito en 1908-1909; publicado en 1954); trad. de Silvia Acierno y Julio Baquero Cruz (Alianza, 2016) — el taller donde la magdalena todavía no existe y donde Proust discute que un libro se explique por la vida de quien lo firma.
  • Los placeres y los días, Marcel Proust (1896); trad. de Consuelo Berges (Alianza) — el libro del mundano que Gide creyó estar rechazando, con los asuntos de la novela ya en germen.

Grupo 1 — Memoria, tiempo y conciencia. Conexiones: Virginia Woolf (nº 3, Grupo 1); Samuel Beckett (nº 13, Grupo 2 — El absurdo y la intemperie metafísica).

Sin versión española libre de derechos. La obra de Marcel Proust, en francés, su lengua original, puede leerse y descargarse libremente en Proyecto Gutenberg.

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