(1891–1940) — Imperio ruso y Unión Soviética · lengua rusa
Obra de referencia: El maestro y Margarita (Мастер и Маргарита, 1966-1967)
El diablo pasa unos días de primavera en Moscú, y cuando se marcha la ciudad lo archiva como un caso de hipnosis. La novela que lo cuenta esperó un cuarto de siglo a que alguien la imprimiera.
Un extranjero se sienta en un banco de los estanques del Patriarca, en Moscú, una tarde de primavera de calor insólito, y le asegura a Berlioz, que preside una asociación de escritores, que la reunión de esa noche no se celebrará. El motivo es doméstico: Annushka ya ha comprado el aceite de girasol, y además lo ha derramado.
Berlioz se despide a los pocos minutos, resbala en ese aceite junto a las vías y un tranvía le corta la cabeza, como le habían anunciado. Así arranca El maestro y Margarita, y en una sola página queda fijada la regla del libro: lo imposible llega por la vía más prosaica, una compra en la tienda, y la ciudad que lo presencia, oficialmente atea, se pasará la novela entera buscándole una explicación razonable.
El argumento cabe en tres frases. El diablo, que se presenta como Woland, profesor de magia negra, pasa unos días en el Moscú de los años treinta con un séquito en el que va un gato negro que habla, y pone patas arriba un teatro de variedades y una comunidad de vecinos. Un escritor al que la novela llama solo el maestro está internado en una clínica psiquiátrica desde que la prensa se ensañó con su novela sobre Poncio Pilato, y Margarita, que lo quiere, acepta ser la anfitriona del baile de Satanás para recuperarlo. Dentro del libro hay otro libro: la novela del maestro, el día en que Pilato condena en Jerusalén a un predicador llamado Yeshúa Ha-Notsrí.
Bulgákov escribió las dos novelas con dos voces. Los capítulos de Moscú los cuenta un narrador charlatán que recoge rumores y se dirige al lector. Los de Jerusalén van en una prosa seca y exacta, sin una sola broma, que llama a la ciudad Ershalaim y a Jesús, Yeshúa, para quitarles el barniz de la costumbre. Esa historia ocupa cuatro capítulos, el 2, el 16, el 25 y el 26, y llega por tres conductos: la cuenta Woland en el banco, la sueña Iván Bezdomni, el poeta que acompañaba a Berlioz, en la clínica donde lo han sedado, y la lee Margarita en el manuscrito que el maestro quemó y que el diablo le devuelve intacto.
Quien abre el libro por el título tiene que esperar. El maestro no aparece hasta el capítulo 13, asomado de noche al balcón de la habitación de Iván, y Margarita hasta el 19, que abre la segunda parte. Hasta entonces la novela es una cadena de castigos menudos: el presidente de una comunidad de vecinos que acepta un soborno, el encargado de un bufé que vende esturión pasado y lo llama de segunda frescura. Leo ahí, y es una lectura discutible, el procedimiento central del libro: lo sobrenatural de este Moscú no es que exista el diablo, es que alguien pague por lo que hace.
Bulgákov conocía las clínicas por dentro. Nació en Kiev en 1891, hijo de un profesor de la Academia Teológica, y el 31 de octubre de 1916 recibió el título de médico con distinción, cuando ya llevaba un mes al frente del hospital rural de Nikólskoye, en la provincia de Smolensk. En 1917 empezó a inyectarse morfina; según contó años después su primera mujer, Tatiana Lappa, para aliviar la reacción a un suero contra la difteria que se había puesto por miedo a contagiarse tras una operación. De aquellos años salieron los relatos de Diario de un joven médico (Записки юного врача, 1925-1926) y Morfina (Морфий, 1927), el diario de un médico rural adicto.
Llegó a Moscú a finales de septiembre de 1921 y escribió folletines para Gudok, el diario de los ferroviarios. Su novela sobre el Kiev de la guerra civil, La guardia blanca (Белая гвардия), salió por entregas en la revista Rossiya en 1925 y se quedó a medias cuando la revista cerró. La versión teatral, Los días de los Turbín, se estrenó en el Teatro del Arte en octubre de 1926; en 1929 sus obras ya habían salido de cartel. Bulgákov llevaba la cuenta. En la carta que envió al Gobierno soviético el 28 de marzo de 1930 contaba 298 críticas hostiles y 3 favorables en diez años, y contaba también que había echado al fuego, con sus propias manos, el borrador de una novela sobre el diablo.
El 18 de abril de 1930, después de comer, Bulgákov se había echado a dormir, como cada día. Sonó el teléfono y, cuando le dijeron quién llamaba, creyó que era una broma. Era Stalin. Le dijo que habían recibido su carta y que la habían leído con los camaradas, y le preguntó si de verdad quería irse al extranjero, si tan harto estaba de ellos. Bulgákov contestó que llevaba tiempo preguntándose si un escritor ruso puede vivir fuera de su patria, y que le parecía que no. Stalin le propuso pedir trabajo en el Teatro del Arte y quedaron en verse. La reunión no se celebró nunca. Es la versión de Elena Serguéievna, entonces casada con otro hombre, que la escribió a partir de lo que él le contó. Liubov Belozérskaya, la mujer con la que vivía, dejó en sus memorias otra: al aparato se puso primero un secretario, y Stalin hablaba de sí mismo en tercera persona.
En la puerta de aquel piso de la calle Bolshaya Pirogóvskaya colgaba una tarjeta con tres nombres: Mijaíl Bulgákov, Liubov Bulgákova y Butón Bulgákov, que era el perro. La broma duró hasta que un inspector de Hacienda quiso saber quién era el tercer inquilino.
En los años treinta Bulgákov fue ayudante de dirección en el Teatro del Arte y después libretista del Bolshói, y siguió con la novela del diablo sin esperar verla impresa. El título definitivo quedó fijado en 1937. Olga Bokshánskaya, su cuñada, pasó a máquina los borradores con tanta seriedad que, según él, solo sonrió una vez: en el capítulo en que los empleados de una oficina no pueden dejar de cantar a coro una canción sobre el lago Baikal. En el verano de 1939 le prohibieron Batum, una obra sobre la juventud de Stalin, cuando ya viajaba a Georgia para montarla. Desde entonces, según recordaron Elena y varios amigos, la salud se le vino abajo. Perdía vista, y los médicos diagnosticaron una nefroesclerosis hipertensiva, la enfermedad que había matado a su padre en 1907.
En el invierno de 1940, según Elena, ya casi no podía dictar, y aun así seguía corrigiendo. La última corrección que los estudiosos le atribuyen es del 13 de febrero y está en el capítulo en que Margarita ve pasar el entierro de Berlioz: una pregunta suya, si los que van detrás del ataúd son los literatos. Bulgákov murió el 10 de marzo.
Elena guardó el manuscrito veintiséis años. En noviembre de 1966, hace ahora sesenta, la revista Moskvá publicó la primera parte, y la segunda en su primer número de 1967, con cortes de la censura que el estudioso Gueorgui Lesskis cifró en más de 14.000 palabras, en torno al 12 % del texto. Elena preparó una relación de lo suprimido, y en 1969 la editorial Posev, en Fráncfort, imprimió la novela entera con los pasajes censurados en cursiva. En la URSS el texto completo esperó a 1973. Tampoco ese está cerrado del todo: Lesskis anotó que Yeshúa nace en Gamala o en En-Sarid según la página, y que los ojos de Woland cambian de color.
Casi todo lo que la novela necesita estaba ya en Corazón de perro (Собачье сердце), escrita en 1925: un cirujano moscovita le implanta a un perro callejero la hipófisis de un hombre y obtiene un ciudadano grosero que exige papeles. En 1926 la policía política registró la casa de Bulgákov y se llevó su diario y las copias mecanografiadas; la URSS no publicó el relato hasta 1987. Del Fausto de Goethe sale el epígrafe, el de la fuerza que siempre quiere el mal y siempre hace el bien. De Gógol viene la costumbre de juntar al diablo con la burocracia, y algo más. Cuando en 1952 se le hizo a Gógol un monumento nuevo en el cementerio Novodévichi, la piedra negra que había estado sobre su tumba, a la que llamaban Gólgota, acabó en un foso del taller de los canteros. Elena la vio, la compró y la hizo poner sobre la tumba de Bulgákov.
Salman Rushdie (nº 43) escribió en 1990, en el ensayo «In Good Faith», que la novela de Bulgákov era uno de los grandes modelos de Los versos satánicos y que le parecía extraordinario ver la vida de su libro repetir la de aquel. La sátira sigue mordiendo en Moscú. La adaptación de Michael Lockshin, que empezó a rodarse en 2021, antes de la invasión de Ucrania, encabezó la taquilla rusa en enero de 2024, mientras canales de Telegram favorables a la guerra pedían meter a su director, contrario a ella, en la lista de extremistas.
Para quien llega sin haber leído a Bulgákov, el libro tiene dos puertas. Los cuatro capítulos de Pilato, leídos seguidos, forman una novela corta de prosa grave; los de Moscú, una comedia de enredo con un gato que intenta pagar el billete del tranvía. Y quien prefiera empezar por algo breve tiene Corazón de perro, que ya contiene la sátira y el quirófano.
Las objeciones no tardaron. Varlam Shalámov, superviviente de Kolimá, anotó en su cuaderno en 1966 que era una novela satírica de nivel medio y que Bulgákov no era ningún filósofo. Andréi Siniavski escribió en 1974 que en la vida de Bulgákov el papel de Woland, el genio oscuro que por razones misteriosas es indulgente con el escritor, lo había hecho Stalin, y añadió que la novela no se reduce a eso. La objeción religiosa la formuló en 2006, en una conferencia en San Petersburgo, el diácono ortodoxo Andréi Kuráyev: los capítulos de Pilato le parecen blasfemos, pero los atribuye a Woland y no a Bulgákov, y lee a Yeshúa como caricatura del Jesús sentimental que se puso de moda desde Tolstói.
La discusión que hoy más pesa se libra en Kiev, la ciudad donde nació. La guardia blanca cuenta la entrada de las tropas del nacionalista ucraniano Simon Petliura, en diciembre de 1918, desde la casa de los Turbín, una familia de oficiales blancos. El Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional, que en abril de 2024 declaró a Bulgákov símbolo de la política imperial rusa, sostiene que su obra contiene valoraciones negativas de la condición estatal ucraniana. El 4 de junio de 2026 la ciudad retiró la estatua que lo recordaba en la cuesta de San Andrés, junto a su casa museo, y la entregó en custodia a la heredera del escultor.
El epílogo de la novela da la versión oficial. La gente culta adoptó la explicación de la investigación, una banda de hipnotizadores y ventrílocuos muy diestros, y por todo el país detuvieron a ciudadanos con apellidos parecidos a Woland y mataron gatos negros. Iván Bezdomni ya no escribe versos: es profesor del Instituto de Historia y Filosofía y sabe que de joven fue víctima de unos hipnotizadores. Lo único que no le ha curado nadie es la luna llena de primavera. Cuando llega, vuelve a los estanques del Patriarca y se sienta en el mismo banco.
«Entre los vicios humanos, uno de los principales es, para él, la cobardía».
— Afranio informa a Pilato de lo único que dijo Yeshúa en la ejecución. El maestro y Margarita (1966-1967), capítulo 25. Traducción propia.
Para seguir leyendo
- El maestro y Margarita (Мастер и Маргарита), Mijaíl Bulgákov (1966-1967); trad. de Marta Rebón (Navona, 2022) — la obra de referencia, con los cuatro capítulos de Pilato (2, 16, 25 y 26) que pueden leerse seguidos como una novela corta.
- La guardia blanca (Белая гвардия), Mijaíl Bulgákov (1925; completa en 1929); trad. de José Laín Entralgo (DeBolsillo, 2014) — la primera novela, el Kiev de diciembre de 1918 visto desde la casa de los Turbín, y la que hoy está en el centro de la discusión ucraniana.
- Corazón de perro (Собачье сердце), Mijaíl Bulgákov (escrita en 1925; publicada en la URSS en 1987); trad. de Ricardo San Vicente (Galaxia Gutenberg, 2020) — la puerta más breve: la sátira y el quirófano de la novela grande en un relato largo.
Grupo 5 — Mito y realidad desbordada. Dentro del grupo, conexión con Salman Rushdie (nº 43), que contó la novela entre los grandes modelos de Los versos satánicos.
Sin versión española libre de derechos. La obra de Mijaíl Bulgákov en ruso, su lengua original, puede leerse y descargarse libremente en Wikisource, donde están La guardia blanca, Diario de un joven médico y Morfina; El maestro y Margarita no figura.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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