(1899–1986) — Argentina · español
Obra de referencia: Ficciones (1944; edición definitiva, 1956)
Notas al pie y amigos con nombre y apellido: todo en estos cuentos tiene aspecto de documento, y ninguna página avisa de dónde empieza la invención.
En la Nochebuena de 1938, Jorge Luis Borges subía corriendo una escalera cuando sintió que algo le rozaba la cabeza. Era la arista de una ventana recién pintada. Según contó él mismo en 1970, la herida se infectó. Vinieron la fiebre y las alucinaciones, una noche perdió el habla y hubo que operarlo de urgencia. Era una septicemia. Pasó un mes entre la vida y la muerte.
Al recuperarse temió haber perdido la razón. Su madre le leyó una o dos páginas de Out of the Silent Planet, de C. S. Lewis, y él se echó a llorar porque las entendía. Luego temió no volver a escribir. Había publicado poemas y docenas de reseñas: si fracasaba con una reseña, estaba acabado, y fracasar en algo nuevo dolería menos. Escribió un cuento con forma de reseña. En «Pierre Menard, autor del Quijote», que Sur publicó en mayo de 1939, un crítico defiende a un simbolista de Nimes que dedicó años a escribir, sin copiarlos y palabra por palabra, dos capítulos y parte de otro del Quijote.
Borges es el único testigo de ese relato, y nunca dijo dónde ocurrió el golpe. Su hermana Norah contó a María Esther Vázquez que iba a buscar a una invitada para comer con la familia. José Bianco escribió en 1988 que fue en casa de María Luisa Bombal, y sin escalera: Borges se echó hacia atrás y dio con una ventana entreabierta. Sylvia Molloy recordó en Las letras de Borges (1979) que Menard fue solo la primera ficción que su autor reconoció como tal. Había otras antes.
Ficciones convierte aquella forma en método. Publicado por Sur en 1944, reúne El jardín de senderos que se bifurcan (1941) y Artificios, y la edición de 1956 sumó tres cuentos más. En el prólogo de 1941, Borges llamaba desvarío gastar quinientas páginas en una idea que cabe en pocos minutos de conversación; prefería fingir que esos libros ya existían y ofrecer un resumen, un comentario. Así están hechos Menard y el «Examen de la obra de Herbert Quain», la reseña de un novelista que nunca existió.
«Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» lleva el método más lejos. Empieza en una cena en una casa de campo de Ramos Mejía, con Adolfo Bioy Casares, amigo real del autor. Bioy cita a un heresiarca de Uqbar para quien los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres. Dice haberlo leído en The Anglo-American Cyclopaedia. El ejemplar de la casa no trae el artículo. El de Bioy, del mismo tomo, tiene cuatro páginas más, y en ellas está Uqbar. Desde ahí el cuento mezcla nombres y fechas comprobables con otros inventados, en el mismo tono de nota erudita. A las pocas líneas ya no sabemos qué parte de la página podríamos comprobar en una biblioteca.
La etiqueta habitual para este libro es metaficción, término que William H. Gass acuñó en 1970 para la ficción que llama la atención sobre su propio artificio. A mi juicio, Ficciones hace casi lo contrario: no exhibe el artificio, lo viste de documento, con notas al pie y bibliografía.
El final de Menard se ocupa del lector. El narrador atribuye a su amigo una técnica de lectura, la del anacronismo deliberado y las atribuciones erróneas: leer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida, o la Imitación de Cristo como si la hubieran escrito Céline o Joyce. Un mismo texto, leído en otro siglo o con otro nombre en la portada, dice otra cosa.
El resto del libro cambia de traje sin cambiar de método: un relato de espías, otro policial. «La biblioteca de Babel» imagina un universo de anaqueles con todos los libros posibles. Borges escribió que era una magnificación de pesadilla de la biblioteca municipal donde trabajaba.
Esa biblioteca existía. La Miguel Cané, en Boedo, fue su primer empleo fijo y, según él, nueve años de infelicidad. Allí escribió casi todos los cuentos de Ficciones. El primer día catalogó demasiados libros, y un compañero le pidió que bajara el ritmo para no dejar mal a los demás. Las cifras cambian según el relato. En su autobiografía de 1970 eran cien libros diarios; en los diálogos con Osvaldo Ferrari de 1985, cuarenta. Un día, un compañero encontró en una enciclopedia a un tal Jorge Luis Borges nacido el mismo día que él, y le pareció una coincidencia.
En 1946, con Perón en el gobierno, lo «ascendieron», según su autobiografía, a inspector de aves y conejos en los mercados. Renunció. Del nombramiento no se ha encontrado registro. La ceguera, que habían tenido su padre y su abuela, le costó ocho operaciones desde 1927. En 1955 lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, y a finales de esa década, escribió, ya no podía leer.
El premio Formentor, compartido con Samuel Beckett en 1961, lo dio a conocer fuera de Argentina, y en 1962 Ficciones salió en inglés. En 1976 almorzó con el dictador Jorge Rafael Videla. Ese mismo año aceptó en Santiago honores de la Universidad de Chile y del régimen de Pinochet, a quien elogió en público. En 1980 firmó la primera solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, y en julio de 1985 fue al juicio a las juntas a escuchar a Víctor Basterra, superviviente de la ESMA.
La primera objeción llegó antes que el libro y la firmaba el Estado. En 1942, la Comisión Nacional de Cultura dejó El jardín de senderos que se bifurcan fuera del Premio Nacional, con un voto de quince. La revista Nosotros habló de literatura deshumanizada y de juego cerebral oscuro y arbitrario. El reproche sobrevivió. Ernesto Sabato escribió en 1945 que sus laberintos eran geométricos y daban una angustia intelectual, frente a los corredores oscuros de Kafka (nº 10). Adolfo Prieto, en Borges y la nueva generación (1954), lo vio como «más un fenómeno de presencia que el autor de una obra intrínsecamente valiosa». Borges había contestado en «El escritor argentino y la tradición», conferencia de 1951: la tradición argentina es toda la cultura occidental, y el Corán prueba que es árabe porque no menciona camellos.
Borges venía de la biblioteca inglesa de su padre, de Stevenson y de Chesterton. Después de Ficciones llegaron El Aleph (1949), cuentos de más cuerpo, y Otras inquisiciones (1952), los ensayos donde está la enciclopedia china de la que nació, según Michel Foucault, Las palabras y las cosas (1966). En 1940 había preparado con Silvina Ocampo (nº 49) y Bioy la Antología de la literatura fantástica. En 1946 publicó en su revista, Los Anales de Buenos Aires, «Casa tomada», de Julio Cortázar (nº 48). Italo Calvino (nº 50) le dedicó un homenaje en 1984, y Roberto Bolaño (nº 27) reescribió «El Sur» en «El gaucho insufrible» (2003). En «Kafka y sus precursores» (1951) escribió que cada escritor crea a sus precursores.
Hoy se discute otra cosa, su procedencia. Beatriz Sarlo sostuvo en Borges, un escritor en las orillas (1993) que leerlo como un escritor sin patria le hace justicia estética. La misma lectura, añadía, le quita el lazo con el Río de la Plata y con el siglo XIX argentino.
Ficciones no pide orden, y los cuentos se leen sueltos. «Tlön», el primero, es el más cargado de nombres y de notas. Quien prefiera entrar por la trama tiene el espionaje de «El jardín de senderos que se bifurcan» o el crimen de «La muerte y la brújula». «Funes el memorioso» cuenta la historia de un muchacho que no puede olvidar nada. Las notas al pie forman parte del cuento, y en ellas están algunas de las bromas.
El último cuento de la edición definitiva es «El Sur», publicado en La Nación en 1953. Su protagonista, Juan Dahlmann, trabaja en una biblioteca municipal. No espera el ascensor, sube con apuro la escalera, se hiere la frente con la arista de un batiente recién pintado y cae en la fiebre. Es la Nochebuena de 1938 con otro nombre. Borges lo llamó en 1956 acaso su mejor cuento y avisó que podía leerse como narración directa de hechos novelescos y también de otro modo, sin decir cuál. El golpe que, según él, lo llevó a Menard vuelve quince años después y cierra el libro. Dónde se lo dio, no lo dejó dicho.
«Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos.»
Jorge Luis Borges, «Pierre Menard, autor del Quijote» (1939), en Ficciones (1944)
Para seguir leyendo
- Ficciones, Jorge Luis Borges (1944; edición definitiva, 1956); Debolsillo, 2011 — los cuentos de la edición definitiva, de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» a «El Sur», donde el cuento se disfraza de reseña o de artículo de enciclopedia.
- El Aleph, Jorge Luis Borges (1949); Debolsillo, 2011 — el libro que continúa Ficciones; el cuento que le da título (1945) imagina una pequeña esfera en la que caben todos los lugares y todos los tiempos.
- Otras inquisiciones, Jorge Luis Borges (1952); en Inquisiciones / Otras inquisiciones, Debolsillo, 2011 — los ensayos que se leen como sus cuentos, con «Kafka y sus precursores» y «El idioma analítico de John Wilkins», el de la enciclopedia china.
Grupo 6 — Laberintos, juego y artificio. Cruces con otros grupos: Franz Kafka (nº 10, Grupo 2), por «Kafka y sus precursores» y por la comparación de Sabato; Roberto Bolaño (nº 27, Grupo 3), que reescribió «El Sur». En este mismo grupo: Julio Cortázar (nº 48), Silvina Ocampo (nº 49) e Italo Calvino (nº 50). Sin entrada en 101 Voces.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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