(1903 – 1950) — Reino Unido · inglés
Obra de referencia: 1984 (Nineteen Eighty-Four, 1949)
Un hombre compra un cuaderno en una tienda de viejo y escribe una fecha de la que no está seguro. En su país, todo lo demás lo escriben otros.
En julio de 1950, un lector de la censura franquista terminó una traducción de 1984 y rellenó el impreso. De las seis preguntas del formulario contestó que sí a una sola, la de la moral. El anticomunismo de la novela le pareció un mérito. El «crimen sexual» de un hombre y una mujer, no. El 19 de julio informó en contra.
Destino insistió en mayo de 1951. El permiso llegó el 24 de marzo de 1952 para la traducción de Rafael Vázquez Zamora, con más cortes de los que había pedido el censor: la mayoría los hicieron la editorial y el traductor por su cuenta, según el expediente 3632 del Archivo General de la Administración que estudió Ximena Vázquez Lachaga en 2019. La primera escena de amor entre Winston y Julia quedó en una frase: «Esta vez no hubo dificultad». El apéndice sobre la neolengua desapareció. Alberto Lázaro (2002) data la primera edición íntegra en castellano en 1984.
Una novela sobre un ministerio que corrige papeles llegó a España corregida. Es la pregunta del libro entero: qué queda de lo que pasó cuando alguien decide qué páginas existen.
Gran Bretaña se llama Airstrip One y es una provincia de Oceanía, uno de los tres superestados en guerra perpetua. Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad reescribiendo números atrasados del Times para que el pasado coincida con lo que el Partido afirma hoy. Se enamora de Julia, se confía a O’Brien, miembro del Partido Interior, y termina en el Ministerio del Amor.
La primera frase describe un día de abril frío y luminoso en que los relojes dan las trece. Todo es normal salvo una cifra, y así funciona el libro entero. Lo primero que hace Winston es un delito doméstico: escribe en un cuaderno de papel cremoso una fecha, 4 de abril de 1984, de la que no está seguro. Orwell narra en tercera persona pero pegado a la cabeza de Winston, y su duda se queda en el relato sin que nadie la corrija desde arriba. Es el estilo indirecto libre, y su efecto es preciso: sabemos lo mismo que Winston y ni una línea más.
El mecanismo se ve entero en el capítulo siete de la primera parte. Winston recuerda la vez que tuvo en la mano una prueba: un recorte con la foto de tres antiguos dirigentes en Nueva York el mismo día en que, según sus confesiones, estaban en territorio enemigo. Lo echó al agujero de la memoria, el conducto que lleva los papeles al fuego. Durante esas páginas tenemos la prueba delante con él, y aprendemos que un documento que nadie más recuerda no prueba nada.
La segunda parte es la de Julia y la del libro prohibido de Goldstein, que Orwell inserta por capítulos en mitad de la novela. La tercera es un interrogatorio en el que O’Brien quiere que Winston vea cinco dedos donde hay cuatro. Lo completa la neolengua, un idioma que el Partido recorta cada año para que ciertas ideas no puedan formularse. El final lo conoce mucha gente que no ha abierto el libro: a Winston no le dejan ni a Julia.
Orwell sabía de pruebas en la mano y de papeles que desaparecen. El 20 de mayo de 1937, a las cinco de la mañana, en el frente de Huesca, el miliciano del POUM Eric Blair hablaba con los centinelas antes del cambio de guardia. Según su propio relato en Homenaje a Cataluña, en mitad de una frase sintió que estaba en el centro de una explosión. Oyó a un estadounidense pedir un cuchillo para cortarle la camisa; quiso sacar el suyo y el brazo derecho no le respondió. Al intentar hablar le salió un chillido débil. Su comandante, Georges Kopp, escribió al cuñado de Orwell, cirujano torácico, que la bala había pasado entre la tráquea y la carótida.
El 20 de junio volvió a Barcelona con la baja. Según contó él, su mujer, Eileen O’Shaughnessy, se levantó sin prisa en el vestíbulo del hotel Continental, le pasó un brazo por el cuello, sonrió para quien mirase y le dijo al oído, entre dientes, que se fuera. El POUM había sido ilegalizado y la policía se había llevado sus diarios de la guerra, que no han vuelto a aparecer. El 13 de julio, un informe al Tribunal de Espionaje y Alta Traición de Valencia describía a «Enric Blair» y a su mujer como trotskistas conocidos; apareció por casualidad en un archivo español en 1989. En «Recuerdos de la guerra de España» (1942) escribió que allí vio por primera vez periódicos sin relación alguna con los hechos, el oficio exacto de Winston.
Había nacido en 1903 en Motihari, en la India británica; fue cinco años policía imperial en Birmania y firmó como George Orwell su primer libro en 1933. En Wallington, un pueblo de Hertfordshire, tuvo desde 1936 una pequeña tienda y un corral con gallinas y una cabra, Muriel. En su diario doméstico apuntaba la puesta: «ocho huevos», el 15 de abril de 1939. La cabra reaparece en Rebelión en la granja como el animal que sabe leer y descubre, al releer los mandamientos del granero, que alguien les ha añadido palabras.
Eileen murió el 29 de marzo de 1945 bajo la anestesia de una histerectomía, mientras él trabajaba en Europa como corresponsal. En 1946 Orwell se fue con Richard, el hijo que habían adoptado, a Barnhill, una granja sin electricidad en la isla escocesa de Jura. A finales de 1947 le diagnosticaron tuberculosis; con la estreptomicina se le caía el pelo y se le desprendieron las uñas, según anotó en su último cuaderno. En noviembre de 1948, sin ninguna mecanógrafa dispuesta a viajar a la isla, pasó él mismo la novela a máquina, en la cama. Murió de una hemorragia pulmonar el 21 de enero de 1950 en un hospital de Londres, con cuarenta y seis años.
Antes habían salido Los días de Birmania (1934), Homenaje a Cataluña (1938) y Rebelión en la granja (1945), la fábula de la granja gobernada por los cerdos que T. S. Eliot rechazó desde Faber. El 4 de enero de 1946 reseñó en Tribune Nosotros, de Yevgueni Zamiatin; Isaac Deutscher, en «1984: el misticismo de la crueldad» (1954), sostuvo que de ahí salían la idea, la trama y los personajes. Hacia delante, Margaret Atwood (nº 84) cerró El cuento de la criada con unas notas académicas escritas siglos después de Gilead, y ha contado que la idea le vino del apéndice de Orwell.
Su editor, Fredric Warburg, leyó el manuscrito como un ataque deliberado a todo socialismo. En junio de 1949 Orwell respondió al sindicalista Francis Henson que la novela no atacaba al socialismo ni al laborismo, del que se declaraba partidario, sino las perversiones a las que tiende una economía centralizada. Daphne Patai, en The Orwell Mystique (1984), leyó toda su obra como impregnada de una ideología masculina; en la novela, Winston llama a Julia rebelde «de cintura para abajo». En 2023 Sandra Newman publicó Julia, la misma historia contada por ella, a propuesta de los herederos de Orwell.
En 2003 se hizo pública la lista que Orwell entregó el 2 de mayo de 1949 a su amiga Celia Kirwan, de una oficina de propaganda del Foreign Office: treinta y ocho escritores y periodistas a los que tenía por criptocomunistas o compañeros de viaje. Christopher Hitchens lo había llamado en 2002 un episodio relativamente trivial. La lista no pedía detenciones. Pero la entregó a una oficina secreta de su Gobierno el hombre que acababa de novelar un Estado que ficha a sus escritores.
Hoy 1984 se lee completa en la traducción de Miguel Temprano García (2013). La primera parte se sostiene sola; los capítulos del libro de Goldstein frenan la novela y pueden leerse aparte, como el ensayo que son. Para quien prefiera algo breve, Rebelión en la granja ocupa ciento cuarenta páginas.
El apéndice que el lector español de 1952 no tuvo empieza en pasado: la neolengua era la lengua oficial de Oceanía. Está escrito en inglés corriente, como quien describe una lengua muerta. Margaret Atwood escribió en 2003, en The Guardian, que eso solo puede significar que el régimen cayó. Orwell no dejó dicho qué quiso hacer con ese tiempo verbal. El lector de 1952 cerró el libro con Winston vencido y sin esas páginas. El de hoy las tiene, sin firma y sin fecha.
«La historia se detuvo en 1936».
— Lo que Orwell recuerda haberle dicho a Arthur Koestler, en «Recuerdos de la guerra de España» (escrito en 1942, publicado en 1943). Traducción propia.
Para seguir leyendo
- 1984, George Orwell (1949); trad. de Miguel Temprano García (Debolsillo, 2013) — el texto completo fijado por Peter Davison, con el apéndice sobre la neolengua que faltó en la primera edición española.
- Rebelión en la granja, George Orwell (1945); trad. de Marcial Souto (Debolsillo, 2013) — la misma pregunta en forma de fábula y la puerta más corta a Orwell: ciento cuarenta páginas.
- Homenaje a Cataluña, George Orwell (1938); trad. de Miguel Temprano García (Debolsillo, 2013; prólogo de Miquel Berga) — la bala de Huesca y la huida de Barcelona, contadas por él.
Grupo 10 — Alegoría, distopía y el mal. En el grupo: Margaret Atwood (nº 84), que tomó del apéndice de 1984 la forma de las notas finales de El cuento de la criada.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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