El cisco de encina bien hecho no echa humo ni huele: prende despacio, se pone blanco al soplarle y aguanta la noche entera. Dunia bajó de la costa a casarse con el hombre que lo hacía mejor que nadie.
La primera noche, Tomé se agachó a los pies de la cama con la cara todavía negra del monte y sopló un brasero de cobre que había empujado debajo del somier. Dunia lo miraba sin despegar la cabeza de la almohada. A él se le hinchaban los carrillos y la lumbre le subía por la barbilla, roja primero, blanca después, cuando la brasa prendió entera y le dejó los ojos en sombra. No dijo nada. Se lavó en la palangana, el agua se puso del color de la tinta, y se acostó de espaldas a ella.
Del techo colgaba una bombilla de las de antes, con el cristal sano y el hilo de dentro partido. Había otra en la cocina y otra en el pasillo, y nadie las había quitado nunca.
Dunia venía de la costa, de una de esas aldeas que el mar iba empujando tierra adentro casa por casa, y se había casado en la sierra porque abajo ya no quedaba con quién. Tomé hacía el mejor cisco de la comarca. Lo decían en Yesares y en los Llanos, y él no lo decía nunca, porque no decía casi nada. La quería, eso Dunia no lo dudó. Le habría gustado oírselo alguna vez.
Cada tarde él llenaba el brasero en el cobertizo, escogiendo a mano el cisco de encina más menudo y más parejo, y lo subía tapado con una chapa para que no se le apagara por el pasillo. Lo empujaba debajo de la cama, soplaba, se lavaba. Por la mañana lo sacaba al corral antes de irse al monte y allí se quedaba el día entero, frío, con un polvo gris y fino en el fondo que el viento no conseguía llevarse.
En la costa no se usaba brasero. Su madre abría las ventanas al amanecer, todas, para que se fuera la noche, y en invierno se dormía con dos mantas y los pies contra el que estuviera al lado. En la casa de Tomé las ventanas eran estrechas y tenían trapos metidos en las rendijas contra el aire de la sierra. Las primeras semanas Dunia los sacaba cada mañana, abría de par en par y los volvía a meter al mediodía. Tomé no se opuso. Una tarde de noviembre llegó con la cara cortada por el viento y metió él mismo los trapos, uno a uno, empujándolos con el pulgar hasta el fondo de la rendija. A la mañana siguiente ella no los sacó.
La casa olía a carbón por todas partes, también donde no había carbón. Los dinteles tenían una sombra de hollín que el agua no quitaba, y Dunia acababa el día con los dedos grises sin saber de qué, del pomo o del cucharón. Las sábanas volvían del lavadero un poco más oscuras cada semana. La piedra de las paredes no llegaba a calentarse nunca. Solo de noche, con el brasero, el cuarto se ponía tibio y espeso, y ella se dormía enseguida, de un sueño sin fondo del que salía con la boca seca y un dolor en la frente que se le pasaba al salir al corral.
La perra era de Tomé y se llamaba Mosca. Llevaba de collar un trozo de cinturón de coche, gris, con la hebilla todavía puesta, cortado a la medida de otro perro mucho antes de que ella fuera suya. Dormía debajo de la cama, pegada al cobre.
Dunia subió una vez a la Umbría, en octubre, a llevarle la comida. Tardó media jornada. Lo encontró dando vueltas alrededor de un montón de tierra del tamaño de una era, redondo y abombado, que humeaba por unos agujeros pequeños abiertos a ras del suelo. Debajo había leña de encina puesta de pie, apretada, ardiendo sin llama. Tomé le dio tres vueltas mientras ella esperaba con el hatillo en la mano. Con la pala tapaba una grieta; con el palo abría un agujero más abajo y cerraba el de al lado.
—Si le entra aire, se enciende y se pierde todo.
Fue lo más largo que le oyó decir aquel otoño. Por los agujeros salía un humo azulado, muy fino. Cuando dejara de salir, le explicó luego un vecino, el carbón estaría hecho.
Adelgazó, y al principio nadie lo vio. En enero le dieron unas calenturas que parecían de gripe, con dolor de cabeza y una flojera que le dejaba las piernas como de trapo. A media mañana se le pasaban y al anochecer volvían. Fela, la hermana, le mandó con el arriero unas hierbas de la costa y un recado que decía que se abrigara. Dunia se tomó las hierbas por no desairarla.
Una tarde de febrero salió al poyo de la puerta. Llevaba diez días sin pisar la calle. Tomé bajaba del monte, la vio y se paró en el abrevadero. Se lavó las manos. Se las volvió a lavar, esta vez con arena, frotándose los nudillos, y luego una tercera, hasta que el agua le corrió clara entre los dedos y las manos se le quedaron coloradas de frío. Entonces se acercó y le puso una en la cara. Nunca la había tocado de día.
Dunia se echó a llorar sin ruido. Él no supo qué hacer y no movió la mano. La dejó donde estaba, contra la mejilla, hasta que se le secó y se le fue templando con el calor de ella, y estuvieron así mucho rato mientras la perra olía las piedras del abrevadero.
Al día siguiente ya no pudo ponerse de pie.
La curandera de Yesares vino montada en un burro que no quería subir la cuesta, y tardó más en convencer al burro que en mirar a Dunia. Le levantó los párpados, le apretó las uñas y contó lo que tardaban en volver al color. Le olió el aliento. Llevaba en el bolsillo del delantal una cajita de lata con pastillas de antes, contadas, y no sacó ninguna.
—No tiene mala cara —dijo—. Eso es lo raro. Con esta flojera tendría que estar blanca, y mírala.
Dunia tenía las mejillas encendidas, de un rosa limpio, de niña que viene de correr.
—¿Qué se le debe? —preguntó Tomé.
—Dos sacos. Del menudo.
Se los cargó él mismo al burro.
Fela subió de la costa a la semana, con la mula, que perdió una herradura en el último repecho y llegó cojeando. Traía con ella a Isidre, un hombre de su aldea que de joven había ido en la ambulancia, cuando había ambulancia, y al que abajo llamaban para todo lo que no fuera parto. Llevaba en la muñeca un reloj parado; se lo miraba igual al tomar el pulso, por costumbre, y contaba en voz baja. Dijo que no veía bien y abrió la ventana. Sacó los trapos y los dejó en el alféizar. Estuvo un buen rato con dos dedos en la muñeca de Dunia, mirando la luz, y le preguntó si le dolía la cabeza.
—Por las mañanas.
Isidre lo apuntó con un lápiz en un papel que se guardó en el bolsillo de la camisa.
Esa tarde Dunia pidió de comer por primera vez en una semana. Se tomó media escudilla de caldo y habló con Fela de una prima que se había casado abajo con un viudo y se había cortado el pelo, y de lo mal que le quedaba. Isidre se marchó antes de que oscureciera, porque de noche no se bajaba la sierra, y dijo que volvería si lo llamaban. Al anochecer Dunia tiritaba. Tomé cerró la ventana, metió los trapos y bajó al cobertizo a llenar el brasero.
Aquel mes Tomé tenía una carbonera encendida en la Umbría y no podía dejarla sola. Subía con el farol al caer la tarde, le daba sus vueltas, tapaba, y bajaba a mitad de la noche. Entraba en el cuarto sin quitarse las botas y daba la vuelta a la cama igual de despacio, con el farol bajo, y se paraba un momento a los pies, escuchando cómo respiraba ella. Luego volvía a subir. Las botas dejaban en las baldosas unas huellas negras que Fela fregaba por la mañana y que a la mañana siguiente estaban otra vez allí, en los mismos sitios, pisadas encima de las de la víspera.
Dunia empezó a ver cosas. Al principio en el techo, cosas altas y sin forma, y luego más abajo. Una noche Fela la oyó llamar y la encontró sentada en la cama con la espalda contra la pared y los ojos clavados en el suelo.
—Ahí. Mira.
Fela miró. Por el borde de la colcha asomaba un temblor de luz, poca, de la boca del brasero.
—Es la lumbre.
—Son hombrecitos. Llevan farol. Dan vueltas.
Fela le puso la mano en la frente y no supo qué decirle. Entonces se abrió la puerta y entró Tomé, negro de la cabeza a los pies, con el farol en alto. Dunia dio un grito tan largo que la perra salió de debajo de la cama y fue a meterse en la cocina. Tomé se quedó en el umbral. No se acercó. Se pasó la manga por la cara una vez y otra, hasta que debajo del negro le asomó la piel de los pómulos y la de la frente. Dunia tardó en reconocerlo. Cuando por fin lo hizo se rio, con una risa corta y floja que Fela no le oía desde que eran crías, y se volvió a dormir.
La curandera subió una vez más y no hizo nada. Estuvo un rato a los pies de la cama, con el burro atado a la reja, y luego salió a la cocina, donde esperaba Tomé.
—Esto va de días.
Tomé miró por la ventana hacia el monte.
—La de la Umbría está a punto. Si no subo esta noche, se me pierde.
Por el día remontaba. A media mañana, cuando Tomé ya había sacado el brasero al corral y Fela dejaba abierta la puerta del cuarto para fregar las huellas, Dunia hablaba, pedía agua, preguntaba por la mula. Al caer la tarde se le iba otra vez. Decía que le pesaba el aire, que dormía con alguien sentado encima del pecho. Una noche Fela se agachó a sacar el brasero, porque dentro del cuarto no había quien respirara de lo cargado que estaba, y Dunia la agarró de la muñeca con una fuerza que no tenía.
—Eso no. Eso me lo pone él.
Fela lo dejó donde estaba.
En marzo perdió el sentido. Estuvo dos días hablando bajo, sin abrir los ojos, nombres de barcas y de gente de la costa que Fela entendía a medias. En la casa no se oía más que eso y, a mitad de la noche, las botas.
Murió antes de que clareara.
Fela la lavó con el agua de la palangana, que se había quedado templada junto al cobre. Le pasó el paño por la cara, por el cuello, por los brazos, y al acabar se quedó mirándola. Tenía más color que en vida. Las mejillas, los labios, hasta las palmas de las manos, de un rosa encendido y limpio. Parecía a punto de despertarse.
—Tomé. Ven.
Él vino del corral y se quedó a los pies de la cama.
—Tiene buen color —dijo Fela—. Mírala. Tiene buen color.
Tomé no contestó. Estuvo allí un rato con las manos colgando y luego subió a la Umbría, porque la carbonera estaba hecha y había que cerrarle todas las bocas.
La enterraron al día siguiente. Esa noche Fela durmió en la cama de su hermana, porque no había otra, y Tomé, sin que nadie se lo pidiera, le llenó el brasero, lo empujó debajo del somier y sopló hasta que la brasa se puso blanca. Después se fue a dormir a la cocina. Fela le dio las gracias desde la cama. Él no dijo nada.
A la mañana Fela se despertó con un clavo en la frente y vomitó en el corral. Se sentó en el poyo, al sol, hasta que se le pasó. La perra no salió de debajo de la cama hasta mediodía, y cuando salió estuvo bebiendo del abrevadero mucho rato, con las patas abiertas, y luego se echó a la sombra del cobertizo. Fela tenía que estar abajo antes del domingo. Cargó la mula y se fue sin esperar a Tomé, que andaba en el monte.
El cisco de encina bien hecho no echa humo ni huele. Prende despacio, se pone blanco al soplarle y aguanta la noche entera con una llama corta, casi azul, que solo se ve a oscuras. En la sierra es el que se mete en los dormitorios. El de pino, que humea y deja dolor de cabeza, se gasta en la cocina. Al buen carbonero se le conoce en que sus carboneras, al final, ya no echan nada por ninguna boca.
Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 22
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