La cata larga — Herencia, cenizas y silencio
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En Alcorbe el aire lo pica todo, y por eso los muertos van abajo, a la galería donde el aire no corre. Mairal sabía decir cuántas jornadas le quedaban a un aceite; Aliaga lleva once meses esperando la noche en que cambie el viento.

Bajé dos espuertas de mortero al soterrado con luz todavía, las dejé al pie del hueco y subí a lavarme las manos en la pila del patio. El hueco llevaba abierto desde el invierno, con la lastra apoyada de canto y la cincha colgando de los garfios, esperando a mi madre, que también llevaba dos años esperando y no acababa de morirse.

A usted se lo cuento porque va a ser usted quien me tape a mí. Conviene que sepa de qué pared hablamos.

En Alcorbe no metíamos a los muertos en tierra. Arriba el aire pica lo que toca: pica el aceite, pica el hierro, pica el pan de un día para otro, pica a la gente por dentro hasta dejarla con ese silbido que usted oye en todas las casas. Abajo, en el soterrado —la galería que cada familia excava bajo su patio para las tinajas—, el aire está parado y no pica nada. Así que abajo se guardaba el aceite y abajo se guardaba a los nuestros, en huecos abiertos en la pared del fondo, atados con la cincha para que no se vencieran hacia delante mientras fraguaba el tapiado, y cerrados con siete hiladas y una lastra. Nadie toca lo tapiado de otra casa. No hay ley que lo diga.

Mairal me había ofendido durante años, delante de quien hiciera falta, y yo lo había ido pasando. Lo que dijo aquella primavera en la báscula del molino ya no lo pasé. No pienso repetirlo aquí. Me reí con los demás y desde aquel día lo traté mejor que antes.

Hay dos maneras de que un agravio no quede cobrado. Una es que el que lo cobra salga perdiendo. La otra tardé más en verla: que el otro se muera sin saber quién le ha pasado la cuenta. Estuve esperando a tener las dos cosas y esperé lo que hizo falta, que fueron once meses.

Mairal era el mejor catador de la comarca. Cualquiera sabe si un aceite está picado; para eso basta la lengua de un crío. Lo suyo era la cata larga: decir cuántas jornadas le quedan a una partida antes de picarse. Metía la caña, sacaba un dedo de aceite, lo paseaba por la boca, escupía corto y daba el número. Once jornadas. Cuarenta. Hasta el segundo corte. Y acertaba. Se equivocó dos veces en veinte años y de esas dos hablaba él más que nadie, que era su manera de recordar las otras.

Yo también compro aceite. Compro cuanto puedo y nunca he sabido catarlo. Para eso estaba él.

La vuelta del aire cayó aquel año en luna nueva. Es la noche en que el viento cambia de cara y a partir de ella ya no se destapa nada hasta la primavera, así que la gente saca a la calle lo que no va a aguantar y se lo bebe. Se tiznan con hollín de esparto para que el aire no los conozca, que es cosa de críos y la hacen también los viejos. Aquel año el orujo lo subieron a tres cuartos el cántaro y hubo discusión en la plaza hasta bien entrada la noche, con Berdún en medio diciendo que a ese precio se lo bebieran ellos. Al final se lo bebió también.

Mairal iba tiznado hasta las orejas y con la ristra de tapones al cuello, un corcho por cada tinaja que había catado ese año, y le llegaba al esternón. Había bebido lo suyo. Me vio llegar y me abrió los brazos de esa manera que tenía de abrazar a un hombre delante de la gente para que la gente lo viera.

—Mairal. Qué suerte encontrarte. Y qué buena cara traes.

—La cara la traigo negra.

—Debajo. Escucha: me han entrado doce tinajas de las Peñuelas. Las he pagado sin catar.

—¿Sin catar?

—Sin catar. El tratante me jura que aguantan hasta la primavera.

—¿Hasta la primavera?

—Eso me jura.

—¿Hasta la primavera? —Se rió con la boca abierta y le vi los dientes negros de hollín—. ¿Doce de las Peñuelas hasta la primavera?

—Tengo mis dudas.

—Hasta la primavera.

—Y quiero salir de ellas esta noche, porque si están cortas las vendo mañana. Pero estás en la fiesta y no voy a sacarte de aquí. Se lo digo a Cudós.

Se le paró la risa.

—Cudós no distingue una tinaja mermada de una picada.

—Hay quien dice que su lengua y la tuya vienen a ser lo mismo.

—Vamos.

—¿Adónde?

—A tu soterrado.

—No, hombre. No te voy a robar la noche. Y tienes el pecho como lo tienes.

—El polvo de tu soterrado me lo conozco mejor que tú.

Berdún le dijo algo de una cabra que había que bajar del corral antes de la madrugada y Mairal le contestó que bajara él la cabra. Después me cogió del brazo. Me eché el capote por encima y dejé que me llevara él a mi propia casa, que está a cuatro calles y a las que llegamos en más rato del que hace falta.

No había nadie. Yo había dicho a los dos mozos y a la mujer que me guisa que no se movieran de casa bajo ningún concepto, que volvería con la luz. Sabía que en cuanto les diera la espalda saldrían por la puerta del corral. Para eso se lo había dicho.

Encendí dos candiles de sebo y le di el suyo. Bajamos. La escalera del soterrado de mi casa tiene los peldaños desiguales, que es cosa de cuando la excavaron, y le fui diciendo dónde pisaba mientras él pisaba donde le daba la gana. Los tapones del cuello le sonaban unos contra otros, un ruido de madera seca.

Abajo el aire estaba parado y olía a lo que huele siempre.

—Las tinajas —dijo.

—Al fondo. Mira la pared antes de pasar.

Levantó el candil. En la pared del fondo estaban los míos, tapiado sobre tapiado, cada uno con su lastra y su marca raspada en el mortero fresco. Tres rayas y un punto.

Le entró la tos. Fue una de las suyas, larga, que no acaba en nada y vuelve a empezar. Se dobló, se apoyó en la tinaja de la esquina y estuvo así el tiempo que se tarda en desatar un nudo malo.

—¿Desde cuándo la tienes así?

—Desde siempre. No es nada.

—Volvámonos, Mairal. Que se te enfríe el pecho ahí abajo no me conviene ni a mí. A ti te lloraría medio pueblo. A mí me tapian y hasta otra. Sube y bajamos otro día.

—Sube tú si quieres.

—Como quieras. Pero echa un trago antes, que esto ya no aguanta.

Rompí el cuello del primer cántaro de la hilera de la izquierda, orujo del año, y se lo tendí. Bebió mirándome de lado. Bebió despacio, para que durara. Después levantó el cántaro un palmo por encima de la cabeza.

—Por los de tu pared. Que no les entre aire.

—Y yo por las jornadas que te queden.

Volvió a cogerme del brazo y seguimos. La galería se estrecha a partir del tercer codo y hay que ir de uno en uno. Las tinajas de ese tramo son las viejas, las que ya no se usan, con la torta de sebo y ceniza hundida por el centro.

—Es hondo esto.

—Los de mi casa cavaban mucho.

—¿Y esa marca? Las rayas.

—Una raya por cada rama que quedó.

—¿Y el punto?

—El punto no sé lo que es. Siempre ha estado ahí.

Le pareció bien de todas formas, porque era hombre al que le gustaban las cosas bien puestas aunque no se supiera por qué.

Pasamos bajo el arco bajo, donde hay que doblarse, y bajamos otros cuatro peldaños hasta el fondo, donde el aire ya no da para el candil y las llamas se ponen de pie sin moverse, muy pequeñas y muy quietas.

Ahí me paré y le cogí el brazo por encima del codo.

—Pasa la mano por la pared.

La pasó. En el fondo el mortero suda una sal blanca que se queda en la yema y sabe a hierro.

—Está sudada —dije—. Y tú con esa tos. Todavía estamos a tiempo.

—A tiempo de qué. —Escupió—. Trae otro trago y vamos a esas tinajas, que me estás mareando con el cuidado.

Rompí el segundo cántaro y se lo bebió casi entero de un tirón. Después lo echó al aire, lo cogió al vuelo y me hizo un gesto con las dos manos, muy despacio, mirándome.

Lo miré sin entenderlo.

Lo repitió.

—¿No lo pillas?

—No.

—Entonces no eres de los nuestros.

—¿De cuáles?

—De los catadores.

—Sí lo soy.

—¿Tú? Anda ya.

—Lo soy.

—Haz la señal.

Y saqué de debajo del capote la cuchara de tapiar y se la puse delante del candil.

Se rió tanto que le volvió la tos. Retrocedió dos pasos, sin dejar de reírse y sin dejar de toser, con una mano en la pared.

—Muy bueno. Anda, enséñame las Peñuelas.

—Están aquí mismo.

Volví a ofrecerle el brazo y se apoyó con todo el peso, que no era mucho. Aquella primavera había dejado de subir al Cerro y decía que porque no le pagaban el jornal aparte. En la báscula del molino, el día que me ofendió delante de doce hombres, yo estaba mirándole las manos: las uñas se le habían ido redondeando hasta quedarse como cucharitas, cada una con su hueco, y eso a los cincuenta y tantos no lo arregla ningún invierno bueno. Desde entonces le contaba yo las jornadas a él igual que él se las contaba al aceite. Le quedaban pocas. Y a mí me hacía falta que se le acabaran de mi mano y no del aire.

Al fondo del fondo la galería da un ensanche, y en el ensanche está la pared de los huecos. El de mi madre llevaba abierto desde el invierno, con la lastra de canto, la cincha colgando de los garfios y las dos espuertas al pie, tapadas con un saco húmedo para que el mortero no fraguara solo.

—Ahí dentro.

Levantó el candil y metió la cabeza. Seis palmos de hondo, cuatro de ancho, y de alto lo que un hombre de pie. El fondo es la roca madre.

—Aquí no hay tinajas.

—Están detrás.

Dio dos pasos más y la roca lo paró. Se quedó quieto, con el candil en alto, mirando la pared del fondo como quien lee algo. En ese rato le pasé la cincha por el pecho y por debajo de los brazos y la cerré en los garfios. Son dos vueltas y una hebilla. Lo he hecho once veces.

No se resistió. Tardó demasiado en entenderlo.

Salí del hueco y me limpié las manos en el capote.

—Pasa la mano por la pared de ahí dentro. ¿Notas la sal? Te lo he dicho arriba. Este sitio no es para tu pecho. Vuélvete a la fiesta, Mairal.

—Las Peñuelas —dijo. Todavía estaba en eso.

—Las Peñuelas.

Aparté el saco, arrimé la primera espuerta y empecé.

La primera hilada la puse sin que dijera nada. A la mitad de la segunda le oí un ruido de garganta que no era tos, un ruido hondo, de hombre que se despierta y no en la cama. Después estuvo callado mucho rato. Puse la tercera y la cuarta con ese silencio detrás, que se trabaja mal.

La espuerta se me acabó antes de lo que había calculado y tuve que ir a por la otra, que la había dejado dos codos más atrás. Al volver me paré en las tinajas viejas y hundí el pulgar en una torta de sebo para ver si aquello seguía cerrado. Seguía. No sé por qué lo hice. Me sobró ese rato y lo gasté en eso.

En la quinta empezó la cincha. Los garfios están clavados en la roca y no ceden, pero el hierro de la hebilla golpea la piedra y se oye en toda la galería. Duró lo que duró. Dejé la cuchara encima del mortero, me senté en la espuerta vacía y lo escuché entero, porque desde ahí se oía mejor.

Cuando paró, seguí. Sexta y séptima. La pared me llegaba al pecho. Levanté el candil por encima y miré dentro.

Entonces gritó.

Fueron gritos muy agudos, muy seguidos, de una fuerza que no le hubiera supuesto a aquel pecho. Retrocedí. Me quedé un momento con la espalda contra la tinaja de la esquina y noté que me temblaba la pierna izquierda. Puse la mano abierta en el tapiado y empujé. No se movió. Entonces volví al hueco y le contesté. Grité con él, más alto y más tiempo, hasta que se quedó sin gritos y en la galería solo quedaron los míos, y luego tampoco.

Faltaba la lastra.

La levanté por el canto, la senté en su sitio y la fui empujando hasta dejar un palmo sin cerrar. De dentro salió una risa. Una risa pequeña, de andar por casa, la que ponía él en el molino cuando le contaban algo que no le hacía gracia pero había gente delante.

—Buena la has hecho. Buena. Mañana nos vamos a reír. Anda, sácame, que se hace tarde y mi mujer está esperando.

—Tarde es —dije.

—Pues vámonos.

—Vámonos.

Y esperé.

—Que no me entre aire —dijo—. Aliaga. Que no me entre aire.

Era la primera vez en toda la noche que decía mi nombre.

—Que no te entre aire —contesté.

No dijo más. Llamé por el palmo abierto: Mairal. No contestó. Llamé otra vez: Mairal. Y de dentro llegó, muy despacio, el silbido de su pecho, aquel silbido que yo llevaba escuchando desde la primavera y que era lo único suyo que yo sabía catar. Subía y bajaba. Subía y bajaba. Se paró.

Metí el candil por el hueco y lo dejé caer dentro. No volvió nada.

Se me revolvió el estómago y tuve que apoyarme. Fue el aire del fondo, que ya sabe usted cómo está, y el orujo, y el trabajo. Empujé la lastra hasta el asiento, la repasé con la cuchara y raspé en el mortero fresco las tres rayas y el punto. Se me rompió la hebilla de la alpargata al subir la escalera y tuve que subir el último tramo descalzo de un pie.

Mi madre murió al otoño siguiente. Le abrimos el suyo al lado y ahí está.

Lo buscaron una semana entera por los caminos. Yo organicé la batida y pagué a los hombres.

Desde entonces se han tapiado nueve más en esa pared, todos de mi casa, todos con su marca. Cincuenta años. Nadie ha preguntado nunca por qué en esa pared hay una marca de más que muertos tiene la familia, porque nadie cuenta las marcas de la pared de otro.

Las espuertas están abajo desde ayer, al pie del hueco. No hace falta que las baje usted.


Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 21

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