Su padre seguía levantándose a las cinco y cuarto.
Elena lo oía desde la cama, a través del tabique, que en aquellos pisos era de una sola hilera de ladrillo y dejaba pasar las toses del vecino. Primero el despertador, que él apagaba antes del segundo timbrazo. Luego los pies buscando las zapatillas. El grifo del lavabo, el agua fría en la cara, dos veces. El cajón de la cómoda donde estaban las camisetas de turno, todas iguales, blancas y con el cuello dado de sí. La cafetera en el fuego. Treinta años haciéndolo las semanas de mañana, siempre en ese orden. Desde el cinco de octubre, todas las semanas eran de mañana.
Lunes, doce de noviembre de 1984. Treinta y ocho días.
Elena se levantó a las seis menos diez, en calcetines, y fue hasta la puerta del comedor. Su padre estaba en el balcón, vestido, con la cazadora de pana encima de la camiseta y la taza en la mano, mirando hacia la fábrica, que a esa hora era una mancha más negra que el resto de la noche, sin una luz. A las seis en punto miró el reloj de pulsera. Lo miró dos veces. Luego se bebió lo que le quedaba de café de un trago y siguió allí.
En la fábrica, hasta octubre, a las seis sonaba la sirena del cambio de turno, y se oía en todo el Puerto, y las semanas de mañana él no la oía nunca desde el balcón, porque a esa hora estaba ya dentro, con el casco puesto, delante de la piquera del horno.
Elena volvió a la cama sin hacer ruido y se tapó hasta la nariz. La sábana olía a la lejía de la vecina de abajo, que tendía encima de su ventana.
* * *
La valla de la zona de la Menera tenía un agujero desde el verano, del tamaño de un niño de doce años o de un perro grande, y nadie lo había cerrado.
—Pasa tú primero —dijo Sergio.
—¿Por qué yo?
—Porque si hay alguien, a ti no te pegan.
Sergio tenía dieciséis años, como ella, iba a su clase de tercero y llevaba siempre un libro en el bolsillo del chaquetón, uno distinto cada semana, que no leía delante de nadie. Esa semana era uno de tapas blancas, de un argentino que se había muerto en febrero en París, y se lo había dejado a Elena el viernes con una frase subrayada en la primera página que ella no había entendido y no le había dicho que no la entendía.
Pasaron. Al otro lado el suelo era de escoria, negra, con charcos que tenían por encima una piel de aceite y, debajo de la piel, nada que se viera. Había traviesas arrancadas en montones, un vagón de mineral sin ruedas tumbado de lado como una vaca, y a lo lejos, hacia el mar, los hornos, quietos, más grandes de lo que parecían desde casa.
—No se oye nada —dijo Sergio.
—Ya.
—No. Nada. Escucha.
Se pararon. Se oía el mar. Se oía un camión en la carretera de Valencia, lejos. Se oía a Sergio respirar por la boca. De la fábrica no venía ningún ruido.
Entraron en una caseta de obra que tenía la puerta abierta. Había sido una oficina. Dentro el aire estaba parado y olía a papel mojado y a ceniza vieja. Había una mesa de chapa gris, dos sillas, un archivador con los cajones abiertos y vacíos, y un perchero con una bata gris colgada, con un bolígrafo sin capuchón en el bolsillo de arriba. Encima de la mesa había un cenicero lleno, una taza con un dedo de café convertido en otra cosa, un tampón de tinta morada y, al lado, un sello de caucho con el mango de madera.
Y una nota, sujeta con una grapa a una hoja de turnos: «Llamar a la Conchi, que el crío tiene fiebre».
Sergio la leyó en voz alta. Luego la volvió a leer para él.
—¿Quién será la Conchi?
—La mujer de alguien.
—¿Y el crío?
—Ya estará bueno, Sergio. Es de septiembre.
Sergio dejó la nota encima de la mesa, en el mismo sitio, y la alisó con la palma.
—Mi padre dice que en Navidad vamos a Zaragoza, a casa de mi tía. A ver.
—¿A ver qué?
—A ver. Es lo que dice. Que en Zaragoza hay una fábrica de coches y que mi tío conoce a uno.
Sergio se sentó en una de las sillas, que era de las que giran, y la silla hizo un ruido largo de bisagra seca. Dio una vuelta entera, despacio. La silla volvió a hacer el ruido.
Elena cogió el sello. Le dio la vuelta. En el caucho, al revés, ponía PARTE DE TURNO, y debajo SECCIÓN, y debajo una raya para escribir la sección a mano. Abrió el tampón. La tinta estaba casi seca, cuarteada por los bordes, y en el centro todavía brillaba un poco.
—¿Te lo vas a llevar?
—Aquí ya no lo usa nadie.
—Eso es robar.
—¿A quién?
Sergio lo pensó, dando otra vuelta con la silla.
—A la Conchi no, desde luego.
Fuera ladró un perro. Ladró otra vez, más cerca. Se oyó una voz de hombre que decía un nombre, de persona o de perro, y el ruido de unas botas en la escoria.
Salieron corriendo por el lado contrario, con el sello en el bolsillo del anorak de Elena y el tampón en la mano de Sergio, que se le olvidó soltar. Corrieron entre las traviesas sin mirar atrás, y no supieron nunca si el vigilante los había visto o si el perro ladraba a otra cosa. En el agujero de la valla Sergio se enganchó el chaquetón y se le rajó la manga desde el codo, y siguieron corriendo hasta la carretera, y en la carretera se pararon y se rieron hasta que les dolió, doblados, con las manos en las rodillas, sin saber de qué.
—Mi madre me mata —dijo Sergio, mirándose la manga.
—Dile que ha sido la valla.
Volvieron por la carretera, despacio, con la manga de Sergio colgando. Sergio contó que su hermano, el que trabajaba en el taller de la estación, grababa cosas con el radiocasete desde la ventana del cuarto, cosas que no servían para nada: la lluvia, el camión de la basura, a la vecina de enfrente regañando al crío, los cohetes de las fiestas. Tenía las cintas en una caja de zapatos, con la fecha escrita en la etiqueta, y no las escuchaba nunca.
—¿Y para qué las graba?
—Dice que para después.
—¿Después de qué?
Sergio no lo sabía. Se lo había preguntado y su hermano le había dicho que se quitara de la ventana.
* * *
En casa, desde octubre, había un ruido nuevo.
Su madre se había comprado una tricotosa a plazos, de segunda mano, a una vecina de Canet que se había cansado de ella, y la tenía montada en la mesa del comedor, sujeta con dos tornillos de mariposa al canto del tablero. Hacía jerséis para una tienda de Valencia que le pagaba por pieza, y por las tardes, y por las noches, el carro iba de un lado a otro con un ruido de cremallera grande, ris, ras, ris, ras, que se oía desde la escalera.
—Este es el noveno —dijo su madre cuando entró Elena. Siguió con el carro—. La de la tienda dice que el octavo tenía un punto suelto en la sisa.
—¿Y lo tenía?
—Lo tenía.
Su padre estaba en el sofá con el periódico abierto encima de las rodillas y sin leerlo. Tenía delante, en la mesa baja, una carta con el membrete del Fondo de Promoción de Empleo. Elena la leyó de pie, por encima del hombro de su madre, que también la había leído.
«Por la presente se le comunica su inclusión en el curso de formación ocupacional de ELECTRICIDAD DEL AUTOMÓVIL, de 240 horas lectivas, a impartir en Valencia, con inicio en fecha a determinar. La no asistencia injustificada podrá dar lugar a…»
—¿Del automóvil? —dijo Elena.
—Del automóvil.
—Si no tenemos coche.
—Por eso —dijo su padre—. Para cuando lo tenga.
Su madre se rio con el carro de la tricotosa a medio camino, y el carro se paró, y tuvo que deshacer la vuelta. Su padre dobló la carta en dos y la metió debajo del cenicero.
El martes vino la de la tienda de Valencia a llevarse los jerséis. Era una mujer con un abrigo de pelo de camello y un coche pequeño que dejó en doble fila con los intermitentes puestos. No se quitó el abrigo. Revisó los jerséis uno por uno encima de la mesa del comedor, por el revés, pasando el pulgar por las costuras, y apartó uno.
—Este lo tienes que repasar. Aquí, ¿ves? Se ha comido un punto.
—Ya lo veo.
—Los otros, bien. Te los pago ahora y este cuando lo traigas. —Contó los billetes encima del hule, despacio, y los dejó en un montón con una moneda encima para que no se volaran—. La semana que viene, si puedes, me haces seis más. Los de cuello vuelto.
—Seis.
—Si puedes.
Cuando se fue, su madre contó los billetes otra vez, y luego los guardó en la lata del azúcar, debajo del papel, y se sentó a la tricotosa sin quitarse el delantal.
Esa noche, cenando, en la tele salía un ministro con gafas que explicaba con las dos manos abiertas, como si sostuviera una caja que no se veía. Su padre la apagó a mitad de frase, y siguieron cenando con el ruido de los cubiertos.
—Yo sabía mirar una colada y decirte a cuánto estaba —dijo de pronto—. Sin aparato. Por el color.
—Ya lo sé, papá.
—No lo sabes. No lo has visto nunca.
Elena no contestó. Su madre le puso más tortilla en el plato sin que la pidiera. Su padre se levantó, fue al balcón, volvió, se sentó otra vez.
—Rojo cereza, ochocientos y pico. Cereza claro, más. Naranja, más. Amarillo, ya estás cerca de lo que hay que estar. Blanco, apártate.
Lo dijo mirando la tortilla. Luego se la comió entera.
* * *
El sábado Elena siguió a su padre.
Elena no lo decidió. Su padre salió a las seis menos cuarto con la cazadora de pana y sin bolsa, dijo que iba a por el pan, y Elena, que estaba despierta, se puso los vaqueros y el anorak encima del pijama y bajó la escalera cuando oyó cerrarse el portal.
Pasó por delante de la panadería sin mirarla. Siguió por la avenida, con las manos en los bolsillos y el paso de ir a trabajar, que era un paso más largo que el de ir a por el pan, y Elena lo siguió de lejos, de portal en portal, como en las películas, y se sentía tonta.
En la puerta principal de la fábrica, la de las oficinas, había once hombres. Elena los contó desde la esquina del quiosco. Estaban de pie, en corro, delante de la verja cerrada, con las manos en los bolsillos o fumando, y no hacían nada. Su padre llegó, saludó con la cabeza, se puso en el corro y tampoco hizo nada. Detrás de la verja, en su caseta, un vigilante con chaqueta azul leía el periódico y de vez en cuando miraba al corro por encima de las hojas.
Uno contaba que a su cuñado le habían mandado al curso de soldadura, a él, que llevaba veinte años de soldador en la acería. Otro dijo que eso no era nada, que a uno de laminación lo habían puesto en el de Contabilidad básica y que al segundo día le había corregido las cuentas al profesor. Se rieron. Uno de los mayores, con un brazo en cabestrillo, no se rio. Dijo que él había estado tres días encerrado en el ayuntamiento en primavera y que ahora no sabía para qué, y nadie le contestó, y el del brazo tiró la colilla a la acera y la estuvo pisando mucho rato, aunque ya estaba apagada.
Una mujer pasó con un carrito de la compra y una tira de lotería de Navidad colgando del asa, y se paró en el corro, y dos hombres le compraron un décimo a medias. Su padre no compró.
A las siete menos cuarto se fueron yendo, de uno en uno, cada uno por su calle. Su padre se quedó el último. Se acercó a la verja y le dijo algo al vigilante, que bajó el periódico y le contestó sin levantarse. Elena no oyó qué. Luego su padre se volvió y vino derecho a la esquina del quiosco, sin buscarla con la vista.
—Te vas a constipar con el pijama.
—No llevo pijama.
—Llevas la parte de arriba. Se te ve por el cuello.
Volvieron juntos. En la panadería su padre compró una barra y media docena de magdalenas, que en aquella casa no se compraban más que en los santos, y no explicó por qué.
—¿Vas todos los días?
—Los que puedo.
—¿Y qué hacéis?
—Estar. —Le dio la barra para que la llevara ella—. A las seis, que es cuando entraba el de mañana.
* * *
En el Bergantín, desde el verano, se hablaba de dinero de una manera que antes no se hablaba.
Antes el dinero se contaba en el sobre de la quincena y se acababa. Ahora algunos cobraban de golpe, por irse, una cantidad con muchos ceros que no habían visto escrita nunca en un papel con su nombre, y no sabían dónde ponerla. La llevaban encima con cuidado de que no se la tocaran.
—Yo me compro un taxi —decía uno en la barra, el de las gafas de culo de vaso—. En Valencia hacen falta taxis.
—¿Tú? —dijo el Pipa—. Si en la rotonda de la estación te mareas.
—Pues un quiosco.
—Eso. Que no se mueve.
Elena había ido a buscar a su padre para la cena. Esperó en la puerta, con la mano en el picaporte, porque las chicas no pasaban de la puerta del Bergantín, eso no lo había dicho nadie pero era así. Su padre estaba al fondo, en la mesa del rincón, con Desiderio, el Manchego, que tenía delante una copa de coñac sin tocar y le daba vueltas por el pie.
—Me voy, Maxi.
—¿Adónde?
—A Cuenca. A lo de mis suegros. Tienen tierra. Con lo de la baja nos da para un tractor de los pequeños y para arreglar el tejado.
Su padre no dijo nada. Cogió un palillo del vaso de los palillos y lo partió en dos.
—¿Y los chavales?
—Se vienen. El mayor no me habla desde el domingo. —El Manchego bebió por fin, de un trago, y dejó la copa boca abajo—. Aquí qué hay para él, Maxi. Dímelo tú.
Su padre miró la partida de dominó de la mesa de al lado, que llevaba tres días sin terminarse porque uno de los cuatro se había ido a Teruel.
—Está el Bergantín —dijo.
El Manchego se levantó y le apretó el hombro al pasar.
—Mañana cargo.
Al salir pasó al lado de Elena y le dijo que se había hecho muy mayor, y ella le dijo que sí.
* * *
El camión de la mudanza era alquilado y tenía el nombre de una empresa de Requena pintado en la puerta. Lo cargaron el martes por la mañana, con una llovizna fina. Un aparador que no cabía de pie y tuvieron que tumbar. Cajas de fruta llenas de platos envueltos en periódico. Un colchón que se doblaba por la mitad y volvía a abrirse cada vez que lo soltaban, como un animal que no quiere entrar.
Elena bajó a despedirse del hijo del Manchego, el pequeño, que había sido de su clase en la EGB y luego no, porque lo habían mandado a Formación Profesional. Estaba en el portal con una bolsa de deporte en cada mano, sin soltarlas.
—Escribe —le dijo Elena.
—Vale.
—En serio.
—Que vale. —Miró la bolsa de la mano derecha—. Oye. Lo de la caseta del puerto, lo de las latas… Nada.
—¿Qué latas?
—Nada. Da igual.
El camión arrancó con un golpe de humo negro. Elena lo vio irse por la avenida, pasar por delante de la entrada de la fábrica sin reducir, y doblar hacia la carretera de Valencia. No supo nunca lo de las latas.
* * *
Lunes, diez de diciembre. Elena bajó sola al muelle, al de las piedras, donde se ponían los de la caña.
Había un pescador mayor, con una gorra de plato de las de antes y una cazadora de skay cuarteada, sentado en un cubo puesto del revés. Tenía dos cañas, una en la mano y otra apoyada entre dos piedras, y un transistor en el suelo, apagado.
En el agua, a unos metros, flotaba una chapa curva y gris, de algo que había sido un depósito o una tubería, y encima de la chapa, quieto, un cormorán con las alas abiertas para secarlas. La chapa se movía con la marea.
—Ese se ha comprado un barco —dijo el pescador, sin volverse.
—¿De dónde ha salido?
—De la fábrica, digo yo. Algo se les habrá caído del muelle. —Recogió un poco de hilo—. Dicen que lo van a tirar todo. Que van a poner playa. Arena de la buena, de otro sitio.
—¿Playa aquí?
—Eso dicen. Y palmeras.
Elena miró el cormorán. El cormorán cerró las alas.
—Yo lo voy a apuntar —dijo.
—¿El qué?
—Todo. Lo que había.
El pescador la miró por debajo de la visera.
—Apúntalo, que si no se lo lleva el agua.
—¿Y si lo apunto?
El hombre lo pensó con el hilo entre los dedos.
—Se moja igual. Pero tarda más.
No había picado nada en toda la mañana.
Esa tarde Elena cogió una libreta de las de tapas de cartón azul que tenía guardadas para cuando hubiera algo que mereciera una libreta entera. Se sentó en su cama con las piernas cruzadas. Abrió el tampón, que Sergio le había devuelto al día siguiente de la valla, envuelto en una bolsa del pan, y escupió en la tinta, como había visto hacer a su abuela con el betún, y apretó el sello hasta que se le pusieron blancos los dedos.
PARTE DE TURNO. SECCIÓN: y debajo, a mano, con su letra redonda de instituto, HORNOS.
Y debajo escribió:
«Día 66. Lunes 10 de diciembre de 1984. Sin sirena. En el muelle de las piedras, un cormorán encima de una chapa de la fábrica. Un señor dice que van a poner playa. Mi padre se ha levantado a las cinco y cuarto. Mi madre, el tercero de cuello vuelto. Sin novedad.»
Lo leyó. Le pareció poco. Le pareció también que no había nada que quitar.
* * *
Escribía una hoja cada noche. A veces dos líneas. A veces la hoja entera, por las dos caras, con la letra cada vez más pequeña hacia el final para que cupiera.
«Día 68. Sin sirena. El Pipa dice en el portal que el del taxi ya ha sacado el carné. Le han suspendido el práctico. Mi padre, cinco y cuarto.»
«Día 71. Sin sirena. La de la tienda de Valencia ha devuelto uno de los de cuello vuelto, por la sisa. Mi madre dice que la de la tienda tiene la sisa en la cabeza.»
«Día 72. Sin sirena. Llueve. Mi padre ha arreglado la persiana del cuarto de los trastos, que llevaba rota desde que yo hice la comunión. Ha tardado diez minutos. Luego se ha sentado.»
«Día 74. Sin sirena. Le he devuelto a Sergio el libro del argentino. No he pasado de la página veinte. Le he dicho que me ha gustado mucho.»
«Día 75. Mi padre ha ido a Valencia a apuntarse al curso del automóvil. Le han dicho que todavía no hay fecha. Ha vuelto en el autobús de las dos. Ha comido. Sin novedad.»
En una de esas noches escribió también lo del color del fuego, para que no se le olvidara, como se lo había dicho él con la tortilla delante, y no se acordaba bien del orden. Puso: «Rojo, naranja, amarillo, blanco. Ochocientos y pico. Apártate.»
El jueves veinte la libreta no estaba donde la había dejado, debajo de la almohada. Estaba encima de la mesa del comedor, al lado de la tricotosa, cerrada, con el tampón encima.
No preguntó. Su madre estaba en la cocina y su padre había bajado a por tabaco.
La abrió en su cuarto. En la hoja del día setenta y tres, la del color del fuego, alguien había escrito a lápiz, en el margen, con unas mayúsculas apretadas que se inclinaban hacia atrás:
ROJO OSCURO. ROJO CEREZA. CEREZA CLARO. NARANJA. AMARILLO. AMARILLO CLARO. BLANCO.
Y debajo, más pequeño:
EL BLANCO NO SE VE. SE VE QUE TE QUEMAS ANTES.
Y en el «Ochocientos y pico» de ella, una raya, y encima: 850. CEREZA, NO ROJO.
Elena pasó las hojas hacia atrás. En el día setenta y dos, al lado de lo de la persiana, había un 8 a lápiz, de los que ponían en el instituto, y nada más.
Esa noche no le dijo nada a su padre. Su padre tampoco a ella. En el parte del día setenta y seis puso: «Sin sirena. Correcciones del encargado.» Y le dio el sello.
«Día 77. Sin sirena. En la puerta de la fábrica, nueve. Mi padre dice que el del brazo en cabestrillo no ha vuelto. Nadie sabe por qué.»
«Día 80. Nochebuena. Sin sirena. Mi madre ha terminado los seis de cuello vuelto a las ocho de la tarde y los ha dejado doblados encima de la cama de matrimonio, con papel de seda entre uno y otro. Mi padre ha pelado las gambas. Sergio no se ha ido a Zaragoza todavía.»
El día ochenta y cinco Elena se levantó a las seis menos cinco y salió al balcón antes que él.
Hacía frío de verdad, de ese que en el Puerto no llega casi nunca, y la barandilla estaba mojada de relente. Su padre salió con las dos tazas, la suya y otra, y le dio la otra sin preguntar. Café con leche, con mucha azúcar, igual que cuando era pequeña y no la dejaban tomar café.
Estuvieron un rato sin hablar. Abajo pasó el camión de la basura, despacio, con dos hombres colgados detrás.
—¿Dónde estaba la piquera? —preguntó Elena.
Su padre señaló con la taza hacia la izquierda, hacia una silueta más alta que las otras.
—Del dos, allí. Por debajo de donde ves la pasarela.
—¿Y ahora?
—Ahora hay una paloma.
A las seis miró el reloj. Una vez. Se terminaron el café. Su padre recogió las dos tazas y entró a fregarlas, y Elena se quedó un poco más, con las manos en los bolsillos del anorak, mirando la silueta del dos, que a esa hora todavía no tenía color.
* * *
La Nochevieja la pasaron en la plaza, como medio Puerto.
Antes cenaron en casa, temprano. Su madre contó las uvas tres veces encima de un plato, de doce en doce, y apartó una que estaba picada y la cambió por otra del racimo. Su padre se puso a pelar las suyas, porque decía que con piel no le daba tiempo, y su madre le dijo que así no valían, y él dijo que así le cabían de dos en dos. Las peló todas, las doce, con la uña, y las dejó en un vaso.
No había dinero para cenas fuera, pero en casa no se quedó casi nadie. La gente bajó con las uvas en una bolsa de plástico, cada familia las suyas, contadas, y con botellas de sidra barata y vasos de plástico, y a las doce menos cuarto la plaza estaba llena y olía a lluvia que no había caído y a tabaco. Se veía a gente que no se había visto desde el verano. Se oía hablar de Cuenca, de Teruel, de Badajoz, de un primo que había entrado de vigilante en un hipermercado de Valencia. Su madre llevaba el jersey de cuello vuelto que le había devuelto la de la tienda, y se le veía la sisa.
Su padre llevaba la cazadora de pana y la gorra, y se había afeitado dos veces, la segunda a las once, porque había dicho que la primera no le había salido.
Las uvas se comieron con el reloj del ayuntamiento, y la mitad de la plaza se las comió a destiempo, atragantándose y riéndose. Al acabar la última campanada hubo un momento en que nadie se movió.
En la esquina de la plaza, un coche con las cuatro puertas abiertas subió el volumen de la radio de casete hasta donde daba.
No era música.
Era la sirena.
Sonaba con un ruido de fondo como de lluvia encima, grabada desde una ventana, con un perro que ladraba en algún sitio y una voz de mujer que llamaba a un crío en mitad de la grabación. Era larga, subía, se quedaba arriba, y bajaba arrastrándose hasta que se apagaba.
La plaza se quedó quieta. Un niño se tapó las orejas. Una mujer se santiguó.
Elena miró hacia el coche. Al lado, con las manos en los bolsillos del chaquetón remendado, estaba Sergio. El coche era de su hermano. Sergio la miró, se señaló el pecho con el dedo y luego negó con la cabeza, las dos cosas seguidas.
Su padre se había quedado con la última uva en la mano.
Le cogió el brazo su madre, por encima de la cazadora.
—Maxi.
—Esa es la de las seis —dijo su padre.
—¿Qué?
—La de las seis de la mañana. La de las diez de la noche era más ronca, por la humedad. —Se metió la uva en la boca y se la comió.
La sirena acabó. Alguien aplaudió, uno solo, y paró. Luego alguien de un balcón puso Paquito el Chocolatero a todo volumen, y la plaza arrancó a bailar de golpe, con los brazos en alto y los vasos de sidra en la mano, salpicando, y los abrazos que se habían quedado parados se dieron todos a la vez.
Su madre tiró de su padre hacia el corro. Su padre se dejó. Bailaba fatal, con los codos pegados al cuerpo y los pies mirando cada uno a un sitio, y se reía con la boca cerrada.
Sergio llegó al lado de Elena.
—¿Ha estado mal?
—No.
—Mi hermano dice que en la otra cara están los Ramones.
—Pues que la dé la vuelta.
—Ya no. Se le ha enganchado la cinta.
Bailaron también, mal, cada uno a un lado del corro, sin cogerse. A la una y media su madre dijo que ya estaba bien, y subieron a casa por la escalera, los tres, con los pies mojados de sidra. En el segundo se apagó la luz de la escalera antes de tiempo y subieron el último tramo a oscuras, con la mano en la pared.
* * *
El uno de enero Elena se despertó a las nueve.
Se quedó en la cama oyendo la casa. Nada en el baño. Nada en la cocina. La tricotosa tapada con su funda de cretona. Al otro lado del tabique, su padre roncaba, con el ronquido largo de los que no tienen despertador puesto. El despertador estaba en la mesilla, Elena lo sabía sin verlo, con la ruedecita de la alarma metida hacia dentro.
Cogió la libreta de debajo de la almohada. Abrió el tampón, que se había secado del todo, y escupió en la tinta, y la extendió con el dedo hasta que el dedo se le puso morado.
«Día 88. Martes 1 de enero de 1985. Sin sirena. Las nueve. Mi padre duerme.»
Lo leyó. Lo dejó como estaba.
Apretó el sello encima. Salió flojo, con el centro en blanco y los bordes morados, y de todo lo que ponía solo se leía bien SECCIÓN.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.