Ilustración en blanco y negro de una taberna subterránea abovedada: cuatro músicos harapientos tocan sobre un tablado con un bidón, una escalera de tubos, un cornetín y unas latas, ante un público sentado en barriles.
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En el ascensor de las seis alguien dijo el nombre de mi hermano, en el tono en que se cuenta que ha reventado una tubería en una calle donde no vive uno. Quimet, el de los tubos. El pequeño de la viuda de los Bloques.

En el ascensor de las seis alguien dijo el nombre de mi hermano.

No me lo dijo a mí. Lo dijo un hombre de la cuadrilla del muelle, de espaldas, a otro que llevaba la cara pegada a la reja, en el tono en que se cuenta que ha reventado una tubería en una calle donde no vive uno. Quimet, el de los tubos. El pequeño de la viuda de los Bloques. Anoche, en los secaderos de la playa, con la goma encima y con más goma en un saco de esparto. Se lo habían llevado los del farol.

La caja siguió subiendo. Íbamos cuarenta y tantos apretados contra las rejas, y la pared de la roca pasaba a un palmo, húmeda, negra, con los chorretones blancos de las gaviotas. El cable crujía al llegar a cada tramo y la caja daba un respingo que todos conocíamos y que a todos nos hacía agarrarnos a algo. Yo miraba la nuca del hombre. Tenía un forúnculo debajo de la oreja, a medio reventar, y pensé con mucha claridad que debería ponerse un emplasto de cebolla asada. Luego pensé que había oído mal. Había otros Quimets en los Bloques, por lo menos tres. Luego me acordé de que ninguno de los otros tocaba nada.

Al abrirse la reja arriba me había quedado un pitido en el oído izquierdo. Era fino y continuo, el mismo que deja una voladura cuando te pilla cerca, y yo había estado cerca de muchas en las minas de la Leva. Allí aprendí que el pitido se va solo, a los dos o tres días, y que mientras dura no hay que meterse nada en la oreja, ni aceite ni algodón, por mucho que digan los viejos. Este no se me fue en todo el día. Mientras hablaba en clase bajaba un poco. En cuanto me callaba volvía, y subía de golpe cada vez que me venía algo concreto de Quimet: cómo sacudía los dedos antes de comer, para secárselos aunque no los tuviera mojados; cómo se quedaba dormido con la boca abierta en el sitio más incómodo de la casa; cómo decía «ya» cuando no quería seguir hablando.

Doy cuentas en la escuela de la Ciudadela a los chicos de los Bloques. Pesos y medidas, el interés de una deuda, lo que merma un saco de harina en un mes de humedad, cuánto le toca a cada uno cuando se reparte el jornal de una cuadrilla. Lo que necesita saber cualquiera que vaya a trabajar para los de arriba si no quiere que lo roben del todo. La escuela es una casa de antes, de tres plantas, con las ventanas de abajo tapiadas y un patio con una fuente de piedra que no echa agua desde que yo era alumno. Los de arriba pagan el carbón de la estufa y la tiza. Las pizarras las pagamos los maestros, a plazos, a un carpintero de la playa que las hace con puertas viejas pintadas de negro, y todavía se ve en algunas el agujero de la cerradura.

Esa mañana me tocaban los mayores, los de trece y catorce, que ya bajan a la playa por la noche y suben a clase con los párpados hinchados. Les puse en la pizarra un problema de jornales y me senté a mirarlos mientras lo copiaban.

A Quimet, a esa edad, se le notaba todo en la cara, y odiaba que se le notara. Me pregunté qué cara tendría ahora. Hacía más de un año que no se la veía.

Yo lo sabía. Lo había visto el último invierno, las pocas veces que vino a comer: en cómo se rascaba los antebrazos por encima de la manga, despacio, sin darse cuenta; en que llegaba cuando ya habíamos acabado y se iba antes de que Remei recogiera la mesa; en un sueño que le entraba de golpe a media frase y del que salía igual de golpe. Lo había visto y lo había dejado pasar. Me decía que Quimet no era como los de la higuera. Ahora estaba delante de una docena de chicos que copiaban jornales con la lengua entre los dientes, y alguno de ellos, por lo que yo sabía, llevaba ya en el bolsillo la bolita de goma envuelta en hoja de higuera.

Quimet la habría probado por primera vez con la edad de estos, de eso estaba seguro. A los trece años ya sabían cuánto les iban a pagar el resto de su vida, porque yo mismo se lo enseñaba a calcular. Tenían rabia. Se les notaba en cómo apretaban la tiza contra la pizarra cuando salían a resolver, hasta partirla, y en que nunca recogían los trozos del suelo.

Uno de ellos, el hijo de la de los huevos, me había preguntado la semana antes para qué servía la regla de tres. Le dije que para saber cuánto te tienen que pagar. Me dijo que eso ya lo decía el capataz. Los demás se rieron, y yo también, y luego le puse un problema de capataces que le pagaban menos de lo debido, para que viera, y lo resolvió bien, y cuando acabó se quedó mirando el resultado en la pizarra con la tiza en la mano, sin volver a su sitio, hasta que le dije que se sentara.

A mediodía, en vez de comer, crucé la plaza de la Ciudadela hasta el cuartelillo del farol. Tiene una ventanilla con reja a la altura del pecho, y detrás un escribiente que apunta en un libro gordo las cosas que se le dicen, sin levantar la cabeza. Delante de mí había una mujer que preguntaba por un hijo. El escribiente le dijo que no constaba. Ella le dio el nombre otra vez, más despacio, deletreándolo, y él le dijo otra vez que no constaba, con la misma voz, y la mujer se quedó allí delante de la reja hasta que el de detrás de mí, que era yo, carraspeó. Se fue sin decir nada. Yo di el nombre de Quimet entero, con los dos apellidos, que hacía años que no decía juntos. El escribiente pasó dos hojas, puso el dedo en una línea y lo dejó allí.

—Para la Granja —dijo—. Sale el jueves.

—¿Puedo verlo?

—No.

—¿Puedo dejarle algo?

Levantó la cabeza por primera vez. Tenía los ojos muy claros y una costra en el labio de habérsela mordido.

—¿Qué le quiere dejar?

No supe qué contestar. No llevaba nada. Me miró un momento más, bajó la cabeza y le dijo al siguiente que se acercara. Volví a la escuela por el lado de la sombra y di la clase de la tarde a los pequeños, que tenían sumas, y no me acuerdo de nada de lo que dije.

Cuando tocó la campana de salida me di cuenta de que tenía la camisa pegada a la espalda y un trozo de tiza deshecho en el puño. Me quedé sentado en el aula un rato largo.

Abajo, en el patio, los chicos se insultaban a gritos y se reían. La risa iba siempre contra alguien, y cuanto más fea, más se reían. Uno de los pequeños había volcado el cubo de fregar junto a la fuente seca y lo golpeaba con dos palos, un ritmo que se enredaba sobre sí mismo y volvía a empezar, y que se oía por debajo del griterío sin que el crío levantara la mano más de un palmo. Nadie le hacía caso. Un maestro de los de arriba cruzó el patio a paso largo, con la cartera apretada contra el pecho, y salió por la verja sin mirar a nadie.

Recogí mis cosas. Pensé que lo mejor era bajar a casa y hablar con Remei.

El patio estaba casi vacío cuando salí. Fui hacia la explanada del ascensor, y en el banco de espera, que a esa hora no usa nadie, había uno sentado con las piernas recogidas contra el pecho, y por la forma de recogerlas se me paró algo debajo del esternón.

Era uno de la escalera C, de nuestro bloque, amigo de Quimet desde críos. Mío no lo había sido nunca. Era demasiado pequeño para mí y además no me gustaba. Ya era un hombre, más o menos, y seguía rondando por los Bloques, sentado en los rellanos, siempre medio dormido y siempre con la misma camisa a cuadros, que había sido de su padre. Me lo encontraba de vez en cuando y casi siempre me pedía alguna pieza. Siempre traía una razón, la fiebre de su madre, una deuda con el de los buñuelos, y yo siempre se la daba.

Ese día, de pronto, lo odié. No soportaba cómo me miraba, desde abajo, con la cabeza un poco ladeada, esperando.

Se levantó y vino hacia mí arrastrando un poco los pies.

—Ya te has enterado.

—Sí.

—Yo anoche estaba en mi casa —dijo, aunque no se lo había preguntado—. Pregúntale a mi madre.

Saqué el tabaco de liar y le ofrecí. Lió uno con los dedos torpes y lo encendimos con mi yesca. Movía la cabeza a medias, diciendo que no a algo que yo no había preguntado. El sol de la tarde le dejaba la piel sin brillo y le volvía amarillo el blanco de los ojos. Llevaba encima el olor de la goma, ese dulzor de azúcar quemada que se pega a la ropa y no se va con nada. Me aparté un paso.

—¿Has subido trescientos escalones para decirme eso?

—Para eso.

—Pues ya lo sabía. Y tengo que bajar.

—Bajo contigo.

No cogimos el ascensor. Él no tenía para pagarlo y a mí me dio vergüenza pagarle el viaje delante de los chicos, así que bajamos por la escalera de la roca, que son trescientos y pico peldaños tallados, con una barandilla de hierro que se acaba a la mitad y no vuelve a empezar. Dos chicos de mi clase estaban sentados en el primer rellano. Uno me dijo adiós y se quedó mirando al que venía conmigo.

Bajamos un tramo sin hablar. Él iba delante, de lado, apoyando las dos manos en la pared.

—Quimet siempre oía venir a los del farol —dijo de pronto—. Antes que nadie. Estábamos en el secadero y levantaba la cabeza así, y decía que venían, y a los diez padrenuestros aparecían los faroles por la punta de la playa. Nunca falló. No sé qué le pasó anoche.

—A lo mejor no quería oírlos.

Lo dije de mala manera. Él se paró en un peldaño y se volvió.

—A lo mejor —dijo.

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Tú los oyes venir?

—Yo ya no oigo nada.

Lo dijo sin pena, como quien da un recado, y siguió bajando. Me sentí culpable, supongo que por haber dado siempre por hecho que aquel desgraciado no tenía nada que contar, y le pregunté deprisa:

—¿Qué le va a pasar ahora?

No contestó. Bajamos otro tramo entero. Al llegar al rellano de la higuera, donde la escalera hace un recodo y desde donde se ven los Bloques enteros y la playa detrás, se sentó en el poyo.

—Esta mañana, cuando me lo han dicho —dijo, y por la voz podíamos estar hablando del precio de las sardinas—, me he acordado de la primera vez.

—¿Qué primera vez?

No me contestó enseguida. Empecé a escucharlo de otra manera. Me senté a su lado. La higuera echa sus raíces por las grietas de la roca y en ese rellano siempre huele a leche de higo, un olor que se te queda en los dedos si tocas una hoja.

Desde allí se ve la puerta de la taberna de la Rabosa, al pie de la escalera, con su toldo de lona remendada, y en la esquina, desde que tengo memoria, se pone el viejo del organillo. Ese día tocaba una de las de baile, de las que tienen el compás muy marcado y se pegan. La hija de la Rabosa había salido a la puerta con un trapo y se movía con el organillo mientras secaba un vaso, sin darse cuenta, o dándose cuenta y dejándose llevar.

—Fue aquí —dijo por fin—. En este poyo. Teníamos doce años. Yo la había probado la noche antes en los secaderos, con mi primo, y Quimet me vio la cara al subir a la escuela y me preguntó qué me pasaba. —Se paró. Yo miraba a la chica. El organillo se oía flojo desde allí arriba, a ratos sí y a ratos no, según le diera el aire—. Le dije que había estado en el sitio más bonito del mundo. Y me preguntó dónde estaba ese sitio.

El organillo se calló, porque el viejo tenía que cambiar el rollo, y la chica se quedó quieta, con el vaso en la mano, mirando hacia la esquina hasta que la música volvió.

—¿Y era verdad? —le pregunté.

—Ese día sí.

Desde la higuera miré la escalera, los Bloques, el organillo, la chica del trapo. Todo seguía en su sitio y yo ya no quería mirarlo.

—¿Qué le va a pasar? —volví a preguntar.

—A la Granja. —Se miró las manos—. Allí te ponen a sacar piedra de los bancales. Seis meses, si te portas bien. Sales con los brazos así —me enseñó las muñecas, delgadas como las de un crío— y con la cabeza limpia, que da gusto. Te bajan en el carro hasta la puerta norte. Y bajas por esta escalera. —Dio dos golpes en el poyo con la palma—. Y aquí, en la higuera, está sentado el mismo de siempre.

—¿Y?

—Y nada. Que la escalera es la misma.

Tiró la colilla por encima del pretil. Se la llevó el aire hacia la playa.

—Dime una cosa —le dije—. ¿Por qué quiere matarse? Porque eso es lo que está haciendo.

Me miró extrañado. Se pasó la lengua por los labios, que los tenía cortados.

—¿Matarse? Quimet no quiere matarse. Quimet quiere estar bien, como todo el mundo. —Lo pensó—. Lo que pasa es que bien, bien, solo se está un rato.

Me levanté y seguí bajando.

—Bueno. No es asunto mío.

No dijo nada. Lo oí bajar detrás de mí, con las manos en la pared.

Al pie de la escalera pasamos por delante de la Rabosa. La chica ya estaba dentro, fregando, y cantaba algo por encima del organillo, con otra letra. Llegamos a la esquina del primer bloque, donde está el lavadero cerrado con tablas. Allí se separan los caminos, el suyo a la escalera C y el mío a la A.

—¿Llevas algo? —dijo.

No traía razón ninguna. Era la primera vez, en todos los años que llevaba pidiéndome, que no me contaba nada. Le miré la camisa de su padre, con los cuadros ya casi sin color y un codo zurcido con hilo de otro tono, y se me pasó el odio de golpe, entero.

Miré en la faltriquera. No llevaba piezas sueltas, solo una de cinco.

—Toma.

La cogió sin mirarla, se la metió en el bolsillo de la camisa y se abrochó el bolsillo.

—No te preocupes por Quimet —dijo—. A lo mejor le mando recado.

—Claro —dije—. Hasta luego.

—Hasta otra.

Me metí en el portal.

Y no le mandé recado a Quimet, ni le mandé nada, durante mucho tiempo. Cuando por fin lo hice fue después de que se muriera Tona, mi pequeña, y la respuesta que me llegó la tuve que oír dos veces.

No me escribió. En la Granja no dejan papel. Me lo trajo de memoria el carretero que sube y baja los sacos de patata, un hombre colorado que hablaba mirándose las botas y que me lo fue soltando a trozos en la explanada del ascensor, donde le dije que me esperara, con prisa por acabar y por cobrar lo suyo. Se equivocaba de orden y volvía atrás. Quimet le había dicho que tenía muchas ganas de saber de mí. Que había querido mandarme recado muchas veces y no lo había hecho por vergüenza. Que no sabía explicar cómo había llegado allí. Que a lo mejor huía de algo y no sabía de qué, y que yo ya sabía que él no había aguantado nunca mucho en ningún sitio; y aquí el carretero se paró, porque Quimet le había dicho que en ese punto se reía, y el hombre no sabía si tenía que decirme que se reía o reírse él, y al final no hizo ninguna de las dos cosas. Que no le echara la culpa a los tubos. Que allí dentro picaba piedra todo el día y por la noche oía los golpes de las mazas en la cabeza, los suyos y los de los demás, cada uno a su paso, y que algunas noches eso lo volvía loco y otras era lo único que lo dejaba dormir. Que tenía miedo de bajar y de volver derecho a lo mismo, y que antes se tiraba por la roca que pasar otra vez por aquello, pero que eso lo decían todos, o eso le contaban. Que si le avisaba de cuándo lo soltaban, a ver si podía ir a recogerlo. Que le diera recuerdos a Remei y a los chicos. Que lo de Tona lo sentía mucho, mucho, eso me lo dijo el carretero dos veces, la segunda sin que viniera a cuento. Y que madre me habría dicho que era cosa de Dios, pero que a él le parecía que Dios tenía demasiado trabajo para fijarse en una cría de los Bloques, y que eso, bien mirado, a lo mejor era un descanso.

Le di al carretero dos piezas. Se fue contándolas.

En casa, Remei me preguntó por qué llegaba tan tarde. Le dije que había tenido que esperar al carretero de la Granja, y le conté lo de Quimet a trozos, en el orden en que me lo había contado el carretero, porque no era capaz de ponerlo en otro. Remei me escuchó secándose las manos en el delantal. Cuando acabé me preguntó si Quimet comía. No lo sabía. No se lo había preguntado al carretero. Esa noche, en la cama, lo estuve repitiendo por dentro varias veces, a ver si lo ordenaba, y cada vez me salía distinto y cada vez me faltaba algo. Al final lo dejé como estaba.

A partir de entonces no dejé de mandarle cosas, una manta, tabaco, un par de alpargatas, lo que el carretero quisiera llevar, y cuando lo soltaron fui a esperarlo a la puerta norte de la Ciudadela, que es donde descarga el carro de la Granja. Bajaron seis. Él fue el último, porque se quedó ayudando al carretero a desatar los sacos. Estaba más flaco y tenía la cara más quieta, de una quietud que ya tenía de crío y que ahora se le notaba más. Tenía las manos llenas de callos nuevos, amarillos, y una uña negra. Pero cuando sonrió se le vio el diente partido de cuando se cayó del terrado de la calle de la Corda, y me dio la mano izquierda, como hacía de crío para fastidiarme.

—Estás más gordo —me dijo.

—Y tú más flaco.

—Allí se come mucha col. —Se miró la uña negra—. ¿Saben los chicos que vengo?

—El mayor lleva dos días preguntando.

—El mayor no se acuerda de mí.

—Se acuerda de que le enseñaste a silbar con dos dedos. Nos tiene locos.

Se rio, sin ruido, con los hombros.

Nos llevamos nueve años. Yo le enseñé a contar. Con garbanzos, en la mesa de la cocina, mientras madre ponía el cocido. Él los apartaba de diez en diez con un dedo, muy serio, y cuando se equivocaba los volvía a juntar todos y empezaba otra vez desde el primero, aunque yo le dijera que no hacía falta, que bastaba con quitar el que sobraba. Nunca quiso quitar solo el que sobraba.

Cuando tenía cinco años se cayó del terrado de la calle de la Corda. Yo tenía que vigilarlo. Estaba con otros de mi edad tirando piedras a los gatos del corral de al lado, de espaldas, y él se subió al pretil a ver adónde iban las piedras. No lo oí caer. Lo oí llorar abajo, en el patio de la casa, encima de un montón de redes que había puesto a secar el vecino, y bajé las escaleras de cuatro en cuatro. No se había roto nada más que el diente. Mi padre me dio con el cinto esa noche, delante de él, y Quimet lloró más que yo, y al día siguiente me trajo la mitad del diente envuelta en un papel de estraza y me la dio. La tuve guardada en una caja de cerillas hasta que me fui a la Leva. No sé dónde fue a parar.

Echamos a andar. Al llegar a la plaza de la puerta, en vez de tirar hacia la escalera de la roca, Quimet tiró hacia el Paseo sin decir nada, y yo fui detrás.

El Paseo es la parte de la Ciudadela que da al mar, con los jardines que todavía riegan a mano y los hoteles de antes, que nadie ha vuelto a abrir y que los de arriba mantienen encalados por fuera para que se vean bonitos desde el agua, aunque por el agua ya no pasa nadie. Fuimos por la sombra de los plátanos. Un jardinero arrancaba hierba de entre los adoquines con un cuchillo de cocina y nos siguió con la vista hasta que doblamos. En una de las terrazas cerradas había una silla de hierro sola, puesta de cara al mar, con un cojín encima. Quimet se paró a mirarla.

—¿De quién será? —dijo.

—De alguno de arriba.

Se quedó un momento más, y seguimos.

Del Paseo se baja a la escalera y de la escalera a nuestras calles. De la calle de la Corda quedaba la fuente, sin caño, y la mitad de la casa de los Ferrer, con el papel de flores del comedor a la vista de todo el mundo en el segundo piso y una alacena abierta en la pared, con los platos todavía dentro, que nadie había subido a coger porque no había por dónde subir. Quimet se paró en la fuente y metió la mano en el pilón seco. Sacó un tapón de corcho, lo miró, lo volvió a dejar. Delante de la casa de los Ferrer jugaban unos críos a algo que tenía que ver con saltar por encima de una cuerda y caer sin tocarla, y uno se cayó encima y se levantó llorando, y los demás siguieron sin él.

—Ya casi estamos —dijo Quimet.

—Casi.

Los dos estábamos demasiado nerviosos para decir nada más.

Vivimos en los Bloques. Los hicieron los de arriba hace once años, para sacar a la gente de las barracas de la playa, y el primer invierno ya se vio que no iban a durar. Ahora tienen las fachadas desconchadas hasta el ladrillo y los balcones apuntalados con vigas que alguien trajo de la playa. Una vez al año baja el intendente a ver cómo estamos, y la semana antes los vecinos barren el patio, encalan los bancos y esconden a los borrachos en los lavaderos. En el patio de en medio hay un huerto comunal donde solo crecen acelgas que no se come nadie, y unos bancos de piedra donde los chicos se juntan en cuanto oscurece, que es justo cuando se tendrían que meter en casa. Nos fuimos a vivir allí porque está cerca de la escalera de la escuela, y por los críos. Pero los chicos del patio son los que éramos nosotros, con otros nombres. Al entrar en el portal, Quimet se paró en el primer escalón y miró hacia arriba, por el hueco de la escalera, hasta el tragaluz. Luego subió.

Esa primera noche esperé que después de cenar quisiera hablar conmigo. No quiso. La cena fue bien. El mayor se le puso delante y silbó con dos dedos hasta que le dolieron, y el pequeño se le subió encima a la segunda cucharada. Quimet había traído algo para cada uno, unas figuritas de madera de olivo que había tallado en la Granja con una punta de navaja, un perro, un carro, una gallina con la cresta rota. Remei había hecho arroz con lo poco que había y se le notaba contenta de verlo. Tiene mejor carácter que yo, y siempre ha sabido tomarle el pelo a Quimet de una manera que yo nunca he sabido. Le dijo que con esos callos podía pedir trabajo en la cordelería, y que con esa cara de cura, de monaguillo, y Quimet se rio y se le soltaron los hombros. Yo no podía. Le miraba las pupilas cada vez que se acercaba al candil, para ver si se le quedaban del tamaño de una cabeza de alfiler. Le miraba los antebrazos cuando se subió las mangas para comer. Remei me dio una patada por debajo de la mesa, y seguí mirando.

Esa noche, en la cama, con la luz apagada, Remei me habló de espaldas.

—Deja de mirarle los brazos.

—No le miraba los brazos.

—Se los mirabas. Y él te veía mirárselos. —Se dio la vuelta. No le veía la cara, pero la oía cerca—. Si lo tratas como a uno de la Granja, se va a portar como uno de la Granja. Ya lo sabes.

—No sé nada.

—Pues eso.

Se volvió otra vez hacia la pared. Al rato le pregunté si había visto que se rascaba. Me dijo que se rascaba porque tenía pulgas, que en la Granja había pulgas, y que al día siguiente iba a hervir toda su ropa. No le contesté. Al otro lado del tabique, en el cuarto de Quimet, se oyó un rato la navaja contra la madera, tallando, muy despacio, y luego nada.

Mi madre quiso muchas veces que nos fuéramos a las huertas de arriba, donde no había playa ni secaderos, y mi padre siempre le contestaba lo mismo.

—¿Arriba? Arriba es de donde baja el camión.

Ella se callaba, y nosotros no sabíamos qué camión.

A mi padre se le paró el corazón un domingo, en la taberna, con el vaso en la mano, el año de la Leva grande, cuando Quimet tenía catorce años. Se pasaban el día a gritos. Mi padre gritaba y Quimet no contestaba, que era peor. Mi padre era grande, bruto y voceras, y Quimet era todo lo contrario, y aun así, cuando se enfadaban, ponían la misma cara, cerrada por dentro. Me acuerdo de un sábado en que mi padre llegó de la taberna y se puso a buscar a Quimet por toda la casa para darle un beso, porque el vino le daba también por los besos, y Quimet se metió debajo de la mesa de la cocina y no salió. Mi padre se sentó en el suelo, al lado de la mesa, con la espalda contra la pata, y se quedó allí hablándole un rato largo, bajito, cosas que yo no oía desde la puerta. Quimet no salió. Mi padre se durmió allí sentado. Por la mañana Quimet había puesto la manta de su cama encima de mi padre, y no dejó que nadie se lo dijera.

Mi madre me contó algo cuando murió mi padre. Yo había bajado de la Leva con permiso.

Fue la última vez que la vi viva, pero cuando pienso en ella no la veo ese día. La veo los domingos por la tarde, en la casa de la calle de la Corda, cuando los vecinos sacaban las sillas al rellano después de comer, porque el rellano era grande y fresco y las casas no. Ella se sentaba en el banco de obra, con el vestido de los domingos y las manos quietas en el regazo, cosa rara, porque el resto de la semana no se le estaban quietas nunca. Mi padre en su silla de enea, con la chaqueta en las rodillas. Hablaban de dónde vinieron, de lo que vieron por el camino, de los que se quedaron en él. Nosotros estábamos por los escalones, medio dormidos, oyendo sin entender. Había un rato, siempre, en que se quedaban callados todos a la vez, sin que nadie lo hubiera dicho, y mi madre se mecía un poco desde la cintura y a mi padre se le cerraban los ojos. A mí ese rato me daba miedo. No sabía de qué.

Y luego, arriba, en la Ciudadela, sonaba la sirena de la tarde, la que avisa a los de abajo de que tienen que estar en sus casas, y alguien se levantaba a cerrar la contraventana del rellano. Con eso se acababa. Cada uno cogía su silla y se metía, y lo que estaban contando se quedaba sin acabar hasta el domingo siguiente, y el domingo siguiente empezaban por otra cosa. Yo tardé años en darme cuenta de que lo que no acababan nunca de contar era lo que pasaba fuera después de la sirena. Que se callaban por nosotros.

La última vez que hablé con mi madre yo tenía prisa. Quería ir a ver a Remei. Todavía no estábamos casados y teníamos muchas cosas que hablar.

Ella estaba en la cocina desgranando habas en un lebrillo, al lado de la ventana que da a la calle, y canturreaba una de las rogativas viejas, la del cántaro, que siempre se le iba a la boca cuando estaba sola. Quimet andaba por ahí. Mi madre no dejaba de mirar a la calle mientras desgranaba, y no se le caía ni una haba fuera.

Le dije que me iba en el carro de la Leva del jueves, el que sale de la puerta norte por la noche.

—¿Por la noche? —dijo.

—Después de la sirena. Llevamos salvoconducto.

Dejó de desgranar. Se quedó con una vaina abierta en la mano, mirándola. Yo no sabía qué había dicho.

—Tu padre tenía un hermano —dijo.

Me senté. No lo sabía.

—Se llamaba Vicent. Lo mataron cuando tenía pocos años menos que tú ahora. Era buen chico. Un poco trasto, pero no le deseaba mal a nadie. —La cocina se quedó callada, como se quedaba el rellano algunos domingos. Mi madre seguía con los ojos en la calle—. Trabajaba en la cordelería, trenzando cabo, y los sábados subía con tu padre a la Ciudadela, a servir en las fiestas de los de arriba, que entonces pagaban bien por eso. Vicent cantaba. Tenía buena voz, y a veces los de arriba le pedían que cantara algo de los de abajo, para reírse un rato o para llorar un rato, según cómo les hubiera dado el vino. Bueno. Pues un sábado de aquellos se les hizo tarde. Ya había sonado la sirena cuando salieron, y se fueron por la carretera de la cuesta, la de los carros, que es más larga pero no tiene peldaños, porque los dos habían bebido. Era una noche cerrada, sin luna, y Vicent llevaba encendido un candil que le había dado una de las cocineras. Ya sabes que después de la sirena los de abajo no pueden llevar luz por la cuesta. Él lo sabía. Pero iba contento, cantando bajito, y tu padre iba detrás, más despacio, porque a tu padre el vino le daba por las piernas. Y en la curva del algarrobo el aire del mar le apagó el candil, y Vicent se agachó en mitad del camino a encenderlo otra vez con la yesca, riéndose, porque no le atinaba. Lo encendió. Y entonces tu padre oyó un motor allá arriba.

—¿Un motor?

—El camión de la guardia. Entonces tenían dos que andaban. Venía bajando lleno de chicos de arriba, hijos de los de arriba, que habían estado en la misma fiesta y bajaban a la playa a seguirla. Vieron la lumbre en mitad del camino, y vieron a Vicent que se levantaba con ella en la mano, y se pusieron a gritar y a dar golpes en la chapa y fueron derechos a por él. Querían asustarlo, nada más. Ya sabes cómo hacen. Pero iban borrachos. Y Vicent, que también había bebido, se quedó clavado, o se asustó más de la cuenta, vete a saber. Cuando saltó ya era tarde. Tu padre lo oyó gritar, y oyó el golpe, y oyó a los de arriba gritar más fuerte, y el camión siguió cuesta abajo, hacia la playa, y en la playa siguieron la fiesta. Cuando tu padre llegó a la curva, el candil se había roto y el aceite ardía en el camino, al lado de su hermano. Ardió un rato. Tu padre decía que lo peor fue eso, que el fuego le dejó verlo todo hasta que se apagó.

Echó la vaina vacía en el cubo de las cáscaras y cogió otra. Le caían lágrimas y no se las secaba. Yo no sabía qué decir.

—No te lo contó nunca porque yo no le dejé que lo contara delante de vosotros. Esa noche tu padre se volvió medio loco, y muchas noches después. Hasta que se murió, cada vez que oía un motor en la cuesta se ponía de pie, estuviera donde estuviera, aunque fuera comiendo.

Se secó la cara con el dorso de la muñeca, porque tenía los dedos verdes de las habas, y me miró.

—Ahora ya lo sabes —dijo—. Tu hermano no lo sabe. Y el camión ese sigue bajando todos los sábados.

Yo le dije que Quimet tenía cabeza. Que era buen chico. Ella hizo un ruido con la nariz.

—A los de cabeza también se los lleva. Y a los buenos. —Volvió a desgranar—. A tu padre yo lo vi llorar. Nadie más. Doy gracias de que se haya ido él antes que yo, mira lo que te digo. Por no dejarlo solo con eso.

Desgranó unas cuantas más en silencio. Luego dijo, sin mirarme:

—Igual no puedes pararlo. Pero que te encuentre. Que sepa a qué puerta tiene que llamar.

—No le va a pasar nada —le dije—. No te preocupes.

Me miró un rato y volvió a las habas.

A los dos días me casé, y el jueves por la noche subí al carro de la Leva por la carretera de la cuesta, y al pasar por la curva del algarrobo me fijé en el suelo, y no había nada. Llevaba tantas cosas en la cabeza que me olvidé de lo que le había prometido a mi madre hasta que me dieron permiso para bajar a enterrarla.

Después del entierro nos quedamos solos en la cocina. Ya tenía cara de cocina vacía, aunque estuvieran todas las cosas en su sitio y el lebrillo de las habas todavía encima de la mesa, lavado y boca abajo. Le pregunté a Quimet qué pensaba hacer.

—Tocar.

Mientras yo estaba fuera, él había pasado de seguir el organillo de la Rabosa con los pies a bajar a los sótanos del puerto a oír quién tocaba qué y cómo, y había empezado a juntar tubos. Me los enseñó. Los tenía debajo de la cama de madre, envueltos en una manta, una docena larga, sacados de los andamios de las obras que se quedaron a medias cuando lo de antes, esos andamios grises que todavía se ven en la parte de la playa sujetando fachadas que no tienen casa detrás. Los había cortado con una sierra de arco, cada uno de un largo, y les había hecho un agujero en una punta con un clavo caliente para colgarlos.

Cogió uno y lo colgó del gancho del candil, y le dio con el nudillo. Sonó largo, mucho más de lo que yo esperaba. Los dos nos quedamos quietos hasta que se calló.

—¿Eso es lo que vas a hacer? ¿Darle golpes a un tubo?

—Si me sale.

—¿Y de qué se come?

—En el puerto hay cuatro sótanos donde se toca todas las noches. Pagan.

—¿Cuánto?

Me lo dijo. Hice la cuenta sin querer, de cabeza, como se la hago hacer a los chicos: por noche, por semana, menos la mitad de las noches que no habría trabajo, menos lo que se iría en vino. No llegaba para nada. Se lo dije. Se encogió de hombros.

—Tú siempre echando cuentas.

—Alguien las tiene que echar.

Desenganchó el tubo y lo volvió a envolver con los demás. Yo me puse a hablarle de la escuela, de que le faltaba un año, de que con lo que sabía podía entrar de aprendiz en el taller de algún fontanero de arriba, de que se ganaba bien. Me oía mirando la ventana. Le pregunté quién le había metido aquello en la cabeza.

—Nadie. Bueno. Garbí.

—¿Quién?

—Garbí. El que toca en el sótano de la Lonja. —Me miró, como esperando algo, y vio que yo no tenía ni idea—. Da igual.

—No, dime. ¿Es bueno?

—Es el mejor que hay —dijo—. Por eso no lo conoces.

Lo dijo sin maldad, que fue lo peor. Lié un cigarro. Me temblaba la mano y me hizo casi gracia.

—Y tú quieres ser como ese.

—Yo no quiero ser como nadie. Quiero tocar con ellos.

—¿En un sótano? ¿Con los borrachos del puerto dándose empujones?

—Sí.

—Quimet. —No sabía cómo decirlo—. Eso es para los de feria.

Era la frase de padre. La reconoció y se le cerró la cara de golpe.

Ya habíamos hablado de que se iría a vivir con Remei y sus padres. No era lo ideal, los padres de Remei se daban un poco de aires y no habían tenido ningún interés en que ella se casara conmigo, pero no se me ocurría otra cosa. Se lo recordé.

—Es una idea malísima —dijo—. Y lo sabes.

—¿Tienes otra?

Fue al armario, sacó la botella de cazalla de padre, que nadie había tocado desde que se murió, le quitó el tapón con los dientes y se echó un trago mirándome. Tosió.

—Ahora bebes.

—Ahora bebo. —Volvió a tapar la botella y la dejó en su sitio, con la etiqueta hacia fuera, como la tenía padre—. Me voy con la sal.

Me puse de pie.

—¿Con las recuas? ¿Al sur? ¿Tú sabes lo que es eso? ¿Tú has visto cómo vuelven?

—Si digo que tengo dieciocho, me cogen. Y cuando vuelva me dan el lote de los que vuelven.

—Si vuelves.

—Aquí no me quedo. —Abrió la ventana y escupió al callejón—. No aguanto esta peste de basura, no aguanto la escalera, no aguanto a la Rabosa y su organillo. Me voy.

Lo cogí por los hombros. Era tan alto como yo y ya se afeitaba, y de pronto me pareció que no lo conocía de nada. Le dije que le quedaba un año. Que no era tanto. Que aguantara hasta que yo volviera de la Leva y que entonces lo ayudaría a hacer lo que quisiera, lo que fuera. Que me lo prometiera.

No me miraba.

—¿Me estás oyendo?

—Te oigo —dijo—. Siempre te oigo. No es eso lo que pasa.

No supe qué contestar. Miró por la ventana un rato largo.

—Vale. Lo intento.

—El padre de Remei es fontanero —le dije, por darle algo—. Tiene el taller lleno de tubos. Y una sierra buena, no esa porquería.

Eso sí lo animó, un momento.

—Es verdad —dijo, para él—. No me acordaba.

Se le soltó un poco la cara. Pero aquel mirar hacia dentro seguía ahí, y le hacía sombra.

Luego pensé que no iba a dejar de oír hablar de aquellos tubos en mi vida.

Al principio Remei me mandaba recado a la Leva de lo bien que iba. Quimet volvía de la escuela, o de donde estuviera cuando se suponía que estaba en la escuela, y se metía en el taller del señor Batiste hasta la cena. Midió y cortó una escala entera, de lo grave a lo agudo, con la sierra buena. La colgó de un bastidor de madera en el patio de atrás, debajo del emparrado, y la afinaba limando las puntas de cada tubo con una lima de media caña que le había pedido al señor Batiste y que no le devolvió nunca. El señor Batiste, al principio, iba a mirar. Le enseñó a templar el hierro en aceite para que sonara más limpio, y a forrar las mazas con trapo de colchón, que es más prieto. Después de cenar Quimet volvía al bastidor y seguía hasta que todos se acostaban. Los sábados y los domingos no salía del patio.

Luego empezó a bajar al puerto por la tarde. Se sentaba en la escalera de los sótanos a oír, sin entrar, porque no tenía para entrar, y volvía con una vuelta metida en la cabeza, un golpe, una manera de dejar caer una nota, y se pasaba la noche sacándola en los tubos, y cuando la tenía, bajaba otra vez a por otra.

Los vecinos de los Batiste se quejaron primero. Después se quejó la señora Fina. Después el señor Batiste dejó de ir a mirar y empezó a medirle el tiempo con el reloj de arena de la cocina, uno de los de antes, de cristal, y le ponía el reloj encima del bastidor cuando empezaba, y cuando se acababa la arena le daba la vuelta una vez, solo una, y a la segunda le quitaba las mazas. Quimet esperaba a que se acostaran y las cogía de donde las hubiera escondido, que siempre era el mismo sitio, detrás del saco de yeso. Remei me contó que una noche lo encontró tocando con los dedos, sin mazas, con las yemas, tan flojo que desde la cocina parecía que estuviera lloviendo en el patio.

Remei dice que por entonces ella se asomaba a la ventana de la cocina a verlo tocar, sin que él la viera, mientras fregaba. Que lo que más le extrañaba era que no parecía disfrutarlo. Que tocaba con la cara de los que van a trabajar por la mañana al muelle, con la misma, y que a veces se paraba a mitad y se quedaba con las mazas en el aire mucho rato, como esperando a que los tubos acabaran de decir algo, aunque hacía rato que se habían callado. Y que luego volvía a empezar desde el principio, desde la primera nota, aunque solo se hubiera equivocado en la última.

Me escribió también que no era como vivir con una persona. Que era como vivir dentro de una campana. Pero no podían echarlo, y tampoco se atrevían a quitarle los tubos, porque hasta ellos veían, como lo veía yo desde las minas, que cuando Quimet se ponía delante del bastidor no estaba jugando a nada.

Pero no iba a la escuela. Un día subió a casa del señor Batiste el celador de la Ciudadela, el que lleva la lista, y le dijo a la señora Fina que hacía más de un mes que no veían al chico. Al parecer ya había venido otras veces, y Quimet había estado en la puerta a la hora justa para despacharlo con una historia. Esa tarde la señora Fina lo esperó sentada en el patio, al lado del bastidor, y le preguntó dónde se había metido. Y al final le sacó que había estado en el puerto, con los de los sótanos, y en casa de una mujer de arriba que bajaba a oírlos y les daba de comer y a veces de dormir.

La señora Fina se asustó y le gritó. Le dijo cosas que luego juró no haber dicho, de la cama, de la comida, del yeso que se le había ido en tapar los agujeros del bastidor en la pared, de lo poco que se lo agradecía. Remei dice que el señor Batiste no dijo nada. Que estuvo todo el rato mirando el bastidor, con las manos en los bolsillos del mandil. Remei dice que ella intentó no llorar y lloró. Dice que Quimet no contestó nada a nadie. Que estuvo quieto, con las mazas en la mano, oyendo, y que por la cara que puso le pareció que no oía a su madre, sino otra cosa, algo detrás.

Quimet no tocó esa noche, ni las siguientes. Nadie lo nombró en la casa. Una mañana, antes de irse a coser al taller, Remei salió al patio a tender y vio que las dos mazas ya no estaban en el clavo. El bastidor seguía debajo del emparrado, con los tubos quietos, y el reloj de arena encima, vacío por arriba. Y supo que se había ido. Y se había ido.

Se fue con una recua de la sal que salía esa misma madrugada hacia el sur. Un carretero que venía del sur le dijo a Remei medio año después que lo había visto en las salinas de la Torre, flaco y negro de sol, cargando cestos, y esa fue la primera noticia que tuve de que estaba vivo. No volví a verlo hasta que los dos estuvimos otra vez en los Bloques y la Leva se había acabado hacía mucho.

En la Leva yo estuve en las minas del norte. Las minas eran de lo menos malo. A los de las presas les iba peor. En las minas nos daban de comer dos veces y dormíamos en barracones de tablas con una estufa en medio, y por las noches los de la sierra cantaban unas canciones muy largas que no entendía nadie más que ellos, y que a mí me ponían de mal humor. Aprendí a cargar barrenos y a contar la mecha sin mirarla, de padrenuestro en padrenuestro. Allí conocí a uno de Benicadell que tenía un loro, un loro de verdad, verde, que había heredado de su abuelo y que llevaba a todas partes en una jaula de alambre, y que no decía ni una palabra. El de Benicadell juraba que antes hablaba. Se murió de una pulmonía el segundo invierno, el hombre, y el loro se lo quedó el capataz.

El tercer invierno me tocó una voladura que salió mal. La mecha era corta, o estaba mojada, o el que la cortó contó mal, nunca se supo. Estábamos cuatro en la galería, recogiendo, cuando el capataz se puso a gritar desde fuera, y echamos a correr hacia la boca, y no nos dio tiempo de llegar. Me acuerdo del aire. Me acuerdo de que el aire se movió antes que el ruido, de golpe, todo junto, como una mano en la espalda, y de que me encontré tirado en el suelo de la galería sin haberme caído, con la boca llena de polvo. Después no oí nada en tres días. Veía a los demás moverse y abrir la boca, y veía al capataz gritarme a un palmo de la cara, y nada. Al tercer día, por la mañana, oí el agua de la palangana cuando me lavaba, muy lejos, como en otra habitación, y me quedé con las manos dentro del agua, quieto, oyéndola, hasta que el de al lado me dio un empujón para que le dejara la palangana. Al otro de los cuatro, a uno de la sierra, no le volvió el oído nunca. Lo mandaron a casa con media paga. Las canciones largas las siguió cantando por las noches igual que antes, sin oírse, y nadie le dijo que se le iba el tono.

Cuando Quimet volvió de la sal tenía veinte años y la piel de las manos cuarteada. Venía a casa algún domingo y acabábamos discutiendo. A mí me ponía nervioso su manera de estar en las sillas, medio tumbado, y que se le cerraran los ojos mientras le hablaba, y que nunca supiera qué día era.

Una vez bajé a oír a ese Garbí. No se lo dije a nadie. Fui un martes, que me dijeron que era el día que tocaba, y me quedé en la escalera del sótano de la Lonja, como contaba Remei que se quedaba Quimet de chaval, porque no me atreví a entrar y porque costaba media pieza. Desde la escalera se oía poco. Un golpe de tina, un cornetín, alguien que gritaba de vez en cuando y la gente que le contestaba. Y por encima, unos tubos. Garbí era un hombre de mi edad, calvo, con unas gafas de antes atadas con un cordel detrás de la cabeza, eso lo vi cuando salió a mear a la calle. Me pareció que tocaba muy deprisa. Me pareció que todos tocaban muy deprisa y que no se escuchaban unos a otros, y que la gente de dentro aplaudía porque estaba borracha. Estuve en la escalera lo que tarda en consumirse un cigarro, y me fui a casa. A Remei le dije que había estado en una reunión de maestros. Esa noche, en la cama, me di cuenta de que llevaba un rato moviendo el pie debajo de la manta, y lo dejé quieto.

Un día me enteré de dónde dormía, en un cuarto encima del sótano de la Lonja, y le bajé una fiambrera de lentejas que había hecho Remei. Me abrió una chica muy joven, descalza, con la boca pintada de rojo de antes, de ese que ya no se encuentra, y me dijo que Quimet dormía. Había más gente en el cuarto, tumbada en el suelo, en mantas, y olía a goma y a pies. Quimet estaba en el jergón, de cara a la pared. No me dejaron pasar del umbral. Dejé la fiambrera en el suelo, al lado de la puerta, y la chica la empujó para dentro con el pie, sin cogerla.

A los pocos días vino él a casa a devolverme la fiambrera, limpia. Discutimos en el rellano. Le dije que hiciera lo que quisiera con su vida, pero que no volviera a casa en ese estado, delante de los críos.

—No vuelvo —dijo.

Me dio la fiambrera, se dio la vuelta y bajó la escalera. Me quedé en el rellano con la fiambrera en la mano, oyéndolo bajar. Oí que en el portal le decía algo a alguien y que ese alguien se reía. Entré en casa silbando, para que Remei no me viera la cara. Silbaba una de las marchas de Semana Santa, de las que se tocan con tambor destemplado, y no me di cuenta hasta que Remei me miró de que era una marcha de muertos.

Lo del ascensor fue en marzo. Tona se murió en octubre, con los primeros fríos.

Tenía dos años y unos meses y el pelo tieso como el de Remei. La mató el garrotillo, y tardó.

Tuvo un par de días de calentura y la garganta un poco roja, nada que pareciera grave, y la tuvimos en la cama. Remei quería llamar a la curandera de la escalera B y yo dije que esperáramos, que era un enfriamiento, y al tercer día le bajó la fiebre. Ladraba un poco al toser, eso sí, y se le había puesto voz ronca, de vieja, y a los chicos les hacía gracia y le pedían que dijera cosas. Un día se levantó y se puso a jugar en la habitación grande, y Remei, que estaba en la cocina con la comida de los chicos, la oyó toser de aquella manera. Siguió con lo suyo. Tona tosía así desde el martes. Pero luego oyó otra cosa, un pitido al coger aire, de fuelle roto, y después nada. Dice que fue la nada lo que la hizo soltar el cucharón. Tona estaba sentada en el suelo, con los labios morados y los ojos muy abiertos, tirando del aire por un agujero que ya no se lo daba. Cuando consiguió meter un poco hizo el ruido más espantoso que Remei ha oído en su vida, y que todavía oye algunas noches. Hay veces que me despierta haciéndolo ella misma, dormida, bajito, y tengo que despertarla deprisa y sujetarla hasta que se le pasa, y se me agarra a la camisa con las dos manos.

El día que enterramos a Tona, por la noche, bajé a buscar al carretero de la Granja a la cuadra donde guarda la mula. Antes había estado sentado a oscuras en la habitación grande, solo, y había pensado en Quimet. Hasta entonces lo de Quimet había sido una cosa de Quimet.

Cuando lo traje a casa, las primeras noches no dormí. Quimet salía después de cenar y volvía tarde, nunca a la misma hora, y yo me quedaba en la cama boca arriba, con Remei respirando a mi lado, esperando a oír la llave. Aprendí a distinguir sus pasos en la escalera de los de los vecinos del tercero, que suben arrastrando una pierna, y de los del hijo del portero, que sube de dos en dos. Los de Quimet eran lentos, con un saltito, y caían siempre un poco tarde, cada uno medio golpe después de donde uno lo esperaba, de manera que te dejaba con el oído en el aire. Andaba así desde crío y yo no lo había oído nunca. Se paraban en el rellano de abajo, siempre, un rato, antes del último tramo. Nunca supe qué hacía allí parado. Luego la llave, luego la puerta de su cuarto, luego nada. Entonces me dormía. Una noche no subió hasta que empezaba a clarear, y cuando oí la llave ya estaba vestido para irme a la escuela, y me lo encontré en el pasillo, y nos quedamos los dos quietos, mirándonos, y él dijo que había estado con Saturní en el muelle, viendo entrar a las barcas, y yo dije que muy bien, y me fui. En el ascensor no pensé en otra cosa. No le pregunté nunca si era verdad.

La segunda semana bajó el intendente. Lo supimos el lunes, porque el portero del bloque A subió piso por piso avisando, y el martes ya estaban los bancos del patio encalados y las acelgas del huerto regadas y atadas con rafia, una por una. El miércoles por la mañana metieron a los dos borrachos fijos del bloque D en el lavadero, con una garrafa de agua y media hogaza, y les cerraron la puerta con alambre. El intendente llegó a media mañana, con dos de la guardia y un escribiente con una tablilla. Era un hombre bajo, con una chaqueta de lana muy buena para la época, y se paraba delante de cada portal y preguntaba cuántos vivían, y el escribiente apuntaba lo que le decían, y nadie decía la verdad. A mí me tocó porque era jueves de fiesta en la escuela y estaba en casa. Me preguntó por la escuela, por cuántos chicos tenía, por si sabían ya la regla de tres. Le dije que sí. Mientras hablábamos, Quimet estaba sentado en el banco de piedra de enfrente, al sol, con las piernas estiradas, tallando con la navaja la figurita que no acababa nunca, y el escribiente le miró las manos un rato largo y luego me miró a mí. Yo no dije nada. El intendente siguió hacia el bloque B. Desde el lavadero cerrado, uno de los borrachos se puso a cantar, y el intendente hizo como que no lo oía, y los dos de la guardia también, y el escribiente no lo apuntó. Por la tarde, cuando se fueron, alguien quitó el alambre y los dos salieron del lavadero parpadeando y uno de ellos le pidió a Quimet tabaco, y Quimet le dio.

Con Remei hablaba. Conmigo no, pero con ella sí. Una tarde llegué antes de la hora y los oí desde el pasillo, en la cocina, y me quedé quieto detrás de la cortina. Remei le contaba lo de Tona. No la muerte. Le contaba cosas de antes, que Tona le tenía miedo a las gallinas del patio y que cuando veía una se tapaba los ojos con las manos, convencida de que así la gallina tampoco la veía a ella. Que decía «agua» de una manera que sonaba a «alba». Que le gustaba que le cantaran la del cántaro para dormirse, pero solo el principio, y que si seguías se enfadaba. Quimet no decía nada. De vez en cuando se oía el cuchillo de Remei en la tabla, picando cebolla, y luego paraba, y luego seguía. Yo no entré. Volví a salir sin hacer ruido, bajé al patio, me senté en un banco hasta que pasó un rato y volví a subir haciendo ruido en la escalera. Cuando entré estaban los dos en la cocina hablando del precio del aceite.

Por las mañanas, cuando yo ya había subido a la escuela, Quimet le llevaba a Remei el fardo de la costura hasta el taller de la playa. Son camisas de los de arriba para remendar, sábanas, alguna vez un uniforme de la guardia al que hay que sacar las costuras porque el que lo lleva ha engordado, y el fardo pesa casi una arroba. Remei me contó que Quimet se paraba en todas las esquinas a cambiárselo de hombro y que nunca la dejaba llevarlo a ella, ni un trozo. Que en el taller las otras le preguntaron si era mi hermano o el suyo, y que ella dijo que de los dos, y que se rieron. Que la encargada, una de la escalera D que no se ríe nunca, le preguntó a Remei por lo bajo si era verdad lo que se decía de él, y que Remei le contestó que se decían muchas cosas de mucha gente, y la encargada no le volvió a preguntar. Yo no supe nada de eso hasta mucho después.

Un domingo subimos los dos a ver a Tona. Está en el nicho de abajo, en la tercera fila de la pared nueva, que todavía no tiene ciprés. Quimet no había ido nunca. Se quedó mirando la lápida un rato, que es de yeso con el nombre escrito con un clavo antes de que secara, porque la de mármol no la pudimos pagar, y luego pasó el dedo por la ese, que se había quedado un poco torcida. No dijo nada. A la vuelta, en la cuesta, se paró en la curva del algarrobo sin saber lo que era aquel sitio, porque nadie se lo había contado nunca, solo a mí, y se puso a mirar el mar. Yo me quedé un paso detrás. Le iba a decir lo de Vicent. Abrí la boca y no se lo dije, y seguimos bajando, y no se lo he dicho todavía.

En la escuela, esas semanas, me fijé otra vez en el crío del cubo. Seguía tocándolo en los recreos, junto a la fuente, cada día un poco mejor, o eso me parecía a mí, que no entiendo. Un día bajé al patio y le pregunté cómo se llamaba. Me miró como se mira a un maestro, que es como se mira a alguien que te va a quitar algo, cogió los palos y se fue corriendo hacia la verja. Al día siguiente el cubo estaba otra vez en su sitio, colgado del grifo de la fuente seca, y él no estaba. No lo volví a ver tocar.

Un sábado por la tarde, cuando Quimet llevaba casi dos semanas con nosotros, me quedé solo en casa. Remei se había llevado a los chicos a ver a sus padres y Quimet había salido, como salía casi siempre en cuanto yo llegaba. Estuve un rato en la habitación grande con un vaso de vino. Luego entré en su cuarto.

Tenía la cama hecha como la hacen en la Granja, con la manta doblada en cuatro a los pies y tan tirante que se podía botar una moneda encima. En la repisa había una figurita a medio tallar, un caballo o un perro, todavía sin patas, y la navaja abierta al lado, y virutas de olivo en el suelo que no había barrido. Debajo de la cama estaba la caja de madera donde guardaba sus cosas. La vi desde la puerta. Me quedé mirándola el tiempo que se tarda en beberse medio vaso, y no la saqué. Salí, cerré la puerta, y me di cuenta de que había dejado la marca del vaso en la repisa. Volví a entrar a limpiarla con la manga.

Me fui a la ventana. Abajo, en el patio de los Bloques, al lado del portal del D, donde el freidor pone su sartén los sábados, había una rogativa.

Eran tres mujeres con el pañuelo negro de las del Rosario y un hombre muy viejo que se apoyaba en un bastón de caña. Las conocía de toda la vida. La que llevaba la voz cantante vive en el bloque F y le fía el aceite a medio patio, y las otras dos son sus cuñadas. No llevaban más que la voz y un almirez de latón con su mano de mortero. El viejo dijo primero sus cosas, que si cuántos años sin agua llevaba él contados, que si lo que había prometido y a quién, y la del almirez dio la vuelta al corro con el almirez boca arriba. Cayeron algunas monedas. Las volcó en la palma y se las guardó en el bolsillo de la falda. Luego levantó el almirez, le metió la mano de mortero, y empezó a golpearlo por dentro contra las paredes, un toque seco y redondo que se oía en todo el patio, y cantó. Las otras dos y el viejo entraron detrás.

Era la del cántaro, la más vieja, la que pide que el cántaro vuelva lleno del pozo. La había cantado mi madre desgranando habas. La habían oído todos los que estaban abajo desde antes de saber andar, y no había llovido nunca por ella. Aun así la gente se paraba. Un crío de la escalera E le quitó la tapa a la olla que llevaba su madre y se puso a darle con una cuchara, a destiempo, hasta que la madre le dio un pescozón y le quitó la tapa. El freidor dejó de echar masa en el aceite y se quedó con el cucharón goteando. La de la escalera E, la que pega a sus críos y a la que todo el patio ha visto con la cara hinchada alguna vez, que también le pegan a ella, movía la boca con la letra sin echar la voz, y con los ojos cerrados. Yo no la había visto nunca con los ojos cerrados.

Entonces vi a Quimet en el borde del corro. Llevaba las dos mazas envueltas en un trapo de cocina debajo del brazo, y desde la ventana parecía que llevaba una barra de pan. Estaba muy quieto. Cuando se acabó el canto, el almirez volvió a ser un plato de pedir, y Quimet echó algo dentro y le dijo algo a la mujer, y ella se rio con la boca tapada. Luego cruzó el patio hacia nuestro portal con aquel andar suyo.

Oí la puerta del portal, y los pasos, y la parada de siempre en el rellano de abajo, y la llave.

—Hola.

—¿Quieres vino?

—Bueno.

Vino a la ventana y se quedó a mi lado.

—La del aceite —dijo—. Qué voz tiene, la condenada.

—Y cómo toca el almirez.

—Y la letra es malísima. —Se rio. Dejó las mazas en el banco—. ¿Y Remei?

—Con sus padres. Con los chicos.

Fue a la cocina y volvió con un vaso.

—¿Te vienes esta noche a un sitio?

—Sí.

—Ni has preguntado adónde.

—¿Adónde?

—Toco en el sótano del mercado viejo. Con Saturní y los suyos. —Bebió. Me miró de lado—. Si no te duermes.

—No me duermo.

Nos quedamos mirando cómo se deshacía la rogativa. Cantaron la de despedirse, con la cabeza baja, y luego las tres mujeres y el viejo se fueron despacio hacia el bloque F, el viejo el último, con el almirez colgado de un cordel del bastón.

—Cuando cantaba esa —dijo Quimet, sin volverse—, me ha venido una cosa. La voz. Me ha recordado a lo que hace la goma, al principio, cuando entra. Te pone caliente y frío a la vez. Y te aparta. Te pone lejos de todo, a un palmo, y desde ahí todo te parece pequeño y tuyo. Como si mandaras tú.

Bebió. No me miraba. Yo le miré la cara.

—Hay veces que eso hace falta —dijo.

Me senté despacio en la silla de enea.

—¿Para tocar? —le pregunté. Me salió una voz muy fea.

Lo pensó.

—No para tocar. Para aguantar tocar. Para poder subir ahí arriba y quedarte. —Se sentó en el banco y se puso a desenvolver una de las mazas, y luego a envolverla otra vez—. Hay algunos que no lo aguantan sin goma. Hay otros que sí. Y otros que viven metidos dentro y lo saben y tocan igual, y se les oye. No sé. Tú solo te fijas en los que se caen.

—Y tú ¿qué?

No contestó. Se levantó, fue a la ventana y se quedó mirando el patio vacío. El freidor recogía la sartén.

—Esa mujer —dijo—. Lo que habrá tenido que pasar para cantar así. Da asco. Que haga falta tanto.

—No hay manera de librarse de pasarlo, Quimet.

—Ya lo sé. Pero todo el mundo lo intenta, ¿o no? Tú también. Tú echas cuentas.

—No es lo mismo.

—No, no es lo mismo.

Me miró medio en broma. Yo había tardado un año y una hija muerta en mandarle recado, y él lo sabía, y yo sabía que lo sabía. Luego se volvió otra vez hacia el patio.

Le iba a decir que se podía salir, que yo conocía a dos o tres de los Bloques que habían salido. No conocía a ninguno. Me callé.

—En la Granja picábamos piedra todo el día —dijo él al rato—. Treinta, cuarenta, en el mismo bancal. Cada uno con su maza. Y al principio era un ruido que te volvía loco, cada uno a su paso, sin orden ninguno. Y una tarde me di cuenta de que lo estaba escuchando. A todos. Sabía cuál era cada uno sin mirar, por el golpe. Había uno de la sierra que golpeaba siempre medio tiempo tarde, y al que le dolía el hombro se le notaba, y había uno que pegaba como si odiara la piedra. Y me oí a mí. En medio de todos. —Se calló—. Fue la primera vez que me oí en mucho tiempo. Ahí arriba, en los sótanos, nadie te escucha, ¿sabes? Te crees que sí, pero nadie. Están bebiendo, están a lo suyo. Así que te tienes que escuchar tú. Y lo que oyes a veces es horrible.

—¿El qué?

—Lo que he sido. —Se rio sin ganas—. No te asustes. No he matado a nadie. Es que hice cosas a gente. No les hacía nada, quiero decir, es que no eran de verdad para mí. Y a mí también me las hacía. Me encerraba en un rincón y me olía, ¿sabes? Me olía a mí mismo, y pensaba que me iba a morir si no salía de ahí, y no salía.

Cogió la maza y empezó a apretarle el trapo, a darle vueltas, más y más prieto, hasta que se le pusieron blancos los nudillos y el trapo crujió. Luego la soltó encima del banco y el trapo se fue aflojando solo, despacio.

—Cuando se murió madre no te lo dije —dijo—. Me quería ir con la sal por la goma. Para dejarla. Y en la sal había goma. Y cuando volví, aquí estaba la misma escalera.

Le dio unos golpecitos al cristal con un dedo. El sol se había ido. Arriba, en la Ciudadela, sonó la sirena de la tarde. En el patio un par de mujeres cogieron sus sillas y se metieron en sus portales.

—No te prometo nada —dijo—. Que lo sepas.

—Vale.

—No te prometo nada —repitió, más bajo.

—Que vale. Que ya lo sé.

Asintió. Siguió mirando por la ventana.

—Mira toda esa gente —dijo—. Con todo lo que llevan dentro. Y el patio no se cae.

Antes de salir se afeitó en la cocina, con mi navaja, delante del trozo de espejo que tenemos colgado de la ventana, y le dejé una camisa limpia, la blanca, a la que le falta el botón de abajo. Le estaba ancha de hombros. Se la metió por dentro del pantalón y se la volvió a sacar, y se la volvió a meter. Remei llegó con los chicos cuando estábamos en la puerta y le dijo que parecía un novio. El pequeño quiso venir. Le dijimos que otro día.

Fuimos andando por la playa, porque a esa hora la escalera de la roca está llena de los que suben a trabajar a las cocinas de arriba, y por la playa no hay nadie. Quimet llevaba las mazas debajo del brazo y no habló en todo el camino. En los secaderos había luz en una de las casetas, una sola, y Quimet no la miró. Yo sí. El mercado viejo, de noche, es un esqueleto de hierro con el techo de cristal roto hace tanto que ya ni hay cristales en el suelo, y los puestos de la sal están tapados con lonas atadas con piedras. Detrás del último hay un hombre sentado en una silla de tijera al lado de la trampilla, con un farol de los pequeños tapado con un trapo para que no se vea desde la cuesta. Cobra media pieza a la entrada. A Quimet no le cobró. A mí me miró, miró a Quimet, y tampoco.

El sótano del mercado viejo se baja por una trampilla que hay detrás de los puestos de la sal, donde antes se guardaba el hielo, y luego por una escalera de ladrillo que da dos vueltas y en la que hay que agachar la cabeza en la segunda. Abajo hay una barra hecha con tablones encima de dos toneles, y detrás una sala de bóveda baja, con un tablado al fondo y los candiles colgados de unos ganchos del techo, de los mismos que se usaban para colgar las reses. Las paredes sudan. En verano y en invierno está a la misma temperatura, que es la de una cueva.

En la barra no se cabía. Quimet se fue abriendo paso y a cada dos pasos alguien le daba una palmada o le decía algo, y él contestaba con la cabeza. Un hombre enorme, mucho mayor que nosotros, con la barba blanca cortada a tijera, salió de la sala grande y le cogió la cara con las dos manos y se la movió de un lado a otro, despacio, mirándolo, igual que se mira un melón para ver si está bueno, sin decir nada. Luego lo soltó.

—Este es mi hermano —dijo Quimet.

—El de las cuentas —dijo el hombre. Me dio la mano. La tenía blanda y enorme, con las yemas duras como suela—. Saturní.

Quimet le había hablado de mí. Me molestó.

—Ese hermano tuyo tiene oído —me dijo Saturní—. Del de verdad, del que no se aprende. Yo lo tengo que estar sujetando.

Detrás de nosotros se reía alguien. Era un hombre muy pequeño, muy moreno, que no levantaba un palmo del suelo y que enseguida se puso a contarme a voces una historia de Quimet y una cabra y un cura que no entendí, y que me pareció que no tenía final, porque se reía tanto que no le dejaba llegar. Después se lo llevó alguien del brazo.

Todos los de la barra conocían a Quimet. Algunos tocaban allí o en los otros sótanos, otros eran de la casa, y otros habían bajado a propósito. Me presentó a todos y todos fueron educados conmigo. Pero para ellos yo era el hermano de Quimet, y nada más, y era raro. En los Bloques siempre había sido al revés.

Saturní me sentó en una mesa de un rincón, debajo de un candil apagado, y me dejó una jarra de vino que no pedí. Era vino de la sierra, espeso, de ese que deja la jarra morada por dentro y que los de la Ciudadela no beben porque dicen que mancha los dientes. Lo probé y no volví a tocarlo. Un chico pasó con una pértiga encendiendo los candiles del tablado. Los vi a todos al pie del tablado, Saturní, el pequeño, Quimet, un flaco que llevaba un cornetín abollado debajo del brazo, empujándose y riendo, sin subir, haciendo tiempo. Luego el pequeño subió y se puso a apretar las cuerdas de sus cajas, que eran tres latas de distintos tamaños y una piel de cabra tensada sobre el aro de un tonel. Saturní subió detrás y fue a su tina, un barreño de cinc puesto boca abajo con un palo de escoba clavado en el borde y una cuerda de tripa del palo al fondo. El flaco del cornetín subió de un salto. Quimet fue el último. Se puso delante del bastidor, que estaba al fondo, colgado de una viga, y fue tocando con la punta de los dedos cada tubo, uno por uno, de lo grave a lo agudo, para pararlos, porque con el ir y venir de la gente se habían quedado zumbando solos. Una mujer gritó su nombre desde la barra. Él no se volvió.

La hija de la Rabosa, que allí abajo servía los sábados, corría entre las mesas apuntándose las últimas jarras con un carbón en la palma de la mano. El chico de la pértiga bajó la mecha de los candiles del tablado y la luz se quedó roja y baja, a la altura de las manos. Saturní dio un tirón seco a la cuerda de la tina. Y empezaron.

Yo de música no sé nada. Me limité a mirarle la cara a Quimet.

Tenía cara de estar levantando algo muy pesado y de que se le escurría. Golpeaba los tubos bien, me parecía a mí, cada uno en su sitio, pero no estaba en lo que hacía. Iba detrás. Los otros tres tiraban hacia delante y lo esperaban, y lo volvían a esperar, y él no llegaba, o llegaba y se volvía a ir. Saturní tenía los ojos cerrados y le hacía a la tina siempre lo mismo, cuatro notas graves que se repetían y se repetían por debajo de todo, y cada vez que Quimet se perdía, Saturní apretaba esas cuatro notas un poco más, y no se movía de ellas. No lo empujaba. Se quedaba allí abajo, sujetando.

En la Granja no había tubos. Habían sido seis meses de maza y piedra. Tocó un rato largo mal. Lo supe hasta yo. Una vez se le escapó una maza de la mano y fue a dar al suelo del tablado, y la recogió sin dejar de tocar con la otra, y en la barra alguien se rio y otro lo mandó callar. Le vi la cara a la luz roja. Tenía los labios apretados hasta ponerse blancos y le corría el sudor por las cejas, y no parpadeaba.

En la mesa de al lado había una pareja de viejos que no miraban al tablado. Él tenía la mano encima de la de ella, sobre el tablón, y ella movía un pie. De la bóveda caía una gota cada poco, siempre en el mismo sitio, en una lata de conservas que alguien había puesto debajo, y la lata hacía un ruido pequeño que no tenía nada que ver con lo que tocaban. La hija de la Rabosa la vació una vez en el suelo, al pasar, y la volvió a poner.

Cuando acabaron la primera hubo pocos aplausos. Saturní abrió los ojos, miró a Quimet un momento y, sin avisar a nadie, empezó otra.

Era la del cántaro. La rogativa. La misma que habían cantado esa tarde en el patio, con el almirez. La reconocí a la tercera nota, y se me calentó la cara. La reconoció la sala entera, porque se oyó una risa en la barra, de las que no saben si están permitidas. Saturní la tocaba casi con mala idea, despacio, demasiado despacio, como se la canta a los críos para que se duerman. Y Quimet, sin que nadie se lo dijera, se puso a tocarla.

Y empezó a pasar algo. Saturní soltó las cuatro notas. El pequeño dijo algo seco con las latas, Saturní le contestó, y las latas le volvieron a contestar, más fuerte. Luego entró el flaco con el cornetín, alto y muy lejos, por encima de todos, y Saturní le dejó decir lo suyo y le contestó con dos notas, y volvió a callarse. Y Quimet estaba dentro. Lo vi en su cara. Se le había ido el blanco de los labios. Los otros tres lo miraban y se reían con la boca cerrada, sin dejar de tocar.

Luego Saturní dio un paso adelante en el tablado, uno solo, y se pusieron serios todos. La rogativa se apretó y se hizo honda. Ya no era la de los críos. Era la de las viejas en la puerta del pozo seco. Saturní la llevó así un rato, y luego se echó un paso atrás, muy despacio, y los otros dos se echaron atrás con él, y se quedó Quimet.

Volvió al principio. A la primera frase, la que se canta sola, sin almirez, la que mi madre canturreaba desgranando. La dijo en los tubos graves, entera, sin adornarla, tan despacio que en la barra dejaron de beber. Y luego la fue cambiando. Le metía su medio golpe, ese retraso suyo de cuando anda, y la frase llegaba siempre un poco tarde a donde tenía que llegar. De vez en cuando alguno de los otros decía algo por debajo, una nota, un golpe en la lata, y parecía que asentían.

Yo oí a mi madre en la ventana de la cocina con las habas, mirando la calle sin que se le cayera ni una fuera del lebrillo. Oí a mi padre levantándose de la mesa a media cucharada porque había un motor en la cuesta. Vi la curva del algarrobo de noche, con el aceite ardiendo en el camino al lado de un chico que se llamaba Vicent y que cantaba, y al que nunca le oí la voz. Y luego, sin buscarlo, oí a Tona tirando del aire, y a Remei por la noche haciendo ese ruido dormida, y las manos de Remei agarradas a mi camisa. Se me saltaron las lágrimas allí sentado, con la jarra de vino delante, sin beber. La vieja de la mesa de al lado me miró, y luego miró a su marido, y siguió moviendo el pie.

Luego se acabó. Quimet se quedó con las mazas colgando, empapado, y Saturní soltó la tina y se secó la cara con la manga. Aplaudieron. El pequeño de las latas se subió de pie encima de su caja y le hizo una reverencia a la barra, y se cayó, y se levantó haciendo otra.

Estuvieron un rato largo hablando allí arriba, a la luz roja. La hija de la Rabosa se paró en mi mesa a preguntarme si quería algo más y le dije que no, y me miró la jarra llena. El pequeño de las latas bajó del tablado y se fue hacia la esquina de la barra, donde estaban dos que yo no conocía, y Quimet bajó detrás de él. Los perdí entre la gente. Al poco rato me llegó desde aquel lado, por encima del humo del tabaco, un olor dulce, de azúcar quemada, que podía venir de cualquiera de los que estaban allí y que tardó en irse.

Quimet volvió a subir. Se puso delante de los tubos, les pasó la mano por encima para pararlos, y antes de empezar miró hacia mi rincón y movió la cabeza, una vez. Yo le contesté igual.

Empezaron otra vez. Me di cuenta de que estaba golpeando la mesa con el dedo cuando la hija de la Rabosa me miró la mano al pasar. Iba medio golpe detrás de ellos, y seguí.

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Ilustración en blanco y negro de una calle en ruinas: un hombre agachado junto a una niña sentada contra una farola oxidada, con un lienzo enrollado bajo el brazo, y una mujer que los observa desde un portal. Entrada anterior Gotas como lentejas
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