Un hombre con la cara cubierta por una gasa amarilla camina hacia la gran máquina que cierra la ciudad
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La pared se saltó un golpe y a Quirce el aire se le quedó colgando a medio camino, esperando una orden que tardaba. En la Toma se respira primero, y hoy es el día: el Fuelle jadea, y él quiere verlo desde fuera.

La pared se saltó un golpe.

Quirce lo notó en el pecho antes que en el oído. El aire que entraba por la rejilla se detuvo a medio camino, se quedó colgando y volvió con un tirón torpe. Los pulmones se le habían quedado abiertos, esperando una orden que tardaba. Necesitó tres alientos para encontrar otra vez el compás.

Había estado soñando y quiso volver a entrar para ver cómo acababa. Cerró los ojos. Encontró una escalera, o la memoria de haber subido una, y una voz que lo llamaba desde abajo sin ninguna prisa. Nada más. Lo dejó ir.

Era hoy. Llevaba tantos meses siendo hoy en las conversaciones de la Toma que la palabra se había gastado, y ahora, con la luz todavía baja, no le provocaba ni miedo ni alivio. Le daba sueño.

Alargó el brazo hasta el cordón y tiró. La rejilla se abrió entera y el aire de la primera vuelta le cayó en la cara, tibio, con el sabor de todas las mañanas. Col hervida. Humo de brasero. Algo agrio, que sería la fiebre de alguien. De niño había aprendido a distinguir en esa primera bocanada el aguardiente del barrio de los tintes, y todavía lo distinguía. Respirar en la Toma era respirar primero. Abajo lo decían así, señalando hacia arriba con la barbilla, y no lo decían por cumplido.

El Fuelle tomaba, aguantaba, echaba y esperaba. En esos cuatro tiempos subían y bajaban todos los pechos de la ciudad, en las camas, en los talleres, en la cola de la tahona, sin que nadie se acordase de hacerlo. Los niños nacían respirando a su aire, deprisa y sin orden, y a los pocos meses ya iban con la máquina. Las madres les ponían la mano abierta sobre las costillas y les cantaban la cuenta hasta que el pecho la aprendía: coge, aguanta, echa, espera. Un pecho fuera de compás se oía en una habitación llena. Se notaba en la nuca, igual que una mosca.

Y como todos echaban a la vez, el aire que volvía por las rejillas era el de todos. Lo que un tintorero soltaba en las Bajas al acostarse le entraba a Quirce por la nariz al despertar, una vuelta después, con lo que el tintorero había cenado y con lo que había bebido para dormirse.

Siete familias vivían alrededor de la Toma, el sitio donde el Fuelle empujaba el aire hacia la ciudad, y se reunían en la sala grande que había encima de la reja mayor. Abajo decían que la ciudad tenía allí el alma, en esa sala, porque por allí pasaba antes que por ningún otro sitio. Quirce era de una de las siete. Lo pensó con un fastidio que se le pasó enseguida.

Y el Fuelle jadeaba. Desde el invierno se saltaba golpes, uno cada muchas noches al principio, luego dos o tres seguidos, y la ciudad entera se quedaba con el pecho lleno, esperando. En las Bajas la gente dormía más de la cuenta y se despertaba con un dolor sordo detrás de los ojos, la cara encendida, las venas de las sienes gordas. En la Toma, igual. Primero lo negaron. Luego dejaron de mencionarlo en la mesa.

Se levantó despacio. El dolor de los ojos lo acompañó hasta la palangana.

Bertila entró con el agua caliente y la gasa planchada sobre el antebrazo. Llevaba la suya, blanca, con un remiendo en una esquina.

—Se ha saltado dos de madrugada —dijo—. Y en la tahona dicen que hasta la tarde no hay pan. ¿Le dejo el agua aquí?

Él no contestó, y ella la dejó en el suelo, junto a la cama, y salió.

Se lavó y se vistió solo. Delante del espejo hizo lo que llevaba años ensayando a escondidas. Esperó a que el Fuelle echara y entonces cogió aire. Lo aguantó mientras la ciudad entera cogía. Lo echó cuando la ciudad aguantaba. Durante tres tiempos el pecho del espejo se movió al revés que el de todas las casas, al revés que el de Bertila, que estaba al otro lado de la puerta respirando con la máquina sin enterarse. Al cuarto tiempo se le fue la habitación de lado y tuvo que agarrarse al lavabo y dejar que el pecho volviera solo. Se miró la cara. Estaba muy pálido, con las ojeras de la mala noche. Le dio pena verse. Se gustó igual.

Las gasas de la ciudad eran blancas, o grises de tanto hervirlas. La suya la había teñido él, tres noches seguidas, con cáscaras de cebolla que Bertila le guardaba sin preguntar para qué, y había salido de un amarillo sucio, de dedo de fumador viejo. La cuarta noche la fijó con piedra de alumbre de la botica. No era bonita. Nadie más tenía una. Para copiarla había que juntar cáscaras durante un mes.

Se la ató a la nuca y salió.

La calle bajaba en rampas desde la Toma hasta el Llano. Había más gente de la que esperaba y casi nadie hablaba. Iban con sus gasas blancas, despacio, y desde lo alto de la primera rampa Quirce vio la calle entera respirar, cien espaldas que se hinchaban y se vaciaban a la vez con el golpe de las paredes. Solo hablaban unos borrachos, sentados en el escalón de una bodega cerrada. Uno se ponía de pie, abría los brazos y decía algo largo; el otro le contestaba con los brazos abiertos también; luego se abrazaban y volvían a sentarse.

A la tercera rampa se dio cuenta de que lo miraban. Una mujer con un cesto vacío se paró en seco. Dos chicos dejaron de empujarse. Le miraban la gasa, y luego la cara, y otra vez la gasa. Sabía por qué. Se puso un poco más derecho.

Bajó más de lo que había pensado. En el barrio de los tintes las gasas eran negras, cosidas para hoy, y muchas llevaban todavía el hilván blanco en el borde. Esa gente no lo miraba. Iban en grupos pequeños, cogidos de la mano.

Más abajo, junto a las rejillas de retorno, había gente sin nada en la cara. Respiraban con la boca abierta, los labios mojados, la lengua a la vista, y el aire de todos les entraba y les salía sin tela por medio. Un hombre se agachó delante de una niña y le echó el aliento en la cara, despacio, y la niña se rió y le echó el suyo. Quirce notó que el asco le subía desde el estómago. Apretó el paso, torció por la primera calle que subía y luego por otra, sin fijarse, hasta que la cuesta se acabó y estuvo en el Llano.

No bajaba a pie hasta allí desde niño. Le dolían las pantorrillas y llevaba la camisa pegada a la espalda. Le sorprendió lo lejos que estaba todo.

Al fondo del Llano, ocupando la pared entera, estaba el Fuelle. Eran lamas de chapa del alto de diez casas que se abrían y se cerraban con el ruido de una sábana grande al sacudirla. Había un banco de piedra. Encima, alguien se había dejado una cuchara de palo con el mango mordido; la apartó para sentarse.

Descansó mucho rato. Quiso pensar en el principio, en el día que cerraron la Cubierta y empezaron a contar, y no encontró nada que no le hubieran contado otros. Recitó por dentro los siete nombres de las familias, como en la escuela, y al llegar al último se le quedó en blanco. Era corto. Empezaba por erre. Lo dejó.

Le dolía detrás de los ojos. La gente del Llano se frotaba las sienes con los nudillos, igual que él. Pensó que ya era la hora y que no hacía falta que nadie lo dijera en la sala, y lo pensó de una vez, entero. El cuerpo se le aflojó. Estuvo tranquilo por primera vez en meses.

No los había oído acercarse. Cuando levantó la cabeza tenía delante un corro de seis o siete, luego más. Una mujer le preguntó si era verdad que en la Toma tenían aire guardado. Un hombre quiso saber por qué llevaba la gasa de ese color. Quirce no contestó. Empezaron a hablar todos a la vez y las preguntas se fueron volviendo otra cosa: quién les había dado la Toma, cuántas vueltas llevaban respirando primero, si alguna vez habían pensado bajar a echar el aire en las Bajas, como todo el mundo. El corro se cerraba. Alguien le puso la mano en el hombro.

Entonces Quirce se puso de pie y dejó de respirar con ellos.

Cogió aire cuando el Fuelle echaba, despacio, con la boca entreabierta detrás de la gasa para que se le oyera. Lo aguantó mientras todo el Llano cogía. Lo soltó a destiempo, largo, en el hueco que dejaban los otros pechos. Lo estuvieron mirando tres tiempos, cuatro. Nadie dijo nada. El corro se abrió por un lado y él salió por allí, sin prisa, y empezó a subir. Al pie de la primera rampa tuvo que pararse con una mano en la pared hasta que el pecho volvió solo.

Las lámparas de la Cubierta bajaban ya a la luz de tarde. Desde el verano salía rojiza, con temblores, porque llegaba menos corriente, y tardaba en irse de las fachadas. La gente subía y bajaba sin hablar. Él también. Llegó a la sala. La puerta estaba cerrada, como siempre.

Dentro estaban todos, uno o dos por cada familia, y lo esperaban. Saludó. Nadie le preguntó por la gasa. Alguien hizo una seña y se sentaron alrededor de la mesa larga.

En el centro estaba el volante de la reserva, una rueda de hierro del tamaño de un plato, con la pintura comida en los radios. Lo habían desenroscado de la válvula del sótano el invierno anterior y lo habían dejado ahí, a la vista, para que nadie bajara a abrir solo. Debajo de la sala, en las botellas viejas, había aire para que la Toma aguantase unas jornadas más que la ciudad. O para darle a la ciudad media jornada, todo de golpe.

Hablaron. Por turnos al principio, después todos a la vez. Que media jornada no era nada. Que unas jornadas más, para qué, encerrados ahí arriba con las rejillas tapadas. Que quién bajaba a decírselo a las Bajas. Nadie tocaba el volante. Lo miraban, se miraban entre ellos y volvían a mirarlo, y al final se callaron.

Se oyó el Fuelle. Se saltó un golpe. Todos los de la mesa se quedaron a la vez con el pecho lleno, esperando, las bocas quietas detrás de las gasas, igual que la calle por la mañana. Quirce también. El Fuelle volvió y echaron todos juntos.

Entonces el menor de los Ciria se echó a reír.

Era una risa aguda, que no venía de nada que se hubiera dicho. Nadie supo qué hacer con ella. Se levantaron dos con él, luego otro, y salieron de la sala riéndose por lo bajo. Desde la calle se les oyó reír más fuerte. Luego dejó de oírse.

Volvieron al cabo de mucho. Traían las gasas en la mano y las mejillas encendidas, y les brillaban los ojos más de la cuenta, con el blanco enrojecido. Venían contentos. Ciria contó que habían bajado hasta las rejillas de retorno y que allí la gente les había hecho sitio. Que el aire de abajo era caliente y espeso y que en cuanto lo respirabas un rato ya no te dolía la cabeza. Se reía al contarlo. Se le trababa la lengua.

Los que se habían quedado los miraron un rato. Después la mayor de las Vauda se soltó el nudo de la nuca y se quitó la gasa, y otro hizo lo mismo, y otro, a tirones, deprisa, como si les quemara.

Se oían las bocas.

Quirce se retiró hasta el rincón de la estufa con la gasa puesta. No tenía miedo. Le había entrado un cansancio sin prisa, y se apoyó en la pared y notó en la espalda el golpe del Fuelle.

Ilde se subió a la mesa. Pisó entre los vasos, cogió el volante con las dos manos y lo levantó por encima de la cabeza. Tenía la cara descubierta y le temblaba la barbilla. Gritaba que bajaran, que lo abrieran, que se lo dieran todo a la ciudad ahora, de una vez, que nadie se guardara nada. Gritó hasta quedarse ronca. Los demás la animaban golpeando la mesa con las palmas, a destiempo.

Bajó de un salto y se fue con el volante hacia la escalera del sótano. Oyeron sus pasos en los peldaños de hierro. Oyeron chirriar la rosca. Debajo del suelo empezó un silbido que fue subiendo de tono hasta quedarse sostenido, y la reja grande del centro de la sala se puso a soplar más fuerte que nunca, un aire frío que olía a metal y a nada.

Ilde volvió. Cruzó la sala sin mirar a nadie, se arrodilló delante de la reja y pegó la boca a los barrotes.

Allí estaba, con los labios contra el hierro, tragándose la primera bocanada.

Los demás la recibieron con una carcajada. A Quirce se le escapó un grito.

Se volvieron todos hacia él. Lo miraron con una admiración que no había visto nunca en aquella sala, y le hicieron sitio, y lo llamaron. Ciria arrancó con una canción de las de cerrar la bodega y los otros lo siguieron a medias; nadie se sabía la tercera estrofa, se atascaban siempre en el mismo verso, se reían y volvían a empezar.

No pudo más. Fue hacia la puerta.

Tenía la mano en el picaporte cuando el Fuelle cogió aire y no lo echó.

Fue un sonido largo, de garganta, que salía de las paredes, del suelo, de la reja donde seguía Ilde, y también, lo notó, de su propio pecho, que se había quedado lleno y no sabía soltar. Duró mucho. Luego se paró.

Hubo silencio. No el de siempre, que llevaba debajo el golpe de la pared. Otro.

Le vino una pesadez por los brazos y los párpados. La vio llegar también a los demás. Dejaron la canción a medias, dejaron de reír, se fueron sentando en los sillones de la sala, uno en cada uno, con los ojos entornados. Ilde resbaló de la reja y se quedó en el suelo con la espalda contra una pata de la mesa.

Los llamó por sus nombres. No contestaron. Gritó. Lo miraban desde los sillones y le sonreían un poco, y uno levantó la mano y le señaló un sillón vacío, el suyo.

Lo entendió. Abrió la puerta y salió.

En la calle estaban igual. Sentados en los portales, apoyados en las paredes, tumbados de lado en las rampas, todos con la cara descubierta. Lo veían pasar y le sonreían, y algunos le tendían los brazos sin levantarse, como se le tienden a un niño que todavía no anda. Las gasas tiradas cubrían la cuesta, cientos, blancas y negras, y cedían bajo los pies, húmedas, tibias de aliento. Iba pisándolas.

Pasó por delante de su casa. La puerta estaba abierta y Bertila estaba sentada en el escalón, con la gasa del remiendo en el regazo, doblada en cuatro. No le dijo nada. Él tampoco. Tuvo ganas de pararse y no se paró.

Echó a correr como pudo. Las fachadas se le quedaban atrás de una en una. Llegó al pie del Muro, donde la Cubierta bajaba a juntarse con la piedra, y subió por la escalera de los reparadores agarrado a la baranda, peldaño a peldaño. Arriba había un rellano estrecho, lo más alto de la ciudad. Desde allí se veía todo. Desde allí lo vería.

Se sentó en el último peldaño. Le temblaban las piernas.

La pesadez lo alcanzó enseguida; no se había quedado abajo. Ya casi no le dolía detrás de los ojos. Miró la ciudad. Sin el Fuelle el aire se quedaba donde lo soltaban, y la Cubierta había empezado a empañarse por dentro, primero sobre las Bajas, después sobre el Llano, una niebla fina que se espesaba y le iba borrando las lámparas una por una. Le cayó una gota en el dorso de la mano. Estaba tibia.

Por la niebla subía un rumor. Tardó en reconocerlo. Era la ciudad, que seguía respirando sin máquina, miles de pechos dormidos que cogían y echaban a la vez, más despacio que el Fuelle. Quirce quiso ir contra ellos, como delante del espejo, coger cuando soltaban. Le pesaban mucho los párpados. Contó.

Coge, aguanta, echa, espera.

Herencia, cenizas y silencio · Cuentos de poder y sumisión

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