Dos manos sobre un mantel blanco al final de una cena, una de ellas separándose del plato

1.2 Arquitectura funcional sin cuentos: coaliciones que toman el mando

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Hay personas a las que una de sus manos desobedece, y lo que hace esa mano tiene sentido. No tiembla ni se agita. Abre cajones y aprieta botones con la precisión de cualquier gesto voluntario. Lo único que le falta es la voluntad de su dueño.

Sergio Della Sala, neuropsicólogo de la Universidad de Edimburgo, ha contado el caso de una paciente a la que llamó señora GP. Una noche, cenando con su hermano, su mano izquierda recogió del plato las espinas del pescado y se las llevó a la boca. Más tarde le quitó el helado al hermano. La mano derecha intervino para impedirlo y el postre acabó en el suelo. Otra paciente, la señora GC, golpeaba su mano rebelde y la regañaba en voz alta, como se riñe a un perro. Un tercer paciente, descrito por Alan Parkin en 1996, no conseguía ver la televisión: en cuanto la mano derecha elegía un canal con el mando a distancia, la izquierda pulsaba otro botón.

Ninguno de ellos decía que aquella mano fuera de otro. Era suya. Solo que tenía, como repiten muchos de estos enfermos, ideas propias. Marchetti y Della Sala insistieron en esa diferencia (Cognitive Neuropsychiatry, 1998): el paciente conserva la sensación de que la mano le pertenece y pierde la de ser el autor de lo que hace. Pertenecer y mandar, que en la vida corriente parecen la misma cosa, se separan.

El trastorno se llama mano anárquica. En la revisión de treinta y nueve casos publicados que hicieron Della Sala, Marchetti y Spinnler (Handbook of Neuropsychology, 1994), la lesión aparecía casi siempre en el área motora suplementaria, en la cara medial del lóbulo frontal, del lado opuesto a la mano afectada. La interpretación que proponen es que esa región contiene los actos que los objetos invitan a hacer. Un vaso pide ser cogido, un botón pide ser pulsado, y alguna parte del cerebro prepara ese movimiento cada vez. Cuando ese control desaparece, el plan que siempre estuvo ahí llega a los músculos. Cuando la lesión afecta a las dos áreas motoras suplementarias, el cuadro cambia de forma. Boccardi, Della Sala y sus colegas describieron un caso así (Cortex, 2002): la persona afectada usaba de manera compulsiva cualquier objeto que tuviera a la vista, sin el conflicto ni la extrañeza de la mano anárquica. Ya no había una mano rebelde. Había un cuerpo entero obedeciendo a los objetos.

La hipótesis tiene buen apoyo clínico, y lo que sugiere incomoda. En el cerebro sano, la escena de la cena ocurre también, a cada segundo y en silencio: programas que compiten por la misma mano, y uno que gana.

La pregunta que dejaron las ratas de Routtenberg, quién decidía entre la palanca y el comedero, tiene una respuesta poco satisfactoria. No había nadie en particular. Había sistemas que pedían cosas distintas y un mecanismo que resolvía el conflicto.

Peter Redgrave, Tony Prescott y Kevin Gurney lo formularon en 1999 como un problema de ingeniería (Neuroscience). Siempre que varios sistemas necesitan a la vez un recurso limitado, sea una mano o el foco de la atención, algo tiene que elegir. Compararon arquitecturas posibles y concluyeron que las más eficientes tienen un conmutador central. Su propuesta es que los ganglios basales son ese conmutador en los vertebrados.

La anatomía encaja con la idea. Los núcleos de salida de los ganglios basales, el globo pálido interno y la porción reticulada de la sustancia negra, mantienen frenados de forma tónica, con GABA, el tálamo y los centros motores del tronco. Todo está bloqueado por defecto. Seleccionar una acción consiste en retirar ese freno sobre un canal concreto mientras los demás siguen inhibidos. El sistema funciona como un portero que tiene todas las puertas cerradas y abre una sola, la de quien llama más fuerte en ese momento.

El estriado, la puerta de entrada de los ganglios basales, recibe las peticiones de casi toda la corteza y las reparte por dos circuitos que tiran en sentidos opuestos. La vía directa, rica en receptores dopaminérgicos D1, retira el freno y deja pasar la acción. La vía indirecta, con receptores D2, lo refuerza y bloquea a las rivales. Roger Albin, Anne Young y John Penney ordenaron así ese esquema a partir de los trastornos del movimiento (Trends in Neurosciences, 1989), y desde entonces se ha matizado mucho, pero el principio se mantiene: elegir una acción es, a la vez, callar a todas las demás.

Que los ganglios basales hacen esa selección es una hipótesis sostenida por mucha anatomía y por modelos que reproducen bien la conducta animal; que lo hagan exactamente así sigue en discusión. Hay, eso sí, una consecuencia clínica que cualquier médico reconoce. En la enfermedad de Parkinson, la falta de dopamina en el estriado deja las puertas atascadas: el paciente quiere andar y el paso no sale, como si ninguna petición llegara a pesar lo suficiente. En la enfermedad de Huntington ocurre lo contrario: mueren pronto las neuronas estriatales de la vía indirecta, el freno sobre las acciones rivales falla y se escapan movimientos que nadie ha pedido, la corea. Dos enfermedades opuestas para un mismo portero.

Lo que no hace el portero es entender lo que deja pasar. Pesa peticiones, no razones.

Ocurre algo parecido antes de actuar, en el momento de ver. Si a cada ojo se le muestra una imagen distinta, por ejemplo unas rayas verticales a uno y una cara al otro, lo que se ve es una alternancia: las rayas unos segundos, luego la cara, luego otra vez las rayas, sin que nada haya cambiado fuera. Es la rivalidad binocular, y David Leopold y Nikos Logothetis la usaron para preguntar dónde se decide lo que vemos.

Entrenaron a monos para que indicaran con una palanca qué imagen percibían en cada momento y registraron sus neuronas (Nature, 1996). En la corteza visual primaria, solo una pequeña parte de las células cambiaba su actividad cuando cambiaba lo que el mono decía ver; la mayoría seguía respondiendo a lo que entraba por el ojo. En áreas más altas eran muchas más. Al año siguiente, David Sheinberg y Logothetis llegaron a la corteza temporal inferior (PNAS, 1997) y encontraron que allí una gran proporción de neuronas seguía el percepto: se encendían cuando el mono veía su imagen preferida y callaban cuando la misma imagen, aún presente en la retina, quedaba suprimida.

En personas, Frank Tong, Ken Nakayama, Thomas Vaughan y Nancy Kanwisher repitieron la pregunta con resonancia magnética funcional (Neuron, 1998). Mostraron una cara a un ojo y una casa al otro. La región de la corteza temporal que responde a las caras y la que responde a los lugares se turnaban en su actividad siguiendo lo que el voluntario decía ver, con una amplitud parecida a la que producía alternar las imágenes de verdad en la pantalla.

Con pocos monos en los registros y una resonancia que mide flujo sanguíneo en lugar de disparos, el patrón coincide en las dos especies. Lo que llega a la experiencia es la imagen cuya coalición de neuronas gana el pulso en las etapas altas del procesamiento. La otra sigue entrando por el ojo. Simplemente pierde.

Queda la parte que más nos importa: la sensación de que soy yo quien elige. Michel Desmurget y sus colaboradores la buscaron con el cerebro abierto (Science, 2009). Estimularon con electrodos la corteza de siete pacientes despiertos durante la extirpación de tumores cerebrales. En tres de ellos, la estimulación de la corteza parietal posterior produjo un deseo intenso de mover una mano o la boca; al subir la intensidad, algunos aseguraron que se habían movido sin haberlo hecho. En los otros cuatro, la estimulación de la corteza premotora provocó movimientos reales de la extremidad o de la boca que los pacientes no notaron y negaron haber hecho.

Con las cautelas de una muestra tan pequeña y de una estimulación eléctrica que poco tiene que ver con la actividad natural del cerebro, el resultado separa dos cosas que la experiencia presenta unidas: el movimiento y la sensación de quererlo. Una región puede producir la intención sin movimiento. Otra, el movimiento sin intención.

Hace más de cuarenta años, Benjamin Libet había abierto otra grieta (Brain, 1983). Registró el potencial de preparación, una deriva lenta de voltaje sobre la corteza motora, mientras sus voluntarios flexionaban la muñeca cuando les apetecía y señalaban en un reloj el momento en que sentían el impulso. La deriva empezaba unos 350 milisegundos antes de ese momento. Durante décadas se leyó como prueba de que el cerebro decide antes de que el sujeto se entere. En 2012, Aaron Schurger, Jacobo Sitt y Stanislas Dehaene propusieron otra lectura (PNAS). El potencial podría ser el promedio de fluctuaciones aleatorias de la actividad neural que, en algún momento, cruzan un umbral. Visto así, lo que precede al gesto es ruido que se acumula hasta que algo dispara.

Ninguna de las dos lecturas ha ganado del todo, y esto pertenece a lo que ignoramos: no sabemos dónde encaja la sensación de haber decidido en la cadena que acaba en un gesto, ni si causa algo o solo informa de lo que ya está en marcha.

Daniel Dennett llamó teatro cartesiano a la imagen que todos llevamos dentro: un lugar en el centro del cerebro donde todo confluye y alguien mira la función (Consciousness Explained, 1991). Su argumento era que ese lugar no existe, y que imaginarlo solo traslada el problema a un espectador que necesitaría, a su vez, su propio teatro. Estos datos no zanjan la discusión filosófica, pero le quitan el escenario. Lo que encuentran son coaliciones de neuronas que compiten por la mano o por la mirada, y un sistema de selección que da paso a la que pesa más.

Se parece a un congreso sin mayoría absoluta, donde cada votación se negocia de nuevo y los apoyos cambian según el asunto. La coalición que gana toma el mando un momento, y luego otra.

Esa arquitectura tiene ventajas evidentes para un animal que vive entre urgencias: no hay un único punto que, al fallar, lo detenga todo.

Mientras tanto, en un cerebro sano, alguna cosa decide cuánto pesa cada voz antes de que se cuenten los votos. En la cena de la señora GP, las dos manos tiraban del mismo helado con la misma fuerza. En la mayoría de nosotros, una de ellas llega siempre un poco más débil.

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