A media tarde empezaron a caer los vencejos de las cajas blancas y una mujer los iba recogiendo en un capazo. Isaura y Arnau bajaban a la merienda de la víspera de la Fresca; contra el pie de la farola, en la plaza sin un palmo de sombra, hay una cría que no suda.
A media tarde empezaron a caer los vencejos.
Caían de las cajas blancas que todavía colgaban de las fachadas de la calle de los Tintes, una debajo de cada ventana, con la rejilla delantera llena de pelusa y de paja. Nadie recordaba ya para qué servían. Los pájaros entraban por el agujero de los tubos y criaban dentro, y en agosto la chapa se calentaba tanto que los pollos saltaban antes de tener pluma para sostenerse. Daban en el empedrado con un golpe blando. Algunos se quedaban abriendo el pico.
Una mujer con un capazo los iba recogiendo sin agacharse del todo.
Isaura y Arnau bajaban por la acera de la sombra. A esa hora la sombra medía dos palmos y había que andarla de lado, con el hombro rozando la cal, uno detrás de otro. Iban a casa de la viuda Casany, a la merienda de los críos de la víspera de la Fresca, y por el camino pensaban en la bodega de la viuda, cavada en la roca del cerro, donde el aire se estaba quieto todo el verano y olía a tierra húmeda. Pensaban en los críos de las buenas casas sentados en los escalones, con las piernas colgando, esperando a que alguien les cantara algo.
Arnau llevaba bajo el brazo el lienzo enrollado: siete palmos de sarga pintada al temple, once jornadas de trabajo y dos libras de cola de conejo que este año le habían costado el doble que el anterior. Isaura no llevaba nada. Lo suyo iba de memoria.
—Es que no hay manera —dijo ella—. Un cantar de Fresca o es una bobada o es una desgracia, y la desgracia ya la ha cantado todo el mundo.
—Este año no hay crío.
—Este año no hay crío. —Lo repitió con gusto—. Una mula que no quiere subir la cuesta y un arriero que le habla de su madre muerta. Y la mula sube. Y nadie sabe por qué sube.
—La mula me ha quedado bien.
—La mula te ha quedado muy bien.
Arnau se paró a recolocarse la correa de la sandalia, que le había levantado una ampolla en el talón. Isaura esperó con la espalda pegada a la pared. Fue entonces cuando él alzó la cabeza y miró al otro lado de la calle, donde se abría la plazuela de los Toldos y no quedaba sombra ninguna.
—Mira eso.
—¿El qué?
—Allí. En la farola.
En medio de la plazuela había una farola de hierro, de las que no habían dado luz en vida de nadie, y contra el pie de la farola, sentada al sol, una cría.
Arnau cruzó. El sol le dio en la nuca y en los antebrazos, y notó la tela de la camisa quemándole en los hombros antes de llegar a la mitad. Isaura se quedó en el borde de la sombra, con la punta de las sandalias justo en la raya.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Arnau a la cría—. ¿Eh? ¿De quién eres tú?
La cría tenía los ojos entreabiertos. Siete años, o menos; era difícil saberlo con tanto polvo pegado a la cara. Los labios, blancos en las comisuras. Volvió la cabeza hacia la voz con mucho retraso.
—¿Han bajado ya las cabras? —preguntó.
—¿Qué cabras?
No contestó. Tenía una mano abierta sobre el empedrado y la cerraba despacio y la volvía a abrir, sin que hubiera nada que coger.
Arnau le puso el dorso de los dedos en la frente.
—Está ardiendo.
—¿Suda? —preguntó Isaura desde la sombra.
Él le tocó el cuello y después el pliegue del codo. La piel estaba seca y caliente, igual que una teja a mediodía.
—No.
—No suda.
Isaura lo dijo despacio. Luego se despegó de la pared, sin salir de la raya, y estiró el cuello para ver mejor.
—Arnau. ¿Tú te das cuenta de lo que tienes ahí?
—Una cría.
—La víspera de la Fresca. En la solana. Sola en mitad de una plaza sin un palmo de sombra. —Se rio bajito—. Es el crío de la solana. El de verdad. Llevo veinte años oyéndolo en todos los patios del barrio y nunca lo había visto.
—Es niña.
—Da igual. En la versión de los de la sierra es niña. —Se hizo visera con la mano—. Y fíjate en una cosa. En los cantares siempre suda. Gotas como lentejas, le corren por la frente, le caen en el regazo, lo pone hasta el último que compone en la Alameda. Lo ponen porque queda bien. Y mírala tú. Seca. Eso no lo ha puesto nadie nunca.
—Pues ponlo tú.
—¿Dónde? ¿En un crío de la solana?
Por la cuesta subían dos mozos de la viuda con una parihuela cargada de jarras tapadas con paños mojados. Pasaron por el borde de la plazuela, aprovechando la poca sombra que les dejaban los aleros, y uno saludó a Isaura con la barbilla. No miraron hacia la farola. O miraron y siguieron.
—Ahí va el agua de cebada —dijo Isaura—. Ya no falta nada.
Arnau seguía en cuclillas junto a la cría. Había empezado a picarle el cuero cabelludo.
—Eso ya no le hace gracia a nadie.
—Lo han cantado tanto que no se puede ni cantar al revés. Hace cuatro Frescas los de la Alameda sacaron uno en que el crío se sentaba al sol a propósito, para que el alguacil tuviera que quedarse allí vigilándolo y se cociera él. La gente se partía. Al año siguiente lo repitieron y bostezaban. Ahora quien tenga un poco de oído no lo toca, ni en serio ni para reírse.
—Si lo contamos abajo, nadie se lo va a creer.
—Se lo creen, que es peor. Piensan que te lo has inventado para hacerte el interesante y que encima te ha salido flojo.
Arnau se puso de pie. Le crujió una rodilla.
Isaura se quedó mirando la farola un rato, con la boca entreabierta. Cuando volvió a hablar lo hizo con otra voz, más baja y más lenta, la que ponía en la bodega en cuanto los críos se callaban.
—Figúrate que pasan por aquí los de los toldos. Cuatro hombres que no han oído un cantar en su vida porque se pasan el verano en los tejados cosiendo lona. La ven. No dicen nada. Uno la coge en brazos sin preguntar de quién es, y se la llevan a la cuadra de la cordelería, que tiene el suelo de tierra, y le ponen en la nuca un trapo empapado en el pilón de los caballos. Y por la noche, cuando entra la Fresca por el ventanuco, la cría abre los ojos y tiene encima a una vieja que huele a cebolla, abanicándola con la tapa de una olla.
Arnau la miró con media sonrisa.
—Ya lo estás componiendo.
—¿Yo? —Isaura se rio, esta vez de verdad—. Se me ha ido la lengua. Antes me la corto. Venga, que llegamos tarde y la viuda se pone a contar críos y a echar cuentas.
—¿Y la dejamos aquí?
Arnau no esperó a que le contestara. Se descolgó el lienzo del brazo y empezó a desatar el cordel.
—Con esto le hago sombra. Lo apoyo en la farola y lo sujeto con…
—Y la cría abre los ojos a la sombra de una mula pintada —dijo Isaura—, y por la noche entra la Fresca, y la vieja de la cebolla, y la tapa de la olla. Arnau, por favor. Escúchate.
Arnau se quedó con el cordel en la mano. Miró la sarga, donde el temple ya habría empezado a cuartearse si la desenrollaba con este sol. Miró a Isaura, que había vuelto a pegar la espalda a la cal.
Volvió a atar el cordel con el mismo nudo de antes.
—Bueno. Como quieras.
Cruzó a la sombra. Isaura lo cogió del codo y echaron a andar otra vez de lado, uno detrás de otro, hacia la cuesta. Ella hablaba del arriero: si la madre muerta tenía que tener nombre o era mejor que no, y que a la viuda le iba a parecer demasiado triste para una merienda, y que eso era justo lo que tenía de bueno. Arnau decía que sí. A media cuesta le reventó la ampolla del talón y tuvo que seguir con el pie torcido.
La cría se quedó contra la farola.
Otro vencejo cayó de una caja, a unos pasos de ella, y se quedó en el empedrado abriendo el pico.
Al oscurecer bajó por la cuesta, desde la bodega de la viuda, un cantar a muchas voces. Eran críos, gritaban más que cantaban y ninguno iba afinado. Se les oyó llegar al estribillo de las gotas como lentejas, y repetirlo, y luego aplaudir.
A la hora de la segunda campana entró la Fresca por la calle de los Tintes. Hizo sonar una tras otra las rejillas de las cajas blancas, llegó a la plazuela y le movió a la cría un poco el pelo.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.