Retrato de Ernest Hemingway, en blanco y negro
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1899 – 1961) — Estados Unidos · inglés

Obra de referencia: Adiós a las armas (A Farewell to Arms, 1929)

Premio Nobel 1954

Un teniente se arroja a un río crecido para que no lo fusilen los suyos y da la guerra por terminada. Lo escribió alguien que llegó a Italia meses después de aquella retirada.

Entre los papeles de Hemingway que guarda la Biblioteca Kennedy, en Boston, hay cuarenta y siete finales para Adiós a las armas. En 1958 él había contado a The Paris Review que reescribió la última página treinta y nueve veces. Le preguntaron qué le atascaba. Dar con las palabras justas, contestó.

Su nieto Seán los reunió en 2012 en una edición de Scribner. En uno el niño sobrevive. En otro, el narrador avisa al lector de que también él va a morir. El número 34 lleva el nombre de Fitzgerald (nº 74), que leyó el manuscrito en junio de 1929 y propuso cerrar con un pasaje anterior según el cual el mundo rompe a todos y mata a los que no consigue romper. Hemingway se negó, y en 1943 todavía llamaba idiota la idea en una carta. El final que quedó es el que menos explica. Catherine Barkley muere tras el parto, Frederic Henry hace salir a las enfermeras, comprueba que despedirse así no sirve de nada y vuelve andando al hotel bajo la lluvia.

El libro había empezado mal. Hacia las dos de la madrugada del 4 de marzo de 1928, Hemingway volvió a su casa de París después de una noche de copas con el poeta Archibald MacLeish. En el baño, al tocar el cordón de la claraboya, el cristal se le vino encima de la cabeza. Según escribió él mismo, hicieron falta treinta capas de papel higiénico, un trapo de cocina y una astilla de leña a modo de torniquete para cortar la sangre. Le quedó una cicatriz en la frente. En una carta a su editor, Maxwell Perkins, fechada el 17 de marzo, decía que llevaba un par de semanas con un relato que avanzaba solo. Era el principio de Adiós a las armas.

Diez años antes había estado en aquel frente. Llegó a Italia en junio de 1918 como conductor de ambulancias de la Cruz Roja, después de unos meses de reportero en el Kansas City Star, cuya hoja de estilo empezaba pidiendo frases cortas y un inglés enérgico; en 1940 dijo que eran las mejores reglas del oficio. La noche del 8 de julio, en Fossalta di Piave, repartía chocolate y tabaco en las trincheras cuando un mortero austriaco le llenó las piernas de metralla. En el hospital de Milán se enamoró de una enfermera estadounidense, Agnes von Kurowsky.

La retirada de Caporetto, en cambio, había ocurrido en octubre y noviembre de 1917, antes de que él pisara Italia. Michael Reynolds lo documentó en Hemingway’s First War (1976): el frente del Isonzo y la huida hacia el Tagliamento salieron de mapas y de historias militares. La sinopsis de la edición española de Lumen la presenta «inspirada en las vivencias de Hemingway». De las vivencias salieron la herida y la enfermera. La guerra que sostiene el libro salió de la biblioteca.

Lo que hizo con ese material se ve en el primer capítulo, que apenas ocupa dos páginas. Un narrador sin nombre describe un verano en un pueblo frente al río y la llanura, y las tropas que pasan y cubren de polvo los árboles. Las oraciones se encadenan con «y». Se encadenan sin subordinarse y sin valorar nada. Al llegar el invierno empieza la lluvia y con la lluvia el cólera, que se pudo contener, informa el narrador con la sequedad de un parte, de modo que en el ejército murieron de él solo siete mil. Ahí acaba el capítulo, y somos nosotros quienes tenemos que pesar ese «solo».

Quien cuenta es Frederic Henry, teniente estadounidense del ejército italiano, y cuenta desde después. Sabe cómo acaba todo y nunca lo anticipa. En el capítulo 27 dice que palabras como sagrado o glorioso le daban vergüenza y que, junto a los nombres de los pueblos y los números de las carreteras, las palabras abstractas resultaban obscenas. Por entonces, Hemingway copió parte de una entrevista de 1915 en la que Henry James se lamentaba de que la guerra hubiera desgastado las palabras, y escribió encima un título sobre esa degradación. Quitar se había vuelto un método.

En la retirada, los carabineros fusilan a los oficiales que encuentran separados de sus hombres. Frederic se arroja al Tagliamento y desde entonces se da por fuera de la guerra, en paz por su cuenta. El título viene de un poema de George Peele y en inglés tiene un segundo sentido, porque arms son también los brazos. Frederic deja las armas y al final perderá los brazos de Catherine. En castellano el doble sentido no pasa.

El método alcanzó también a su vida. En la introducción que fechó en junio de 1948 para una reedición ilustrada, Hemingway contó que mientras escribía el primer borrador nació por cesárea en Kansas City su hijo Patrick, y que mientras lo reescribía su padre, Clarence, murió por suicidio en Oak Park. No añadió una palabra más.

Treinta años después de la claraboya, en la Finca Vigía, su casa a las afueras de La Habana, George Plimpton lo vio trabajar. Escribía de pie en el dormitorio, sobre la piel gastada de un antílope, con la máquina y un atril de madera a la altura del pecho. Cada mañana reescribía lo del día anterior hasta el punto donde lo había dejado.

El 2 de julio de 1961, en Ketchum, Idaho, Hemingway murió también por suicidio. Seis días antes había salido de la Clínica Mayo, donde desde noviembre de 1960 recibió electrochoques, hasta quince sesiones solo en diciembre según su biógrafo Jeffrey Meyers. En 2017 el psiquiatra Andrew Farah propuso en Hemingway’s Brain una encefalopatía traumática crónica tras al menos nueve conmociones, entre ellas la de la claraboya. Kevin Bieniek, de la Clínica Mayo, la juzgó en gran parte especulativa, porque sin examinar el cerebro no hay diagnóstico.

Antes de 1929 estaban Fiesta (The Sun Also Rises, 1926) y los relatos. En «Colinas como elefantes blancos» (1927), una pareja espera un tren en una estación del valle del Ebro y discute una operación que ninguno nombra; el lector entiende que es un aborto. Hemingway explicó el procedimiento en Muerte en la tarde (1932) con la imagen del iceberg, que se mueve con dignidad porque solo asoma una octava parte. Después llegaron Por quién doblan las campanas (1940), con un inglés plegado a la sintaxis del castellano que ha estudiado Heather Cleary, y El viejo y el mar (1952), que la Academia Sueca citó al darle el Nobel en 1954.

García Márquez (nº 41) lo vio una sola vez, en el bulevar Saint-Michel de París, en la primavera de 1957. Le gritó maestro desde la otra acera y Hemingway le respondió en castellano con un adiós. Lo contó en «Mi Hemingway personal» (1981), donde escribió que Faulkner (nº 4) había tenido que ver con su alma y Hemingway con su oficio.

Para quien llega sin haberlo leído, la novela está hecha de piezas cortas. Se reparte en cinco libros y cuarenta y un capítulos, muchos de pocas páginas. Los dos primeros libros son frente y hospital; la retirada llena el tercero, y desde ahí la historia se acelera hacia Suiza. Quien prefiera ver antes el procedimiento en pequeño tiene «Colinas como elefantes blancos», un relato hecho casi solo de diálogo.

Judith Fetterley, en The Resisting Reader (1978), leyó la muerte de Catherine como el reverso de la idealización: muere porque es mujer. Sandra Whipple Spanier replicó en 1990 que el personaje encarna el código de valor que la crítica reservaba a los hombres de Hemingway. Toni Morrison (nº 34) abrió otra discusión en Playing in the Dark (1992) con Tener y no tener (1937), donde un personaje negro pasa buena parte del libro sin nombre y sirve para medir la virilidad del protagonista blanco. En mi lectura, la novela da la razón a Fetterley y a Spanier a la vez. Catherine tiene el valor, pero Frederic tiene la palabra: sobrevive para contar y decide qué llega de ella al lector.

La edición de 2012 coloca en un apéndice los cuarenta y siete finales alternativos, la parte del iceberg que Hemingway había dejado bajo el agua. Volvemos a la última página sabiendo que el niño pudo vivir y que Fitzgerald quiso despedir el libro con una sentencia. ¿Sigue funcionando la omisión cuando lo omitido está impreso unas páginas más allá?

«Escribir, en el mejor de los casos, es una vida solitaria.»

Discurso para el banquete del Nobel, leído en Estocolmo por el embajador John M. Cabot el 10 de diciembre de 1954 (traducción propia).


Para seguir leyendo

  • Adiós a las armas, Ernest Hemingway (1929); trad. de Miguel Temprano García (Lumen, 2013; Debolsillo, 2014) — la retirada de Caporetto contada por quien no la vio, en capítulos cortos que se dejan leer sin preparación.
  • Fiesta, Ernest Hemingway (1926); trad. de Joaquín Adsuar (Debolsillo) — la novela con la que se dio a conocer, entre París y los sanfermines, donde la omisión ya sostiene una historia larga.
  • Por quién doblan las campanas, Ernest Hemingway (1940); trad. de Lola de Aguado (Debolsillo) — unos días de la guerra de España en la sierra de Guadarrama, contados en un inglés que suena a castellano.

Grupo 3 — Guerra, terror y testimonio. Conexiones con Faulkner (nº 4, Grupo 1), Morrison (nº 34, Grupo 4), García Márquez (nº 41, Grupo 5) y Fitzgerald (nº 74, Grupo 9).

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