Diagnóstico del siglo
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Manifiesto humanista para el siglo XXI · punto 1 · ampliación

Siete de los nueve límites que mantienen habitable el planeta están rebasados, y según la revisión anual del Instituto de Potsdam, publicada en septiembre de 2026, los siete marcan su peor registro. El siglo arranca con dos crisis que avanzan juntas, se alimentan entre sí y no admiten diagnóstico por separado. La primera es material y no necesita interpretación: clima, biodiversidad, agua dulce, ciclos del nitrógeno y del fósforo y, desde 2025, también la acidez del océano; la factura la paga primero quien menos decidió sobre ella. La segunda es política y cuesta más señalarla, porque no deja huella visible: un puñado de corporaciones ha convertido el cómputo, los datos y la atención en propiedad privada, y sobre esa propiedad una familia ideológica reaccionaria ha construido su instrumento de gobierno. Avanzan a la vez por una razón precisa. El desorden ecológico fabrica miedo, y el miedo es la materia prima con la que ese poder compra obediencia a cambio de la promesa de orden. Separar el colapso del planeta del ascenso autoritario pasa por prudencia analítica y es la forma más cómoda de no entender ninguno de los dos. Lo que se cuenta junto se puede combatir junto, y este manifiesto empieza contándolo así.

En 2025 la saturación media de aragonito en la superficie del mar quedó en 2,84. El aragonito es la forma de carbonato cálcico con la que las conchas, los corales y buena parte del plancton se fabrican el esqueleto, y 2,86 es el valor por debajo del cual quienes lo miden dejan de llamar seguro al sistema. Dos centésimas. Por ese margen cruzó el océano la séptima de las nueve fronteras biofísicas del planeta.

Lo cuenta el Planetary Health Check, el chequeo anual del Instituto de Potsdam. La edición de septiembre de 2026 mantiene la cuenta en siete de nueve y añade algo que la anterior no traía: las siete están en su peor registro desde que se miden. Unos meses antes, en abril, la Agencia Internacional de la Energía había dejado en el primer párrafo de otro informe una frase que casi nadie sacó de las páginas de economía. El gasto de capital de solo cinco empresas tecnológicas supera ya lo que el mundo entero invierte en producir petróleo y gas natural.

Los dos documentos son públicos y gratuitos, y nadie serio discute su solvencia. Ninguno cita al otro. Viven en estanterías distintas y los leen personas distintas, que se citan entre ellas y casi nunca a las del otro pasillo.

Que las dos crisis coincidan en el tiempo lo ve cualquiera con un calendario. Me interesa qué se pierde al leerlas por separado, y por qué resulta tan cómodo seguir haciéndolo.

Siete de nueve

Los siete límites transgredidos son el clima, la integridad de la biosfera, el uso del suelo, el agua dulce, los ciclos del nitrógeno y el fósforo, las entidades nuevas —contaminación química y plásticos— y, desde 2025, la acidificación del océano. Los dos que siguen dentro de la zona segura son la capa de ozono y la carga de aerosoles. Son también los únicos que no empeoran.

Copernicus, el servicio climático de la Unión Europea, deja todavía menos hueco a la interpretación. Según sus datos, 2024 fue el año más cálido de la serie y el primero que superó los 1,5 °C sobre el nivel preindustrial; 2025 quedó tercero, a una centésima de grado de 2023, y los once últimos años son los once más cálidos registrados. El trienio 2023-2025 es el primero cuyo promedio rebasa ese 1,5 que casi doscientos gobiernos se comprometieron en París a intentar no cruzar. Eso no equivale todavía a haber roto el Acuerdo, que se mide en promedios de veinte años: el propio Copernicus sitúa el calentamiento de fondo en torno a 1,4 °C y calcula que, al ritmo actual, el umbral se alcanzará antes de que acabe la década. Enero de 2026, por cierto, fue el enero más frío en Europa desde 2010, con la corriente en chorro ondulada dejando bajar aire ártico sobre medio continente. No desmiente nada de lo anterior. Pero conviene decirlo uno mismo antes de que lo diga otro.

El recuento político lo lleva el instituto V-Dem, de la Universidad de Gotemburgo. Su informe de marzo de 2026 cierra el año anterior con noventa y dos autocracias frente a ochenta y siete democracias. El 74 % de la humanidad, unos seis mil millones de personas, vive bajo un régimen autocrático, y un 41 % en países que se están autocratizando ahora mismo, la proporción más alta desde que existe la serie. El nivel medio de democracia del ciudadano corriente del planeta ha vuelto al de 1978. Estados Unidos pierde la condición de democracia liberal por primera vez en más de medio siglo, y entre los diez países que ese año entran en la lista de los que retroceden hay cinco europeos: Italia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia y el Reino Unido.

V-Dem construye sus índices con el juicio codificado de más de cuatro mil doscientos especialistas y recalcula la serie entera cada año, así que la cifra exacta hay que cogerla con pinzas. La dirección aguanta: coincide con mediciones independientes y con hechos que se ven sin índice ninguno.

Hormigón, cobre y megavatios

Los centros de datos del mundo consumieron unos 415 teravatios hora en 2024 y 485 en 2025, un 17 % más en doce meses; los dedicados a inteligencia artificial crecieron un 50 % ese mismo año. La proyección central de la Agencia, revisada en abril de 2026, los lleva a unos 950 teravatios hora en 2030, cerca del 3 % de la electricidad mundial y más o menos lo que consume hoy Japón entero. Su informe del año anterior ya calculaba que en Estados Unidos explicarán casi la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica de esta década, y que hacia 2030 el país gastará más electricidad en procesar datos que en fabricar aluminio, acero, cemento y productos químicos juntos.

Con esos números delante, la frase de la Agencia deja de ser una curiosidad financiera. Cinco empresas que meten en hormigón y servidores más dinero del que el mundo invierte en sacar petróleo y gas del suelo son industria pesada, aunque lo que venden parezca no pesar nada. La industria que decide qué información circula pide suelo y agua para enfriar las máquinas. Sobre todo pide potencia, y la pide en el mismo nudo de la red y a la misma hora que el hospital o el tren de cercanías. Quien haya puesto en casa el horno y la lavadora a la vez sabe lo que pasa: salta la luz. Una red regional no salta. Dice que no a la siguiente conexión, o la manda a una cola de varios años.

La máquina que nos explica el mundo y la que lo calienta han dejado de ser dos máquinas.

Un aviso, porque aquí la tentación de rematar es fuerte y el remate sería falso. Que los centros de datos consuman muchísimo es dato sólido. Que sean el motor del calentamiento, no. Rondaban el 1,5 % de la electricidad mundial en 2024, van camino del 3 % en 2030 y siguen lejos del transporte, la industria pesada, la agricultura y la calefacción. La energía por consulta cae según la propia Agencia a la décima parte o menos cada año, aunque los usos nuevos, como el vídeo o los agentes, gastan cientos o miles de veces más por petición. Quien infle este punto se lo pone fácil a quien quiera tirar abajo el argumento entero.

Lo que el dato sí establece basta. La concentración del cómputo y su huella física salen del mismo consejo de administración y del mismo cálculo de inversión, y esa huella crece más deprisa de lo que aguantan las redes y los sistemas de permisos. La Agencia lo cuenta con sus propias cifras: los pedidos de turbinas de gas subieron un 70 % en 2025, los transformadores no llegan al ritmo que se piden y las conexiones a la red se atascan en la tramitación.

Lo que compra el desorden

El segundo vínculo es político y exige más cuidado, porque es donde más fácil resulta pasarse.

Schaller y Carius revisaron en 2019, para el instituto adelphi, las veintiuna formaciones de derecha populista con más peso en Europa y su voto en el Parlamento Europeo. Dos de cada tres de sus eurodiputados votaban de manera sistemática contra las medidas de clima y energía, la mitad de todos los votos contrarios a resoluciones climáticas salía de ese espacio y siete de los veintiún partidos negaban el origen humano del cambio climático. El estudio tiene siete años y el Parlamento se ha renovado dos veces desde entonces, así que la cifra concreta está caducada. La dirección se ve sin necesidad de estudio en la ofensiva contra el Pacto Verde Europeo.

Lo que no está demostrado, y hay que decirlo sin rodeos, es que el daño ecológico produzca por sí mismo voto autoritario. Es una hipótesis plausible: hay trabajos que la apoyan y trabajos que encuentran lo contrario según el contexto, y nadie ha establecido esa causalidad con la solidez de las mediciones de antes. Presentarla como si la tuviera sería justo el atajo que este manifiesto se prohíbe.

Ninguna riada milita. Pero después de cada una hay alguien esperando en la puerta con una explicación sencilla y un culpable a mano. Tras la dana de octubre de 2024 corrió durante días que el aparcamiento del centro comercial Bonaire, en Aldaia, era un cementerio con cientos de cadáveres que el Gobierno escondía. Los buzos de la UME y la Policía Nacional lo achicaron y no encontraron a nadie. En diciembre seguían circulando unas actas inventadas con 811 muertos.

El mecanismo que se sostiene es más modesto. El proyecto reaccionario no necesita provocar el desastre para sacarle partido. Le bastan dos cosas. Bloquear la respuesta, que consta en las actas de votación y no en conjeturas sobre intenciones. Y vender lo que más se vende cuando el suelo tiembla, orden inmediato y alguien a quien señalar. Ninguna de las dos exige negar el cambio climático. Basta con que cada medida llegue un par de años tarde.

China instala placas

La objeción más seria a todo lo anterior la he oído formulada así, y merece respuesta en vez de desprecio.

Estás juntando dos fenómenos que no tienen por qué ir juntos. Correlación no es causa. China es una autocracia y es, a la vez, el mayor instalador de renovables del planeta. Las democracias europeas quemaron carbón durante siglo y medio sin que nadie les retirara el derecho a votar. Hay gobiernos de derecha radical que no niegan el clima y gobiernos progresistas que amplían aeropuertos. Y meter las dos crisis en un único diagnóstico resulta comodísimo para quien ya traía la posición puesta de casa: cada mala noticia de un lado le confirma la tesis sobre el otro sin tener que demostrar nada.

Concedo la primera parte entera. No sostengo que la crisis ecológica fabrique extrema derecha, ni que la democracia traiga garantía ecológica incorporada. El caso chino demuestra que no la trae, y me obliga a renunciar a la versión fácil del argumento.

Pero el mismo ejemplo enseña otra cosa. En un régimen sin contrapesos la placa se instala igual y la presa se levanta igual. Para llenar el embalse de las Tres Gargantas se trasladó a más de un millón de personas, y quien vive donde se decide la obra no tiene manera de saber qué se decidió ni de pedir cuentas cuando sale mal. Un poder sin control puede acertar, claro que puede. El día que se equivoca nadie lo obliga a rectificar, y con daños de esta escala rectificar a tiempo es lo único que impide que un error se vuelva irreparable.

Queda la parte más afilada de la objeción, la de la comodidad, y en eso lleva razón. La única defensa que conozco es la que he intentado aplicar en todo el texto: decir de cada eslabón qué nivel de prueba tiene, y aceptar que si mañana aparece evidencia que rompe uno, el eslabón se cae en lugar de maquillarse.

Gente que todavía no ha nacido

Hay otra razón para contarlas juntas, y esa ya no sale de ningún informe. Va de plazos.

Cualquier respuesta seria al deterioro del planeta obliga a decidir hoy a favor de gente que todavía no puede reclamar nada. La oferta autoritaria consiste en abolir ese horizonte: orden ahora, culpable ahora, fuerza ahora. Un proyecto construido entero sobre el ahora no tiene dónde alojar una obligación con quien aún no existe, y por eso choca con la respuesta ecológica aunque firme todas las cumbres a las que lo inviten.

Las dos crisis se juegan la misma pregunta, que es quién cuenta.

Tampoco ocurre nada de esto por encima de la cabeza de nadie, y eso impide que el diagnóstico se convierta en una máquina de excusas. Toda emisión tiene detrás una instalación con licencia y número de expediente. Los plazos que se aplazan los aplazan personas con nombre. Un sistema dura mientras cada mañana un número suficiente de personas decide, en su puesto y con lo que tiene a mano, seguir sosteniéndolo. Esa decisión es reversible.

1985

De las nueve fronteras, dos siguen dentro. Una es la capa de ozono, y llegó ahí por un camino que se puede contar con nombres.

En mayo de 1985, Joe Farman, Brian Gardiner y Jonathan Shanklin, del British Antarctic Survey, publicaron en Nature la caída del ozono primaveral que sus aparatos de Halley Bay llevaban años registrando sobre la Antártida. Lo contaron sin adornarlo. Dos años después, en Montreal, un número suficiente de gobiernos firmó un tratado con calendario de eliminación y con restricciones comerciales para quien se quedara fuera, contra la resistencia organizada de una industria que juraba que aquello arruinaría la economía. No arruinó nada. Según la evaluación científica de 2022 de la Organización Meteorológica Mundial y Naciones Unidas, la capa volverá a los valores de 1980 hacia 2040 en la mayor parte del planeta y hacia 2066 sobre la Antártida. Es el único caso completo que tenemos de advertencia científica convertida en obligación planetaria, y se construyó con decisiones pequeñas, tomadas una a una por gente que aquella mañana podía haber hecho otra cosa.

Esa cadena sigue montada. Copernicus mide la temperatura del planeta con dinero público europeo y publica el dato entero, gratis, sin pedirle permiso a nadie. Potsdam repite el chequeo cada septiembre. Más de cuatro mil investigadores sostienen el recuento, país por país, de lo que le está pasando a la democracia. Y la Agencia de la Energía pide en su último informe que las tecnológicas publiquen de forma sistemática cuánto gastan sus máquinas. Ninguna de las cuatro gobierna. Sin medición pública e independiente no hay diagnóstico, y sin diagnóstico solo queda la palabra de quien manda.

Por eso este primer punto no trae programa propio. Es el instrumento con el que se mide todo lo demás, y lo único que le corresponde es volver a pasarse cada cierto tiempo contra lo que de verdad haya ocurrido.

Sostener el instrumento —que el presupuesto siga y que quien firma el dato no dependa de quien lo teme— es un trabajo pequeño y bastante aburrido, al alcance de cualquiera que firme una alegación o se siente en un pleno cuando toca votar el presupuesto. A Farman sus superiores le preguntaron más de una vez para qué seguir midiendo en la Antártida si las cifras llevaban años sin moverse. Siguió. Cuando por fin se movieron, mandaron al sur un espectrofotómetro nuevo para comprobar el viejo, y el nuevo marcó lo mismo.


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