(1956 – en vida) — Estados Unidos
Nadie inventa su género y nadie llega a cumplirlo del todo: se recibe como una lengua y se habla con acento propio. Esa idea, formulada en un libro de teoría, acabó en las pancartas de una guerra que Butler no buscó.
«¡Es una niña!» Alguien lo dice en el paritorio, o ante una ecografía, antes de que la criatura haya hecho nada. En Cuerpos que importan (1993) Butler se detuvo en esa frase. Con ella empieza, según el libro, el trabajo de hacer de la criatura una niña, y ese trabajo se repetirá el resto de su vida.
La frase tiene fuerza porque no es la primera vez que se dice. Quien la pronuncia, médico o matrona, cita una fórmula que ya existía, igual que el juez cita la que declara casada a una pareja. De ese mecanismo, un acto que produce lo que nombra apoyándose en su propia repetición, sale lo que Butler llamó performatividad de género.
La pieza principal venía de J. L. Austin, que había mostrado que ciertas frases modifican el mundo al pronunciarse. Austin la pensó para bodas y bautizos de barcos; la extensión a la identidad es de Butler. La cruzó con el poder de Michel Foucault, que fabrica sujetos además de reprimirlos, y con una tesis de Jacques Derrida según la cual ningún acto performativo triunfa por la intención de quien habla, porque su fuerza depende de que repita un código reconocible. Con esas piezas, el género no expresa una identidad interior anterior al gesto: es el efecto acumulado de gestos citados tantas veces que acaban pareciendo naturaleza.
A los catorce años, en la escuela hebrea, el rabino castigó a Butler por hablar demasiado en clase con unas lecciones particulares de ética, y el castigo resultó ser lo que buscaba: quería entender por qué habían expulsado de la comunidad a Spinoza, si el idealismo alemán tenía alguna responsabilidad en el nazismo y qué era la teología existencial de Martin Buber. Lo contó en 2010 al diario israelí Haaretz. Después vinieron Yale, una tesis de 1984 sobre cómo leyeron a Hegel en Francia Kojève, Hyppolite y Sartre, convertida en libro en 1987, y un ensayo de 1986 sobre Simone de Beauvoir. Del «no se nace mujer: se llega a serlo» Butler retuvo el verbo y le añadió dos preguntas: si hay alguien antes de ese llegar, y si se llega alguna vez del todo.
El género en disputa (1990) llevó esas preguntas contra una certeza del feminismo de los setenta y ochenta: la existencia de «la mujer» como sujeto político estable sobre el que apoyar las reivindicaciones. Butler preguntó por quienes la categoría dejaba fuera. Sus casos fueron Herculine Barbin, persona intersexual del siglo XIX cuyas memorias había editado Foucault, y el drag, cuya parodia deja a la vista el andamiaje de lo que se tiene por natural. Fundar la política en una identidad fija, concluía, era repetir dentro del feminismo la exclusión que el feminismo denunciaba fuera. Parte del movimiento recibió el libro con alarma: si «mujeres» era una categoría inestable, no quedaba claro en nombre de quién se reclamaba.
La expresión «teoría queer» no es de Butler. La acuñó Teresa de Lauretis en un congreso de la Universidad de California en Santa Cruz, en febrero de 1990, el mismo año del libro. Pero fue El género en disputa el libro que la teoría queer adoptó como referencia, y el que siguen discutiendo quienes vinieron después, como Paul B. Preciado, que llevó la pregunta al terreno de las hormonas.
Otra objeción insistía en el cuerpo. Si el género es repetición de normas, ¿qué pasa con la carne que enferma o que recibe los golpes? En el prefacio de Cuerpos que importan Butler cuenta que se lo preguntaban así: «¿Y la materialidad del cuerpo, Judy?». El diminutivo, anota, buscaba sacar a Butler del más formal Judith y devolver la conversación al cuerpo, con un punto condescendiente. El libro contesta que la materialidad también se produce. Normas repetidas durante años sedimentan algo que después se vive como dato bruto, anterior a cualquier construcción, y ese efecto de anterioridad es justo lo que hay que explicar.
En 1999 Martha Nussbaum publicó en The New Republic «The Professor of Parody», un ataque de largo aliento. Le reprochaba una prosa oscura a propósito y una política reducida a la parodia, desentendida del salario desigual o del acoso sexual, y llamó a esa actitud «derrotismo a la moda». La objeción acertaba en algo: la performatividad, sola, no reparte recursos ni cambia leyes. La respuesta de más peso fueron dos libros. En Vida precaria (2004) y Marcos de guerra (2009), escritos a la sombra del 11 de septiembre y de las guerras que vinieron después, Butler preguntó qué vidas se enmarcan como dignas de duelo y cuáles quedan fuera del marco, convertidas en daño colateral sin nombre.
Unos años antes, en Palabras que hieren (1997), había llevado los actos de habla al discurso de odio. Si una palabra puede herir como un golpe, ¿debe el Estado regular el lenguaje como regula la violencia física? Butler desconfía de la respuesta afirmativa, porque la censura estatal, argumenta, se ha vuelto a menudo contra las minorías a las que decía proteger. Desconfía igual de quien cree que las palabras flotan inofensivas. Entre las dos posiciones señala una salida parcial, la resignificación: el insulto que devuelve quien lo recibía, como ocurrió con queer.
Desde los estudios trans llegó una crítica que obligó a precisar. En Second Skins (1998), Jay Prosser reprochó a Butler que celebrara a quien cruza las fronteras del género mientras dejaba fuera el cuerpo de quien cruza las del sexo. Para muchas personas trans la identidad de género es lo menos elegido y lo más temprano que conocen, y la palabra performatividad sonaba a vestuario intercambiable. Butler ha repetido desde los noventa que performativo nunca significó voluntario. La repetición ocurre dentro de normas que constriñen antes de que exista alguien capaz de elegir.
En noviembre de 2017, a las puertas del Sesc de São Paulo, un grupo de manifestantes quemó un muñeco que representaba a Butler, con un sujetador rosa y un sombrero de bruja. Butler había ayudado a organizar allí un congreso sobre democracia y no iba a dar ninguna conferencia sobre género. ¿Quién teme al género? (2024) intenta explicar escenas como esa. Butler lee el pánico al «género» como un fantasma que absorbe miedos ajenos a él, como la precariedad o la pérdida de estatus, y les ofrece un blanco visible.
Las reivindicaciones políticas, los derechos trans o la protección contra la discriminación, necesitan a alguien que las reclame con un nombre ante la ley. La teoría que ayudó a pensar esas identidades como legítimas es la misma que niega que haya una identidad estable antes de ponerse en acto. Pedir reconocimiento para algo que la propia teoría describe como efecto: treinta y seis años después de El género en disputa, en 2026, Butler sigue trabajando ese nudo desde dentro, y no lo ha deshecho.
*«El género es una suerte de imitación para la cual no hay original.»* — Judith Butler, «Imitación e insubordinación de género» (1991)
— «Imitación e insubordinación de género» (1991)
Para seguir leyendo
- El género en disputa, Judith Butler (1990) — la obra fundadora; densa, pero el argumento central se sigue sin dominar todo su vocabulario psicoanalítico.
- Vida precaria, Judith Butler (2004) — la puerta de entrada más directa: las mismas herramientas aplicadas a la pregunta de qué vidas merecen duelo.
- ¿Quién teme al género?, Judith Butler (2024) — escrito para un público amplio, explica la ofensiva contra el «género» con ejemplos de medio mundo.
Grupo 4 — Los cartógrafos del poder invisible.
Otros del grupo
← Volver al índice del libro · 101 filósofos y pensadores
Descarga libre
Los 3 filósofos de este grupo, reunidos en un libro con portada, para leerlos seguidos o sin conexión.
Grupo 4 — Los cartógrafos del poder invisible · ePub · 398 KB
Formato ePub, el que abren Apple Books, Google Play Books, Kindle (convirtiéndolo) y casi cualquier lector. Sin registro, sin correo, sin nada.
Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.
Este sitio es un proyecto de RedBeta