Mark Johnson (n. 1949)
Tiempo de lectura: 5 minutos

(1949 – en vida) — Estados Unidos

La filosofía occidental soñó con una razón sin peso ni lugar. Johnson se dedicó a buscarle los pies.

Un argumento se sostiene o se viene abajo. El plazo de entrega se nos echa encima. Quien habla así no cree estar haciendo poesía, y Mark Johnson lleva casi medio siglo intentando averiguar qué hace entonces.

Johnson se doctoró en la Universidad de Chicago en 1977, con Paul Ricœur y Ted Cohen como directores. Ricœur había publicado dos años antes La metáfora viva, donde defendía que la metáfora inventa sentido y obliga a redescribir la realidad. Johnson se llevó esa pregunta a la Universidad del Sur de Illinois, donde enseñó antes de llegar a la de Oregón, y la cruzó con la de un lingüista de Berkeley que venía de pelearse con Chomsky por el lugar del significado en la gramática: George Lakoff. Los dos habían nacido un 24 de mayo, Lakoff en 1941 y Johnson en 1949.

El libro que firmaron juntos, Metaphors We Live By (1980), publicado en España como Metáforas de la vida cotidiana, sostenía algo que hoy suena casi a sentido común y entonces sonaba a provocación: las metáforas están en el pensamiento antes que en el lenguaje. Decimos que atacamos una posición o que hemos ganado el debate porque concebimos la discusión como una guerra. Una cultura que la concibiera como un baile, proponían, discutiría de otra manera. A ese mecanismo lo llamaron metáfora conceptual: tomamos la estructura de algo que conocemos con el cuerpo, como el espacio o la lucha, y la usamos para organizar algo que no se puede tocar. En sus últimos capítulos el libro rechazaba a la vez dos mitos, el objetivista, que imagina un significado literal fijado por el mundo, y el subjetivista, que lo deja todo en manos de la imaginación de cada cual.

Faltaba explicar de dónde sale la estructura que esas metáforas transportan, y Johnson lo intentó solo en The Body in the Mind (1987). Un niño mete cosas en una caja y las vuelve a sacar; se cae muchas veces antes de aprender a sostenerse. De esa experiencia repetida quedan patrones que todavía no son conceptos, como el dentro y el fuera, el equilibrio o el camino que va de un origen a una meta. Johnson los llamó esquemas de imagen. Cuando alguien está fuera de sí o una relación no va a ninguna parte, proyectamos esos patrones sobre algo que no tiene interior ni camino.

El nombre viene de Kant, y la discusión también. Kant necesitaba un esquema que mediara entre las categorías puras del entendimiento y lo que llega por los sentidos, y lo situó en un plano trascendental, anterior a toda experiencia. Johnson conserva la palabra y le retira la pureza: el esquema nace de la experiencia corporal y no sale de ella. Doce años después, en Philosophy in the Flesh (1999), Lakoff y Johnson llevaron la idea hasta el final. Pretendían algo más fuerte que la obviedad de que hace falta un cuerpo para pensar: que la forma misma de razonar procede de los detalles del cuerpo y del cerebro que tenemos. Con esa lente releyeron cinco conceptos centrales de la filosofía, entre ellos el tiempo y el yo, y después ocho sistemas enteros, de los presocráticos a la teoría de la elección racional, buscando las metáforas que sostenían cada uno sin que su autor lo supiera.

La consecuencia ética la había sacado antes, en Moral Imagination (1993). Si pensamos proyectando lo que el cuerpo aprendió sobre situaciones que nunca vio, deliberar se parece más a improvisar con oficio que a ejecutar una ley universal, como esperaba la tradición kantiana. Uno se figura qué pasaría y a quién alcanzaría, y decide con esa figuración delante. Detrás de esta ética hay un interlocutor al que Johnson llegó tarde. Había oído hablar del pragmatismo en Chicago, pero no volvió a él hasta principios de los ochenta, cuando se sentó como oyente en el seminario de su colega Tom Alexander sobre Experience and Nature, de John Dewey. Desde entonces Dewey es su compañía más constante, también en Morality for Humans (2014), donde la ética se mira desde la ciencia cognitiva.

Dentro de este grupo, Johnson llega con otras herramientas. Merleau-Ponty (nº 16) había descrito desde la fenomenología un cuerpo que entiende el mundo antes de que la conciencia lo nombre. Varela (nº 21), con Evan Thompson y Eleanor Rosch, llevó esa intuición a la biología y a la ciencia cognitiva en The Embodied Mind (1991). Johnson trabaja con un material más humilde, miles de frases corrientes, y con una ambición mayor: que ese material cuente como evidencia empírica sobre cómo está hecha la mente. Esa ambición es su fuerza. También es el flanco por donde le han llegado las objeciones.

La más seria vino de dentro del campo. Zoltán Kövecses, uno de los autores centrales de la teoría de la metáfora conceptual, recogió en 2008 la crítica al método: muchos trabajos parten de unos cuantos ejemplos sacados de la propia intuición o del diccionario, postulan la metáfora y la confirman con más ejemplos del mismo tipo, sin mirar cómo habla la gente en textos reales. Casi todo ese material, además, estaba en inglés. La psicología experimental añadió otra reserva. En su revisión de 2018 en Psychological Bulletin, Keith Holyoak y Dušan Stamenković concluyeron que la evidencia es mixta y que el vínculo entre cuerpo y metáfora, aunque existe, es más débil de lo que algunos teóricos habían sugerido. Hay además indicios de que las metáforas muy convencionales se procesan como palabras corrientes, sin activar el dominio del que proceden. Quien dice que los precios han subido quizá no esté pensando en ninguna altura. La teoría no tiene todavía una respuesta cerrada a eso.

Queda otra objeción, esta filosófica. Si toda razón descansa en metáforas que dependen de cuerpos contingentes, la tesis de Lakoff y Johnson tampoco escapa a esa condición, y cuesta ver por qué debería imponerse a la vieja metáfora de un espíritu sin cuerpo que mira el mundo desde fuera. Su respuesta es lo que llamaron realismo corporeizado: los cuerpos humanos se parecen lo suficiente, y el mundo resiste lo suficiente, como para que existan universales modestos sin necesidad de una razón trascendente. La respuesta da cuenta de por qué nos entendemos, pero deja abierta la pregunta de por qué, entre dos sistemas de metáforas, uno debería ganar una discusión.

Hasta 2026, Johnson ha seguido trabajando en la misma dirección, casi siempre a cuatro manos con gente de otras disciplinas: Out of the Cave (2021), con el neuropsicólogo Don Tucker, y Mind in Nature (2023), con el neurocientífico Jay Schulkin, donde Dewey y la neurociencia actual se leen el uno al otro. Entretanto la pregunta ha cambiado de sitio. Los grandes modelos de lenguaje han aprendido de incontables frases en las que alguien dijo que un argumento se viene abajo, sin haberse caído nunca. Si Johnson tiene razón, manejan la huella verbal de una experiencia que no han tenido. Si esa huella les basta para usar bien la frase, habrá que averiguar cuánto de lo que llamábamos comprender estaba ya en las palabras, y cuánto en unas rodillas que se doblaron la primera vez.

«Lo que siempre ha hecho posible la ciencia es nuestra corporeización, no nuestra trascendencia de ella.»

— George Lakoff y Mark Johnson, Philosophy in the Flesh (1999)

Para seguir leyendo

  • Metáforas de la vida cotidiana, George Lakoff y Mark Johnson (1980) — la puerta más amable: breve, hecho de ejemplos corrientes, y capaz de cambiar cómo se oye una frase hecha.
  • El cuerpo en la mente, Mark Johnson (1987) — la obra en solitario donde nacen los esquemas de imagen y la discusión con Kant.
  • Philosophy in the Flesh, George Lakoff y Mark Johnson (1999) — en inglés; la versión más ambiciosa de la tesis y la que más objeciones ha recibido.

Grupo 3 — Los que escucharon el cuerpo antes que la mente.

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