Francisco Varela (1946 – 2001)
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(1946–2001) — Chile / Francia

Pensó la vida como un sistema que no hace otra cosa que fabricarse a sí mismo, hora tras hora, célula a célula. Después su propio hígado dejó de poder hacerlo, y tuvo que alojar el de un muerto reciente para seguir existiendo.


Hubo una imagen que gobernó la ciencia de la mente durante medio siglo: el cerebro como un espejo que refleja, con mayor o menor fidelidad, un mundo ya hecho. El buen conocimiento sería el cristal limpio; el error, la mancha. Varela dedicó su trabajo a mostrar que ese espejo no existe.

Su ausencia, lejos de dejarnos a ciegas, nos sitúa en un terreno más exigente: el de un mundo que el ser vivo hace aparecer mientras se mueve en él, en lugar de encontrárselo ya dado. Y Varela llegó hasta esa idea desde la biología, antes que desde la teoría del conocimiento. Formado en Santiago y doctorado en Harvard en 1970 con una tesis sobre la retina de los insectos, dirigida por el premio Nobel Torsten Wiesel, se preguntó qué distingue a una célula viva de un cristal o de una llama. La respuesta que construyó con su maestro Humberto Maturana invierte el orden habitual. Una célula, para ellos, es ante todo un proceso: produce sin descanso los mismos componentes y la misma frontera que a su vez lo producen a él. La membrana fabrica el metabolismo que fabrica la membrana. El sistema se cierra sobre su propia producción y, al cerrarse, se recorta del medio. A esa organización circular la llamaron autopoiesis —del griego, «producción de sí»—. Lo que extrajeron de ahí pesa más que el término. Para un sistema así, del entorno solo cuenta lo que afecta a su continuidad; lo demás, sencillamente, no existe para él. Vivir ya es conocer. La cognición arranca mucho antes de lo que suponíamos, en la primera bacteria que distingue el azúcar del veneno, porque en esa distinción le va la continuidad de su propio proceso. De esa bacteria a nosotros cambia la complejidad; el principio es el mismo.

De ahí parte el segundo movimiento, el que lo sacó de la biología teórica y lo metió de lleno en la filosofía. Si el organismo más simple ya hace surgir un mundo de significaciones a su medida, el sistema nervioso solo cambia la escala del asunto. De cuerpo presente (1991), escrito con Evan Thompson y Eleanor Rosch, lleva esa intuición hasta la mente humana y le pone nombre: enacción. Conocer no es representar un mundo previo; es traerlo a la mano en el acto mismo de habitarlo. El color es el ejemplo que Varela usaba cuando la abstracción amenazaba con cerrarse: no hay rojos esperando ahí fuera a ser captados por un detector neutral. El rojo surge del acoplamiento entre una superficie, una luz y un sistema visual con esta historia evolutiva y no otra. Cambia el animal y cambia el color, sin que ninguno se equivoque. Ese mundo percibido ocupa un lugar que incomoda a la filosofía: demasiado dependiente del organismo para ser el dato objetivo del realismo, demasiado atado a la materia para ser una invención de la mente. Emerge en la frontera donde el organismo y su entorno se especifican mutuamente.

Aquí Varela toca a Merleau-Ponty (nº 16) sin disolverse en él. La carne que percibe desde dentro, la intencionalidad motriz que conoce el mundo manejándolo antes de pensarlo: todo eso lo hereda la enacción y lo lleva a un terreno que el fenomenólogo no pisó, el de la biología experimental y la dinámica de los sistemas nerviosos. Y lo cruza con algo que descolocó a buena parte de sus colegas: el budismo. Practicante serio, discípulo de Chögyam Trungpa, Varela encontró en la tradición de Nagarjuna una intuición que la fenomenología occidental rozaba sin atreverse a sostenerla. Si no hay un mundo dado ni un yo sustancial detrás de la experiencia, solo procesos que se especifican unos a otros, el suelo firme que buscábamos se esfuma. Y esa falta de fundamento, lejos de abrir la puerta al nihilismo, es la condición misma de que algo aparezca. La llamó groundlessness, ausencia de suelo, y sostuvo que puede habitarse sin vértigo y sin nostalgia del fundamento perdido. Ahí es donde sus críticos se plantan: ¿qué impide que un mundo «traído a la mano» por cada organismo se deslice hacia un relativismo donde cada cual enacta su propia verdad? Varela respondía que el acoplamiento no es libre, que un organismo mal acoplado muere; pero la acusación de que su «término medio» entre realismo e idealismo es una posición inestable lo acompañó hasta el final, y sigue abierta.

El tercer movimiento es el más arriesgado, y el que más le costó en crédito académico. Hacia 1996 propuso atacar de frente el problema que la filosofía de la mente daba por insoluble: cómo es que un puñado de neuronas produce la experiencia vivida, el sabor de esto, el dolor de aquello. Su apuesta, la neurofenomenología, tenía un objetivo más modesto y más astuto que resolver el enigma de un golpe argumental: romper el aislamiento entre los dos lados. Por una parte, el registro en tercera persona de la actividad cerebral. Por otra, una descripción en primera persona disciplinada, entrenada con el rigor de la fenomenología husserliana y de las técnicas contemplativas, lejos de la confesión ingenua. Los dos debían restringirse mutuamente: el dato subjetivo orientando la búsqueda neuronal, el hallazgo neuronal afinando la descripción vivida. No era pura especulación. En un estudio de 1998 publicado en Nature, su equipo de París mostró que la percepción de una forma con sentido —un rostro que emerge de un patrón ambiguo— iba acompañada de oscilaciones sincronizadas entre regiones cerebrales distantes, una integración a gran escala que parecía el correlato del instante en que algo cuaja en experiencia. Los escépticos respondieron, con parte de razón. Una sincronía es una correlación, por elegante que sea, y no salva por sí sola el abismo explicativo. La introspección entrenada sigue sin garantías de fiabilidad entre observadores. Y, en el peor diagnóstico, Varela habría cambiado de sitio el problema difícil sin llegar a cerrarlo. La objeción es seria. A su favor queda algo que nadie le discute: devolvió la pregunta por la experiencia a un laboratorio que la había expulsado.

Su biografía no es una alegoría de sus tesis, y sería fácil forzarla hasta volverla una. Pero hubo un punto en que la vida y el concepto se tocaron sin intermediario. El teórico del sistema que se produce a sí mismo, que cifra su identidad en cerrarse sobre su propio proceso, contrajo una hepatitis C que fue arruinando el órgano encargado de esa producción callada. En 1998 recibió un trasplante de hígado. Y entonces el hombre que había pensado el cuerpo como autopoiesis tuvo que pensarse a sí mismo incorporando la víscera de un muerto reciente, un fragmento de otro alojado en el centro de su metabolismo. En Intimate Distances (2001), escrito poco antes de morir, relató esa experiencia con los instrumentos de Husserl: palparse el costado, sentir el límite del órgano nuevo, reconocer que la frontera entre el yo y lo ajeno, tan nítida en su teoría de la célula, se había vuelto un territorio negociado y sostenido a diario por los inmunosupresores que impiden al cuerpo expulsar lo que ahora lo mantiene vivo. El sistema que se cerraba sobre sí seguía existiendo gracias a que se le impedía rechazar lo extraño. Murió en París el 28 de mayo de 2001.

Su rastro es hoy más ancho que su fama. La cognición 4E —encarnada, embebida, enactiva y extendida— arranca en buena parte de aquí; Evan Thompson prolongó el programa en Mind in Life (2007), reconstruyendo el arco entero desde la autopoiesis hasta la neurofenomenología. La neurociencia contemplativa, el campo de estudios sobre la meditación que Varela impulsó al cofundar el Instituto Mente y Vida con el Dalái Lama, es ya una disciplina con laboratorios propios. Y su intuición resuena en quienes, como Damasio (nº 72), devolvieron el sentir corporal al centro de la mente, o en la línea de la metáfora encarnada que recorre este mismo grupo hasta Mark Johnson (nº 22). Queda una deuda sin saldar, la más dura. La enacción da buena cuenta de la percepción y de la acción; cuando se trata del pensamiento abstracto o de planificar a años vista, su capacidad explicativa flaquea, y no faltan quienes sostienen que ahí siguen haciendo falta representaciones en el sentido clásico. Varela murió sin responder a esa objeción. La dejó viva, que es otra manera de seguir pensando: la pregunta por cómo la carne llega a conocer no se cerró con él, y nadie la ha cerrado después.

«Todo hacer es conocer y todo conocer es hacer.»

—Humberto Maturana y Francisco Varela, El árbol del conocimiento (1984)

Para seguir leyendo

  • El árbol del conocimiento, Humberto Maturana y Francisco Varela (1984) — La puerta de entrada: escrito para el lector no especializado, lleva de la célula a la sociedad sin pedir conocimientos previos ni renunciar al rigor.
  • De cuerpo presente, Francisco Varela, Evan Thompson y Eleanor Rosch (1991) — La obra capital de la enacción, donde la ciencia cognitiva, la fenomenología y el budismo se cruzan por primera vez en un mismo argumento.
  • Mind in Life, Evan Thompson (2007) — La continuación escrita por su colaborador más cercano; traza el camino completo de la autopoiesis a la neurofenomenología para quien quiera el sistema entero. Sin edición española consolidada.

Grupo 3 — Los que escucharon el cuerpo antes que la mente.

Otros del grupo

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