El cuerpo y la mente bajo el capitalismo

El cuerpo y la mente bajo el capitalismo

Tiempo de lectura: 9 minutos

Manifiesto humanista para el siglo XXI · punto 9 · ampliación

Medicina, psiquiatría y sociología archivan por separado lo que es una sola factura: el capitalismo daña el cuerpo, la mente y el vínculo entre las personas, tres heridas con un origen común. El cuerpo la paga en enfermedad cardiovascular, dolor crónico y agotamiento que ninguna revisión anual corrige, porque buena parte de la causa es laboral aunque se exprese en biología: turnos que no respetan el sueño, empleos que obligan a sumar otro. La OMS y la OIT calcularon en 2021 que las jornadas de cincuenta y cinco horas o más causaron unas 745.000 muertes por ictus y cardiopatía isquémica en un solo año. La mente la paga en ansiedad, insomnio y adicciones, diagnosticadas una por una como fallos personales cuando beben en gran medida de la misma fuente: una exigencia de disponibilidad permanente que trata el descanso como tiempo improductivo y llama emprendimiento a la precariedad. El lazo social se rompe casi en silencio, en una soledad que la OMS asoció en 2025 a cientos de miles de muertes al año. Tratar cada síntoma por separado —terapia, receta— alivia sin tocar la causa, y esa separación es una elección política antes que un límite técnico: cuesta menos financiar el tratamiento que transformar la vida material que lo provoca. Afirmamos que la salud, la vivienda y la educación son condiciones materiales de la dignidad y no admiten margen comercial. Ninguna receta sostiene una mente en calma, ni un cuerpo sano, sobre una vida material insegura.

El 12 de febrero de 2021, el primer ministro japonés Yoshihide Suga nombró a Tetsushi Sakamoto ministro de la Soledad. Sakamoto ya se ocupaba de la natalidad y de la revitalización de las regiones, y conservó las dos carteras. Lo primero que anunció fue un foro extraordinario, a finales de febrero, para escuchar a gente que vivía sola.

El país que creó ese cargo es el mismo que décadas antes le había puesto nombre a otra cosa: karoshi, morir por exceso de trabajo. Japón tiene una palabra para la muerte que produce el empleo y un ministro para la que produce el aislamiento. La soledad depende de la Oficina del Gabinete. El karoshi, desde su ley de 2014, del Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar. Edificios distintos, estadísticas distintas.

En España archivamos igual, con menos ceremonia. De ahí arranca el punto 9 del manifiesto, y esa separación tiene funcionarios y códigos de diagnóstico a los que se puede seguir el rastro.

Lo que el cuerpo apunta

En mayo de 2021, la OMS y la OIT publicaron en Environment International la primera estimación mundial de lo que cuestan las jornadas largas. Calcularon que trabajar cincuenta y cinco horas o más a la semana se cobró en 2016 unas 745.000 muertes por ictus y cardiopatía isquémica, un 29 % más que en el año 2000. Es una estimación de modelo, con sus márgenes de error, y aun así el mejor dato que tenemos, y coloca la jornada larga como el factor de riesgo laboral con más carga de enfermedad del planeta. Las muertes llegan tarde, a veces décadas después de los turnos que las prepararon. Nadie relaciona el ictus de un jubilado con las horas extra de 1998.

El sueño tiene su propio expediente. En junio de 2019, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer mantuvo el trabajo nocturno en el grupo 2A, probablemente cancerígeno para los humanos. La letra pequeña importa: evidencia limitada en personas, suficiente en animales de experimentación y mecanística sólida. Es una sospecha bien fundada y así hay que leerla. Según la propia agencia, trabaja de noche uno de cada cinco trabajadores del mundo.

Y luego está el mapa. En 2022, la esperanza de vida al nacer en Pedralbes, en Barcelona, fue de 87,67 años; en Vallbona, al otro extremo de la ciudad, de 77,66. Catorce kilómetros. Marc Sáez, catedrático de Estadística en la Universitat de Girona, hizo la división y le salieron ocho meses y medio de vida por cada kilómetro hacia el norte. La renta disponible por habitante de Pedralbes casi triplica la de Vallbona.

Nadie en Vallbona heredó peores genes por kilómetro.

La baja que no tiene autor

En 2024 hubo en España 671.618 bajas laborales por trastornos mentales y del comportamiento, según el informe Salud mental y trabajo de UGT, elaborado con datos de la Seguridad Social. En 2016 habían sido 283.999. Los siete primeros meses de 2025 ya sumaban 420.783, dos de cada tres de mujeres. Los trastornos mentales son hoy la segunda causa de incapacidad temporal del país, y en 2023 esas bajas duraron de media dos veces y media más que el resto.

Ahora el otro número. PANOTRATSS, el sistema que registra en España las enfermedades causadas o agravadas por el trabajo que no entran en el cuadro oficial, anotó entre 2018 y 2024 un total de 808 trastornos mentales. Ochocientos ocho en siete años.

La comparación no es limpia, y lo digo antes de que me lo digan. Muchas de esas bajas no tendrán origen laboral, y el registro mide otra cosa. Pero buena parte de la distancia entre las dos cifras sale de una decisión normativa. Los trastornos mentales no figuran en el cuadro de enfermedades profesionales aprobado en 2006, así que quien quiera que su ansiedad se reconozca como laboral tiene que demostrar que el trabajo fue la causa exclusiva. Exclusiva. Así no enferma nadie. La inmensa mayoría de esos procesos se tramita como contingencia común, la misma casilla que una gripe o un esguince jugando al pádel.

El formulario ya trae escrita la conclusión: esto le ha pasado a usted.

¿Cuánto de ese sufrimiento viene del empleo? En marzo de 2023, el informe PRESME, elaborado por una comisión de expertos vinculada al Ministerio de Trabajo y coordinada por el epidemiólogo Joan Benach, estimó que un empleo estable evitaría unos 170.000 de los 511.000 casos de depresión de la población activa. Es un cálculo de fracción atribuible y depende de sus supuestos. El mismo trabajo situaba en el 47,5 % la proporción de personas trabajadoras en situación precaria. Qué parte exacta de las 671.618 bajas habría desaparecido con otro contrato, no lo sé. Nadie lo sabe todavía.

Lo que no se reconoce como laboral se trata con lo que hay a mano. En su informe de 2021, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes colocó a España como el país del mundo que más benzodiacepinas consume, con unas 110 dosis diarias por cada mil habitantes. En mayo de 2026 se seguía citando ese primer puesto, con un dato añadido: dos de cada tres envases se recetan a mujeres. La pastilla funciona. Hace exactamente lo que promete, que es apagar la alarma.

No sabe en qué edificio está el fuego.

Una de cada seis

El 30 de junio de 2025, la Comisión de la OMS sobre Conexión Social publicó su informe. Una de cada seis personas del mundo sufre soledad, y esa soledad se asocia a más de 871.000 muertes al año, unas cien por hora. La cifra sale de estudios observacionales y describe una asociación, y la propia comisión la presenta con esa cautela. Más me interesa otro dato del mismo informe. La soledad ronda el 24 % en los países de renta baja y el 11 % en los de renta alta, el doble donde falta casi todo lo demás.

En España, el Barómetro de la soledad no deseada de 2024, de las fundaciones ONCE y AXA, la sitúa en el 20 % de la población adulta, con un 13,5 % que la arrastra desde hace dos años o más. Y contra el tópico de la anciana sola junto al transistor, la prevalencia más alta está entre los 18 y los 34 años: el 29,5 %. Un año antes, el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada había estimado su coste en 14.141 millones de euros anuales, el 1,17 % del producto interior.

La vivienda, que el párrafo del manifiesto nombra junto a la salud y la educación, cose las tres heridas con el mismo hilo. Según el Informe Anual 2025 del Banco de España, publicado el 18 de junio de 2026, el 32,5 % de los hogares que alquilan dedica más del 30 % de su renta neta al alquiler. En Sevilla esa proporción llega al 46,8 %, y en Málaga, Barcelona y Madrid también pasa del 40 %.

Un alquiler así se lleva algo más que dinero. Obliga a mudarse lejos de quien te conoce y a aceptar el segundo empleo que se come la tarde del domingo. En 2016, Hugo Vásquez-Vera y su equipo compararon en el Journal of Urban Health la salud de las personas afectadas por la hipoteca en Cataluña con la de la población general. Mala salud mental en el 90,6 % de las mujeres de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, frente al 15,5 % de las mujeres en general; en los hombres, el 84,4 % frente al 10,2 %. Es un estudio transversal, con una muestra que se selecciona sola, y no prueba causalidad. Una distancia de setenta puntos, aun así, no se explica con un sesgo de muestreo.

Por qué esta persona, por qué esta población

En 1985, el epidemiólogo británico Geoffrey Rose publicó en el International Journal of Epidemiology un artículo cuyo título se ha convertido en herramienta: individuos enfermos y poblaciones enfermas. Preguntar por qué enferma esta persona y preguntar por qué esta población tiene tantos enfermos son dos preguntas distintas, con respuestas distintas. Si todo el mundo en una ciudad fumara veinte cigarrillos al día, ningún estudio que comparase a sus vecinos entre sí descubriría el tabaco. Las diferencias se explicarían por los genes, la suerte o el carácter, y la causa común quedaría invisible por ser común.

Eso le pasa a la consulta con la ansiedad. Busca qué distingue a esta paciente de su vecina, y lo encuentra: un rasgo, una historia, una vulnerabilidad. Y es verdad. Lo que no alcanza a ver desde la silla es lo que comparten las dos, el alquiler y el contrato de tres meses. Mark Fisher lo llamó en 2009 la privatización del estrés: convertir en desajuste químico de cada cual una condición que es de todos.

Friedrich Engels, con veinticuatro años, lo había dicho con menos cortesía. En La situación de la clase obrera en Inglaterra, de 1845, sostuvo que cuando una sociedad coloca a cientos de obreros en condiciones que los llevan a una muerte prematura comete un crimen tan real como el que se ejecuta con un arma, con la diferencia de que nadie ve al asesino. Lo llamó asesinato social. La palabra es dura y no la suscribo entera, porque asesinato supone intención, y lo que describen los datos de este texto se parece más a una indiferencia bien organizada. El núcleo, aun así, aguanta.

Aquí tengo que frenar mi propio argumento, porque hay una manera de llevarlo demasiado lejos. Decirle a una mujer con crisis de angustia que lo suyo es el capitalismo puede ser otra forma de no escucharla. Las personas no son el efecto mecánico de una estructura. Con el mismo contrato y el mismo alquiler, una se hunde y otra aguanta, esa diferencia importa, y la terapia y el fármaco la atienden con razón. Lo que el manifiesto pide es que la consulta deje de ser el único sitio donde se mira. Lo estructural es la parte de la factura que se puede cambiar votando.

La objeción que más pesa

La versión más honesta del argumento contrario dice esto. Ningún sistema en la historia ha alargado tanto la vida humana como el que este punto acusa. Según las Naciones Unidas, la esperanza de vida mundial llegó a 73,3 años en 2024, 8,4 más que en 1995, y las economías de mercado han vivido más que las que intentaron abolirlo. Además, parte del aumento de los trastornos mentales puede ser un espejismo. En 2023, Lucy Foulkes y Jack Andrews, de la Universidad de Oxford, propusieron la hipótesis de la inflación de la prevalencia: las campañas de concienciación llevarían a algunas personas a leer como trastorno un malestar corriente, y esa etiqueta acabaría agravando los síntomas.

La primera objeción es cierta en el agregado, y la historia de cómo se ganaron esos años es más complicada que el mercado actuando a solas. El historiador Simon Szreter estudió la Inglaterra industrial y describió una secuencia que llamó las cuatro D, por sus iniciales en inglés: ruptura, privación, enfermedad y muerte. Según su tesis, el crecimiento fabril empeoró la mortalidad de las ciudades donde se concentró, y la mejora llegó cuando los ayuntamientos, empujados por un electorado obrero, tendieron alcantarillas y llevaron agua potable. La tesis está discutida. Entre 2020 y 2021, Romola Davenport le replicó en la Economic History Review que no hay pruebas sólidas de una caída tan brusca de la esperanza de vida urbana entre 1830 y 1850. Las alcantarillas, en cualquier caso, las pagaron las arcas municipales. Y en el presente, el agregado esconde el mapa: los años que suma la media mundial no llegan igual a Vallbona que a Pedralbes.

La segunda la tomo todavía más en serio, porque sale de la propia psicología. Es posible que una parte del aumento de bajas por ansiedad mida concienciación más que enfermedad, y los propios autores piden que se ponga a prueba. Pero la hipótesis explica mejor por qué crece el diagnóstico que por qué se reparte por código postal. La esperanza de vida no se autodeclara. El ictus tampoco.

Dejo aquí una afirmación que se puede comprobar. Si en la revisión de 2035 las comunidades autónomas que hayan contenido el precio del alquiler y reconocido el origen laboral del trastorno mental no presentan menos bajas psiquiátricas por cada mil afiliados que las que no lo hayan hecho, este punto se habrá equivocado en algo importante, y habrá que escribirlo.

El cuadro de 2006 y la panadera

La agenda del manifiesto pide para la década de 2030 que la salud mental colectiva se trate como asunto de salud pública con remedio estructural. Algunas piezas ya están en el suelo.

En mayo de 2018 bastó un real decreto, el 257/2018, para incorporar al cuadro de enfermedades profesionales el cáncer de pulmón por polvo de sílice. No hizo falta una ley. El mismo cuadro puede abrirse a los trastornos mentales de origen laboral, y UGT ya lo ha pedido por escrito.

La otra pieza es más pequeña y más vieja. En 2008, los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona empezaron a tejer una red de vecinos, comercios y farmacias para localizar a personas mayores que viven solas. Se llama Radars. El mecanismo cabe en una frase: una panadera nota que una clienta lleva tres días sin bajar a por el pan, y hay un teléfono al que llamar. Cualquier ayuntamiento puede adherirse con un convenio que no le cuesta un euro, solo el compromiso de respetar el método y citar su origen. No conozco una evaluación con grupo de control que diga cuántas vidas ha alargado. Sé que la red funciona; lo que consigue está todavía por medir.

Lo que nos toca es poco épico. Preguntar en el propio ayuntamiento si existe una red así y, si no existe, pedirla. Apuntarse a la que haya. Exigir que el trastorno mental de origen laboral entre en el cuadro de 2006. Y defender, cada vez que se vote, lo que permite que la panadera tenga tiempo de mirar: una jornada que termina y un alquiler que no exige un segundo empleo.

Tetsushi Sakamoto fue ministro de la Soledad menos de ocho meses. En agosto de 2026, en Andorra, que acababa de adaptar el modelo de Barcelona, una farmacia dio el aviso de una persona mayor de la que los servicios sociales no tenían constancia.


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