Compañeros de viaje, identidad propia
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Manifiesto humanista para el siglo XXI · punto 14 · ampliación

En cualquier manifestación decente caben banderas que entre ellas no se hablan, y así debe ser: compartir calle y urna no exige compartir doctrina. Nos aliamos con socialistas, eurocomunistas y todo progresismo humanista que no pida el carné antes de dar la mano, porque el terreno común —justicia social, redistribución, servicios públicos, antifascismo sin matices— es real y merece defenderse sin confundirlo con una identidad. Alianza, no matrimonio: la primera sostiene la discrepancia; el segundo, en cuanto deja de admitir fisuras, se convierte en absorción. Firmamos lo que compartimos. Y decimos ya, para que nadie las descubra tarde, las dos discrepancias que mantenemos. Una: no subordinamos este proyecto a la ortodoxia ni al vocabulario heredado de ningún partido, ni convertimos a un pensador del siglo veinte en escritura sagrada. Dos: el antiimperialismo no es un cheque en blanco. Quien blanquea a Putin o aplaude a un régimen autoritario solo porque incomoda a Washington ya ha cambiado de bando, aunque siga cantando lo mismo. Con quien lo haga compartiremos manifestaciones y hasta alguna victoria puntual. No compartiremos manifiesto, porque un texto lo firma la coherencia, y la conveniencia del momento caduca con el momento.

El 17 de enero de 1988, la dirección de la República Democrática Alemana encabezaba en Berlín Este, como cada invierno, la marcha oficial en memoria de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, asesinados en 1919. Era un rito de Estado, con tribuna y consignas aprendidas. Ese año, un grupo de opositores, casi todos personas a las que el régimen negaba el permiso para salir del país, desplegó unas pancartas con una frase de la homenajeada: la libertad es siempre la libertad de quien piensa distinto. La Stasi detuvo a unas ciento veinte personas, la mayor redada desde la revuelta obrera de junio de 1953. Cuando la cineasta Freya Klier y otros disidentes reclamaron su liberación, acabaron detenidos también.

Un Estado que se decía heredero de Luxemburg encarceló a quien la citaba en su propio homenaje.

La frase tiene una historia que casi nadie cuenta. Luxemburg la escribió en 1918, en la cárcel de Breslau, como nota al margen de un manuscrito inacabado sobre la revolución rusa. Iba contra los suyos. Defendía a Lenin y a Trotski como revolucionarios y les reprochaba gobernar con una libertad reservada a los partidarios del gobierno. En septiembre, su abogado y camarada Paul Levi viajó a Breslau para pedirle que no publicara esas críticas, porque los enemigos de la revolución iban a usarlas. Según su propio relato, no la convenció, pero el texto se quedó en el cajón. A ella la asesinaron en enero. Levi lo sacó en 1922, y Clara Zetkin y Adolf Warski, que habían estado entre sus colaboradores más próximos, sostuvieron que Luxemburg había cambiado de opinión y nunca quiso que aquello viera la luz. Lo afirmaron sin un escrito de ella que lo probara, y la discusión sigue abierta entre quienes la estudian.

En esa cadena cabe entero lo que discute este punto. Una aliada que critica a sus aliados. Un amigo que le pide silencio en nombre de la causa. Unos herederos que, con ella muerta, deciden qué pensaba. Y setenta años después, un Estado que la convierte en estatua y detiene a quien la lee en voz alta.


El terreno común existe, y tiene fecha reciente.

El 9 de junio de 2024, tras el resultado de las elecciones europeas, Emmanuel Macron disolvió la Asamblea Nacional francesa. En menos de una semana, socialistas, comunistas, ecologistas y La Francia Insumisa, que llevaban meses insultándose, firmaron un programa común con el nombre de Nuevo Frente Popular. En la primera vuelta, el Reagrupamiento Nacional de Jordan Bardella superó los diez millones de votos. Entre las dos vueltas, unos 130 candidatos de la izquierda que habían quedado terceros se retiraron para no dividir el voto contra la extrema derecha, y otros 81 del bloque presidencial hicieron lo mismo. Las cifras bailan un poco según el recuento, el de la cadena parlamentaria o el de la agencia France-Presse, pero el orden de magnitud no se discute. En Calvados, el candidato insumiso se retiró para facilitar la reelección de Élisabeth Borne, la primera ministra que había sacado adelante la reforma de las pensiones y la ley de inmigración contra las que esa misma izquierda había llenado las calles. El 7 de julio, el Frente Popular quedó primero con 182 escaños según el Ministerio del Interior, el bloque de Macron segundo con 168, y la extrema derecha con sus aliados tercera, con 143, cuando todas las encuestas la daban como primera fuerza.

Nadie le pidió a Borne el carné. Nadie le pidió al votante insumiso que la quisiera. Le pidieron una papeleta, y la dio.

Ese programa, escrito a toda prisa, incluía una línea sobre Ucrania. Las formaciones firmantes se comprometían a seguir entregando a Kiev las armas necesarias para defenderse de la invasión rusa. Era la discrepancia más peligrosa de la coalición, la que mejor podía explotar en mitad de la campaña, y la resolvieron por escrito antes de pedir un solo voto. Lo que no escribieron fue qué hacer si no había mayoría, ni cómo relacionarse con los gobiernos del centro que vinieran después. El 16 de enero de 2025, el Partido Socialista se negó a votar la moción de censura de los insumisos contra el gobierno de François Bayrou, a cambio de concesiones sobre el presupuesto y las pensiones. Jean-Luc Mélenchon dio a los socialistas por fuera del Frente. En las municipales de marzo de 2026 cada uno celebró sus propias alcaldías, y nada indica que vaya a reconocer al otro como candidato de la izquierda para la presidencial de 2027.

Lo que se escribió aguantó, y lo que se calló acabó estallando. De ahí saco una tesis que me puede salir mal: una alianza que pone por escrito sus discrepancias antes de empezar dura más que la que las aplaza en nombre de la unidad. El caso francés no la demuestra, porque son siete meses y un solo país. Tampoco la contradice, y es la clase de afirmación que el tiempo puede desmentir con nombres y fechas.


La primera discrepancia que firma el manifiesto es con la ortodoxia, y en la izquierda española tiene una madrugada concreta. El 21 de agosto de 1968, los tanques del Pacto de Varsovia entraron en Praga para liquidar el intento checoslovaco de un socialismo con libertades. El Partido Comunista Italiano y el Partido Comunista de España lo condenaron públicamente, y la condena del partido de Santiago Carrillo, según un estudio publicado en la revista Historia Contemporánea, fue más dura que la italiana. El coste llegó enseguida. El partido checoslovaco, ya depurado, terminó rompiendo relaciones con el PCE y respaldó a los disidentes ortodoxos de Enrique Líster, que le disputaban las siglas. En esa negativa a justificar una invasión porque la firmaba el bando propio suele situarse el nacimiento de lo que unos años después se llamó eurocomunismo.

Una tradición sirve mientras se usa como caja de herramientas: Marx para entender la propiedad, Luxemburg para la libertad del que discrepa. Deja de servir el día en que se convierte en liturgia, cuando citar al autor correcto pesa más que acertar con el diagnóstico. La ortodoxia casi siempre empieza por el vocabulario, antes que por las ideas. Hay palabras que funcionan como contraseña de entrada, y quien no las pronuncia queda bajo sospecha aunque defienda lo mismo con otras. Este libro prefiere decir precariedad donde otros dicen flexibilidad, y lo prefiere porque nombra el daño. Pero no exige a nadie esa palabra para darle la mano.

Escribo esto sabiendo que el texto que firmo tiene sus propias contraseñas. Dignidad extendida. Tecnofeudalismo. Si dentro de quince años alguien las recita sin pensar, este punto se habrá vuelto contra el libro que lo contiene.


La segunda discrepancia irrita más a una parte de los aliados, y tiene también un precedente con fecha. El 15 de junio de 1976, el Corriere della Sera publicó una entrevista de Giampaolo Pansa con Enrico Berlinguer, secretario general del partido comunista más grande de Occidente. Pansa lo describió flaquísimo, ojeroso, fumando cigarrillos Turmac uno detrás de otro. A una pregunta sobre la Alianza Atlántica, Berlinguer contestó que no quería sacar a Italia de ella y que se sentía más seguro en este lado, bajo el paraguas de la OTAN. La frase completa seguía: también en este lado veía intentos serios de limitar la autonomía de su partido. Por esos mismos días recordó en televisión que esa alianza había tolerado durante años la Grecia de los coroneles y el Portugal de Salazar. En febrero de ese año, en el congreso del partido soviético celebrado en Moscú, había defendido delante de sus anfitriones un socialismo que garantizara todas las libertades individuales y colectivas. Pansa contó años después que L’Unità, el diario del propio partido, publicó la entrevista sin las preguntas y respuestas sobre la OTAN. Solo lo cuenta el periodista, y así hay que leerlo. Berlinguer se quedó en su bando y se negó a firmarle un cheque en blanco a cualquiera de los dos.

El vicio contrario tiene nombre en los debates de la izquierda europea: campismo, la costumbre de elegir aliados según el bloque al que se oponen y no según lo que hacen. Su versión alemana tiene partido propio. En enero de 2024, Sahra Wagenknecht, que había dejado Die Linke unos meses antes, fundó una formación con su nombre, cuyo programa de salida combinaba la limitación de la inmigración con el fin de los envíos de armas a Ucrania y de las sanciones energéticas a Rusia. Un primer estudio de ciencia política, de Markus Klein y Christoph Kühling en 2025, la describe como una izquierda autoritaria cuyos votantes comparten muchas actitudes con los de Alternativa para Alemania. Investigación temprana, con datos de un solo ciclo electoral, que hay que leer con esa cautela. En febrero de 2025 se quedó fuera del Bundestag con el 4,981 % de los votos, a diecinueve milésimas de punto del umbral. El 28 de mayo de 2026, en un mitin en el barrio berlinés de Schöneberg recogido por la agencia dpa, Wagenknecht calificó de locura despilfarrar miles y miles de millones para untar al señor Zelenski y a su camarilla.

Frontera cerrada para quien llega, mano tendida a quien empezó la guerra. La lectura es mía y la firmo como opinión. Encaja con la figura de quien ya ha cambiado de bando aunque siga cantando lo mismo.


El argumento contrario, en su versión más honesta, viene con muertos y con razón. El 6 de noviembre de 1932, en las últimas elecciones libres de la República de Weimar, los nazis sacaron un 33,1 % de los votos. Los socialdemócratas, un 20,4. Los comunistas, un 16,9. Juntos, la izquierda superaba al partido de Hitler. No se aliaron, en buena parte porque el partido comunista, siguiendo la línea de la Internacional dictada desde Moscú, llamaba socialfascistas a los socialdemócratas. Menos de tres meses después Hitler era canciller. Un manifiesto que publica sus desacuerdos con los aliados, concluye el argumento, repite el error que costó Europa. Y tiene una segunda pieza, más incómoda. En marzo de 2003, Estados Unidos invadió Irak con el pretexto de unas armas de destrucción masiva que no existían. Quien exige coherencia a la izquierda que disculpa a Moscú debería empezar por los gobiernos que aplaudieron aquello, y buena parte del mundo fuera de Europa ve esa doble vara antes que cualquier otra cosa.

Las dos objeciones tienen razón en lo que señalan. Los agravios entre aliados en Weimar no eran caprichos de secta: Luxemburg y Liebknecht fueron asesinados en 1919 por los cuerpos francos que el gobierno socialdemócrata había movilizado contra la insurrección de Berlín. Pedir a un comunista de 1932 que olvidara eso era pedirle mucho. Y la guerra de Irak fue una agresión ilegal, y quien la defendió no tiene autoridad para dar lecciones sobre Ucrania. El punto 2 de este manifiesto ya nombra como antagonistas a quienes gobiernan hoy en Washington.

Pero la lección de 1932 corta en dirección opuesta a la que sugiere el argumento. El partido comunista alemán no se hundió por declarar sus discrepancias, sino por someter su estrategia a una ortodoxia decidida en otro país, que es justo la primera discrepancia llevada hasta el final. Y la doble vara no se corrige dándole la vuelta. Quien condenó Irak en 2003 y disculpa Ucrania en 2022 aplica el mismo rasero torcido, solo que mirando hacia el otro lado. El antiimperialismo mide a los imperios por lo que hacen, no por el rival que tienen enfrente.

El manifiesto promete compartir manifestaciones, y hasta victorias puntuales, con quien blanquea a Putin. No sé qué hacer el día en que la convoque él, contra un desahucio o contra un recorte, con una pancarta justa y un discurso que no lo es. Ir y callar parece complicidad. No ir deja sola a la gente desahuciada. No tengo regla para eso, y desconfío de quien la tenga.


Un año después de las detenciones de Berlín, el 15 de enero de 1989, unas quinientas personas se reunieron en la plaza del mercado de Leipzig para su propia marcha en memoria de Luxemburg y Liebknecht. La policía la disolvió a los pocos metros y detuvo a 53, que salieron cuatro días más tarde. Las detenciones de Berlín, según la crónica de aquellos años que mantiene el gobierno federal alemán, habían provocado lo contrario de lo que buscaban: miles de ciudadanos de la RDA se solidarizaron con los presos. El historiador Hubertus Knabe sostiene que aquel enero fue el principio del fin del régimen. Otros lo discuten, y la Historia rara vez concede comienzos tan nítidos. Lo que nadie discute es que la frase viajó más lejos que cualquier consigna de la tribuna.

Hay un gesto que ya existe y que cualquiera puede copiar: un programa común donde las discrepancias se escriben antes de la campaña, con su redacción negociada palabra por palabra, como hicieron los franceses con Ucrania en menos de una semana. No garantiza nada. Obliga a decir en voz alta lo que de otro modo estalla en el peor momento. Hay otro, más antiguo y más difícil: llevar a la manifestación de los propios la frase de la tradición propia que más los incomoda, y sostenerla aunque el de al lado te pida que la guardes para mejor ocasión.

Luxemburg escribió la suya en el margen de un manuscrito que su abogado le pidió que no publicara. Setenta años después, alguien la copió en una tela, se la llevó a la marcha oficial y acabó en un calabozo de la Stasi.


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