La batalla cultural
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Manifiesto humanista para el siglo XXI · punto 15 · ampliación

Una ley que la mayoría no considera sentido común dura lo que tarda en cambiar el gobierno. La política institucional se sostiene sobre la batalla cultural, y esa batalla ahora mismo la estamos perdiendo. Dos relatos ocupan el terreno y parecen enfrentados sin serlo del todo: uno dice que el desastre ya está escrito y solo queda elegir butaca; el otro, que la técnica lo arreglará sola si nadie la molesta. Uno paraliza, el otro delega, y los dos dejan las manos libres a quien manda, que es lo único que se les pide. Contra eso no basta con tener razón, porque la razón no gana por sí sola el sentido común de nadie: hay que pelearlo donde se está formando, que casi nunca es donde ya se comparte. Ganar unas elecciones con el sentido común del adversario intacto solo aplaza la derrota. La hegemonía cultural se disputa todos los días, en cada aula y en cada pantalla, y quien abandona ese terreno se lo regala entero al contrario. Queremos que dentro de veinte años esto no suene a manifiesto. Que suene a obviedad.

En abril de 1947, treinta y nueve personas subieron a un hotel en una ladera suiza sobre el lago Lemán y pasaron diez días discutiendo cómo resucitar una idea que casi todo el mundo daba por enterrada. Ludwig von Mises había escrito a Hayek que le horrorizaba viajar a Europa, y al final fue. Maurice Allais se negó a firmar la declaración de objetivos que aprobaron todos los demás. Ni siquiera se pusieron de acuerdo en el nombre, así que la sociedad que fundaron acabó llamándose como el monte donde estaba el hotel: Mont Pèlerin.

Nadie los había votado. Durante más de tres décadas el consenso keynesiano los tuvo en los márgenes, y lo sabían. Milton Friedman, que estuvo en aquella reunión, lo contó sin pudor en el prefacio que escribió en 1982 para la reedición de Capitalismo y libertad. Solo una crisis produce un cambio de verdad, y lo que se haga entonces depende de las ideas que haya a mano. Su oficio, decía, era tenerlas preparadas y vivas «hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable». Cuando Thatcher llegó a Downing Street en 1979, esas ideas llevaban treinta y dos años esperando en la estantería, y una generación de economistas y periodistas, con no pocos altos funcionarios detrás, las había aprendido como se aprende una gramática.

La ley llega después. La disputa que decide se libra antes, y el adversario la libró con una paciencia que la izquierda casi nunca se ha concedido.

Lo que se da por hecho

El mecanismo lo tengo más cerca que Suiza. En 2010, mientras se tramitaba la reforma que iba a prohibir fumar dentro de bares y restaurantes, la Federación Española de Hostelería advirtió de que cerrarían setenta mil locales y se perderían doscientos mil empleos. La ley entró en vigor el 2 de enero de 2011, y la ruina no apareció donde se la buscó: un estudio publicado en Gaceta Sanitaria en 2014, con los microdatos de la Encuesta de Presupuestos Familiares, no encontró cambios en lo que las familias gastaban en bares y restaurantes entre 2010 y 2011. Es un solo estudio y mide gasto, no cierres. Hoy la discusión ya no trata del interior, que ningún partido con aspiraciones de gobierno propone devolver al humo. Trata de las terrazas. El 21 de julio de 2026 el Consejo de Ministros envió al Congreso un proyecto que las incluye, el presidente de la patronal Hostelería de España lo llamó absurdo y, mientras escribo esto, sigue en tramitación. Es el mismo pleito, un metro más allá de la puerta.

Cuesta recordar ya los techos amarillos de los bares de barrio, el cenicero de lata en cada mesa, la ropa oliendo a tabaco al volver a casa aunque uno no fumara. Nadie pide perdón por aquello porque nadie se acuerda de que era normal.

Una idea ha ganado el día en que deja de parecer una idea.

A eso Antonio Gramsci lo llamó hegemonía. Abrió el primer cuaderno en la cárcel de Turi el 8 de febrero de 1929, dos años y tres meses después de su detención. Era un cuaderno escolar, de los que la dirección de la prisión le dejaba tener, y llenó más de treinta. La frase que se atribuye al fiscal de su proceso pedía impedir que aquel cerebro funcionara durante veinte años. Funcionó, y se hizo una pregunta incómoda. ¿Por qué los obreros que habían ocupado las fábricas de Turín en 1920 aceptaron el fascismo dos años después? La fuerza sola no lo explicaba. Para mandar mucho tiempo, un grupo tiene que lograr que su interés particular pase por sentido común de todos, de modo que mandar le cueste poco porque obedecer parece lo razonable. Eso es hegemonía, un dominio que se sostiene sobre el consentimiento y guarda la porra en el cajón para los días malos.

Lo más útil de Gramsci está en cómo describe ese sentido común. Lo llamó la filosofía de los no filósofos, y lo pintó como un sedimento de capas de épocas distintas, lleno de contradicciones, donde conviven el refrán resignado y la intuición de que las cosas podrían ser de otra manera. Dentro de él distinguía un núcleo de buen sentido. El sentido común no es un muro. Es un terreno con grietas.

Y se forma en dos sitios a la vez. Se forma en la vida material, en el alquiler, el turno, el autobús que no llega y la nómina que no alcanza. Y se forma en los relatos que interpretan esa vida. Quien piense que basta con buenos argumentos para cambiar lo que la gente da por hecho se equivoca, porque nadie razona contra su propia nevera vacía. Tampoco acierta quien cree que la nevera decide sola y las palabras son adorno. La misma subida del alquiler puede leerse como culpa del último en llegar al barrio o como consecuencia de un fondo que compró el edificio entero. La pelea es por cuál de las dos lecturas se queda.

La derecha reaccionaria ha leído esto mejor que nosotros. En 2022 el argentino Agustín Laje publicó un libro titulado, sin rodeos, La batalla cultural, con el subtítulo Reflexiones críticas para una Nueva Derecha, que circula como lectura de referencia en el entorno de Javier Milei. Su tesis es que la derecha abandonó la cultura y debe recuperarla aprendiendo del adversario, Gramsci incluido. Así que las herramientas que la izquierda forjó para pensar su derrota las maneja hoy con desparpajo quien quiere completarla, mientras buena parte de la izquierda habla de cultura con cierto apuro, como si fuera distraerse de lo importante.

Dos relatos con un mismo beneficiario

El primero dice que el desastre ya está escrito. Su mejor retrato es una encuesta publicada en The Lancet Planetary Health en diciembre de 2021. Caroline Hickman y su equipo preguntaron a diez mil jóvenes de entre dieciséis y veinticinco años, mil por país, en diez países tan distintos como Finlandia, Nigeria, Brasil o Filipinas. El 56 % estuvo de acuerdo con que la humanidad está condenada. Tres de cada cuatro dijeron que el futuro les da miedo, y cuatro de cada diez dudaban de si tener hijos. Es una encuesta sola, hecha en línea entre mayo y junio de 2021, y la palabra «condenada» admite lecturas distintas; retrata un estado de ánimo y de conductas no dice nada. Pero hay un dato del mismo estudio que impide tratarlo con desdén. La angustia aparecía asociada a la sensación de que los gobiernos no estaban respondiendo. Ese fatalismo tiene base: lee con bastante tino una inacción que existe. Por eso cuesta tanto disputarlo.

El segundo relato dice que la técnica lo arreglará si nadie la molesta. En octubre de 2024, en una cumbre sobre inteligencia artificial y energía celebrada en Washington, Eric Schmidt, antiguo consejero delegado de Google, respondió a una pregunta sobre el consumo eléctrico de los centros de datos. Los objetivos climáticos, vino a decir, no se van a cumplir de todos modos, porque no estamos organizados para ello, y prefería apostar a que la inteligencia artificial resuelva el problema antes que ponerle límites y quedarse con él. Schmidt tiene inversiones propias en el sector.

Vale la pena leer la respuesta dos veces. Ahí están los dos relatos, uno detrás del otro: el final ya está escrito, así que dejemos hacer a la máquina.

El fatalismo y la fe caben en la misma frase cuando la pronuncia el dueño.

Falta saber dónde se forma hoy ese sentido común. El Digital News Report España de 2026, elaborado con encuesta en línea por la Universidad de Navarra dentro del estudio del Instituto Reuters, da un país partido por la edad. La televisión sigue siendo la principal fuente de noticias para el 41 % de la población, y las redes sociales lo son para el 24 %. Entre los jóvenes de dieciocho a veinticuatro años la proporción se invierte: el 47 % se informa sobre todo por redes y solo el 23 % por televisión, y el 19 % usa ya cada semana un asistente de inteligencia artificial para informarse. Es un dato de tendencia, sólido como tal. Quiere decir que una persona de veinte años se encuentra a diario con lo que es normal pensar sobre el clima o sobre la técnica en un flujo de contenidos ordenado por empresas cuyos dueños, en algunos casos, dicen lo que dijo Schmidt. Quién es dueño de ese flujo es asunto del punto 3. Aquí importa lo que hace, que es decidir qué parece obvio.

Contra mí mismo

Hay una objeción que no viene de la derecha, y es la que más me cuesta contestar. La ponen los datos y una parte de mi propia tradición.

Los datos son estos. En 2018, Joshua Kalla y David Broockman publicaron en la American Political Science Review un metaanálisis de cuarenta experimentos de campo, al que sumaron nueve propios, sobre el efecto de las campañas en el voto en elecciones generales de Estados Unidos. Su mejor estimación del efecto persuasivo del contacto directo y la publicidad es cero. La persuasión solo aparecía en circunstancias raras, y cuando se medía pronto se desvanecía antes de la votación. Es evidencia robusta para lo que mide.

La tradición es la vieja advertencia materialista de que la gente no vota relatos, vota su salario y su alquiler, y de que la batalla cultural es el entretenimiento de quienes vivimos de escribir. La versión más honesta del argumento contrario dice que buena parte de lo que llamamos batalla cultural es gente convencida hablando con gente convencida, y que su efecto sobre el resto es indistinguible de cero. Este ensayo incluido.

Concedo mucho. El hilo indignado y el artículo que se reenvían los que ya estaban de acuerdo no mueven nada, y probablemente el estudio también tiene razón sobre lo que yo escribo. Un relato que contradice la experiencia material de quien lo escucha no prende, y ninguna campaña convence a nadie de que su sueldo alcanza.

Pero el estudio mide otra cosa. Mide el contacto de una campaña en las semanas previas a una elección, que se parece más a lo que Gramsci llamaba guerra de maniobra, el asalto rápido, que al terreno donde se juega la hegemonía. Ese terreno es el de la guerra de posiciones, la trinchera que se cava durante décadas. En Mont Pèlerin nadie llamó a ninguna puerta. Formaron a quienes iban a formar a otros. Conviene no estirar el dato más de lo que da. El estudio prueba que lo rápido falla y sobre lo lento calla, y para lo lento solo tengo la historia, que es evidencia de otro tipo, más débil y más fácil de leer a conveniencia.

La segunda concesión duele más. La izquierda también tuvo su relato de delegación. Durante décadas, una parte del movimiento obrero creyó que el capitalismo caería por sus propias contradicciones y que la historia estaba de nuestro lado. Era la versión roja de la técnica que arregla las cosas sola, y pedía lo mismo que ella, sentarse a esperar. Gramsci escribió buena parte de los cuadernos contra ese fatalismo, y el siglo veinte le dio la razón de la peor manera.

Me la juego con una predicción que se puede comprobar. Sostengo que ninguna medida de este manifiesto que hoy no tenga mayoría en las encuestas españolas se convertirá en ley antes de tenerla, y que tenerla no bastará. Si en la revisión de 2030 aparece una sola excepción, este punto está mal planteado y habrá que corregirlo.

Lee y crece

Dos años antes de que aquellos treinta y nueve subieran al hotel suizo, el 14 de septiembre de 1945, se reunieron en el antiguo reino de Travancore, en el sur de la India, los representantes de cuarenta y siete bibliotecas rurales. Los convocaba P. N. Panicker, un maestro de escuela que en 1926 había abierto la primera en su pueblo. Su lema cabía en dos palabras, y en malayalam suena mejor que traducido: lee y crece. Panicker fue secretario general de aquella asociación durante treinta y dos años. La red llegó a reunir unas seis mil bibliotecas, la UNESCO la distinguió con el premio Krupskaya en 1975 y el Estado la asumió en 1977. Hoy el Consejo de Bibliotecas de Kerala cuenta más de diez mil, sin contar las de los centros de enseñanza. Kerala celebra desde 1996 un Día de la Lectura cada 19 de junio, aniversario de la muerte de Panicker.

Nadie en aquellas salas habló de batalla cultural. No tenían hotel ni mecenas. Tenían tiempo, y fueron también una forma de disputar quién podía leer en un territorio y qué se podía pensar después. Dos redes de paciencia nacieron con dos años de diferencia. Una enseñó a desconfiar de lo público. La otra hizo de lo público una costumbre.

La agenda de este manifiesto pide, de aquí a 2030, producción cultural y educativa en los mismos espacios donde hoy domina el relato contrario. Traducido a gestos, eso son cosas pequeñas y lentas. Una biblioteca municipal que abre por la tarde un club de lectura y lo mantiene diez años, un profesor que dedica una hora al mes a enseñar de dónde sale un dato, una radio local, un canal con doscientos y pico seguidores que no se rinde a los tres meses. Nada de eso se ve en unas elecciones. Es lo que hicieron los dos.

Treinta y dos años separaron aquel hotel de Downing Street. De aquí a 2050 nos quedan veinticuatro. No sobra tiempo. Alcanza para abrir una sala, y para dejarla abierta cuando ya no estemos para encender la luz.


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