Al anochecer, un viejo sordo y una muchacha de dieciocho años cruzan el campo donde él recoge plomo. Ella lleva cincuenta y cinco años fuera.
La muchacha le hablaba pegada a la oreja izquierda, y el viejo le contestaba a voces cosas que no tenían nada que ver.
Iban del brazo. Se llevaban casi sesenta años y andaban con el paso de dos que se conocen de hace mucho, se paraban a la vez y a la vez arrancaban. Ella le quitó del cuello una brizna de esparto. Él le apartó el pelo de la cara con dos dedos que el plomo le había dejado grises.
Ella llevaba un vestido de un azul que ya no se tiñe en ningún sitio, con una hilera de botones de hueso del cuello a la cintura. Las mangas eran largas y se le abrían en el puño. Él vestía la ropa de las espigadoras: manguitos de lienzo atados a las muñecas, el pantalón recogido con cordel en los tobillos, un pañuelo anudado en la nuca. A las espigadoras esa ropa les queda bien porque tienen caderas. A él le colgaba por todas partes. Desde la caseta de los tiradores, a esa distancia, cualquiera habría dicho que eran dos mujeres.
No miraba nadie. La tirada había acabado a media tarde, cuando a los de la Junta se les terminó la pólvora de la semana, y los muchachos que les cargaban las escopetas se habían ido camino abajo detrás de ellos, con los cestos de cascos a la espalda para que el alfarero los moliera y los volviera a cocer.
Cruzaron la arena. Era arena de rambla, subida en carros, y el viejo la peinaba cada tarde con el rastrillo en surcos derechos de punta a punta del campo, para que a la mañana siguiente los perdigones quedaran encima y se vieran. Aquella tarde ya la había peinado. Pasaron por el medio sin mirar dónde ponían los pies.
Junto a la arena corría el foso, una zanja donde un hombre cabía de pie, techada a medias con una visera de chapa clavada a dos postes. De uno colgaba un cazo de lata. El viejo se soltó del brazo de ella, se fue derecho a la visera, la agarró por el canto con las dos manos y la sacudió.
—Puerca. Puerca.
La chapa estaba floja de un clavo. Al segundo tirón se soltó de ese lado, giró sobre el otro poste y le arrastró los brazos hacia abajo. El viejo se fue detrás. Cayó de rodillas en el borde, con medio cuerpo colgando dentro del foso.
Ella lo agarró por el pecho antes de que se fuera del todo y lo sacó a tirones, hacia atrás. Se quedaron sentados en la tierra, ella detrás, abrazándolo por la cintura.
—Estás en los huesos —le dijo—. Te cuento las costillas.
El viejo tardó en recobrar el aire. Pidió perdón varias veces, todas demasiado alto. Luego volvió a tocar la chapa, que ahora colgaba torcida, con una sola mano y con cuidado, y habló hacia la zanja con esa voz de los sordos que no sabe dónde se acaba.
—Ahí abajo. Diecisiete años llevo. Ellos tiran arriba y yo suelto los platos. Cada tiro me da aquí. —Se tocó la sien con el puño cerrado—. Los perdigones que se quedan cortos pegan en la chapa. Al principio me tapaba la cabeza con los brazos. Luego me acostumbré. Ahora ya no oigo ni la chapa.
—Diecisiete —dijo ella, y empezó a contarlos con los dedos. Se equivocó en el once, volvió atrás y lo dejó.
El campo lo había hecho la Junta cuando compró la finca. Antes aquello había sido monte de algarrobos, cuarenta y tantos árboles en bancales de piedra seca que bajaban hasta el borde del tajo, de la familia de él desde antes de que nadie llevara la cuenta. Se fueron cortando en los inviernos malos, para leña, primero los de abajo y luego los demás. Ahora la arena llegaba hasta donde habían llegado los bancales. Al fondo, pasado el último surco, quedaban tres.
Siguieron andando hacia el tajo, el viejo un poco torcido, la mano de ella en la espalda de él.
Del tajo subía el aire de la tarde. La piedra soltaba el calor que había cogido durante el día. Abajo no corría agua. Lo único que se oía era ese aire, que al subir por las grietas sonaba igual que cuando se sopla en la boca de un cántaro.
Ella le acercó la boca a la oreja.
—Se oye el tajo.
—¿Qué? —Él cerró los ojos—. Teia. Me hablas por la mala. Siempre me hablabas por este lado.
—Que se oye el tajo, Eliseu. ¿No te gusta?
—¿El tajo? —Abrió los ojos—. Del tajo no me hables.
—A mí me gusta. Es la primera vez que vuelvo en cincuenta y cinco años, y tú también has vuelto, y huele igual.
Él no la oía, pero ella siguió.
—Me alegro de haber saltado. Se tarda en llegar abajo, ¿sabes? Mucho más de lo que parece desde aquí arriba. Me dio tiempo a verte entero, con la camisa de tu padre, la que te venía ancha de hombros, y eso es lo que me llevé. No tengo otra cosa. Yo tengo dieciocho y tú veinte, siempre. Si me hubiera quedado, ahora vendrías por el camino y te abriría la puerta una vieja con bigote. No lo aguantaría.
El viejo, mientras tanto, hablaba de lo suyo, alto y sin pausas.
—Me fui a la Ribera, a los arrozales. Volví con lo puesto, viejo ya. Había una chica que no quería que me fuera. Se tiró por ahí. Por eso pedí el foso. Fui a la Junta y les dije que me dieran lo que fuera, con tal de que mirara a este lado. Se rieron. Me lo dieron por lástima.
—¿Te casaste allí? —preguntó ella.
—Y luego el plomo. Cuando acaban de tirar, el plomo. De rodillas, grano a grano, con los dedos. Una libra cada cuatro días, si hay suerte. El rastrillo es mío, que el de la Junta había perdido la mitad de los dientes. La espalda se me ha quedado así. —Intentó enderezarse y no llegó—. Pero hubo una chica que se mató por mí. El tajo está a cuarenta pasos. Aunque vaya torcido, llego. Eso es lo que voy a hacer.
—No. —Ella se le puso delante—. Tú te quedas. Si te tiras, me tiro yo detrás, y de esa no salgo.
Se le colgó del cuello. El viejo no había oído nada, pero la abrazó.
—Eso. Los dos. Para eso has subido.
Ella le cogió la cara con las dos manos y se la volvió hacia la suya, para que le viera la boca.
—Tú mañana bajas al foso —le dijo despacio—. Mañana hay tirada.
Él la miraba sin entender. Ella tenía los ojos en algo que quedaba detrás de él.
—Mira. Siguen ahí. Los tres.
El viejo se volvió hacia donde apuntaba el dedo de ella.
—Esos los quieren quitar —dijo—. Los de la Junta. Dicen que los platos que van para ese lado se meten contra lo oscuro de las hojas y se pierden, que no se les ve romper. Todos los domingos hay uno que dice que el árbol le ha quitado dos tiros.
—Que esperen sentados —dijo ella.
—Los plantó el padre de mi abuelo. Cuando vendí, le hice jurar al de la Junta que esos tres no. Lo juró con la mano encima del pan, delante de todos. —Se rascó el cuello por debajo del pañuelo—. Ese se murió en el invierno de las cabras. Los de ahora no han jurado nada.
—Vamos —dijo ella, y tiró de él.
Hasta los algarrobos quedaba una franja de arena sin pisar. El viejo daba cada paso a punto de caerse y ella lo llevaba casi en volandas, que pesaba poco. Al llegar a los árboles se volvió y miró hacia atrás.
Los surcos estaban enteros. No había una sola huella, ni de ella ni de él.
—Eliseu. —Lo miró de arriba abajo—. ¿Tú también? ¿Cuándo ha sido?
Él no contestó. Se había apoyado con la mano abierta en el tronco del algarrobo más grande y respiraba por la boca.
—Si llevas tiempo, ¿dónde te has metido, que no te he encontrado nunca? —Le quitó la mano del tronco y se la sujetó—. Échate aquí. Si mañana te despiertas con frío, es que no, y te vas a tu foso a soltar platos. Si no te despiertas, nos quedamos los dos aquí debajo. Y que vengan a cortarlos.
Debajo de los algarrobos el suelo estaba cubierto de garrofas secas, negras, que crujían al pisarlas. El viejo se tumbó despacio, primero de lado, luego boca arriba, con las manos sobre el pecho. Ella se echó junto a él y le apoyó la cabeza en el hombro.
Desde la caseta, si alguien hubiera mirado, no habría distinguido nada debajo de los árboles. La noche entró primero en las copas y luego bajó al suelo. En la arena, la poca luz que quedaba todavía sacaba sombra a los surcos, detrás de cada uno una raya oscura igual a la siguiente, de punta a punta del campo. Del tajo subió el aire y movió las hojas de los tres algarrobos. Cayeron unas cuantas garrofas sobre la arena peinada y allí se quedaron, hundidas un dedo.
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