Ilustración: un grupo de figuras con pieles entierra de pie a un hombre en una zanja de nieve, ante un valle de techos humeantes
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La vara entró dos palmos en la costra y se paró en duro.

La niña la sacó y la volvió a clavar un paso más abajo, donde tenía que estar blando, y se paró a la misma hondura. Raspó con la puntera. Debajo de la nieve vieja había cuero, y el cuero tenía forma de talón.

Llevaba nueve mañanas sondando la ladera. En la última semana de las noches largas alguien tiene que salir con la vara, y el día que la vara se hunde entera sin topar es que ha llegado el blando, el tiempo en que la costra cede y se puede bajar a por turba sin hundirse hasta la cintura. Le tocaba a su madre, pero a su madre le dolía la cadera. Volvió con la vara al hombro y lo contó desde la boca del corredor, con la cabeza dentro y el resto fuera, deprisa, mirando la cara de su madre para ver si se lo creía.

Subieron siete hombres con los picos y la pala de tablas. Tardaron hasta media tarde, porque en aquella ladera la costra se hace por capas, una por ventisca, y el hombre estaba cogido en cuatro. Salió entero y de lado, con las rodillas recogidas y un brazo doblado delante de la cara, en la postura de los que se tumban a esperar que amaine.

Hicieron falta nueve para bajarlo. Pesaba más que cualquier muerto que hubieran cargado, y habían cargado a todos los suyos. En la primera boca lo apoyaron contra el talud y midieron el hueco con la vista, después con la mano, y al final alguien le quitó la vara a la niña. La vara se quedó corta. Volvieron a medir desde el talón, por si acaso, y se quedó corta otra vez, media vara larga, y eso que venía encogido.

Lo dejaron en el corral, que era un hoyo techado con palos y pieles de cabra y abierto por el lado de abajo. Las cabras no se apartaron.

El pueblo eran diecinueve techos a ras de la costra. Cada casa era un hoyo con su corredor en cuesta y la boca vuelta hacia donde no pega la ventisca, y encima una viga y un tejado de tierra y tepes que en la primera semana de las noches largas quedaba tapado de nieve, y tapado seguía hasta el blando. Se hacían bajas a propósito. Debajo de aquella tapa, tres cuerpos y una hornilla de turba daban calor para la temporada entera, y levantar el techo un palmo era regalarle ese palmo al frío. Dentro se andaba con la cabeza baja por la viga y fuera con la cabeza baja por el viento, y nadie lo pensaba, porque andar era eso.

La vara medía lo que hubiera que medir: la hondura de la nieve, los huecos, la turba que le tocaba a cada casa. Tenía muescas. En el blando, cuando se repartía lo que quedaba, a los niños se los arrimaba a ella de espaldas, y el que llegaba a la muesca alta comía ración entera y el que no, media.

Los muertos se subían al campo de arriba y se dejaban tumbados, sin calzado, sin correas y sin la lana buena, que abajo hacía falta, y la ventisca los cubría en una noche. A los que se perdían en la collada no se los iba a buscar. De modo que les bastó mirarse unos a otros en el corral, a la luz de la lámpara de sebo, para saber que estaban todos.

El de la viga nueva dijo que por la collada nadie cruza solo. Lo dijo tres veces, la última ya fuera del corral, con la cabeza metida en la boca de su casa. Si aquel venía en cuadrilla, la cuadrilla estaba más arriba, debajo de la misma costra, y una cuadrilla lleva fardos.

Salieron al amanecer catorce hombres con picos, sacos y la pala, a cavar donde el viento hubiera dejado lomos. Nadie dijo a qué iban. Una cuadrilla perdida lleva lana, sebo, a veces hierro, y lo que la costra guarda llega entero. Se quedaron las mujeres, los niños y los dos viejos que ya no subían.

Le rasparon el hielo de la cara y del pelo con la paleta de la hornilla. Del pelo salieron unas hebras de liquen amarillo que no se daba en ninguna de las dos laderas, y de la costura del cuello, arena. La ropa era de una lana hilada tan fina que costaba creer que fuera lana, teñida de un color que se había ido. Estaba bien comido. Eso les extrañó más que la estatura, porque de la collada no baja nadie bien comido, y después se les olvidó.

Las botas no salían. Cuero, pie y hielo eran una pieza.

Para subirlo había que tenderlo en el arrastre, y para tenderlo había que deshelarlo. Encogido como estaba, el arrastre no lo cogía. Bajaron al corral la hornilla de la casa de la niña, que era la más grande, y abrieron el pozo de la reserva.

—Esa es la de la última semana —dijo uno de los viejos.

Nadie le contestó, y él no volvió a decirlo. Se sentó junto a la hornilla y se pasó la tarde dándoles la vuelta a los tepes para que prendieran por igual.

Fueron dos noches y el día de en medio. Se turnaban para echar turba, y las cabras se arrimaban al calor y había que apartarlas a manotazos. Una le mordió la manga y se llevó un jirón de aquella lana fina, y la persiguieron por todo el corral sin cogerla. El brazo fue lo primero en ceder. Bajó solo, de madrugada, sin que nadie lo tocara, y la que estaba de guardia gritó y despertó a las demás. Las rodillas hubo que abrirlas a mano, despacio, dos mujeres por pierna. Cada vez que algo cedía, el hombre ocupaba más suelo. Lo midieron con un cordel de aparejo, y al día siguiente con dos cordeles anudados.

No había en el pueblo tabla de esa largura. Lo tendieron sobre dos y le sobraban los pies.

Lo miraban entre turno y turno y le iban dando trabajos. La turba, de un solo viaje. El corredor después de la ventisca, abierto antes de que se despertara nadie y casi sin pala. El enfermo de la temporada pasada, el que se les murió a medio camino, habría llegado a Bureta a hombros de aquel en una jornada y no en dos. Era un juego, y lo jugaban en voz baja, y cada una añadía algo. La que más añadía era la madre de la niña, que por la cadera estaba sentada en un poyo y desde allí lo veía entero.

Pensaban también en sus hombres, que a aquellas horas cavaban en la collada, y los veían por la espalda, que era como mejor los conocían. La chepa de uno. El hombro caído de otro. La nuca del de la viga nueva, que andaba metida entre los omóplatos desde que era chico. Los fueron poniendo al lado del que tenían en la tabla, uno detrás de otro, con los nombres, y ninguno salió ganando. No lo dijo ninguna.

La espalda fue lo último. Cedieron el cuello y los hombros, y entre los hombros, arriba, quedó una curva que no se abría. Lo pusieron boca arriba y la cabeza no llegaba a la tabla. Dos mujeres le apretaron el pecho, primero con las manos y luego con una rodilla, y la curva aguantó, y eso que en el resto del cuerpo ya no quedaba hielo.

—Esto no es del frío —dijo la niña.

Lo dijo para ella, con la mano puesta en aquel bulto, y las mayores se miraron, porque sabían de qué era.

Una espalda así se hace con vigas. La tenían sus hombres, en pequeño, y la tendrían sus hijos, y aquel la tenía del tamaño de lo que le había sobrado toda la vida. Lo pusieron a llegar a una casa. A cualquiera: de aquella ladera o de la otra, de los pueblos de abajo, de lo que hubiera más allá de la collada, donde se hilaba la lana tan fina. Llamaba en la boca. Dentro no cabía, así que le daban el corredor, que es lo que se da. Bajaban la piel que separa el corredor de la casa para que no se escapara el calor, porque el calor es de los de dentro. Él dormía doblado en la cuesta, con la cabeza abajo y los pies fuera, en la nieve, porque el corredor tampoco le daba de largo. Por la mañana el dueño levantaba la piel para ver si había pasado la noche, con la misma cara con que se mira si ha parido la cabra. Y a la hora de irse le decían que Bureta estaba a media jornada, para que se fuera antes.

Cada una puso en aquello su corredor y su piel. Ninguna lo dijo tampoco.

Lloraron de madrugada. Empezó la niña y siguieron las otras, y el llanto les fue durando más que la razón, porque a cada rato alguna se acordaba de algo que añadirle a aquella vida y volvía a empezar. Por la mañana tenían hecha para él una vida entera, de puerta en puerta, y no le habían dejado entrar en ninguna.

Los hombres volvieron al tercer día por la tarde. Uno traía una oreja blanca que tardó la noche entera en volver a dolerle. No había cuadrilla. Habían cavado en cinco sitios donde el viento dejaba lomos, y en uno salió el patín de un trineo, partido, de una madera que no supo nombrar nadie y tan vieja que podía ser de cualquier temporada. Lo traían para quemarlo. Más arriba del sitio de la niña no había rastro del forastero. Había bajado solo, o lo habían dejado atrás.

Cuando lo contaron, las mujeres bajaron la cara para que no se les notara que se alegraban.

Los hombres no lo vieron. Vieron el pozo de la reserva abierto.

—¿Cuánta?

—Casi la mitad.

El de la viga nueva no gritó. Fue al pozo, miró lo que quedaba y volvió. Dijo que el blando estaba encima, que en dos días la ladera iba a ser barro y que con barro no sube un arrastre ni empujando nueve. Que había que subirlo ya. Que se le quitara lo que se le quita a todos, porque aquella lana era la temporada de alguien, y el forro de las botas también servía aunque las suelas estuvieran comidas. Lo dijo todo seguido, con la voz rota de tres días de viento, y los demás le daban la razón con lo que les quedaba de garganta.

—A este no se le quita nada —dijo una de las mujeres.

—Se le quita a todos. A tu padre se le quitó.

Ella no contestó, ni se apartó de la tabla. Las otras tampoco. Los hombres empezaron a hablar a la vez, que si un muerto de camino, que si un muerto de nadie, que si media reserva quemada por uno que ni siquiera era de allí, que quién les iba a dar turba a ellas en la última semana, y a cada cosa que decían se les ocurría otra peor, y las mujeres seguían donde estaban, delante del muerto, sin discutir, que era lo que más los encendía.

El de la viga nueva las apartó con el brazo, se arrodilló a los pies del muerto y tiró de una bota. Ahora salía. Salió con el forro pegado y un olor dulzón de cuero mojado, y debajo estaba el pie.

Le faltaban tres dedos.

Lo que quema la collada se pone negro y se cae de una vez, y el que lo pierde así casi nunca vive para que se le cierre. Aquellos muñones llevaban años cerrados, lisos, brillantes, y cada uno tenía una cicatriz de otra hechura, de otra temporada. Eso lo entendieron todos los del corral sin que nadie lo dijera, porque todos habían bajado alguna noche la piel de su corredor con unos pies ajenos asomando al otro lado.

El de la viga nueva se quedó con la bota en la mano. Después se la volvió a poner. Le costó, porque el pie se había hinchado con el calor, y tuvo que aflojar la correa y empujar con las dos manos, y nadie le ayudó y nadie le dijo que lo dejara. La otra bota no la tocó nadie.

Esa noche las diecinueve casas se quedaron a oscuras y frías. Bajó al corral el pueblo entero, con las cabras, y los hombres sacaron ellos mismos lo que quedaba en el pozo de la reserva, y se quemó, y se comió la cecina guardada para el blando, y se quemó el patín del trineo, que ardió mal y echó un humo azul que hizo toser a los niños. No hubo rezo, porque no había costumbre de rezar a nadie, y nadie lo echó de menos. Una de las viejas contó que de niña había visto un oso en la otra ladera. No la creyó nadie, y la discusión duró hasta muy tarde.

Al amanecer lo subieron entre catorce al campo de arriba, en un arrastre de dos varas de tendal, con las botas puestas y la lana encima. Fue el primero que subió calzado. Lo dejaron tumbado, como a todos, y bajaron.

A los dos días le asomaba el hombro.

Subieron a taparlo a mano y a la mañana siguiente volvía a asomar. Entonces cogieron los picos. Cavaron por turnos, hombres y mujeres, una noche y el día siguiente y otra noche, y partieron un pico contra la piedra que hay debajo de la costra, que nadie sabía a cuántos palmos estaba porque nadie había tenido nunca motivo para llegar hasta ella. El hoyo daba de ancho y no daba de largo, y por ningún lado se podía alargar.

Así que lo metieron de pie.

Lo bajaron con correas, con la cara hacia la collada, y lo sujetaron derecho entre cuatro mientras los demás le echaban nieve alrededor y la apretaban con los pies. La curva de entre los hombros no se le abrió, pero contra la pared helada se le notaba menos. Durante un rato, con la nieve por el pecho, le quedó fuera la cabeza, y nadie se dio prisa en taparla. Ninguno de los que estaban allí había visto nunca a un hombre de pie del todo bajo el cielo, sin viga encima ni viento que le doblara el cuello.

Al lado le clavaron la vara, para saber el sitio.

Al darse la vuelta para bajar vieron el pueblo desde arriba, que es una cosa que se ve todos los días y que aquel día no habían visto todavía: diecinueve bultos de nieve con diecinueve hilos de humo saliendo a ras, sin una esquina que sobresaliera, y las bocas de los corredores como madrigueras. Nadie dijo nada.

Empezaron por la casa del de la viga nueva, porque era la que tenía la viga nueva. Le levantaron el techo dos palmos, y luego otros dos, y aquellas noches largas pasaron más frío que en ninguna que recordara la más vieja, y hubo quien lo dijo en voz alta y hubo quien no lo dijo, y en el blando siguiente levantaron otras cuatro. Gastaron en vigas la madera guardada para los aparejos, y los aparejos se hicieron peores. Un niño murió de frío en un cuarto alto, y lo subieron al campo de arriba descalzo y sin la lana, como a todos, y no por eso volvieron a bajar los techos.

La vara se quedó arriba. En el pueblo se midió a ojo lo que hubo que medir, las camas, los huecos, la turba, y en el blando ya no hubo manera de saber a qué niño le tocaba ración entera, así que se la dieron a todos.

Con los años levantaron también la casa de las juntas, tan alta que había que gritar para que la voz llegara a la viga y volviera, y quien entraba de fuera se quedaba parado en la boca mirando aquel desperdicio de aire caliente.

Los que bajaban de la collada, pocos y cada vez más raros, veían primero una cosa alta y oscura contra el blanco, mucho antes que los humos, y llegaban preguntando qué era.

En el pueblo les decían que era una vara.

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